Homilía de M. Zúndel, El Cairo (Dar El Salam), en 1948 (inédita).

¡Parece inverosímil que los Apóstoles se hubieran disputado sobre la primacía a la mesa de la Cena! ¿Habrían tomado hasta entonces del exterior todas las enseñanzas del Maestro? ¡Están esperando de él la gloria que se van a compartir! Esto aclara la soledad de Jesús, uno de los aspectos más ocultos de su sufrimiento.

Jesús debió hablar la lengua de su época. Era el que debía venir, pero tan diferente de lo que esperaban bajo algunos aspectos. Evitaba tomar pública­mente el título de Mesías, pero no podía impedir que le atribuyeran los sueños de venganza y de gloria. Está solo. Pero debe hablar. Va a hablar, se adaptará, pero la adaptación va a limitar su palabra y provocar equívocos. Jesús tuvo que adaptarse a los límites y prejuicios de sus auditores. No pudo decir todo lo que tenía en la mente y lo que dijo, no lo dijo como hubiera querido: « Tengo todavía muchas cosas que decirles, pero no pueden recibirlas ahora » - « Cuando haya sido levantado de la tierra atraeré todo hacia mí” – “Si el grano de trigo caído en tierra no muere, no fructifica”. Estas palabras muestran que Jesús era consciente de esos límites y que la Revelación definitiva solo se dará después de su muerte, cuando venga el Espíritu Santo. Era consciente de que en su enseñanza había algo provisorio. Sufría por la pobreza de inteligencia del lenguaje humano, por la falta de deseo de entrar en la intimidad divina. Acaba por sentir su presencia como obstáculo a la eclosión del misterio divino y de la Iglesia: “Os conviene que me vaya”. Palabras patéticas, ¡cambio misterioso de la Encarnación!

Nuestro Señor va a desaparecer y los suyos no lo verán más. Pero no va a retirarle al mundo el don que el Padre le hace en el exceso de su Amor. Habrá siempre algo, pero tan desproporcionado con la Presencia divina que se necesitará para buscar en él de manera exigente la intimidad de Dios. – El don será la Eucaristía. Será necesario desplegar la fe, elevar el amor al nivel del don. Solo el amor podrá descubrir ahí el verdadero Amor.

Ese es el Testamento del Señor, estado nuevo y definitivo de la Encarnación. Solamente lo necesario para prevenir la sensibilidad, pero nada a qué pegarle sus quimeras. Es todo el Nuevo Testamento: una Persona, pues el cristianismo no es una doctrina, un sistema, sino Cristo mismo: la vida, la verdad y el Amor. La vida se difunde en nosotros para levantar nuestras mentes y corazones hasta el nivel de esa verdad.

¿Cuál es esa verdad? El Silencio de Dios. Recordar la visión de Elías cuando huye hacia el Horeb y busca una manifestación de la omnipotencia de Dios: Dios no aparece en la tormenta y el huracán que conmueven la montaña sino en el soplo imperceptible que pasa silenciosamente sobre su rostro.

El Amor es el soplo imperceptible, sin sustancia. Eso es Dios: Espíritu, verdad, Amor. Pobreza de la Santa Trinidad en la cual todo es don y su ser entero, surgimiento del Amor.

Para amar hay que ser puro impulso hacia el otro y por ende, silencio de sí mismo. Esta verdad aparece en el misterio de silencio de la Eucaristía. Toda la enseñanza de la Iglesia es el silencio de este sacramento, del silencio del Amor. El gran secreto de la Iglesia es el silencio de la hostia. Todos los textos sagrados y la enseñanza de los doctores no tienen otro sentido que el silencio de Dios, presente en medio de nosotros en el silencio del altar. Eso tenemos en las grandes catedrales: las formidables naves de piedra han brotado del suelo, llamadas por el silencio de Dios.

Si la Iglesia permanece hasta el fin, es porque Cristo no ha dejado de enseñar a las almas silenciosas en el silencio que es él: el silencio vivo del silencio. Las almas más humiles son las que mejor contemplan. Una pequeña esquimal sin instrucción sobre la Eucaristía, decepcionada por el bebé del pesebre, fue a arrodillarse ante el tabernáculo de la iglesia: “¡Porque ahí estaba él vivo!” Yendo al martirio, San Ignacio de Antioquía habla del “misterio de los gritos que resuenan en el silencio de Dios”.

No hay sino que entrar en ese silencio, en la pobreza de espíritu que es el impulso mismo del Amor: “círculo cuyo centro se halla en todas partes y la periferia en ninguna parte” (Pascal). Es la Eucaristía, la cual es la universalidad del Amor. En lo visible que hay ahí está todo lo necesario para que todo sea espíritu y vida. Hay que reaprenderlo todo, entrar en el Evangelio por ese pórtico de silencio para liberarse de las palabras.

¿Y porqué escogió el Señor las especies de pan y vino? Porque son el banquete de la fraternidad divina, procedente de la Paternidad divina. Nuestro amor solo puede ser verdadero si se hace universal. El Corazón de Dios es ilimitado: no hay alma que no esté presente por el don total de él mismo. Para que las almas se le hagan presentes, tienen que hacerse universales. Para conocer una verdad, hay que convertirse en esa verdad. Para comprender el secreto de la belleza de una obra de arte, hay que salir de sí mismo y entrar en ese secreto. Es el significado esencial de la comunión: ser Presencia comunitaria que afirma que Cristo es una Presencia que se dirige a todos, un amor sin fronteras ni parcialidad.

Cristo está en nosotros antes de tener la Eucaristía, pero nosotros no estamos en él. Por eso es necesario pasar por la comunidad. En la Eucaristía, la Iglesia nos identifica con la comunidad universal. La comunión es siempre un acto público y universal de toda la comunidad y todo el universo en nosotros. Vamos a comulgar para toda la humanidad en nosotros.

Es el viático de todos los moribundos, en retorno de todos los descarriados, el grito de esperanza de todas las angustias, el impulso de todas las alegrías hacia aquél que es su fuente.

Imposible comulgar con un corazón cerrado y sin perdón: “Si recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti…” Hay que comulgar aunque nos sintamos fríos e inertes; no importa, comulgamos por los demás. “Hay que ir a comulgar a causa del gran deseo que Jesús tiene de acogernos y de tenernos como miembros en su gran amor para con el Padre”, dice el P. de Condren. Se trata del mundo entero que está esperando que la fuente brote en mí y no puede brotar sino por mí… No es necesario sentir algo.

En el intercambio de amor de la Eucaristía está el hambre del universo. En la perspectiva de la grandeza de nuestra humanidad (cf. el P. Perrin celebrando en el campo de concentración ruso mientras todos dormían, sabiendo que suscitaba una gran esperanza en todos los campos de concentración del mundo).

En esta perspectiva descubrimos nuestra humanidad; el encuentro en que nos hacemos silencio de nosotros mismos para entrar en el silencio de Dios revela la grandeza a que el hombre está llamado.

Sabremos que la misión del cristianismo es suscitar esa humanidad, que la vocación del cristiano es consagrar al hombre después de haber consagrado el pan. Transustanciar al hombre para decir de todo ser: “Esto es mi Cuerpo”. Que cada uno sea custodia de su luz y de su Amor.

¡Qué abismos de verdad y Amor en el silencio de Dios, en ese silencio que es Dios!

Pidamos realizar ese llamado universal. Comprendamos que la liturgia es la expresión más elevada de la fraternidad universal, que la Iglesia es la cadena de amor que unifica la humanidad en Jesús: “Ya no hay griegos ni judíos…” Vamos a misa para ser testigos del Amor, para que los demás estén también ahí, para no romper la cadena del amor.

¡Que la liturgia sea el movimiento de nuestro corazón! Cristo es nuestro pan y todos tenemos que transustanciar. Veremos vestirse de gracia el rostro humano y sabremos que el Señor está siempre con nosotros: “lleno de gracia y de verdad”.

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