Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en 1959, en la fiesta de Todos los Santos. Tomado de Ta parole comme une source (*), página 378.

Un monje amigo mío me dijo estas palabras que me parecen admirables: “Siento tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la misa”. Quería decir que tanto en el refectorio como en el altar, se sentía a la mesa del Señor. Estas palabras son admirables porque nos hacen volver a descubrir el sentido de la vida.

Nos equivocamos radicalmente al separar lo sagrado y la vida. Nuestro Señor tomó el pan y el vino, es decir los elementos de la comida ordinaria, lo más cotidiano, lo más banal y pobre precisamente para llevarnos a descubrir el lado sagrado de la vida más pobre, más común, más cotidiana y banal. Tomamos estos signos, los pusimos en nuestros marcos, les dimos cierto carácter intangible, como si en adelante existiera un mundo sagrado separado del mundo profano y enemigo del mundo profano.

¡Como si existiera un mundo profano! Justamente, en el cristianismo no hay mundo profano posible porque el universo entero es el Reino de Dios, porque en todas partes estamos con el Señor, sea que estemos comiendo, o bebiendo, como lo dice precisamente el apóstol san Pablo.

No hay pues un acto que sea más o menos sagrado en sí, todos lo son. Y los sacramentos, tomados de los gestos de la vida y cargados de vida divina, fueron tomados de la vida divina justamente para que todos los gestos de la vida sean gestos sagrados a nuestros ojos.

Esto es muy importante porque de ahí depende toda la interpretación de la santidad cristiana. Recuerdo el estupor que me causó la lectura de la vida de un beato declarado tal por el Papa Pío XI que lo había conocido personalmente: el beato Toniolo, profesor de derecho. La lectura me dejó estupefacto porque hablaban de sus ejercicios de piedad, que rezaba el rosario, visitaba al Santísimo, comulgaba con frecuencia, ¡en esa época!, y no decían que el derecho, sus estudios, su trabajo profesional eran para él ocasión de contacto con Dios. Eso me parecía escandaloso, en el sentido etimológico, es decir que yo tropezaba con ese obstáculo y me parecía incongruo que un cristiano no encontrara contacto con el Señor en su vida profesional, que era de artesano, de obrero

Nuestro Señor no era sacerdote, especialista de la religión sino carpintero, ganaba su vida con el trabajo manual y justamente por eso le era fácil, natural diríamos, comunicarnos su vida a través de los gestos cotidianos.

Es claro que esta concepción, que depende quizá más del biógrafo que del Beato Toniolo mismo, disminuye el concepto y la comprensión de la santidad en gestos ordinarios, en los gestos comunitarios. Parecería que no se puede ser santo sin hacer todos los días la visita al Santísimo, sin rezar el rosario, sin comulgar, como si la vida profesional de un médico, de una enfermera, de una madre de familia, de un artesano o de un obrero saliera de por sí del campo de la santidad y que para santificarlas hubiera que revestirlas con esos gestos comunitarios que son desde luego infinitamente preciosos, pero que no son todo en la vida.

Después de una semana de fatiga, y habiendo terminado su jornada de servicio, llamaron una noche para una urgencia, de un sector que no le correspondía, a un médico que estaba bien cansado. Por un sentimiento de deber y de fraternidad humana, respondió al llamado pues el paciente estaba en peligro de muerte. Le prestó los servicios necesarios con una operación que podía hacerse a domicilio y al terminar la operación, cayó el médico derribado por la muerte. ¿Cómo pueden imaginar que ese médico que fue hasta el final de su esfuerzo, dando su vida para salvar otra vida, esté fuera del campo de la santidad?

¡Y la mamá que dio uno de sus riñones para un injerto que podía salvar a su hijo! Y el hombre que se casó con su novia radiante de salud pero que sufrió de repente de poliomielitis y quedó ciega. ¡Este hombre que se casa con un cuerpo rígido de los pies a la cabeza, con ese rostro sin mirada, por fidelidad a su primer amor!

                                                                                                            

Y el sabio sumergido en su investigación, buscando la verdad, buscando solo la luz, sin pedir recompensa, ni reputación, ni distinción, ningún honor, sino solo entrar cada vez más profundamente en el misterio adorable, en el país de la verdad en que nuestra ama encuentra su respiración!¡Cómo quieren que quede fuera del orden de la santidad?

Y ¿cómo quieren que lo esté el panadero y el ingeniero que se levantan cuando todo el mundo duerme todavía, para estar al servicio de la comunidad? Si todo trabajo está regido por el único valor reconocido por el Evangelio que es el amor, pues aunque lea todos los salmos en una noche, y comulgue a cada hora y rece mil rosarios, “si me falta la caridad, no soy sino un campana que resuena y címbalo que retiñe” (1 Co. 13:1)

Nos equivocamos sobre el sentido mismo de la oración cristiana. No vimos que la oración cristiana es sacramental. Lo van a entender en seguida: cuando cantan o escuchan música, si tienen oído musical, es claro que la música los pone en un estado de contemplación, de admiración, liberándolos de ustedes mismos, los vuelve música ya no piensan en sí mismos, ya no se ven a sí mismos, ¡están sumergidos en la hermosura que viene a su encuentro!

Y es claro que si escuchamos música juntos, música de valor, si escuchamos un verdadero artista, llegará un momento en que todos nos hacemos música, pero cada uno a su manera. Cada uno va a entrar en el secreto de su propia soledad interior, a su manera, con su sensibilidad, con su grado de pureza y amor, en diálogo con la belleza. Y verá realizarse en el concierto, en la sala llena de una admiración unánime, el misterio de la sociología humana: ¡estar al mismo tiempo juntos y solos!

Y esa es justamente la característica propia de la oración de la Iglesia, de la oración litúrgica que es normalmente oración cantada. Porque el rosario mismo es una especie de breviario y de canto. Es una oración que busca conducir a cada uno a su soledad. Y en el gesto común en que todos juntos convergimos hacia una misma Presencia, cada uno asimila esa Presencia con su grado de transparencia y amor.

Es lo contrario de la sociología de masas que aglutina los hombres por la biología, convirtiéndolos en un impulso pasional sin distinción, en que cada uno pierde su soledad para no ser más que un gesto en un conjunto. Al contrario, en la sociología cristiana, en la sociología de la oración litúrgica, cada uno es llevado a su soledad.

Dios nos trata a cada uno como únicos, y cada uno va a Dios por sus propios caminos personales al mismo tiempo que lleva consigo a todos los demás y ofrece en su soledad sus oraciones, sus sufrimientos, sus esperanzas y los de todo el universo.

Está pues muy claro que la santidad cristiana no es solo santidad de monjes y religiosos, de gentes especializadas por una consagración a cosas religiosas (por otra parte válida, si es sincera). La santidad cristiana es tan múltiple y diversa como las almas, y entonces es la multitud innumerable que constituye el cuerpo místico de Jesucristo.

Por consiguiente, existe un llamado a la santidad para cada uno de nosotros, en el estado en que estemos, en la profesión, con las aspiraciones, las disposiciones y los gustos que tengamos.

Y puede haber un acontecimiento colosal en un gesto del barredor de calles, que realiza un trabajo que en sí no parece particularmente glorioso o genial. Ahí puede haber una gracia para el mundo entero, si el barrendero realiza el gesto pensando en la fraternidad humana, uniendo su trabajo al del artesano de Nazaret que ganaba su pan con el trabajo de sus manos, como todo el mundo.

Y no queremos que la fiesta de Todos los Santos nos dé el sentimiento de estar desterrados, de que hay gente privilegiada por haber entrado en un estado extraordinario que no es para nosotros.

No hay que pensar que estamos excluidos de la santidad, inclusive en el grado más heroico. Al contrario, la santidad es para todos, como lo es el pan, como la Eucaristía, como Cristo que está dentro de cada uno puesto que está en su casa en el interior de los demás.

Queremos pues tratar de resacralizar nuestra vida, de considerarla toda como realidad divina para vivirla con el sentimiento de renovación, de entusiasmo y de amor. Pues justamente con nuestra profesión, con el trabajo de nuestras manos, o con los esfuerzos de la mente, poco importa, si somos fieles a lo que se nos pide, no hay duda de que entramos en las intenciones de Jesucristo y de que podamos abrirnos a la intimidad divina cuya circulación en nosotros es toda la santidad. Ya que para el cristiano la santidad es simplemente dejar vivir en uno a Jesucristo, conforme a las palabras admirables del apóstol san Pablo a los Filipenses: “Para mí, vivir es Cristo” (Flp. 1:21).

Entonces, aunque no recen el rosario todos los días, lo que evidentemente sería muy bueno por otra parte, aunque no comulguen todos los días, lo cual sería magnífico, aunque no hagan el Viacrucis, que no es menos venerable, si son amables en casa, si no hacen sufrir a quienes los rodean, si su presencia es una sonrisa en la existencia de sus vecinos, no se preocupen: ¡están viviendo el Evangelio!

Todos los caminos conducen a Jesucristo, a condición de abrirse al amor, pues solo hay una perfección evangélica y es la misma para todos, y consiste en darse, y en dar todo dándose.

Por eso, lo que más les guste, háganlo precisamente con este espíritu de alegría y ofrenda, porque lo que más les guste es aquello en que más ponen de sí mismos y por lo que más fácilmente llegarán al don más perfecto.

A eso, pues, queremos tender todos porque cualquiera cosa que hagamos, le pertenecemos al Señor que nos lleva a la única montaña de Dios que es la de la caridad. “Porque, dice el Señor, un mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado, y así os reconocerán como mis discípulos.” ¡Y eso es todo!

“Que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn. 13:34-35)

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