Conferencia de Mauricio Zúndel en El Cairo, el 23 de mayo de 1961. (Inédita)

Una pequeñita se mira en el espejo. Su mamá que es artista, le procura los más hermosos vestidos confeccionados por ella misma, con todo su amor. Para ella es importante que su hijita esté lo mejor vestida y se enorgullece escuchan­do a sus amigas que admiran la perfección de los tocados de la niña, y también la pequeña es consciente de su elegancia, pero la abuela se preocupa al ver que ella busca en el espejo el reflejo de su hermosura. ¿Esta niñita que se mira en el espejo, llegará un día a descubrirse a sí misma? ¿Puede ver su rostro? Y en general, ¿podemos vernos en un espejo? La respuesta debe ser negativa: no podemos vernos en un espejo.

Porque en el espejo solo podemos proyectar una imagen artificial y estática. Es imposible en un espejo a sí mismo en un espejo, revelar el misterio del alma, el secreto de la vida interior, ya que justamente, para ser uno mismo es necesario salir de sí mismo.

El conocimiento de sí mismo es lateral. Nos vemos cuando dejamos de mirarnos. Cuando nos miramos ya no nos vemos, simplemente nos hacemos una imagen artificial de nosotros mismos, nos quedamos fijos en una actitud conven­cional y, justamente, el misterio más profundo escapa, es imposible verse en el espejo. El verdadero espejo es otro, en quien devenimos nosotros mismos.

En su comentario sobre el evangelio de san Juan, San Agustín hace una observación muy sugestiva a primera vista: “No veo mi rostro sino mi conciencia.” Al contrario, veo el rostro de otro y no su conciencia. Y finalmente es verdad: no veo ni mi rostro ni mi conciencia y, si bien es cierto que veo el rostro de los demás, su rostro solo me interesa como revelación de su conciencia que puede trasparentar por su medio. Y precisamente, continuamente estamos buscando a través del rostro humano el secreto interior que es lo esencial que nos interesa y a lo cual le atribuimos un valor supremo. ¿Es una ilusión, o hay realmente detrás de cada rostro un secreto único? ¡Todos quisieran creerlo!

En una novela que hoy ya no se recuerda, Lo que estaba perdido, Mauriac cuenta el drama de una mujer con un cáncer incurable, que sabe que está condenada y no cree en nada ni tiene esperanza alguna. Ella sufre terriblemente y su marido frívolo le es generalmente infiel, inventando además pretextos honestos para explicar sus ausencias, pero a ella no la engañan sus álibis. Y justamente, en un momento dado, como el mal se agrava y el sufrimiento se hace más insoportable, ella se pregunta: ¿por qué, por quién vivir? ¡Nadie me necesita! Mi marido no me quiere, para él, son un objeto, lo obligo a mentirme, a ponerse una máscara todo el tiempo, lo más sencillo es desaparecer.

Pero quiere hacer un último ensayo para ver si no queda todavía un resto de amor que justifique su sufrimiento y su existencia, y le pide desprevenidamente que le dedique su próximo fin de semana. Como él ya ha preparado todo para sus placeres, busca excusas, pero al sentir su insistencia en la gravedad de su voz, la petición inhabitual en que ella pone algo muy profundo, por fin se resigna y le promete que se va a quedar y en efecto, ahí está el fin de semana. Se instala a su cabecera, le hace la lectura, lee maravillosamente, pero como la enferma está frágil, al cabo de una hora ella se duerme.

En seguida, la tentación se apodera de él: ya que está dormida ya no me necesita. Se va y mientras la puerta se cierra, la enferma se despierta y comprende que no cuenta para él, toma una dosis de estupefacientes suficiente para provocar la muerte y, en efecto, muere.

Ella necesitaba creer en su valor, quería sentirse única y como nadie le daba testimonio de su unicidad y ella no tenía otra esperanza, decidió desaparecer.

En otra novela de Mauriac, "El nudo de víboras » (1932), es el hombre el que se siente frustrado, tiene el sentimiento de que para su esposa e hijos él es solo el que trae dinero. Le parece que para ellos, él es solo una inmensa fortuna de la que hay que aprovechar, que él no es nadie. Y puesto que tiene el deseo y la voluntad de ser alguien, siente una rebelión inmensa y se deteriora con el resentimiento. Quiere privar a toda la familia de la fortuna que tanto codicia, y solo se abre a sí mismo al comprender, ante la muerte inopinada de su esposa, que hay en él un tesoro escondido que es más grande que él mismo. Y finalmente, alcanza su plena realización en Otro.

Cada uno quiere ser único, desde luego, y rehúsa ser tratado como algo. Nadie soporta ser intercambiable, ser solo un número que se puede cambiar por otro.

Ante esas reivindicaciones incoercibles y conmovedoras, uno tiene a veces la tentación de pensar ¿qué has hecho? ¿qué haces de extraordinario que pueda justificar que creas tener un valor único que pueda justificar tu rechazo de ser intercambiable y de ser confundido con un número en una serie anónima?

¿Pero, es ésa la pregunta? ¿Se trata de hacer algo? O simplemente de existir. En forma de don.

Es un equívoco permanente. Creemos que se trata de hacer y olvidamos que el valor esencial está en la existencia misma. Yo recuerdo la confidencia de un monje, de un monasterio contemplativo de Holanda, que me decía: “Para nosotros, la mayor prueba no es la obediencia, ni la pobreza ni, naturalmente, y con mayor razón, la castidad, sino la monotonía. Sabemos qué día entramos, que un día semejante, dentro de diez o veinte años, según el calendario, según la fiesta idéntica que celebremos, haremos exactamente lo mismo, que nuestra jornada tendrá las mismas características y que hasta el final de nuestra existencia no sucederá nada. Ésa es nuestra prueba No pasa nada y nunca pasará nada: nuestra vida ya está inscrita en el calendario litúrgico”.

Y, en otro sector bien diferente, vimos justamente bajo el Cuarto Reich en el campo nazi, bajo el régimen de Hitler, el triunfo de esa superstición del hacer. Se trata de hacer, de dar rendimiento, de ser útil, y por lo tanto, es absolutamente necesario suprimir las bocas inútiles, los viejos improductivos y los enfermos incurables.

Y sabemos, advertidos por una intuición incoercible, que hacer no es todo. Después de todo, solo podemos fabricar cosas, realizar obras exteriores, que las máquinas podrían hacer lo mismo y quizá mejor que nosotros, y que lo propiamente humano no es hacer, que no se puede hacer hombres, a lo mejor, se les puede dar la oportunidad de hacerse, pero nadie puede hacerse en su lugar, y hacerse hombre no es hacer algo, sino hacerse alguien.

Y lo esencial en el hombre es justamente un acontecimiento interior en que se transforma, accede a la dimensión humana y se hace espacio, libertad, creador.

Lo útil está bien, lo útil es necesario en el orden de los medios, pero hay algo que supera infinitamente lo útil y es como dice paradójicamente dice Lecompte de Nouy: lo inútil, cuando afirma justamente que la civilización, la cultura, precisamente lo son de lo inútil.

Porque lo inútil, es algo que no es ordenable hacia otra cosa, que no puede ser subordinado a un fin exterior, lo inútil es un fin en sí mismo, algo que es un valor absoluto. Algo sobre lo cual podemos descansar. Ahí es donde aparece nuestra alegría, ahí encontramos la paz, ahí se siente la admiración y el encanto. Y precisamente, toda la cultura humana, toda la civilización, busca producir ese acontecimiento interior en que el hombre accede a sí mismo, en que adquiere su dimensión humana, en que se hace valor, bien común universal, fuente, juramento de libertad para la liberación que realiza en sí mismo.

Y la ciencia, la ciencia no confundida con una técnica, pues las técnicas, ciertamente necesarias, son importantes en el terreno de lo útil, nos ayudan a realizar cosas, pero la ciencia en su fuente, en su genio creador, la ciencia, en la promoción que sabe cambiar el espíritu de plano, que abre horizontes desconocidos y constituye propiamente el progreso, esa ciencia es contemplativa, no busca ante todo la utilidad sino el conocimiento, es decir nacer, hacer nacer.

La ciencia logra su mayor éxito, alcanza la mayor alegría en la contempla­ción. Todos los verdaderos sabios son ante todo contemplativos. Y ¿qué es contemplar? Según la etimología, hacer de la realidad un templo. La palabra contemplar evoca lo sagrado, evoca precisamente lo que en el universo está aparentado con la mente o el espíritu, lo que puede alimentar el espíritu, lo que en nosotros puede hacerse fuente inagotable de luz. Un universo contemplado y no explicado es un universo a través del cual dialogamos con X, llámenlo como quieran, pero que es evidentemente alguien a tal punto que en ese diálogo escapamos al reino de las cosas, al imperio del determinismo, y llegamos a ser alguien.

Cuántos sabios son así místicos que se ignoran, tanto más auténticamente, místicos que se ignoran porque no cesan de dialogar, de abrirse a la luz, de salir de sí mismos, de purificarse de sus límites y escorias, y de hacer de su vida una consagración cada vez más perfecta.

El verdadero sabio es pues contemplativo y evidentemente, también, naturalmente. No sin razón le dio Teilhard a una de sus obras el título de oblación lírica y Stravinski, el gran músico, escribió “la consagración de la primavera” (en París, en l913)

Las palabras místicas vienen naturalmente a la mente ante las grandes obras, como la actitud mística misma, con el sentimiento inmediato de liberación y, justamente, toda obra maestra grava ese momento en que el artista creador fue arrojado al centro de ese diálogo, fue sacado de sí mismo, liberado de su yo biológico y revestido por un instante de su yo eterno, se hizo fuente, espacio y libertad.

El mundo visible puede dejar trasparentar el mundo invisible, y a su vez, el mundo invisible solo puede revelarse a través del mundo visible. Ese es el sentido del símbolo. El símbolo es una realidad que significa, una realidad que evoca, una realidad que hace alusión, una realidad que nos revela en cierta trasparencia la Presencia cuya nostalgia llevamos siempre, y que es la única que puede colmarnos.

Y en cierto aspecto, el mundo entero es un símbolo. Pues no hay realidad que no pueda llegar a ser fuente de luz en nosotros. No hay realidad que no pueda suscitar en cierto aspecto nuestra admiración y encanto. No hay realidad que no pueda amplificar la inteligencia y alimentar el pensamiento. Y de nuevo encontramos la característica tan conmovedora y admirable del conocimiento, a saber, que todo conocimiento es lateral, jamás está en contacto directo, se realiza siempre por medio de alusión. Es decir que toda realidad tiene existencia relacional, y que en la medida en que somos capaces de percibir la relación entramos en contacto con la luz y nos hacemos realmente conocimiento.

Conocer es percibir ese juego, ese concierto de relaciones que surgió de todos los fenómenos, y que, precisamente, solo pueden ser percibidos cuando se los reúne los unos con los otros. ¿Qué es la materia, qué es la energía? ¿Qué es el movimiento? A todas esas preguntas podemos dar innumerables respuestas, envueltas en innumerables imágenes. Quedan por fin los números. Pero los números que son relaciones, o expresan relaciones mensurables, y nos vuelven siempre al concierto de relaciones que ya un ama de casa establece sin siquiera pensar en su menaje. Pues ¿cuál es su guía para organizar los muebles, sino la relación entre el sillón y el diván, entre el diván y el péndulo, entre el péndulo y el lustro y el empapelado, entre el empapelado y el tapiz? Eso es justamente lo que la guía. El sentido de las relaciones, el concierto de relaciones.

A menudo he dicho que los muebles amontonados en un depósito no dicen nada. No tienen significado. Porque no podemos decir que hay relación entre ellos. El mueble más precioso, colocado en un medio discordante, nos hace sufrir en vez de suscitar admiración y al contrario, los muebles más sencillos y humildes nos encantan y los admiramos. Con la primera mirada expresamos el concierto de relaciones que nos refuerza y nos da de inmediato un sentimiento de presencia.

La existencia, toda existencia, sólo llega a sí misma, solo es plenamente y alcanza todas sus dimensiones en una relación. Toda existencia auténtica, es decir relacional, lo mismo que el conocimiento, es siempre lateral, es decir siempre está fundado en el descubrimiento de una relación, así como toda obra maestra es un concierto de relaciones. Pero es necesario decir más, no solamente sobre toda obra maestra sino sobre todo amor, hasta en el amor supremo, la adorable Trinidad que es ante todo el concierto de relaciones en que la personalidad misma, el yo en toda su transparencia y en toda su pureza, es una relación viva, subsistente y eterna.

Y sin duda por eso toda realidad solo puede realizarse en relación, pues justamente toda realidad, a su manera – y por justicia – lleva la impronta de la Trinidad, cuya vida profunda que brota eternamente es un concierto de relaciones. Vemos pues que el mundo de la cultura, el mundo de la civilización, el mundo de la ciencia, el mundo del arte, esta todo enraizado en lo inútil. Porque no se trata ante todo de aniquilar, de explotar, sino de alcanzar la dimensión humana mediante la cultura y la civilización, mediante la ciencia, el arte y el amor, de llegar a la existencia relacional, llegar a ser uno mismo en el otro, para ser de verdad un bien común y un valor universal.

Cristo que da a la humanidad tanto esplendor, es el hijo del hombre de manera única, así como es hijo de Dios de manera única, Cristo “inmensificó” la gama de relaciones y, a través de su humanidad infinitamente despojada, a través de su humanidad que es solo relación viva con Dios, a través de su humanidad que es puro sacramento, a través de su humanidad somos introducidos nosotros en las relaciones infinitas que prolongan la existencia en todas las direcciones y le confiere una riqueza inconmensurable.

Y eso es lo que vamos a descubrir inmediatamente si nos volvemos hacia los símbolos tan preciosos, tan discretos e indispensables que llamamos los sacramentos. Símbolos eficaces, símbolos cargados de luz y de vida divina. Símbolos que revelan a sí misma la vida humana, confiriéndole todas sus dimensiones.

Vimos el hitlerismo, cuidadoso de hacer desaparecer las bocas inútiles. Para qué entretener desechos de la humanidad, y vemos a san Vicente de Paul que al contrario se inclina ante esos desechos, llamándolos tan tiernamente “mis Señores los pobres”. Para él, esos desechos son infinitamente preciosos, él desea recogerlos, almacenarlos en lo eterno, porque sabe que la libertad humana tiene hasta el final la dimensión de la cruz, es un valor infinito que los últimos latidos del corazón puedan decidir no solo del destino del hombre, sino que también podamos decidir del destino de Dios.

Es una maravilla ver en los hospitales justamente las primeras hijas de Vicente de Paul y las que ahora le son fieles, verlas inclinarse sobre esos desechos, reconociendo en esas vidas privadas de toda energía física, incapaces de hacer nada, la posibilidad de decidir, que todo lo determina, la posibilidad de un acontecimiento interior que es soberanamente importante, la posibilidad de hacer circular en el mundo toda una corriente de luz y de amor.

Y eso es justamente lo que significa la extrema unción, el moribundo que ya no es más que un aliento, puede hacer de su muerte un acto libre, puede hacer de ella una ofrenda, puede triunfar de la muerte, entrar en la muerte como un gran ser viviente, en la medida en que por su decisión se vuelve eternidad, en la medida en que termina, desfalleciente, el largo tema de su inmortalidad, puede aún imprimir en la historia una huella imborrable, puede hacerse creador en sus últimas palabras. Hasta el final, nuestra vida ilimitada, el hombre, hasta el final la dimensión humana, y respetar hasta el final la dimensión humana y conside­rarla como inviolable, el hombre aparece hasta el final como capaz de hacerse hijo de Dios.

Y lo que es verdad al final lo es también al comienzo, el bautismo, justamen­te, ante la fragilidad del niñito, tan perfectamente inútil también, que no es sino un manojo de necesidades que requiere atención de todo instante, y el bautismo nos recuerda que ese pequeñín es también, y más todavía, sobre todo un manojo de posibilidades infinitas en que están contenidas todas las esperanzas de la humanidad y todas las esperanzas de Dios en la humanidad. Y por el bautismo, esa vida frágil, esa vida incapaz de hacer nada, esa vida que a pesar de todo comunica ya con el Espíritu, esa vida sensible, toda matices, esa vida que puede respirar a Dios. Si su madre, que comunica su presencia, esa vida que es educada precisamente por la atmósfera que hace circular en ella todos los valores humanos y divinos, esa vida va a hacerse foco de presencia universal por el bautismo. Por el bautismo, ese pequeñito va a entrar en los circuitos de la comunión de los santos. Va a enriquecerlo, va a ser el santuario de la Trinidad. Será realmente la custodia y el tabernáculo de Dios. Por su medio, el mundo alcanzará un nuevo origen, y Dios una nueva revelación, y en los brazos de su madre conocerá el más hermoso libro de oro.

En efecto, ¡qué oración puede brotar del corazón de una madre que puede contemplar y adorar en el corazón de su hijito la presencia adorable del amor eterno. El bautismo significa, realiza la nobleza y la grandeza infinita de una existencia hundida en la humanidad universal de Jesucristo, revestida por ella de la relación infinita que arroja en Dios toda la creación.

La penitencia por su parte, para el niño que ha crecido, para el niño hecho adolescente, para el adolescente hecho adulto, para el adulto que conoce sus límites y sus fallas, que sabe que ha negado tan a menudo sus compromisos, que ha estado tan a menudo a la superficie de sí mismo, que cayó afuera después de haber estado dentro, que perdió su rostro, que desertó de su Himalaya, que se dejó engañar por los determinismos de la tribu y de la especie, la penitencia le recordará que no es su pasado lo que lo conduce, que en Dios todo es nuevo, que siempre podemos arrancar de nuevo, que la vida es nueva todos los días si queremos enraizarla de nuevo en Dios por medio de un acto auténtico de fe y amor.

¡Qué bien inmenso, y qué inmensa luz! En fin, eso quiere decir que el bien no es lo que hacemos sino lo que somos. En el cristianismo no se puede hacer el bien sin antes convertirse en el bien. El bien es estar liberado, sin fronteras, es darse, es ofrecerse, es estar totalmente dado, generosidad, que comunica a todo lo que hace esa dimensión de amor y que introduce en todo lo que hace el juramento de liberación, el cual, comunicándose a los demás, puede despertarlos al sentido de su humanidad.

Eso es lo admirable, el bien somos nosotros en estado de adhesión, de trasparencia y consentimiento, y somos el mal en estado de rechazo, el mal no se escribe en un libro, no se anota en un registro según el cual seremos juzgados y condenados, el mal somos nosotros, estamos ausentes cuando decimos “nosotros”, cuando nos cerramos a la Presencia única, cuando nos distraemos del llamado que resuena en lo más profundo de nosotros mismos.

Y el mal que somos lo superamos inmediatamente, lo borramos radicalmente cuando nos trasformamos en el bien, cuando nos abrimos, cuando consentimos, cuando somos , cuando acogemos la luz y le ofrecemos de nuevo la trasparen­cia de nuestro amor. Como la Magdalena que fue canonizada en un instante, como la mujer adúltera quedó convertida en un instante en archidiácono, como el buen ladrón en un instante entró, o mejor, se hizo paraíso, en un instante el alma puede retornarse, todo eso no se realiza en un tiempo de reloj sino en el campo de posibilidades que es la distancia de nosotros a nosotros mismos y que solo nuestro amor puede sobrevolar y colmar.

Y la penitencia nos lo afirma: el pasado ya no existe, es solo el terreno de la acción de gracias, del canto, del canto encantado del amor que ha encontrado el rostro de su amor. La penitencia nos introduce en la dimensión, nos introduce en la mística evangélica, nos introduce en el mundo en que todo es nuevo.

Y el matrimonio otro sacramento, el matrimonio recuerda a los esposos que solo tienen que ser origen, que deben preservarse del pecado original que es justamente rehusar ser origen. El sacramento del matrimonio les recuerda que están al comienzo de una descendencia que puede durar hasta el fin de los siglos, son a su manera Adán y Eva, portadores de infinitas posibilidades que constituían lo que llamamos en una imagen admirable, el paraíso; el paraíso que era todo ese campo de posibles en que el hombre podía realizarse, en que el hombre podía realmente promover todo el universo. Podía darle, en su edad de razón, su dimensión infinita, a condición de entregarse al amor. El sacramento del matrimonio recuerda a los esposos que si quieren realmente transmitir la vida, si quieren no ser solo instrumentos ciegos de la especie, si no quieren regresar hasta la célula germinativa, si quieren realmente ser los padres de sus hijos y los hijos de sus hijos, si quieren ser su origen y sus creadores, tienen que aportar a toda su descendencia los más elevados campos de luz y de amor, y que hagan justamente contrapeso al embrujo y a la ceguera de la especie por medio de una generosidad ilimitada.

Porque la santidad que los padres de Teresa del Niño Jesús dieron a la procreación queriendo ofrecer a Dios humanidades de crecimiento, queriendo ofrecer a Dios almas en que pudiera continuar su encarnación, llegando admirablemente a consagrarle sus hijas y a darle al mundo para lo mejor, la santidad tan grande y varonil que llevó la pasión del Señor hasta hacerse su víctima y cuya luz penetró y sigue penetrando el mundo entero. El sacramento del matrimonio recuerda a los esposos la vocación de santidad que san Pablo afirma en la epístola a los efesios cuando ve en el matrimonio el sacramento que representa y realiza el misterio de la Iglesia. Ya no es un egoísmo de dos sino escalar juntos el inmenso Himalaya, superar las fronteras del momento, el rayo de luz que permitirá a cada uno llegar a sí mismo, el intercambio que va hasta la Trinidad en que es vencido el yo instintivo, el yo posesivo, y en que el yo divino es comunidad, pues solo entonces los esposos podrán ser de verdad fuente y origen, sólo entonces serán de verdad padres de sus hijos, pues sus hijos recibirán de ellos el alma, el alma lo mismo que el cuerpo, recibirán de ellos el rayo de libertad e inmortalidad, la revelación de un tesoro, de un sol interior escondido en su conciencia, y aprenderán así a ser hombres ellos mismos, a alcanzar toda su estatura. Afirmar en ellos la dimensión humana. Así el matrimonio ordena y revela a los jóvenes esposos sellando su unión con el sello de la adorable Trinidad, que están llamados más que nadie a ser fuente, origen y creador.

El sacerdocio también tiene la misma importancia y nos introduce en el mismo universo ya que el sacerdote es el sacramento de la unidad, el sacramento del cuerpo místico que todos los hombres deben formar juntos, y que su paternidad no conoce fronteras ni de raza, ni de lugar, ni de tiempo. Si no, yo no estaría aquí y no tendría el honor de dirigirles la palabra.

El sacerdocio, sacramento de la unidad del género humano en la humanidad universal de Jesucristo, nos recuerda como el matrimonio los infinitos horizontes de la vida, las relaciones en que estamos y justamente, la existencia relacional auténtica, en que logramos superarnos, saliendo del antiguo yo propietario para revestir poco a poco el yo divino en que nos reunimos todos, del cual estamos encargados todos, que es el lazo, el foco y el centro de todas nuestras ternuras, el fermento y la clave de nuestra libertad.

Apenas sí es necesario añadir que la eucaristía, sacramento de los sacramentos, contiene una experiencia imprescriptible de universalidad, ya que la eucaristía, de la que hablaremos en otra ocasión, es el banquete de la fraternidad divina, fruto de la paternidad divina, y que a la mesa del Señor todos debemos estar juntos reunidos para constituir justamente un solo pan, para realizar el cuerpo místico, única conexión con su jefe, su cabeza, que es Jesús. El organismo sacramental es pues claramente, como todos los símbolos y más que todos ellos por su eficacia divina, el organismo sacramental lo coloca en el centro de ese universo de relaciones. Él nos revela constantemente nuestra vocación de grandeza, nos recuerda lograr toda nuestra estatura, nos exige hacernos hijos del hombre para llegar a ser hijos de Dios. Dar finalmente a la humanidad todo su brillo en nosotros, toda su trasparencia, toda su grandeza, toda su juventud y toda su novedad.

Y lo admirable es que ese organismo sacramental es infinitamente discreto. Los signos que lo constituyen son los más finos, tomados de los gestos más comunes de la vida, el pan, el vino, el fuego, el aceite, el incienso, la palabra y desde luego, siempre el amor. Son los gestos mismos de la vida, los más concretos, los más necesarios, los más cotidianos, que ofrecen el juego de símbolos cargados de eficacia divina. Signos tan ordinarios, tan humildes, tan cotidianos que solo pueden tener el sentido de que solo son legibles para la fe.

Recuerdo al admirable pastor Wilfred Monod, que oponía el profetismo que representaba su religión al sacerdotalismo que representaba, digamos por brevedad, la nuestra. Para él, el profetismo era el espíritu siempre abierto a las inspiraciones divinas, siempre capaz de dar una revelación nueva y de cambiar según las circunstancias todas las direcciones del hombre con una palabra recibida de la divinidad en esa hora. Al contrario, el sacerdocio le parecía como la rigidez, la esclerosis de una religión sumergida en los ritos, en ritos inmudables, en ritos inmóviles, en ritos mágicos y mitológicos. El sacerdocio significaba justamente la inercia y el inmovilismo de una religión que se apoya sobre los gestos y en que el Espíritu ya no tiene parte. Yo estaría tentado de invertir el equilibrio de esta comparación, pues justamente, fundándome en san Pablo a los corintios, recordando con qué rigor san Pablo limitó el ejercicio de los dones proféticos, el terror que le inspiraba un galimatías, el desorden a que pueden llevar inspiraciones venidas de todo lado, y pretendiendo cada una aportar la última palabra de la sabiduría divina, recordando con qué sabiduría subordinó él a la autoridad apostólica el ejercicio de los dones carismáticos, me parece, al contrario, infinitamente conforme con la pobreza evangélica el haber descartado todo milagro, todo lo sobrenatural sensible en la transmisión de la gracia y de la vida divina. No pasa nada, no se ve nada, y para el que no viene con fe, que no está en armonía e intimidad con Jesucristo, para el que no tiene conexión mística con su intimidad, todo eso literalmente no tiene ningún significado. Y justamente lo maravilloso es que en ese organismo sacramental está el sello de la pobreza divina, el universo mismo en estado de pobreza, el universo incognoscible a no ser como relación, y la relación misma no es legible sino para la fe y al amor.

Ese es el gran milagro del organismo sacramental, el gran milagro de la liturgia: no pasa nada. No se puede sorprender infraganti a Dios, no se puede visualizar lo sobrenatural, no se lo puede fotografiar o filmar, escapa a las realidades esenciales para el que no esté centrado, enraizado en la pobreza y el amor. Todo eso es tranquilo y apacible, todo emana del silencio y nos lleva a un recogimiento infinito y nos invita al diálogo en que escucharemos la palabra silenciosa que dice Dios a cada uno si lo escucha, la palabra en que le enseña quién es, en que recibe la revelación de su verdadero nombre, como el que, según las palabras del apocalipsis, recibe la piedrita blanca sobre la cual está escrito un nombre que nadie puede leer excepto el que la recibe.

Símbolos y sacramentos, qué mundo infinitamente rico, qué mundo maravilloso en que llegamos a las fuentes de la cultura y de la civilización, en que salimos de la superstición del hacer, de la idolatría del éxito, del embrujo de la técnica reducida a sí misma claro está, pues evidentemente, la técnica es admirable, debemos obrar y realizar, ser útiles en la medida de lo posible, pero sin olvidar que el hombre es interior, que el acontecimiento esencial es interior, que la dignidad no está en lo que hacemos sino en lo que somos, que el bien está bajo el parecer y que el bien común es ya ese niñito en los brazos de su madre, el niñito con sus ilimitadas posibilidades, el niñito con su luz interior, el niñito que respira a través de su madre la luz del mundo y la restituye tan admirablemente por medio de su sonrisa.

Ese es el mundo del símbolo y del sacramento, el mundo tan maravillosamente humano y tan perfectamente divino, el mundo en que toda realidad se pone a cantar, el mundo en que el mundo visible revela lo invisible, en que lo invisible se encarna en lo visible, el mundo que es nuestro verdadero universo, el mundo inagotable, y en cada mañana debemos descubrir sin cesar que perdemos y que caemos en el yo biológico, el mundo de dimensiones infinitas, el mundo lateral, el mundo relacional, el mundo en que es evidente que es imposible vernos, vernos de verdad en un espejo, cosa que trataba de hacer, en vano, la pequeñita, jamás podremos vernos en un espejo porque yo es otro, jamás podremos vernos en un espejo porque cuando nos buscamos en él solo encontramos una imagen fija, una actitud artificial o convencional; sólo podemos vernos lateralmente, solo podemos vernos en otro, cuando dejamos de mirarnos.

Mundo extraño, mundo magnífico, mundo inagotable, mundo de la cultura, de la civilización, de la ciencia, del arte y del amor, mundo de la santidad, mundo místico y tanto más humano, mundo cotidiano, mundo eterno, mundo en que toda realidad está sumergida en un concierto de relaciones, ya que es maravillosamente cierta la afirmación de un gran filósofo que remonta a los orígenes de los orígenes, al origen que tiene lugar ahora, y siempre, en cada despertar de la mente, en cada latido de nuestro corazón, esas palabras que dicen todo y que resumen todo: “al comienzo está la relación” (Bachelard)

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