Homélie de Maurice Zundel à Lausanne en 1966 (inédit).

 

Texto bíblico: Mateo 22, 1-14

La parábola evangélica de este domingo nos deja un sabor amargo. ¡Todo comienza tan bien! Boda principesca, fiesta, banquete, invitaciones en un ambiente de elegancia y grandeza. Y luego todo cambia. Los invitados no aprecian la invitación, no la aceptan y se van a sus negocios. Viene luego la exterminación y el incendio de su ciudad: de una invitación a unas bodas, pasamos a una tragedia. Para terminar, se organiza la fiesta con oras invitaciones, la sala está llena, todo parece bien. Pero viene otro cambio espectacular: un comensal no tiene vestido de bodas: «Átenlo de pies y manos – y pensamos en los desdichados precipitados de la noche de Tarpeya en Roma, o en los galileos rebeldes arrojados al mar – y arrójenlos a las tinieblas exteriores, donde todo es llanto y rechinar de dientes”.

La parábola de la oveja perdida nos gusta más, sin lugar a dudas. Pero esta es la lectura del día. No digamos: “¡Paciencia!”, sino: “¡Señor, ayúdanos a comprender!” El Evangelio se debe tomar todo entero tal como es. Si contiene páginas severas, es para nosotros y no tenemos derecho de correr a voltearlas. Simplemente, debemos procurar no dejarnos ir a reacciones pesimistas, por exceso de imaginación o falta de inteligencia. El Evangelio entero es “buena nueva” y anuncio de salvación. El Señor no quiere asustarnos sino salvarnos.

Pero entendamos bien que no se trata de edulcorar a todo precio lo amargo de estas palabras, sino de ponernos a la mesa del reino, comiendo y bebiendo las cosas buenas que nos prepara, en compañía de los demás hijos de Dios. Así, lo amargo no nos repugna tanto y comprenderemos que es para nosotros. “El amor perfecto echa fuera el temor” dice san Juan (I Jn. 4:18). Pero no lo elimina. Lo deja en reserva para cuando sea necesario, como custodio del Amor. Dios sabe cómo es necesario, y todos lo sabemos, si somos sinceros.

El temor de Dios es el comienzo de la sabiduría (Pr. 1:7). La sabiduría significa aquí el sabor divino del que dice la Escritura: “¡Gustad y ved qué bueno es el Señor!” Es santidad y amor de Dios. Pero es solo el comienzo. Eso quiere decir que en la medida en que el amor crece, el temor retrocede, no le impide la marcha ni frena su impulso. ¿Es capaz el alma de correr por los caminos del amor? La deja correr. No es celoso. Quiere ser disponible y listo a servir cuando convenga. En realidad, los santos no saben que son santos. Aman a Dios con todas sus fuerzas, pero creen que lo aman poco. Su humildad los persuade de que no hacen nunca más que comenzar, que están siempre en el primer escalón de la sabiduría. Por eso no pierden de vista el temor de Dios y lo utilizan bien. Seríamos bien pretenciosos si creyéramos poder descartarlo y no tener que temer la justicia divina. Y sin embargo, esta presunción nos tienta, no por grosera y estúpida ilusión de creernos sin pecado e inaccesibles a la tentación, sino más bien por cierto sentido de dignidad y de perfección. En efecto, nos parece que el temor de Dios es una actitud sin hermosura, que nos disminuye rebajándonos al nivel del esclavo que obedece a su dueño para evitar los latigazos y dándole un golpe mortal al concepto mismo de la teligión que debería ser amor del Padre y no terror del juez.

Todo el problema es entendernos. Sólo existe un temor de Dios, no dos. El primero, en el más bajo escalón, es el temor del castigo: infierno, purgatorio, el más allá desdichado, aquí en la tierra. Sin querer perturbar a nadie ni herir los sueños de perfección o las delicadezas espirituales, afirmamos que este temor mismo puede ser bueno, que no es despreciable, que no se opone sino a la idea de religión. En realidad, el Señor mismo la recomienda. Si él la aprueba, ¿por qué encontrarle objeciones? Escuchemos sus palabras: “Temed al Señor porque la hora del juicio ha llegado” (Apc. 11:7), y en san Mateo (10:28): “No temáis a los que matan el cuerpo y no pueden matar el alma. Temed más bien al que puede mandar a la gehena el alma y el cuerpo”. ¡Si eso no es temor de los castigos, yo no sé qué pueda ser!

De acuerdo, eso no es sino el primer escalón. Pero ya es algo, mejor que nada. Si somos a veces tan insensibles que para impedirnos resbalar en la pendiente del mal, el temor de las tinieblas y del rechinar de dientes de que habla la parábola, tiene más fuerza que el puro amor del Padre celestial, bendigamos ese temor que nos habrá retenido de ofender a ese Padre tan incomparablemente digno de tanto amor.

Si en un período de más bajo nivel, cuando la aridez o el desánimo o la apatía proveniente de nuestras faltas o de cien otras circunstancias de la vida, casi apagamos el puro amor de Dios, si en esos momentos nos sorprendiera una tentación repentina y violenta y no tuviéramos prácticamente más motivos que la vergüenza y el dolor de estar en peligro o la humillación de recurrir al miedo a la justicia divina, no podríamos dudar en preferir tal humillación. Es mejor pisotear nuestro orgullo y no la santa Ley de Dios. Somos bien capaces de doblegar la cabeza para proteger ciertas posiciones en la vida. Si el pie resbala al bordo de un barranco, las manos se aferran a cualquier cosa para protegernos, sin el menor temor por la elegancia del gesto. Si en un peligro espiritual grave, por deficiencia nuestra, las alas del amor no bastan para levantarnos, aferrémonos al temor.

Aunque nos parezca falto de elegancia, lo importante es salvarnos… Lo que cuenta, en fin de cuentas, es de lograr “sobrevivir pues “es terrible caer en las manos del Dios vivo” (He. 10:31).

No despreciemos jamás ese temor de Dios, ni en nosotros ni en los demás. Además de ofrecernos una posibilidad de sobrevivir, quién osará decir que no puede constituir un progreso espiritual, el comienzo de una marcha rápida y decidida hacia fines más audaces.

Santa Teresa de Ávila, cuya fiesta celebramos el sábado próximo, nos cuenta en su autobiografía que ella se hizo religiosa por temor de condenarse si no escuchaba la inspiración divina que la llamaba al convento. “Comencé a tener miedo de ir al infierno”, escribe en el tercer capítulo de su autobiografía, “si renunciaba y aunque mi voluntad no estaba todavía dispuesta a abrazar la vida monástica, vi que era el estado más seguro y el mejor, y poco a poco me decidí a hacerme violencia para abrazarlo”. Después, santa Teresa sube a los más altos niveles del amor de Dios, pero comenzó por el temor a sus castigos.

La segunda clase de temor es seguramente de otra envergadura. Consiste en temer no ya las consecuencias del mal, sino el mal mismo. El “mal del mal”. El mal en su esencia: lo más negativo y lo peor de la falta moral no es la pena que resulta sino la ofensa hecha a Dios. En verdad nos es imposible saber qué significa “ofender” a Dios. Para eso sería necesario entender la santidad de Dios, tener su inteligencia. Pero cuando el alma llega, y a medida que lo hace, a detestar el pecado, y conserva humildemente el temor de cometerlo, es el signo de que el Señor se revela a ella y la hace participar en el juicio que él mismo da sobre el mal, por el dolor que siente, o mejor, por la soberana detestación que le tiene, por la oposición esencial que le opone, como se opone la luz a las tinieblas y el calor al frío.

Temer el mal como lo detesta Dios, no quererlo como su voluntad se le opone, y conociendo nuestra debilidad, temer que podamos quererlo algún día, ese es un temor de Dios de alta calidad. Ahí alcanzamos un nivel superior en que entramos en el pensamiento, en el juicio y la voluntad del Señor, y por lo mismo en su amor.

En efecto, ese temor ya es amor. Camina y crece con el amor. No es solo un centinela listo a levantarse en momentos de peligro sino un amigo que recorre todo el camino con nosotros. Ya no constituye el comienzo de la Sabiduría sino la Sabiduría misma, como lo atestigua la Sagrada Escritura donde leemos: El temor de Dios la ley de la Sabiduría” (Pr. 9:10) y “La plenitud de la Sabiduría es temer al Señor” (Si. 1:16). Plenitud de la Sabiduría, es decir santidad realizada, perfección ideal. El temor puede llevarnos allá. Pero se sabe que un ideal así no se conquista en un instante. ¡Qué paciencia, qué esfuerzo y qué confianza exige! Y ese temor impregnado de amor que nos une con Dios no es suficiente. No basta el esfuerzo más sincero y constante. Se necesita un don gratuito de Dios, como lo dice una vez más la Escritura: “Feliz aquél a quien se le ha dado el temor del Señor” (Si. 25:15). Nadie puede elevarse hasta allá por sus propias fuerzas. Para alcanzar esas cumbres se necesita oración asidua más que voluntad inflexible: “Si invocas la Sabiduría, si la buscas como el dinero, si cavas como buscando un tesoro, entenderás el temor del Señor y descubrirás el conocimiento de Dios” (Pr. 2:2-5)

Estas palabras del libro santo tienen un contenido maravilloso. Invitándonos al esfuerzo y la oración, nos inician a una visión de belleza divina y sorprendente que no hubiéramos podido imaginar. A lo más, habríamos podido atrevernos a decir: “Comienza por pedir el temor y terminarás por recibir también la Sabiduría”. Al contrario, Dios nos sugiere: “Pide la sabiduría y tendrás el temor que ella implica”. Es una perspectiva magnífica. Nuestro mayor deseo no es el temor de Dios sino más bien la Sabiduría, la perfección del amor de Dios. Queremos ser como él, bueno, justo, generoso… En la medida en que logremos esa conformidad alcanzaremos también el santo temor de Dios inherente al amor y que a ese título, al contrario de la fe y la esperanza, entrará al cielo porque es un componente esencial de la caridad como respeto hacia lo que amamos.

Así se resuelve la aparente oposición entre el temor y el amor. Entre la parábola de las bodas del rey y la de la oveja perdida, no hay conradicción. Son dos estrofas armónicas del mismo himno de los elegidos que jamás termina.

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