Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en 1967. Tomada de Ton visage, ma lumière, p. 67 (*)

En un libro ya antiguo, A las fuentes del deseo (1927), presentándose como héroe de una aventura inmensa contada sin escrúpulos, sin retroceder ante ninguna violencia ni crítica, como prueba de heroísmo, Montherlant comprobaba que en fin de cuentas eso no valía la pena pues al regreso de toda aventura, se encontraba solo y atado a sí mismo por un cordón umbilical insecable. Y entonces, todas sus aventuras terminaban en nada, ya que en fin de cuentas lo volvían a sí mismo. Y ese sí mismo era tan instintivo, tan patético, que no hacía más que sufrirlo, y gustaba el placer hasta la náusea, de modo que A las fuentes del deseo, sus aventuras, no significaban nada, ya que finalmente no lo dejaban despegarse de sí mismo.

Y, claro está, ya es mucho descubrir esa debilidad que nos afecta a todos, estar atado a sí mismo, sufrirse, sin jamás poder inventar nada nuevo. Y esa es, en efecto, la situación de la inmensa mayoría de los hombres, estar atado a sí mismo por un cordón umbilical insecable, y al final de todas sus aventuras, encontrarse sin transformación, tal como estaban el día del nacimiento, con el peso insoportable del determinismo de lo que está terminado.

Claro está que si la vida humana se limita a eso, si no podemos salir de nosotros mismos, si estamos anclados al pasado, es evidente que la vida humana carece de significado.

Si la vida tiene sentido, es saliendo de sí mismo. Y es importante ver que, aunque la herencia sea capital, todo el campo de espíritu se refiere a una realidad que no existe todavía conscientemente en nuestra experiencia, una realidad que solo puede existir si la creamos. Ese es el misterio de la mente: por una parte, poder aceptar una realidad terminada, atrás de nosotros, y por otra, poder situarnos en una realidad que todavía no existe y que se debe encontrar a partir de nuestra creación.

Cuántos sabios o investigadores sufren para explicar el hombre tal como existe, prefabricado, lo que somos nosotros al nacer, y el universo prefabricado en que necesariamente nos encontramos. Y es interesante imaginar cómo se han constituido esos fenómenos irreversibles que están detrás de nosotros, y a los que no podemos cambiar nada.

Ahora bien, esos sabios que dibujan un cuadro del universo que nos precede, nos apasionan ciertamente, pero a veces no pasan de ahí, no le descubren sentido a la vida y ven en nuestra existencia solo una serie incalculable de fatalidades sin sentido, y nutren el escepticismo de los autores baratos que hablan de todo y nos presentan una filosofía que afecta saberlo todo.

En efecto, uno puede saberlo todo si la vida se limita a lo hecho, a lo prefabricado. Uno puede ser consciente de todo si a priori la vida no tiene sentido.

Pero si participamos en la maravillosa rebelión a que nos invita Camus en El rebelde, si rehusamos aceptar el mundo (y ante todo nosotros mismos) en el estado actual, si comprendemos que toda realidad humana está adelante de nosotros y que debemos crearla, entonces entramos por fin en la verdadera aventura.

Es seguro que el ateísmo se alimenta de la oposición a religiones que miran atrás, y que son retrospectivas en vez de prospectivas. Y es evidente que nada tiene interés si ya todo está hecho, como lo nota Goetz en la tragedia de Sartre El diablo y el buen Dios: “Si el bien ya está hecho, el hombre no puede sino intentar el mal”, y “Hay muy poca originalidad en el mal que ya se ha hecho en todas las épocas”.

Se le debería haber respondido que se trata, al contrario, de crear un mundo que aún no existe, que será un mundo de luz y de amor, un mundo de libertad donde por fin pueda estar Dios. Noten que el Apóstol san Pablo en uno de sus pensamientos tan profundos, en el capítulo 8 de la epístola a los Romanos, nos presenta la creación gimiendo, “gimiendo en dolores de parto, sometida a la vanidad contra su voluntad, esperando la revelación de los hijos de Dios” (Rm. 8:21-22).

¿Qué quiere decir eso? Pues, justamente que el mundo no existe todavía, que la verdadera creación está en espera, que queda delante de nosotros, y que por eso el verdadero Dios solo podremos conocerlo cuando la verdadera creación esté realizada. Y si esta realización parece estar hecha, no es sino en la Biblia o en los catecismos, en la medida justamente en que la Biblia y el catecismo son a veces retrospectivos, en la medida en que nos llevan a un pasado rebasado y no nos muestran las perspectivas de Evangelio a las que se refiere el Apóstol san Pablo en una visión muy profunda al presentarnos justamente el universo como esperando la realización del amor. Cuando estemos realizados, cuando hayamos conquistado nuestra libertad, cuando nos hayamos creado, a la luz del eterno Amor, entonces existirá auténticamente el mundo entero y Dios aparecerá como su Creador.

Él mismo es un Creador que solo quiere actuar por medio de nosotros, pues justamente la prescripción del espíritu solo puede referirse a la libertad y al amor. El verdadero Dios es Espíritu y solo pueden conocerlo quienes entren en la maravillosa aventura de una creación totalmente nueva que debe surgir a cada instante de nuestras manos y corazones.

Debemos pues mirar muy delante de nosotros y poner en acción todos los dones del espíritu. Debemos buscar a Dios delante de nosotros. Cuando tomamos el mundo como un conjunto de determinismos, si lo tomamos de atrás, si lo tomamos en nosotros como seres carnales, Dios no puede responder, no puede ser su Creador pues justamente Dios es todo Amor y el único lazo posible entre él y nosotros es un lazo de amor.

Debemos pues entrar también nosotros en el matrimonio de amor que quiere contraer con nosotros para llegar a ser nosotros. Y, si nosotros nos hacemos plenamente nosotros mismos, el mundo en que estamos enraizados físicamente podrá realizarse en su libertad, en su interioridad y en su eternidad.

Dejemos pues el ruido de las palabras, dejémoslas pasar en quienes pretenden saberlo todo. No nos dejemos influenciar por una literatura omnisapiente que no se funda en una creación humana. No nos dejemos impresionar por los sabios que miran atrás, ya que, a priori, la vida del Espíritu está únicamente por delante de nosotros.

Nuestra juventud, dice el salmista, se renovará como la del ser; conforme a las primeras palabras de la liturgia eucarística: “Me acercaré al altar de Dios, al Dios que es la alegría de mi juventud” (Ps. 43:4). Estamos pues en plena novedad, invitados a entrar por fin en la creación puesta en nuestras manos y sabremos que, en la medida en que metamos las manos en la masa, en la medida en que hagamos cada día más bella la vida, más felices a los seres humanos, en esa medida seremos actores del Evangelio eterno y podremos considerar el conocimiento de Dios como eternidad fiel, que corresponde además a lo que el Evangelio llama el “nuevo nacimiento”.

Y así es en efecto como nuestro Señor se dirige a Nicodemo, el doctor de la Ley que ha leído todos los libros y comentado todos los textos tradicionales: le recuerda que eso no es nada y que en fin de cuentas “es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3:3).

Aceptemos pues la invitación de Jesús: “Es necesario nacer de nuevo” y no olvidemos jamás que el universo verdadero, el hombre auténtico, el Dios Espíritu y Verdad, están siempre delante de nosotros…

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