Conferencia de Mauricio Zúndel, Cenáculo de París, 31 de enero de 1965. (Inédita)

La última sesión del Concilio dejó en suspenso una declaración sobre la libertad religiosa. Evidentemente, ese suspenso supone un escrúpulo de última hora de la ortodoxia romana ante una declaración que podría poner en juego la verdad misma.

Este incidente, esta reticencia de última hora frente a una declaración tan esperada despierta en nosotros el escrúpulo, quiero decir nos lo hace más sensible que nunca, el escrúpulo que ha caracterizado en el fondo durante tantos siglos, si no desde siempre, la actitud de la iglesia romana.

Es importante entender este escrúpulo, comprender a los que desean mitigar esa declaración, reducirla a una especie de tolerancia de lo inevitable mientras se siguen proclamando los derechos de la única verdad. Hay que entender que obedecen a algo muy profundo y digno de respeto. Para ellos, se trata en verdad de su vida de fe, de su obediencia a Dios, de su fidelidad a sus más esenciales compromisos.

Y se siente bien el conflicto entre los que desean, en virtud de las circunstancias, de los medios en que viven, en virtud del liberalismo de que se benefician en su propio país, se comprenden que éstos últimos deseen una fórmula muy amplia y sin restricciones, que reconozca pura y simplemente a cada uno el derecho a existir tal como es, honesta y sinceramente.

Y los primeros, como el P. Daniélou nos lo recordaba ahora, piensan que debemos adaptarnos a Dios, aunque sea a regaña dientes, que no tenemos que dictarle sus voluntades sino que él nos puede dictar las suyas y nosotros debemos solamente someternos y es precisamente bajo este aspecto de sumisión a una autoridad divina que condiciona y cauciona la revelación, que se manifies­tan los escrúpulos, digamos de la Curia, y de todos los que están de acuerdo con ella.

Es una historia larga y sabemos muy bien que todas las tendencias ecumé­nicas fueron frenadas, de parte de la iglesia romana, por ese profundo deseo de permanecer fiel a la revelación, de obedecer hasta el fin a la palabra de Dios sin jamás traicionar la verdad.

Al exterior no se ha entendido siempre la altura de esta preocupación, y al interior de la Iglesia, no siempre se le rinde justicia a la sinceridad, más allá del escrúpulo que compromete la fe, que compromete finalmente a Dios mismo de los que defienden con mayor fuerza las posiciones privilegiadas de la Iglesia romana, de la revelación cristiana, pues justamente, a sus ojos, se trata de fidelidad y obediencia.

Por eso finalmente el debate tomó esa orientación: jamás, a ningún precio se debe sacrificar la verdad, hay que tener el valor de afirmarla, y si hiere, si excluye, no es por la luz contenida en las afirmaciones de la fe, sino porque ciertas almas no están todavía a la altura de esa gracia.

Pero, segú ellos, la Iglesia no puede hacer la economía de esas afirmaciones sino proferirlas inflexiblemente porque la más elevada forma de caridad es proponer a los hombres la verdad donde deben encontrar la salvación y, si la caridad debe aparentemente sufrir, en realidad, el triunfo de la verdad satisfará las exigencias más elevadas de la caridad, ya que no se puede amar mejor a los demás que proponiéndoles integralmente la verdad.

Bajo estos aspectos, pues, el Concilio se unifica. Todos los que no miran de muy cerca, los que se dejan llevar por una corriente de liberalismo desde su nacimiento a causa del medio mismo en que respiran, no ven ninguna dificultad en admitir la situación presente como plenamente legítima, así mismo los que se consideran, al contrario, como los mandatarios de la verdad divina, consideran que su fidelidad es la más hermosa manera de estar al servicio de la humanidad

Se trata pues de saber si el problema está bien planteado, si puede haber conflicto entre la caridad y la verdad, es decir que se trata finalmente de preguntarse: “¿Qué es la verdad y de qué verdad se trata cuando estamos en el terreno de la revelación?

Es más fácil afirmar los derechos de la verdad y la obligación de adherir y de serle fiel que discernir la verdad misma y decir lo que es. Evidentemente, estamos confrontados aquí con todo el problema del conocimiento, ya que en ese terreno es donde se plantea el problema de la verdad. ¿Qué quiere decir saber, y cuándo llega el conocimiento a la verdad?

Hoy todo el mundo busca conocimiento. El mundo está inundado de tantas informaciones que la lectura de un periódico bien hecho se vuelve casi estudio, si queremos leerlo entero, rendir justicia a la calidad de ciertos artículos.

Se necesita dedicación, como un trabajo y es cierto que ahora la información es algo nuevo, se ha desarrollado tanto que a cada hora del día se puede aprender algo nuevo y todo eso es admirable. Pero ante semejante masa incalculable de informaciones, ¿cuándo se llega a la verdad? ¿Qué significa “la verdad”? ¿Qué quiere decir la verdad? ¿Es alcanzar el ser, expresarlo bien? ¿Es fotografiar la realidad para imprimirla en el cerebro, radiografiar los fenómenos y sacar una fórmula que nos permita condensarlos y reproducirlos?

Para el empiro-criticismo (l) del marxismo ortodoxo, el conocimiento copia sin duda un epifenómeno y esa especie de fotografía interna que se imprime en nosotros es el resultado de nuestros determinismos, como nosotros mismos somos totalmente el resultado de un determinismo que, en cierto modo, podemos modificar calcando por otra parte nuestra acción sobre las leyes de la naturaleza.

Pero, en todo eso, ¿por qué habría esa especie de sentimiento religioso contenido en la palabra “verdad”? si el mundo es una masa inmensa de materia, si nosotros mismos hemos salido de él y estamos únicamente constituidos sobre un determinismo material, si el mundo nos presenta una carrera para explotar, es claro que tenemos interés en conocer lo mejor posible para obtener el rendimiento óptimo y máximo, tanto más cuanto que estamos hechos con los mismos elementos del universo, podemos en cierto modo dirigirnos, asegurar la salud tanto mejor mientras mejor conozcamos todas las piezas de la máquina.

Pero, una vez más, ¿dónde puede basarse la palabra verdad en un mundo que explotamos, que no tiene otros horizontes que él mismo, y que no tiene centro particular, donde no hay comienzo ni fin inteligibles y cuya finalidad no podríamos indicar con precisión?

Es claro que la palabra verdad no se refiere a esa verdad-copia que además siempre se pone en duda pues, si queremos absolutamente adherir al ser, es necesario constatar que el ser se nos escapa y que es absolutamente imposible decir : es así, ya que en el segundo siguiente aparece un nuevo fenómeno que podrá poner todo en duda, que en función de los instrumentos, ya sean los instrumentos de cálculo, o los instrumentos implicados en el cálculo como los microscopios, según los instrumentos de que disponemos y que alcanzan hoy un grado increíble de finura y precisión, todo se puede cuestionar. Sabemos que el ritmo de descubrimientos es tan rápido que cuando un libro acaba de publicarse, ya su contenido puede haber sido superado por descubrimientos recientes que el autor no conocía en el momento de escribir.

Entonces, ¿cómo conocer el ser? ¿Es quimera querer buscarlo e imaginar que podremos un día detenernos en un “así es” que nos permita realmente conocer el último secreto del universo? A priori sabemos que es imposible, que jamás llegaremos a eso, que sería catastrófico si llegáramos, ya que entonces todo conocimiento sería inmovilizado por un estado insuperable. Siempre habrá movimiento hacia adelante. La investigación no puede detenerse, ninguna fórmula puede ser definitiva y, para felicidad de los investigadores, siempre quedará un infinito por descubrir.

Entnces, con todo eso, ¿dónde situar la palabra verdad? Esta palabra supone evidentemente que frente al universo el hombre sienta la posibilidad o se sienta afectado ante el universo por un sentido personal de acontecimiento. En los acontecimientos, en los fenómenos, hay un aspecto personal que afecta lo más íntimo de nosotros, que despierta en nosotros el sentido de una creación original y que nos induce finalmente a conquistar nuestra auténtica personalidad.

¿Cómo es eso? Pues lo más sencillamente del mundo: a través de ma admiración. Qué es la admiración sino justamente para el sabio que vive de su investigación y encuentra en ella su gozo, y que no pide más que continuar sin cesar, ¿qué es lo que hace que no se canse de mantener su esfuerzo, sino que justamente lo arrastra un gran amor, y que ese mismo amor es suscitado por un encuentro, el encuentro en que uno es tan colmado que inmediatamente se pierde de vista y entra de inmediato en la actitud oblativa que supone un intercambio nupcial.

Es imposible leer a Rostand, entre otros, que sabe expresarse tan admirable­mente, y cuyo credo materialista no es secreto para nadie, cuando trata de explicar sus últimas posiciones, y cuya investigación, al contrario, está toda imantada de un entusiasmo místico que nos hace sentir continuamente que ese hombre está en diálogo, en diálogo de amor, ¿con qué? No con ranas o sapos, o con genes que son el objeto de sus experiencias.

Pero, a través de esos organismos, mediante esas posibilidades, esas percepciones de un secreto del universo, la percepción de una Presencia, de una dimensión sagrada que valoriza al máximo la investigación, se llena plenamente, colmada investigando y alimenta en él el sentimiento de lo sagrado, un sentimiento tan vivo que no puede concebir un investigador que no pide sino ser colmado por el encuentro con lo que es y llega inmediatamente al silencio de los místicos que saben que la verdad no está nunca donde gritan, ni quizás donde se habla.

Un sentido de lo inefable que se desarrolla hasta ese punto en el sabio que es simplemente fiel a su disciplina, supone evidentemente que, en su investigación haya diálogo, haya percibido en los fenómenos un sentido personal que suscita en él un espíritu de consagración.

En la medida en que el encuentro se produce, existe ese sentimiento de verdad, el sentimiento de ofrenda a la verdad, el sentimiento de lealtad a la verdad, como se es fiel a un gran amor que uno vive y que constituye la respiración misma de la mente y el corazón.

Por otra parte, no es sorprendente, pues el arte siempre ha vivido de esa especie de trasparencia de los fenómenos, siempre ha percibido en los fenómenos otra cosa que una mecánica ciega y, a través del estudio o la reproducción de las formas, ha buscado siempre a expresar una presencia siempre reconocida en la medida en que siempre es desconocida.

Es el milagro del arte, desde que el hombre es capaz de expresar su arte, y es el milagro del arte que no ha cesado jamás, a través de las formas, de los colores, los perfumes y los sonidos, jamás ha cesado de percibir y de vivir e una presencia que todas las obras maestras simbolizan y comunican a su manera.

La ciencia sigue el mismo camino por otros métodos, y es evidentemente a ese diálogo de amor que le debe su sentido de la verdad. Si el conocimiento es sagrado, si exite respeto, fidelidad, renuncia a sí mismo sin niguna trampa o de trucaje, es justamente porque por el estudio del universo uno se entra en un diálogo de amor y que tal diálogo de amor suscita en la mente del investigador precisamente la luz, el espacio, la libertad que solo el amor puede comunicar. Pero es una luz absolutamente inefable, una luz informulable, una luz que no puede decirse de otro modo sino con palabras que comprometen totalmente, palabras que sacan su luz del compromiso mismo.

Ustedes saben que la palabra amor es una palabra repetida por millones y millones de bocas desde que el mundo existe y que puede ser nueva en labios de cualquiera. Puede ser nueva, en la medida en que constituye compromiso auténtico.

Y saben también que en la autenticidad del compromiso que dos vidas se hacen transparentes la una a la otra. Jamás el rostro humano puede revelarse en su secreto más profundo, en su autenticidad más original, no puede revelarse sino en un amor donde encuentra el espacio de respeto, el espacio de generosidad en que puede expresarse totalmente.

Pero esa luz del amor, esa luz en que dos vidas se intercambian reconociéndose, esa luz es absolutamente inexpresable con palabras que sean meras palabras. Si la palabra amor es intercambiada por dos seres, y si es verdad que saca toda su luz del don efectivamente realizado, es porque cada uno hizo el vacío de sus propios límites, hizo el vacío de sus sombras y de su egoísmo, es porque llegaron a ser el uno para el otro una acogida sin límites y porque la luz circula y sus rostros se transfiguran.

Sí, es verdad en todos los campos. Si la naturaleza se vuelve rostro, si provoca admiración y a través de los fenómenos salta la chispa, si las fronteras de la mente se derrumban, si de repente uno se encuentra, ante un espacio infinito, si siente que está llamado a darse por entero, si está espontáneamente en actitud oblativa, es porque se encuentra frente a Alguien.

Y sabemos que todas las disciplinas pueden llevar a ese gozo y que ése es el centro precisamente donde se reúnen. Un minerálogo puede estar muy lejos de uin cartógrafo (2), y un matemático de un biólogo, pero si cada uno de ellos es fiel a su disciplina en cualquier sector, llegará al mismo centro, se reunirá con la misma Presencia y en ese centro y en esa misma Presencia única que todos comunicarán, se harán contemporáneos y se reunirán. Esto es tan cierto que no se necesita ni siquiera comparar las disciplinas unas con otras.

En su disciplina, un hombre conoce cada día ese entusiasmo renovado que lo pone a trabajar y le permite volver a comenzar sin cesar, porque no cesa de profundizar su amor.

La luz del amor, la luz de una presencia, la luz de esa presencia es finalmente la verdad. Pero esa luz solo puede brillar en una conciencia que se abre, en una vida que se ofrece, en una mente que se da. Es un universo nupcial del que habló genialmente Patmore diciendo que “todo conocimiento digno de ese nombre es un conocimiento nupcial.

Nada más verdadero y más cierto : si hay verdad, es que la investigación, toda investigación auténtica, nos confronta con una Presencia, siempre la misma. Pero tal Presencia solo se produce por medio de una trasformación o, al menos, a ocasión de una trasformación de sí mismo. Imposible recibir esa luz si no cambiamos de plano. Imposible discernirla y reconocerla si no nos perdemos de vista. Es una luz de amor que solo puede brillar en la desapropiación de sí mismo.

Por eso se puede decir de nuevo que la verdad está siempre en un mundo que no existe todavía, en el sentido de que para llegar a él es necesario añadir al mundo lo que debo añadirme a mí mismo. Como no puedo seguir siendo el ser prefabricado que recibí del nacimiento carnal, como tengo que hacerme hombre cambiando de yo, pasando de afuera a dentro y del yo posesivo al yo oblativo, el conocimiento supone un nacimiento, el mismo, de mí a mí mismo a través del otro que es el espacio en que respira mi libertad. Tengo que nacer a mí mismo, que el universo nazca de mí, que yo lo engendre, que lo engendre haciendo de todo él una ofrenda.

Bajo este aspecto, el conocimiento nos permite no sufrir más el universo y, precisamente, colocarnos ante la creación como ante una persona. Por eso descubro espontáneamente en un conocimiento auténtico que corresponde a un nacimiento en que alcanzamos el yo origen – en todo conocimiento auténtico hay una promoción de todo el universo – una verdadera realización de la creación como también una nueva dimensión en nosotros, dimensión que nos hace personas precisamente. Entonces el mundo se personifica al mismo tiempo que nosotros, se vuelve diáfano, se hace símbolo, deja transparentar un rostro, en la medida, justamente, en que se convierte en ofrenda de amor en nuestras manos.

Es evidente que esa búsqueda oblativa, esa luz de amor es lo que corresponde a todas las resonancias de la palabra verdad. No se trata pues de un así es que nos ata y nos cierra el camino, que sería una especie de exigencia despótica a la que no podríamos sustraernos.

No estamos en un mundo jurídico, en un mundo de obligaciones legales sino al contrario en un mundo en que la libertad es creadora, en que la única experiencia que constituye para nosotros una promoción de existencia es una experiencia liberadora en que Dios aparece siempre en el momento preciso en que nos despegamos de nosotros mismos dejando de sufrir cualquier constric­ción y sintiéndonos llevados por la inmensa corriente de amor a la ofrenda de nosotros mismos y de todos.

La verdad no tiene para nosotros carácter despótico. La verdad no viene de nosotros como límite y como amenaza ya que tantos investigadores – y de los mayores – encuentran en ella su gozo y su mayor felicidad. La verdad viene siempre a nosotros como viene el amor.

El amor es sin duda infinitamente exigente, de una exigencia interior, es una exigencia de don, una exigencia que colma porque permite dar al ser amado un espacio cada vez más amplio y conocer mejor la fuente inagotable que es él.

Pues eso es: siempre estamos buscando la verdad, frente a la Presencia amada que imanta nuestra mente y cuyo rostro se imprime tanto más profunda­mente en nosotros cuanto más libres estemos de nosotros mismos en la desapropiación creadora que nos asimila a Dios.

Si en el terreno científico y en el terreno del arte la verdad, el conocimiento tiene esa importancia, si nuestra búsqueda desemboca siempre finalmente en una Presencia, en un rostro, en un corazón, en un amor, con mayor razón la verdad que está caucionada por una revelación, pues, como dijimos hace poco, la revelación se dirige esencialmente a una persona, más todavía: a las raíces de la personalidad.

Mediante la revelación cristiana alcanzamos justamente la luz en que nos hacemos persona, aprendiendo por la desapropiación toda la grandeza divina que toda la grandeza consiste en el don de sí mismo. Es decir que todo lo que buscan los sabios, todo lo que persiguen los artistas a través de sus numerosas intuiciones, todas centradas en la misma Presencia sugerida por el alma y transportada por los fenómenos, y hacia la cual tienden todos los hombres dignos de ese nombre, es decir, que se dedican a hacerse hombres, tienden al personalismo en que la luz es Alguien, donde la luz es un rostro, donde la luz es un corazón, donde la luz es un amor.

Y la revelación no es sino la comunicación de esa luz en persona a través del rostro de Jesucristo. En la revelación, no se trata nunca de un “así es » sino de alguien que es una persona amada, que nos ama, que nos revela a nosotros mismos, que nos libera de nosotros, nos enraíza en su generosidad, y que por su propia desapropiación hace derrumbar nuestras fronteras y le da a nuestra vida una dimensión infinita.

Se cùprende a priori que el dogma, del que dijimos todas las riquezas y toda la fecundidad, no pueda provocar en nosotros menos de entusiasmo, no pueda darnos menos libertad, no pueda abrir a la mente un horizonte menos amplio que el arte con el equilibrio de sus formas o que la ciencia fascinada, justamente por ese rostro presentido en una búsqueda inagotable, se comprende que la verdad en persona no pueda ser sino un rostro de amor y que sea totalmente inefable y que no podamos hablar de él sino con palabras-sacramento, con palabras que no tienen sentido para quien no esté comprometido en esa reciprocidad de amor.

Todo este aspecto del testimonio cristiano no puede consistir en imponer a la mente de los demás un rígido “así es”. No existe un “así es”, ni en el arte ni en la ciencia. Con mayor razón, tampoco existe en la fe.

En la suprema luz que es el resplandor mismo de la intimidad divina, solo puede existir el espacio de amor en que respiramos una libertad infinita en la medida en que pronunciamos el nupcial que sella el matrimonio de amor que Dios quiere contraer con nosotros.

Bajo este aspecto, no se ve dónde pueda haber obligación, qué privilegio podríamos reclamar o en nombre de qué, cómo rehusar a quienquiera el derecho de ser sincera y honestamente lo que es, ya que un matrimonio de amor es un evento que excluye totalmente toda obligación, que supone un encuentro donde pasamos justamente de afuera a dentro, de tal suerte que el único testimonio eficaz solo puede ser aquél en que uno se eclipsa totalmente para dejar que la Presencia única se descubra virginalmente.

Ahí está una pareja que viene a verme y me cuenta su angustia, angustia material cuya urgencia es evidente. No es nada, claro está, si yo tengo los 150 francos que ellos necesitan esta noche, no es nada el dárselos. Lo importante es que en ese don haya el don de mí mismo, lo que importa esencialmente es que, precisamente, ese lado anecdótico de la vida sea inmediatamente superado por un contacto humano. Bueno, el dinero es de todos.

El mío es de ustedes en la medida en que yo tenga, porque justamente entre nosotros existe la comunicación esencial, porque entre nosotros está el Reino de Dios, porque entre nosotros está esa Presencia y que si ustedes vienen esta noche con su angustia, están aquí ante todo con el hambre y la sed de dignidad, de grandeza, de libertad y de amor. Lo que buscan no es un muro. Lo que buscan es un rostro, una acogida que no los haga sentir los límites de sus condiciones materiales que han soportado ya durante todo el día, sino que les muestre que eso no cuenta finalmente porque en ustedes hay una grandeza eterna y que la comunicación real se hace mediante la respiración de Dios.

No se necesita añadir nada. ¿Es necesario hablar de Dios? ¿Podemos hablar de Dios si Lo estamos comunicando? ¿Es necesario hablar de él si es la respiración de un encuentro? En todo caso, si hay que hablar de él, es imposible hacerlo sino en los espacios donde trasparenta y se revela únicamente como el amor por el cual suspira todo el universo.

Me parece pues difícil superarse si no nos colocamos en el terreno de la verdad-persona. La verdad es Alguien y una persona no puede ser conocida en cuanto tal sino por otra persona; y conocer como tal una persona, supone que se le ofrezca el espacio en que pueda difundir su vida.

No existe otro enraizamiento posible que el enraizamiento interior en que uno se compromete en una comunión de amor. Cuando lo estemos de manera común y general, cuando esta convicción se haya manifestado en la mente de los cristianos y en especial en la de los jerarcas que son responsables de la presentación dogmática de Cristo y por lo mismo libertadora cuando veamos que se trata solamente de eso, no habrá dificultad para reconocer la libertad.

Es absolutamente indispensable, hay que reconocer a todos los hombres el privilegio y el ejercicio, en la medida, evidentemente, de su sinceridad y honestidad, de las cuales por otra parte solo Dios puede juzgar y que nosotros no tenemos más que hacer por parte nuestra que entrar en la desapropiación radical que dará a Dios justamente la posibilidad de revelarse sin ser limitado por nuestras fronteras, apareciendo cada vez más a los demás como apareció a Agustín cuando por primera vez comprendió que jamás podría llegar a sí mismo sin entrar al menos en ese océano de amor que nunca había cesado de esperarlo.

La oposición entre caridad y verdad es pues un pseudoconflicto ya que la verdad es la luz de una Presencia, es la luz del amor.

Desde luego, para nosotros que no tenemos la responsabilidad de nuestro testimonio, estamos infinitamente cómodos, sabemos que no hay nada más que hacer, en efecto, que eclipsarnos en esta Presencia comunicándola a los demás, sean quienes fueren, el espacio en que su humanidad pueda ser descubierta y donde alcanzarán sin necesidad de nombrarlo, al Dios vivo, como la respiración misma de su amor.

La verdad no es un alambre de púas. La verdad no es un “así es” afirmado y dirigido brutalmente. La verdad es justamente el espacio de luz que surge ante otro a quien no poseemos, alguien a quien miramos porque lo amamos, alguien a quien contemplamos ofreciéndolo y a través del cual no cesamos de estar en comunión con el primer amor.

Por sí mismo, el conocimiento, justamente por ser nacimiento de nosotros mismos y del universo, se funda sobre la libertad, libertad creadora, libertad que es liberación. No podría pues –sobre todo en su nivel supremo, cuando es la verdad en persona – no podría jamás ser límite y sufrir ser protegida por ningún privilegio u obligación. Eso es evidente y nosotros debemos esperar que estas intuiciones van a madurar hasta la próxima sesión del concilio. En todo caso, estamos seguros de que no tenemos otra cosa qué hacer y de que toda ortodoxia depende de la fidelidad al amor nupcial en que el conocimiento es función del don de sí mismo y ella condiciona el nacimiento del hombre, el nacimiento del universo y todo tanto la encarnación de Dios el cual no puede aparecer en su realidad sino como rostro, como Presencia y como un corazón.

Notas: (1) el empirismo no se apoya sino sobre la experiencia, fuente de todo conocimiento, la filosofía “crítica” después de Kant "critique" ha declarado constituirse en “dogmatismo”, examinando antes la manera como se conoce, en vez de considerar de inmediato los objetos conocidos.

(2) De la Escuela de los mapas que enseña las ciencias auxiliares de la historia en la Sorbona. Archivistas et conservadores.

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