03-12/10/2013 - La grandeur de l'homme et la pauvreté évangélique

Conferencia de M. Zúndel en el Centro Charles Péguy, Londres, el 16 de febrero de 1964. Ya fue publicada en este sitio, a partir del 18/12/09.

Una niñita que seguía el catecismo muy escrupulosamente había oído hablar del poder de Dios, de la grandeza de Dios, de la riqueza de Dios, de la alegría de Dios que puede todo lo que quiere, a quien nada resiste, al que nada puede perturbar, porque es glorificado tanto por los que se pierden como por los que se salvan… Decía: “¡Tiene suerte el buen Dios! ¿Qué hizo para merecer todo eso? Nada. Entonces no es justo. Todos deberían poder ser Dios, cada uno a su turno”. Y esperaba su turno para ser Dios.

Tenía mil veces razón la niñita, porque sin saberlo estaba de acuerdo con la objeción, o mejor, la afirmación de Nietzsche, que proclamaba: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?” En efecto, si Dios está allá arriba, instalado en una felicidad imperturbable, si él lo puede todo, si nada le resiste, si se embriaga eternamente de sí mismo, ¿porqué no yo? En las mismas condiciones, yo haría lo mismo.

Inmediatamente vemos surgir la imposibilidad de aceptar un monoteísmo unitario. Si Dios es único y solitario, ¿a quién puede amar sino a sí mismo? Sólo puede contemplarse, alabarse, admirarse, y pedirnos que hagamos lo mismo. Y nos recuerda singularmente el mito de Narciso, ese joven imaginado por la mitología griega, seducido por su propia belleza: busca por todas partes su propia imagen, se mira en todos los espejos, en todos los estanques y en todas las fuentes capaces de reflejar su belleza, hasta que un día, pasando al bordo de un estanque donde su imagen le aparece con un esplendor irresistible, se arroja al agua y perece. Y sobre su cadáver brotan las flores que llamamos narcisos. Mito admirable que muestra que los antiguos habían comprendido la esterilidad de un amor solitario, que sólo puede conducir a la muerte.

Y para nosotros, un monoteísmo solitario llegará siempre a ese escándalo, pues un Dios que se mira, un Dios que se ama a sí mismo, es un Dios que no tiene ninguna especie de semejanza con lo que nosotros llamamos virtudes, la grandeza, la santidad humanas, en que justamente todo el valor de la vida viene de no mirarse uno mismo, sino ser todo atención a los demás y todo impulso hacia los demás.

En suma, nos es perfectamente indiferente que Dios sea único o múltiple, si no representa una perfección análoga a la que admiramos en los mejores hombres. Si Dios se mira, mejor que haya varios, que se hagan la guerra y nos dejen en paz.

El monoteísmo del Islam retoma esta dificultad precisamente cuando el Corán afirma: “Dios no engendra ni es engendrado”. Proclama, con total buena fe desde luego, el monoteísmo espiritual más perfecto y más espiritual y se opone al cristianismo en el cual ve un politeísmo, una asociación de varios dioses, es decir una verdadera idolatría. Los cristianos son asociadores, es decir politeístas, en el fondo, renegados y paganos.

Claro que el profeta del Corán, que por otra parte merece todo respeto, conoce sólo de oídas al Dios de los cristianos. Estaba mal informado por cristianos que no sabían otra cosa y no habían entendido nada de las riquezas el monoteísmo evangélico, que es algo totalmente nuevo.

El monoteísmo cristiano es monoteísmo trinitario. Dios es único pero no solitario, lo cual es muy diferente. Quiere decir que Dios no es alguien que se mira, quiere decir que en Dios el conocimiento no es un repliegue sobre sí mismo, una admiración de sí mismo, una ebriedad consigo mismo, sino al contrario, el conocimiento es una mirada hacia el otro.

El conocimiento está suspendido entre el impulso que llamamos el Padre y el impulso que llamamos el Hijo en un despojamiento infinito, pues justamente el Padre no es sino esa mirada hacia el Hijo, el Hijo no es sino esa mirada hacia el Padre. Y esto nos recuerda, o mejor, nos vuelve a poner en el centro del misterio del conocimiento, pues conocerse a sí mismo sólo es posible en una mirada hacia otro.

Cuando al admirar la música, la arquitectura, la pintura, la naturaleza o el amor, ustedes se sienten liberados de sí mismos, su mirada se dirige a la belleza, y se pierden de vista a sí mismos, se sienten existir con una plenitud incomparable, y justamente en ese momento alcanza la vida su cumbre, cuando cesando de mirarse, no son sino mirada hacia el otro. Entonces, sin volver a sí mismos, ustedes están ahí, existen como nunca en un gozo inmenso pero muy puro y despojado, un gozo ofrecido a la belleza en que se abisman.

Y todo el gozo de la verdad, todo el gozo del conocimiento, está justamente en que es un nacimiento, como dice Claudel después de muchos otros: “Conocer es nacer”. El verdadero conocimiento es un nacimiento, un nacimiento a nosotros mismos, en otro y para él. Y jamás podremos conocernos auténticamente sino en la mirada que nos suspende a otro.

En Dios hay algo análogo. En Dios, el conocimiento no es una mirada hacia sí mismo, sino una mirada hacia otro. Toda la luz divina, todo el gozo divino es reconocido en la comunicación que el Padre hace al Hijo y que el Hijo restituye al Padre. Es decir que el acto de conocer subsiste en Dios, brota en Dios bajo forma de desapropiación; no bajo forma de posesión en que uno se aferra a sí mismo, se fija en sí mismo, se embriaga de sí mismo, sino bajo forma de una desapropiación total, absoluta y eterna.

En Dios es conocimiento no es posesión sino desposesión. Y lo mismo el amor. En Dios, el amor no es tentativa de poseer al otro en que el Padre trata de poseer al Hijo o el Hijo al Padre, no es una embriaguez de sí mismo en el otro y por el otro, sino una nueva forma de dimisión en que el Padre y el Hijo son una respiración hacia el Espíritu Santo, el cual es una respiración hacia el Padre y el Hijo. De suerte que el amor en Dios, como el conocimiento, subsiste, brota eternamente en forma de desapropiación.

Observen que esto, que es sencillo, se ilustra magníficamente en la trinidad humana que es la familia, la cual constituye la más bella parábola de la eterna Trinidad. Pues ¿qué es una familia idealmente hablando, sino el hombre, la mujer y el hijo, es decir un hombre que es una mirada hacia su mujer, una mujer que es una mirada hacia su marido, un padre y una madre que son una mirada hacia el hijo, el cual es una mirada hacia sus padres?

¿Qué es el gozo, la felicidad, la unidad de una familia, sino justamente una respiración común, en una armonía indivisible en que cada uno vive en el otro y por el otro? ¿Y a quién pertenece la felicidad de una familia feliz? A nadie. El padre no puede decir: “El centro, la fuente, el origen soy yo”, y ni tampoco la madre, ni el hijo, pueden monopolizar la unidad y el amor. La felicidad sólo existe circulando, comunicando en una desapropiación continua.

Eso quiere decir que la verdadera felicidad, la felicidad de la persona, la felicidad del espíritu, en fin, todas las felicidades que tienen su origen en la inteligencia y el corazón son bienes que no pueden ser poseídos.

Si queremos poseer la verdad, la perdemos. Si queremos monopolizarla, la limitamos a una caricatura, si queremos poseer el amor, nos le hacemos extranjeros.

Los bienes del espíritu son “imposeíbles” y Dios, que es el soberano bien, es soberanamente imposeíble. Dios es la anti-posesión, Dios es el anti-narciso, la vida divina no es de nadie, ni del Padre que es únicamente la comunicación al Hijo, ni del Hijo que es sólo su restitución al Padre, ni del Espíritu Santo, que es sólo su respiración hacia el Padre y el Hijo, los cuales aspiran hacia él. En la Trinidad, la vida divina es pues una vida dada, una vida de amor, una vida de generosidad, una vida desposeída, una vida de pobreza”.

Uno de los más grandes santos de la Iglesia, Francisco de Asís, que era, como ustedes saben, la ambición encarnada, hijo de un rico comerciante, de un burgués, que aspiraba a la nobleza, Francisco que deslumbraba a sus camaradas despilfarrando piezas de oro, ya para alimentar las fiestas nocturnas, ya para hacerse notar ante la tumba de San Pedro, Francisco, el rey de la juventud de Asís, Francisco tan orgulloso de sí mismo, como su padre lo estaba de ese hijo mayor que destinaba al negocio, pero al que permitía todo porque no le disgustaba que su hijo apareciera como un señor: era la mejor prueba de su éxito.

Pero Francisco no soñaba con negocios. Leía novelas de caballería, soñaba con brillar en todos los grandes campos de la historia, con llenar el mundo con su gloria, y a los 20 años estuvo prisionero durante un año; pero eso no le bastó: quería brillar en la gran guerra, en las inmensas batallas al Sur de Italia, imponerse a la admiración y llegar a ser caballero o noble y casarse con la princesa más hermosa del mundo.

Pero en camino lo detiene una voz interior diciéndole: “¿Francisco, qué vale más, servirle al patrón o servirle al servidor?” Y comprende la parábola que brilló en su mente.

¿Quién es él? ¡Nada! Le va a servir a un capitán, el cual le sirve a un príncipe. Va a ser servidor de un servidor. Eso no le basta.

Regresa a Asís para permanecer fiel a su sueño de grandeza y ahí, después de una enfermedad que arriesgaba ser mortal, medita sobre la vanidad de su vida esperando que su camino se abra para llevarlo a su verdadero destino.

Y al encontrar a las puertas de la ciudad al hermano leproso, pues hacía semanas que se conmovía con la suerte de esos hombres que vivían fuera de la ciudad, recibiendo, claro, el pan que necesitaba su cuerpo pero sin recibir jamás el pan de la amistad, comprendió lo que se le exigía: se bajó del caballo, se acercó al leproso, le puso en la mano una pieza de oro y besó esa mano llena de pus y de sangre. Volvió a montar en su caballo sobrecogido por la Presencia de Dios, seguro de que acababa de encontrar a Jesucristo.

Y poco a poco el despojamiento de Francisco se acentúa en la reconstrucción de San Damiano, pues creyó escuchar una voz que le decía: “Francisco, ¡reconstruye mi casa!”, hasta que por fin, al escuchar el Evangelio de la fiesta de San Matías, comprendió que Jesús lo llamaba a seguirlo en la pobreza.

Entra entonces en su carrera de mendigo, recibiendo el desprecio y todos los oprobios, tomado por loco por muchos, sufriendo la ira de su padre que se siente deshonrado por su conducta, hasta que por fin el obispo de Asís le da su abrigo, cuando hubo devuelto a su padre todo lo que había recibido de él, para en adelante tener por padre sólo al Padre celestial.

Comienza entonces la inmensa procesión de la divina pobreza, canto dirigido constantemente a su dama, la dama de sus sueños, la princesa ideal que ahora reconoce bajo los rasgos de la Señora Pobreza, la pobreza que amará hasta la muerte, con una pasión única sin reconocer jamás un discípulo entre sus hijos auténticos que no esté primero esencialmente dedicado a la Señora Pobreza.

Bajo el nombre de la Dama Pobreza, es Dios al que percibe. Comprendió que Dios era la pobreza, que la primera bienaventuranza: “¡Bienaventurados los que tienen alma de pobre!” era la bienaventuranza de Dios.

Era el primero en comprender que el sentido de la pobreza cristiana no era un ascetismo, una privación, sino una mística, es decir una manera de semejarse a Dios y asimilarlo.

Dios es Dios porque no tiene nada. Es todo porque no tiene nada. Es todo porque no puede poseer nada, porque todo lo perdió, porque es la soberana evacuación de sí mismo, porque en él, el yo es otro, porque en Dios la persona es pura relación, pura relación con el otro y porque en Dios la única posesión, lo único que distingue la persona en Dios, es la desapropiación total.

La unicidad de Dios no es pues por ser un monarca único que domina todo el universo, sino que hay en él todo lo que se necesita para realizar la perfección del amor. En él está el otro, no está solo, él no se mira, no se embriaga de sí mismo, él es el total despojamiento, él es don totaly, si no tiene nada que perder es porque todo lo perdió eternamente en el don absoluto, perfecto e infinito que es.

Entonces comenzamos a respirar, comprendemos que hay una analogía entre la santidad humana y la divina y que, si Dios nos llama a despojarnos es porque él es el despojamiento, y que ésa es la única grandeza posible en el orden del espíritu. El lavatorio de los pies es la escala de valor auténtico, que emana del Evangelio y tiene su fuente en la Trinidad.

Es una escala de generosidad y no de dominación. Dios no es dueño de nada porque se da a todo. No es sumisión, anonadamiento, humillación. ¿Qué madre se complacería con la humillación de su hijo? Eso no tiene sentido.

Lo que nos pide es que nos vaciemos de nosotros mismos porque él es eternamente vacío de sí mismo, porque el yo en él es el don hecho al Otro y que es la única manera de llegar a la libertad, la única manera de ser fuente, espacio y creador.

Retengamos pues la distinción fundamental entre el monoteísmo unitario y el monoteísmo trinitario. Se ha visto en la religión un enigma, un rompecabezas chino. ¡Y no! Nada hay más claro, nada más inagotable, nada más claro que esto: Dios sólo puede ser caridad, y la caridad, como dice San Gregorio, se dirige a otro.

Para que Dios sea caridad, es necesario que su amor se dirija a otro, no hacia nosotros primero, pues si Dios no pudiera ser el amor sino hacia nosotros, tendría tanta necesidad de nosotros como nosotros de él. Si es Dios, es que en él hay el Otro, porque es en el fondo de él donde brota el amor, la desapropiación, el despojamiento, la pobreza, la santidad perfecta en el orden del espíritu y de la verdad.

Es pues necesario que apoyemos continuamente la conducta sobre el despojamiento divino y que comprendamos que ser perfecto como el Padre celestial es perfecto, es justamente tener un alma de pobre, realizar la primera bienaventuranza en que el gozo del don es el gozo perfecto. Y esto nos introduce en el corazón del misterio de la creación

La creación no es un golpe de varita mágica que suscita de la nada lo que no existe. La creación tiene su secreto, su misterio, en la pobreza radical en que Dios se despoja de sí mismo, en que Dios no cesa de darse, de vaciarse para ser la plenitud del amor. Es decir que la creación es el fruto del amor. (1)

Dios, que es sólo amor, Dios, que no puede poseer nada, que es el anti-narciso y la anti-posesión, Dios no nos toca sino por su amor, pero el amor no puede nada si no es consentido. El sí del novio no basta, se necesita el sí de la novia para autentificar el matrimonio. La creación no puede ser obra de Dios solo, la creación es una historia de dos.

Y cuando una mujer dice sí el día de su matrimonio, ese sí hace de ella una esposa, cambia esencialmente su condición, construye su hogar. Pues ¿qué es lo que constituye la casa familial, la casa que el hijo designa diciendo: “Me voy a casa”? ¿Se construye esa casa con piedras? No. ¿Depende esa casa de un país, de un terruño? No. Los padres pueden cambiarse, siempre hay una casa, “la” casa donde al hijo lo espera el rostro del padre y de la madre. Para él, la casa es “alguien”, la casa es algo vivo, la casa tiene corazón, y cuando los padres desaparecen, aunque los muros de la casa no hayan cambiado, ya no hay casa.

Es el amor el que construye la casa, y, ¡sin amor, la casa se derrumba! Cuando la mujer es adúltera, o el marido, ya no hay casa, aunque los muebles estén en el mismo orden, aunque sean mantenidos con más cuidado que nunca, ya no hay casa, porque ya no hay amor.

¡Pues el universo es una casa que sólo puede ser construida por el amor! Y ese amor es necesariamente un amor de reciprocidad, una historia de dos. Dios no puede construir el mundo solo, necesita el consentimiento del hombre, o de una criatura semejante al hombre, en otros planetas, pero sólo puede haber creado el universo por medio de su amor.

El universo sólo puede recibir la luz del amor de Dios por su amor. Si no hay nadie que ame, nada se hace, el mundo se deshace, el mundo se descrea y por eso es necesario decir que el mundo no existe todavía.

Dios no es el creador de este mundo, de este mundo de lágrimas y sangre, de este mundo en que la muerte es la condición de la vida, Dios es inocente. ¡Dios no tiene culpa de la muerte, ni del sufrimiento, ni del mal! Y este grito de inocencia va a resonar a través de toda la Escritura hasta el gran grito de la agonía de Jesús: “Padre, que se aleje de mí esta copa”, y hasta el último grito que Jesús lanza en la cruz: “Dios mío, ¿porqué me has abandonado?.

El mal está en el mundo contra Dios y a pesar de Él, porque este mundo no es el que Dios quiere. Y, como nosotros que somos bosquejos de humanidad, que rara vez somos hombres, que la mayor parte del tiempo nos dejamos llevar por la biología, por el universo, por las fuerzas físico-químicas que se despliegan en nosotros, también el universo está en construcción, está informe y san Pablo nos advierte: está en dolores de parto: “La creación gime con dolores de parto porque está sometida por el hombre a la vanidad, y está esperando la revelación de la gloria de los hijos de Dios”.

Entrevemos que Dios es víctima en este mundo y podemos parabolizarlo mediante esta magnífica historia.

Conocí a una mujer huérfana, la cual había perdido su padre y su madre muy temprano. No había conocido la dulzura de un hogar, y nunca había conocido la felicidad de la ternura. Había sido criada en un orfanato a golpes de matraca – como se hacía hace un siglo, (ella murió hace 20 años, a más de 80 años de edad). Y al crecer, la niñita llegó a la adolescencia, soñando sólo con una cosa: ser amada, casarse, fundar un hogar, estar por fin en su casa.

Y muy pronto tuvo que trabajar. Entró en una fábrica de sombreros, encontró un joven que la cortejó, y le dijo por primera vez esas palabras maravillosas: “Te quiero”. Ella creyó en ese amor, y se casó.

Pero apenas casada, se dio cuenta de que su marido era un borrachín, que regresaba borracho todas las noches y la golpeaba, porque el alcohol lo ponía agresivo. Toda su felicidad se vino al suelo; de niña nunca tuvo hogar, y ya mujer, tampoco. Ahora sabe que su amor va a ser desgarrado y que nunca alcanzará la felicidad.

Y en ese abandono extremo, se volvió hacia Dios al que comenzaba a descubrir. Lo conocía sin las palabras y ahora se hizo para ella una Presencia. Y se volvió hacia él con tal fervor que su marido se dio cuenta y, furioso, celoso de que ella encontrara en Dios un consuelo, una alegría que él no podía darle, quiso pisotear su fe, aplastarla si podía. ¿Pero cómo hacer? Sólo había una manera de herirla, pues tenían un hijo: prohibirle bautizarlo, prohibirle que le comunicara su fe.

Ella será la madre dedicada, la madre nutricia, pero él, el padre, criará al hijo a su manera.

En efecto, el muchacho creció separado de su madre, desviado sistemáticamente de ella por el padre, y se hizo como su padre, un inútil. Inteligente como su padre, y mucho, sin ninguna disciplina, va de ciudad en ciudad, incapaz de fijarse en un trabajo, volvía periódicamente donde su madre para que ella pagara sus deudas y lo vistiera de nuevo, y ella lo hacía de todo corazón, sin comentar sobre sus desórdenes, porque hacía tiempo que ya no esperaba nada.

Y el milagro es que esa mujer pobre, esa mujer obrera, esa mujer supremamente inteligente, de nobleza incomparable, esa mujer estaba tan perdida en Dios que ya no pensaba en sí misma, ya no esperaba nada para sí misma, ni reconocimiento, ni afecto, y soportaba su soledad, que no era tal ya que no cesaba de dialogar con Dios, con una sonrisa que se trasmitía a los demás como garantía de la paz divina.

Ella comprendía el sufrimiento, se ocupaba de las jóvenes caídas con un tacto infinito y tenía algo de dinero ahorrado para ayudar a los pobres, los más pobres que ella, y para remediar a la miseria del hijo, cuya vergüenza soportaba con infinita compasión.

A los 35 años el hijo había quemado su vida, había consumido todas sus energías. Estaba tuberculoso, en una época en que esa enfermedad no tenía cura todavía, y tan enfermo que ningún sanatorio quiso recibirlo y, naturalmente, terminó en casa de su madre, la cual lo cuidó día y noche, con una entrega silenciosa, sonriente y ejemplar, con una sola preocupación, como ella me contó en ese momento: “Yo no pido nada, sino que antes de morir haya un despertar en su conciencia que le permita no fracasar en la muerte como fracasó en la vida.

Era todo lo que pedía, pero se guardaba bien de hablar a su hijo sobre su estado, sobre la muerte cercana, y sobre Dios, al que deseaba que encontrara. Era simplemente como una columna de oración, esperando la gracia.

Y un día el hijo, contando su vida como podía a un amigo de su madre, en medio de la debilidad en que se encontraba, dijo en el curso de la conversación: “Nunca he tenido religión, pero ahora, quiero tener la religión de mi madre.

Eran palabras que llevaba en el fondo de su ser. Fue bautizado e hizo su primera comunión. Todavía lo veo dictando a su madre las intenciones por las que deseaba que ella orara al rezar su rosario.

Como se acercaba la fiesta de Todos los santos, su madre, viendo que los sufrimientos aumentaban, y que humanamente ya no había esperanzas, pidió que muriera el día de la fiesta. Y murió el día de Todos los santos, no sin antes decir a su madre: “Mamá, si me hubieras hablado de Él, jamás lo habría aceptado. A través de tu silencio supe todo y comprendí.

¿Qué había comprendido? Había comprendido ese algo admirable, tan esencialmente cristiano: que Dios es más madre que todas las madres, que todo lo que hay de ternura en el corazón de las madres no es sino eco lejano de la ternura infinitamente maternal de Dios, que Dios es más madre que la Santísima Virgen misma, que Dios es la “Madre eterna” tanto como el “Padre eterno”. Y no queriendo quedarse atrás de ese amor que lo había esperado tanto tiempo, con un solo impulso, se dio por entero.

Y con él y con su madre, yo aprendí lo que podía ser el sufrimiento de Dios. En efecto, cuando el hijo hubo dicho a su madre que quería ser bautizado, el amor de ella no aumentó: ella lo amaba, lo amaba totalmente, su amor no podía ser más grande. Simplemente, su amor cambió de color. Porque su amor, como el sol que atraviesa un cristal, había tomado siempre los colores de los estados de su hijo.

Al hijo miserable, lo amaba en el dolor. Al hijo convertido, lo amaba en la alegría. Pero era el mismo amor. Y yo entendí que el amor de Dios es semejante. Es un amor que toma el color de nuestros estados, pero es el mismo, eternamente y siempre infinito.

La madre había llevado la miseria del hijo. Había sufrido la miseria de su hijo más que él, antes de él, por él, en él, porque en la pureza en que ella vivía, sentía los desórdenes de su hijo mucho mejor que él. Ella percibía su decadencia y su indignidad, no por ella, no porque ella estuviera herida, humillada, no como el amante herido por no ser amado, sino porque él se destruía, se depravaba, se rebajaba y perdía la fuente de alegría.

Ella no esperaba nada, lo había perdido todo, es decir, lo había dado todo. Su amor era simplemente amor de identificación el cual, lo repito, tomaba el color de los estados de su hijo.

Así toma el amor de Dios el color de todos los estados del ser creado. Entonces Dios puede sufrir, en Dios existe el sufrimiento, en la medida en que existe el amor. No un sufrimiento que lo deshace, que lo priva de algo, sino el dolor de identificación con el ser amado, hasta el punto que hay que decir que todo lo que hiere el alma, la agonía, el sufrimiento, la enfermedad, la miseria, la soledad, la desesperación, el pecado, todo eso lo sufre Dios por nosotros, en nosotros, más que nosotros, como una madre herida por todos los estados se su hijo, por estar totalmente identificada con él.

Sería inconcebible que creamos en el amor de Dios hacia nosotros, inconcebible que creamos que realmente desea nuestra felicidad y nuestro gozo si no creemos también que Él es el gran compasivo y el primero en ser herido por todo lo que pueda herirnos.

Por eso me enfurezco cuando dicen: “Dios permite el mal”. ¡No! ¡Dios jamás permite el mal! Lo sufre y muere por él, es el primero en ser herido y si existe un mal, es porque Dios es su primera víctima.

Cuando Camus expresa en “La peste”, el escándalo que hiere su corazón, el escándalo del hombre ante el sufrimiento de un niño inocente, de un niño torturado por la enfermedad, cuando Camus expresa su rebeldía, mientras mayor es el escándalo más evidente es que Dios está en causa, que es herido en plena cara, en pleno corazón, pues si no hubiera en el hombre una Presencia divina, el mal no tendría carácter horroroso.

Cuando aplastan un insecto, sin crueldad, no se van a confesar de haber cometido un crimen de sangre. ¡No sería lo mismo si hubieran matado un hombre, porque insectos habrá siempre, para felicidad de todos! Pero un hombre es justamente un consentimiento posible, un poder de iniciativa. Un hombre es irremplazable porque introduce en el mundo una mirada nueva, porque todo el universo se refleja en él, porque es único. Cada uno de nosotros es único, irremplazable y constituye un foco donde el universo deja resplandecer el rostro del eterno amor en una nueva perspectiva.

En el universo, pues, Dios es el amor, el amor compasivo, el amor crucificado, el amor siempre víctima, por doquiera donde haya sufrimiento, desesperación, soledad, muerte, y con mayor razón, la depresión atroz que rechaza su ayuda. Y porque Dios es víctima el mundo escandaliza, porque el mal puede herir el valor más elevado, el mal puede crucificar a Dios en una vida humana.

Fue lo que comprendió Francisco al encontrar a su hermano el leproso, era más que el hombre, era Jesucristo el que sufría en sus miembros. Y por eso consignó el encuentro con el leproso en su testamento como un acontecimiento capital, porque era su primer encuentro con el Señor.

La creación es una historia de dos. Dios no puede hacerla solo. El universo es un proyecto inmenso en que tenemos que entrar para asumir nuestra parte, que consiste en terminar el universo en la línea del amor.

Porque Dios no quiso crear piedras, no quiso crear la tierra por la tierra. Él creó todo para el espíritu, para el pensamiento, para la verdad, para el amor y todo el universo es nuestro cuerpo al que debemos infundir un alma a su medida, porque comenzamos por ser gestados por el universo, alimentados por él, aprovisionados en oxígeno, protegidos contra los rayos cósmicos.

Y si la tierra nos sostiene, nosotros tenemos que sostenerla y sostener el universo entero, ese inmenso cuerpo nuestro, que sólo puede respirar el amor a través de nosotros, y que sólo nosotros podemos terminar haciendo de él una ofrenda que responda al amor infinito del Dios vivo, el cual sólo puede ofrecerse eternamente sin jamás imponerse

Se comprende mejor la fragilidad de Dios a medida que entramos más profundamente en la pobreza divina y que comprendemos mejor la alegría del que no puede guardar nada o poseer nada, la alegría de aquél cuyo conocimiento y amor están en estado de eterna comunicación y eterna desapropiación.

A medida que percibimos las más altas manifestaciones del amor humano, en el heroísmo del amor maternal, a medida que percibimos el poder de identificación en que el amor hace capaz de vivir la vida de otro, por él y no para sí mismo, a medida que entramos en los abismos de la ternura, se revela la fragilidad de Dios.

Dios es frágil. No es como creía la niñita, alguien que puede todo lo que quiere, a quien nada resiste, que mueve el mundo con un golpe de varita mágica. Es siempre del fondo de su pobreza, de su caridad, que brota el ser, del despojamiento infinito que es Él, y eso no basta porque todas las creaciones de Dios son creaciones de amor que suponen la reciprocidad, suponen la respuesta, el consentimiento de nuestro espíritu y corazón.

Por tanto, Dios puede ser vencido. Lo sería de manera horrorosa si la humanidad pusiera fin a su historia con una guerra atómica. Dios puede ser vencido, lo es en la cruz en que muere de amor por los que rehúsan eternamente amarlo. Cualquiera puede darle muerte porque es indefenso, desarmado, como el candor de la eterna infancia.

En Dios hay una infancia, como también una juventud eterna. ¡En Él hay una fragilidad infinita! La fragilidad que amaba Francisco ante el niño de Belén, es la parábola, es la manifestación, de la eterna fragilidad de Dios a través de la humanidad de Jesús.

Dios es frágil y entonces finalmente no somos nosotros los que hay que salvar, hay que salvar a Dios de nosotros.

¿Cómo quieren que una madre condene a su hijo, que lo juzgue? La madre iría a la prisión por él, daría su vida por él, se prestaría, se entregaría en vez de entregar a su hijo. ¿Tendrá Dios menos amor que una madre? Es imposible. Por eso Dios se entregará a la cruz, Dios muere por los que lo crucifican, muere por los que rehúsan obstinadamente amarlo. Eso hará siempre, y eso es el infierno. El infierno cristiano es que Dios muere, muere en manos del que rehúsa amarlo, y muere por él.

Por eso hay que salvar a Dios de nosotros, salvar a Dios de nuestros límites, salvar a Dios de nuestra opacidad. Él está siempre ahí, se podría decir que es una emisora que difunde total, eterna y perfectamente. La emisora funciona siempre de lleno, pero nosotros, los receptores, estamos parasitados, mal sintonizadlos, recibimos mal o no recibimos todo lo que se nos ofrece continuamente.

De por sí, todas las oraciones son atendidas, todos los milagros se realizan, todos los misterios de la salvación están realizados, pero nosotros no los acogemos. El don de Dios es infinito, siempre ofrecido, pero nosotros podemos siempre neutralizarlo, limitarlo y rehusarlo.

Es pues absolutamente esencial que cambiemos toda la perspectiva, que comprendamos que ¡no se trata de salvarnos a nosotros! ¡Y qué sería la vida humana si estuviéramos embarcados en ese cálculo sórdido de buenas obras para ponerlas en el banco eterno para cobrar intereses compuestos! ¡Sería abominable, abyecta, una religión calculadora en que simplemente, con prudencia estrecha renunciamos a los pequeños placeres de ahora con miras a una mayor felicidad para mañana!

¡No! ¡Es claro que Cristo nos coloca a otra altura! Al revelarnos la fragilidad de Dios, Cristo la pone en nuestras manos y nos confía el destino de Dios al cual debemos bajar de la cruz, dejarlo vivir en nosotros, según la admirable frase de San Pablo a los filipenses: “Para mí, la vida es Jesucristo”. Toda la perfección cristiana es eso: Jesucristo que vive en nosotros, en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra sensibilidad, en nuestra carne, en nuestra acción, en nuestra conducta.

La virtud cristiana no es un ejercicio de acrobacias en la cuerda floja del estoicismo. La virtud cristiana es la vida de Cristo que se comunica a través de nosotros a toda la humanidad, ¡a condición de que dejemos a Cristo vivir todo su poder! ¡No se trata pues de nuestra salvación sino de la vida de Dios puesta en nuestras manos!

¿Pensar en la muerte? ¿Por qué? La muerte nos alcanzará lo mismo que a todos. ¿Porqué pensar en ella? No tiene importancia. ¿Pensar en las virtudes? Eso tampoco tiene importancia. ¡Si sólo se trata de nuestra elegancia moral, dejémosla para mañana si hoy estamos cansados!

Pero justamente, no se trata de eso, sino de no dejar morir en nosotros la vida divina que nos está confiada, y eso no espera porque ¡en toda infidelidad, Dios es víctima inmediata!

Escuchen, miren: el mal humor, el peso que ponemos en los hombros de los demás, las quejas que difundimos a nuestro derredor, rumiar los sufrimientos y contarlos a los demás, toda nuestra negatividad hace pesada la vida, debilita la esperanza, destruye el entusiasmo, intercepta el flujo de luz, y finalmente, se convierte en una pantalla en el movimiento de Dios.

Al contrario, toda generosidad, todo esfuerzo por conservar la sonrisa, por difundir el entusiasmo, por hacer retroceder la vejez, por afirmar en sí mismo la eterna juventud de Dios, todo esfuerzo por ser espacio en la vida de los demás, abre todas las puertas de luz y permite a Dios revelar su rostro”

Recuerdo siempre con admiración una mujer de 40 años enferma de cáncer del estómago, del que murió. Lo sabía y esperaba la muerte con perfecta serenidad, pero en su lecho, recibía sólo vestida con blusa de seda. Era además de condición modesta, pero no quería imponer a los demás la visión de su enfermedad. Quería ser hasta el final de rostro sonriente, acogedor, y que diera testimonio del esplendor de la vida. Eso es la santidad.

La santidad consiste en ser alegría de los demás. La santidad consiste en hacer más hermosa la vida. La santidad es ser un espacio donde respira la libertad. La santidad es llevar a cada uno a descubrir la aventura increíble que tenemos, por estar encargados del destino de Dios.

La pobreza evangélica es la pobreza de Dios. Y si Dios nos pide entrar en la pobreza, es porque es la única grandeza auténtica.

¡La grandeza sólo está en el amor, en el don de sí mismo! Y amar es justamente vaciarse de sí mismo, ser pobre de sí mismo, hacer de sí mismo un espacio donde uno pueda respirar su vida.

Pero esa pobreza, justamente por tener está en Dios su fuente infinita, pues jamás podremos ser tan pobres como Dios, jamás podremos ser la pobreza original, podremos encaminarnos hacia ese despojamiento y aumentar siempre su generosidad pero jamás seremos tan pobres como Dios mismo.

Pero en fin, si Dios nos llama a la felicidad que es gozo del don total, es justamente porque quiere nuestra grandeza y llega al colmo confiándonos su vida, poniendo en nuestras manos su destino en la historia.

Porque Dios sólo puede ser realidad de la historia, ser una presencia que cuenta en la historia, una presencia que camina en las calles de Londres, una presencia que cualquier hombre de la calle puede reconocer, pasando por nosotros, que somos la inserción temporal de Dios en el universo visible, y si faltamos a esta invitación, Dios es como anulado, eclipsado, inexistente en la experiencia humana.

Y lo que es para mí el único motivo de la esperanza cristiana, no es esperar la felicidad para sí mismo (1), sino liberar el amor de los límites en que lo encerramos, de las caricaturas con que lo cubrimos, liberar el amor asfixiado por nuestro narcisismo, liberarlo para que pueda por fin respirar a través de nosotros y comunicarse a todos.

Evitar el mal es evitar de matar a Dios, evitar crucificarlo. Hacer el bien es descrucificarlo, hacerlo nacer es revivir el misterio de la Anunciación y de la Natividad, y en palabras del Evangelio, convertirse en la madre de Dios.

Pensándolo bien, quizá ninguna palabra del Evangelio es más emocionante que las palabras de Jesús: “El que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Se trata pues de ser la cuna de Jesús, de darle en nosotros una humanidad más, de permitirle que nos invada totalmente para que pueda estar hoy realmente presente en la historia.

Si buscamos aventura, ahí tenemos una que nos conviene y que solicita nuestro amor, todo el día y toda la noche, pues no hay un momento en que nuestra ausencia, nuestra indiferencia o nuestro rechazo no ponga en peligro la vida de Dios en la historia. Y para los hombres, lo que no entra en la historia no existe, pues es inaccesible y no verificable.

Para que Dios esté realmente Presente a los hombres de hoy, tenemos que hacerle una cuna nueva a cada latido de nuestro corazón. Y es verdad, y ahí se ve la grandeza del Evangelio, su grandeza inmensa, paradójica y magnífica, pues si el hombre es hoy creador como lo desea el marxismo, si es creador como lo deseamos nosotros, si es origen, si es comienzo, si tiene el mundo en sus manos, si tiene que terminarlo con su amor, es en la imposibilidad radical de enorgullecerse.

No hay que alzarse por encima de la cabeza como el superhombre de Nietzsche, ni que humillarse con esfuerzos imposibles, pues el cristiano sabe que la única grandeza es el don de sí mismo, la única grandeza es la generosidad, y que no se trata de dominar sino de darse.

Entonces, grandeza y humildad son una misma cosa, porque la grandeza consiste en vaciarse de sí mismo y la humildad es implemente no mirarse por ser sólo mirada hacia el otro.

Tenemos pues una obra inmensa que realizar, porque es de urgencia infinita para que el reino de Dios se realice, que nuestro consentimiento se dé sin falla, a cada minuto, en las cosas más pequeñas. Todas las pequeñeces tienen consecuencias infinitas.

El verdadero mal no es matar, violar, destruir, cosas que se hacen sólo en estado de violencia irracional. El verdadero mal está en los alfilerazos certeros que se dan bajo la hipocresía de falsa caridad. Todas las pequeñeces que anulan, que erosionan el amor, que tratan de vencerlo, y que provocan finalmente la descomposición de toda la existencia.

Se trata pues, para entrar en los matices del amor, de llevar a los demás la sonrisa de Dios, de tener gracia de los pies a la cabeza para manifestar el estado de gracia, llevando por doquiera la luz de la belleza y de la bondad de Dios.

En todo caso, es imposible comprender la inmensidad de la vocación cristiana y la sed de grandeza que Cristo tiene para nosotros sin dejar entrar en nosotros la palabra más conmovedora que nos haya dicho: “El que hace la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

Si cada uno de nosotros se dedica a esa divina maternidad, si cada uno comprende que tiene que convertirse en cuna de Dios, ¡entonces el misterio de la Virgen será para nosotros de candente actualidad! Y comprenderemos que es realidad actual y de cada instante de la vida, y que hoy, y cada día, cada minuto, a cada latido del corazón, a través de nosotros, el Verbo quiere hacerse carne para habitar en medio de nosotros”.

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