Conferencia de Mauricio Zúndel en Dar El-Salam, El Cairo, en 1962 (Inédita).

Señoras, Señoritas, Señores,

Hablando de las relaciones y del segundo principio de termodinámica que, como ustedes saben, trata de la degradación de la energía, hablando de esas relaciones del segundo principio de termodinámica con la mecánica cuántica, en El hombre ante la ciencia, Lecomte de Noüy escribe: “Esto, creo yo, expresa el estado de la cuestión en este momento en que estoy escribiendo. Estoy seguro de que cuando este libro esté impreso, nuevos hechos se habrán presentado. A menudo una teoría pasa de moda en seis meses.

No se puede expresar mejor de lo que lo dice aquí Lecomte du Noüy la historicidad que afecta todas las ciencias actuales, y en particular las ciencias físicas. Un físico que deje de trabajar y se aferre dogmáticamente a lo que sabe se convertiría rápidamente en fósil.

Es pues absolutamente imposible inmovilizar la ciencia y obtener una visión definitiva del universo. Toda afirmación científica guarda las huellas de una historia que no terminará mientras el hombre exista. Una ciencia auténtica no puede pues enunciar verdades absolutas e inmutables que nadie pueda jamás poner en duda. Al contrario, la ciencia contemporánea no cesa de cuestionarlo todo, y en especial el conocimiento ordinario, la filosofía natural del sentido común con el cual rompió definitivamente.

La ciencia contemporánea desconfía de las intuiciones inmediatas que juegan con imágenes. Desconfía de la realidad concreta, de los datos naturales en que se refugia la contingencia de que se alimentan los sueños irracionales. Rehúsa las contingencias, los accidentes. Quiere corregir la realidad y la inteligencia. Busca organizar racionalmente una realidad integrada, afinada, como en la separación de los isótopos, o creada como en los elementos radiactivos artificiales.

Aborda los fenómenos con teorías que son instrumentos de racionalidad, con aparatos de gran precisión que son aplicaciones de las teorías. En vez de constatar, hace experiencias. En vez de medir, calcula. Donde solo hay hechos, busca razones. Desea comprender corrigiéndose sin cesar e instaurando un orden racional en los fenómenos siguiendo un principio necesario de razón. La ciencia contemporánea no reconoce más absoluto que las exigencias que la constituyen ella misma y su objeto y el rechazo que opone a la pereza y a los sueños del sentido común. Pero vemos bien que ella modifica, humaniza la realidad, como también la estructura del pensamiento.

Esa voluntad de comprender más bien que de describir, de donde resulta precisamente la humanización de la realidad, merece que nos detengamos. Se trata de lograr las condiciones necesarias de una organización racional de las energías que actúan en el universo, porque en cierto modo el hombre solo puede comprender el mundo orientándose en él. Instaurar una organización racional de la realidad, abordar toda realidad como un organismo, como una unidad inteligible a partir de un centro, de una fórmula constitutiva en que se origina y se desarrolla en luz en nosotros. En resumen, tratar de conocer el universo como quisiéramos conocer a alguien.

Y de ahí viene la alegría de comprender. Por medio de un esfuerzo que logra una rectificación decisiva, aun sabiendo a priori que no puede ser la última palabra de la ciencia, sentimos el gozo de la armonía de la realidad y la mente. En el estado de especialización extrema de la ciencia contemporánea, es un gozo reservado a muy pocos. Y aun para esos pocos, no es seguro que la humanización tan admirable del mundo físico implique la del hombre. La cosmogénesis, el génesis, la creación de un mundo emprendida por la ciencia contemporánea no lleva automáticamente a una antropogénesis, al nacimiento del hombre auténtico, unificado en un centro de luz en que se revele totalmente.

Si bien parece necesario construir el mundo para utilizarlo de manera inteligente, es más necesario todavía construirse a sí mismo, crearse, para bien utilizarse. Pero ahí no bastan, ni las teorías, ni los instrumentos, ni los cálculos, ni los métodos. En física estamos ante un universo que se deja modelar. En lo humano, al contrario, estamos ante un ser que no debe dejarse, que sólo puede hacerse él mismo, des-cosificándose, construyéndose desde dentro, haciéndose origen.

Y todos los hombres, desde su nacimiento, están en la misma situación.

¿Quién podrá mostrarles el camino que lleva a sí mismo, la ruta hacia el hombre auténtico? Dijimos que Dios, en la última charla. Pero Dios se manifiesta solo en una experiencia humana, como persona amada puede hacerse luz en la que ama. Y de hecho, las morales y las religiones se transmiten por la historia humana. Bastante a menudo nos presentan grandes ejemplos, aunque no se parecen y a veces se contradicen.

¿Cómo estar seguros de que se trata de un Dios y no del ídolo de una tribu o de una época? ¿Cómo pretender que una revelación es definitiva? ¿Cómo emitir una moral absoluta en un mundo que no cesa de cambiar? ¿Puede darnos la historia una verdad absoluta, más que la ciencia?

Cierto señor Puech, cuyo nombre no recuerdo, un helenista muy ilustre, en una introducción considerable que debía figurar en la edición Budé de las obras de Plotino, y que no es de la tribu de los Puech cristianos, opone el neoplatonismo de Plotino, filósofo del siglo tercero como ustedes saben, cuyo neoplatonismo presenta el cristianismo, desfavoreciéndolo, pues según Puech, Plotino no busca apegarnos a su persona y nos da lecciones de vida absolutamente independientes de su persona: cada uno puede hacerlas suyas si quiere. Nadie adhiere por obligación y en todo caso, si adhiere, lo hace por decisión personal.

Esa lección de vida se sitúa en una especie de duración intemporal no ligada con la época en que vivió Plotino, el tercer siglo de nuestra era. Al contrario, y ese es el punto flaco del cristianismo del cual habla con cierta agresividad, está en que nos liga a una persona, a un personaje histórico, ligándonos así a una época y solidarizándonos con ella, pues finalmente es imposible que ese personaje no dependa en cierto modo de su historia y no se exprese solamente en ella y en el lenguaje de su época, que no esté condicionado por las tradiciones de su origen y no tenga en cierto modo los prejuicios que pudieron insinuarse en su medio.

Por todo eso, el cristianismo aparece de inmediato como una tentativa de limitar al hombre obligándolo a mirar continuamente hacia el pasado. Es pues muchísimo más provechoso recibir el don de una sabiduría que se impone por su propia luz, enteramente separada del hombre que la expresó, en vez de adherir a una historia antigua y a un personaje que hace cuerpo con ella.

La Historia es el terreno de la contingencia. Todo lenguaje lleva la marca de una civilización, la cual queda superada por pertenecer al pasado. Si deseamos pues conquistar la libertad y alcanzar la edad adulta a la que todo nos invita, debemos volver la espalda al cristianismo y alimentarnos de sabidurías que se mantengan por sí mismas y que no pertenezcan a una historia superada.

Esta objeción que supone cierta pasión no dominada, es de verdad digna de respeto y es fácil superarla si observamos que mientras más auténtico sea el personaje más escapa a las contingencias de su biología individual y a la biología colectiva así como a los condicionamientos del espacio y el tiempo que pertenecen a sus circunstancias históricas.

Está perfectamente claro que hay vidas que siguen siendo actuales. Hay ejemplos que no envejecen y que no cesarán jamás de ser fuente de luz y fermento de liberación para nosotros. Todo depende de la grandeza del hombre que contemplamos y puede suceder muy bien no solo que no limite su doctrina sino que la supere precisamente porque las palabras que emplea pueden de cierto modo ser de la tribu, pues además sus contemporáneos a quienes habla condicionan sus palabras: si quiere llegar a ellos, en cierto modo tiene que ponerse a su alcance, decirles cosas accesibles para su inteligencia, e inclusive si pretende liberarlos tiene que respetar las indispensables etapas de una pedagogía eficaz. Pero justamente, puede que, adaptándose a los demás, no cese de superarlos y su doctrina, tal como ellos pudieron oírla, grabarla y trasmitirla por escrito o de viva voz, supere todo eso.

Si tomamos el ejemplo – que no sé ahora de dónde viene exactamente – del monje hindú que en su último aliento le dijo al hombre que lo asesinaba: “Tú también eres eso. Tú también eres Brahma”, inmediatamente entendemos el significado de esta palabra, su grandiosidad intemporal y su poder de liberación.

En lugar de ver en su asesino un criminal contra el cual podía indignarse legítimamente, superándose, al considerar su muerte como un evento sin importancia, y contemplando todas las posibilidades espirituales que encierra toda conciencia humana, le dirige este recordatorio que en ese momento debe ser maravillosamente eficaz: “Tú también eres Brahma. Tú también tienes tu universo, y puedes identificarte con el absoluto.

Uno siente en seguida que, en cualquier momento que suceda, el evento mantiene toda su luz, toda su grandeza, su belleza y su efectividad precisamente porque, en este caso, su autor nos aparece como totalmente liberado de su biología y de todas las condiciones temporales que en un personaje derivan de su historia.

Y, en este terreno, sentimos que los ejemplos son infinitamente más eficaces que los discursos. Inclusive podemos decir sin temor a engañarnos: toneladas de discursos nunca han cambiado nada de nada. Los ejemplos, las presencias, son los que actúan, y si un día somos afectados en lo más profundo y cambiamos de dirección, si llegamos al umbral del nuevo nacimiento, si estamos realmente en camino de un yo auténtico, casi siempre es porque alguien nos dio el impulso, porque un ser, mediante la radiación misma de su vida, ha sido para nosotros un fermento de liberación. Y a través del espacio que fue, a través de la luz que emanaba de él, a través de transparencia que nos dejaba percibir en él nuestro origen, nos pusimos en marcha, contagiados por su claridad, nos pusimos en marcha en esa especie de circumincesión de almas, precisamente porque un alma se hizo interior a la nuestra.

Así es como la mayoría de las veces pasamos de afuera a dentro por la acción liberadora de una presencia en que llega a su cumbre la experiencia humana.

Por lo demás, ustedes saben que la armonía de un hogar no se funda sobre el Código Civil. Hay en él cierto número de artículos sobre los derechos de los esposos, pero sabemos muy bien, por experiencia, que cuando los esposos recurren al Código Civil es que el divorcio está cerca. El Código Civil no puede regir sino sociológicamente, y de afuera, una institución que implica de cierto modo el bien de toda la sociedad, pero es bien evidente que no puede regir la intimidad de los esposos y que ése es un descubrimiento, una creación personal, que, por otra parte, sólo puede realizarse mediante un don recíproco.

Así mismo, las morales y las religiones viven por el poder del compromiso de quienes las adoptan y las propagan. Por eso justamente, en la medida en que están iluminadas por ese poder de compromiso, no tienen nada que enseñarnos que no podamos saber por otro lado, ni sobre el universo físico, ni sobre los acontecimientos que no inciden sobre la creación de nosotros mismos.

La verdad de las religiones y las morales es la que ayuda a la persona a construirse a sí misma y su virtud y capacidad de liberación. Por eso las morales y las religiones solo se hacen eficaces en la medida en que son vividas. Por eso necesitan ejemplos y testigos que están tanto menos ligados a su época cuanto más capaces son de liberarnos de los límites de la nuestra. Estamos en un universo personal por esencia, en un universo que reposa sobre el diálogo, un universo nupcial, como lo he dicho varias veces siguiendo a Coventry Patmore, según el cual conocemos mejor mientras más generosamente nos damos.

Y si es así, si es de verdad un universo personal, un universo que se constituye por el diálogo, si no entramos en ese diálogo no podemos comprender nada y todas las afirmaciones religiosas o morales se vuelven un galimatías porque las interpretamos como una especie de visión del mundo físico, o de cuadro de la Historia, tomada en los acontecimientos mejor accesibles del exterior y no las encontramos en su inspiración profunda ni vemos justamente que su legitimidad depende totalmente de que conciernen la auto-creación del hombre, de que constituyen un camino hacia sí mismo, y sobre todo, de que nos ponen en presencia, si me atrevo a ese pleonasmo, en presencia de presencias liberadoras.

Y yo creo que eso es precisamente lo que falsea la presentación ordinaria de los orígenes cristianos: no se ha resaltado lo suficiente la actualidad permanente de Cristo ni sus lazos esenciales con nuestra liberación, con la exigencia de hacernos origen des-cosificándonos.

Como ustedes saben, se ha desplegado una erudición fabulosa para obtener y representar los orígenes cristianos. Se necesitaría todo un barrio de Lausana para poner todos los libros escritos desde hace casi 20 siglos sobre los orígenes cristianos y en el medio siglo que va, digamos desde 1900, este nuevo siglo que marca una revolución científica sin precedente, y un progreso de la exégesis y, tan poco al corriente como uno esté sobre ese trabajo de la exégesis, cristiana o anticristiana, no podemos no estar estupefactos y maravillados. No hay comparación que no se haya hecho. No hay religión cercana o lejana que no se haya estudiado para ver si no habría podido influenciar la aparición del cristianismo o si el cristianismo no presentaba tantas analogías que era necesario clasificarlo simplemente entre los mitos que llenan la historia de la cultura y de la civilización o ver en él simplemente un resultado de la Historia¸ un resultado inevitable y necesario de la Historia en cierta época o una expresión de los mitos universales que encontramos bajo formas diversas en todas partes.

Todos esos trabajos han sido realizados con precisión, con conciencia profesional, con una inteligencia realmente digna de toda admiración. Y ese trabajo jamás estará terminado, pues nuevos documentos pueden abrir nuevas perspectivas y, en cierto modo, poner todo en duda como vimos con los descubrimientos de los manuscritos del Mar Muerto. Esta inmensa investigación nunca terminada era particularmente difícil porque los documentos cristianos sobre los orígenes, son extremadamente parsimoniosos.

Por ejemplo, el Evangelio de Marcos es un texto extremamente corto que se puede leer en una o dos horas, y además casi los únicos documentos de que disponemos y que constituyen el corpus del Nuevo Testamento, son libros vivos, con varias capas, retocados a partir de documentos que ya no poseemos y en que se refleja visiblemente la fe de la comunidad y que además se proponen explícitamente presentar esa fe y comunicarla justificándola.

Por lo demás, estos documentos que son una historia y un libro vivo, son de categorías que ya no tenemos, contienen tradiciones que no conocemos, admiten como realidades indiscutibles hechos poco analizados y casi no analizables, como posesiones diabólicas, visiones angélicas y milagros. Son cosas que, para los autores del Nuevo Testamento, impregnados además de textos del Antiguo Testamento, son realidades que están por encima de toda discusión y que no les plantean ningún problema. Y se puede poner en la misma categoría la visita de un ángel y la de una persona, justamente porque estamos en un universo en que se supone que la Presencia divina se manifiesta continuamente, y el gran actor de la Historia es la divinidad.

Es una concepción semítica que encontramos en Babilonia o entre los moabitas. En el fondo, la causalidad segunda, es decir humana, está sumergida por la causalidad divina, comprendida además en un sentido muy material.

Estamos pues ante un mundo que, bajo este aspecto nos es profundamente extraño, y por eso las investigaciones exegéticas, cristianas o no, ese trabajo inmenso y monumental de erudición, no logran soluciones satisfactorias.

Los exégetas cristianos son finalmente apologistas, han querido convencer de la verdad de la fe trasmitida por esos documentos y convencernos inclusive en nombre de la Historia y, finalmente, nos han impuesto soluciones de autoridad que podemos resumir esquemáticamente en pocas palabras: la Historia nos presenta un personaje – Jesús – que afirmaba ser Dios o Hijo de Dios y demostró que lo era por sus virtudes y su vida, o por los milagros que hizo.

Se trata pues finalmente de someterse a la evidencia sacada de una documentación cuidadosamente filtrada y, en fin de cuentas, de someterse a esa autoridad, ya que si de verdad Dios entró personalmente en la Historia, eso exige consideración y es imposible esquivar su autoridad sin descuidar la salvación, sin correr riesgos muy grandes.

Eso me parece tomar las cosas del modo más opuesto a la investigación científica por una parte, y por otra a la aspiración del hombre a un ser-origen, a lo cual está llamado. Y además, vemos mal cómo sacar de los documentos todo eso sin haber determinado el significado de la vida de Jesús en nuestra vida, la actualidad permanente de Jesús en toda vida, la relación esencial de Jesús con nuestra liberación.

Después de todo, cualquiera puede decir que es Dios, Hijo de Dios y, a la distancia que estamos, es demasiado difícil verificar un milagro realizado hace 2000 años. ¿Qué era un milagro para la gente de la época y cómo dar un argumento apologético por medio de relatos tan sucintos, y que además no buscaban ningún rigor científico? Está perfectamente claro que el problema de Jesús solo puede interesarnos como algo que nos concierne si establecemos primero el significado esencial de la vida de Jesús en nuestra propia vida.

En la medida en que Jesús da sentido radical a nuestra vida y constituye en ella fermento de liberación incomparable, a pesar de los límites de la Historia en que tuvo lugar su manifestación histórica, a pesar de las contingencias del lenguaje, de los límites de sus oyentes, de las categorías semíticas en que se expresaron los mensajeros y escritores del Nuevo Testamento, a pesar de todo eso, comprenderemos la originalidad incomparable y la trascendencia de Jesús cuando hayamos reconocido precisamente que en él se halla una luz única para nuestra vida de hoy y un fermento incomparable de liberación, pero por ahí se debería haber comenzado.

Y ahora igualmente el sabio toma conciencia del maravilloso desarrollo de la ciencia, de su admirable poder de innovación y puede admirar los progresos realizados en nuestro siglo más que en toda la Historia anterior. Porque ahora comienza, en él está el resultado, la fecundidad incomparable, y con ese resultado, claramente provisorio, pero ya tan considerable, juzga del valor de la ciencia puesto que tanto le exige hoy que corrija sus datos, es decir los datos del universo, de los fenómenos que se deben producir según sus cálculos, de su propio pensamiento que debe ser purificado de todas las escorias del sentido común, viendo precisamente la perspicacia ilimitada que aplica a su disciplina, pues ve en ella una exigencia que aumenta sin tregua y que le pide presencia cada vez más atenta y lo introduce cada vez más en el gozo de entender organizando racionalmente el universo.

Eso se debe hacer si se quiere comprender el cristianismo. No hay que situarse sólo al comienzo. Hay que ver el desarrollo del cristianismo en los que lo vivieron auténticamente, hay que ver que el cristianismo se decanta al pasar de un lenguaje a otro, por ejemplo, de las categorías semíticas a las helenistas.

Cuando el cristianismo deja de expresarse en hebreo o en formas penetradas de mentalidad hebrea, como es el caso del cristianismo primitivo que se difundió a través de las sinagogas, dirigiéndose a la clientela de las sinagogas, es decir a gente toda familiarizada con el lenguaje del Antiguo Testamento y todos al corriente de las categorías semíticas.

Cuando se pone a hablar griego ya es una primera traducción, una primera transposición que será un primer des-enraizamiento y constituye una primera liberación, admirable por otra parte. Y a mayor avance de la Historia, más se percibe la liberación, más se atraviesa culturas y civilizaciones, más tiene que difundir el mensaje en lenguajes diferentes, más evoluciona la ciencia, más se debe rebasar el sentido común y más se adhiere a los valores esenciales. Y si el cristianismo está cada vez más vivo en los que lo viven auténticamente, si su poder innovador aparece tanto mejor cuanto más nos alejemos del molde semítico, entonces podremos volver al molde semítico y hacer abstracción de todas las contingencias que limitan el mensaje de los primeros mensajeros, los primeros apóstoles los escritores del Nuevo Testamento.

Por eso es necesario ir inmediatamente al significado de la vida de Jesús en nuestra vida y, lejos de recurrir al método de autoridad – es Dios el que aprueba a Jesús y entonces él tiene autoridad sobre nosotros y nosotros tenemos que pasar por él si queremos alcanzar la salvación – y al contrario, es necesario que el advenimiento de Jesús, su vida, nos libere para siempre de todos los métodos de autoridad pues el monoteísmo cristiano es trinitario y no unitario a causa de Jesús, de su testimonio y la revolución realizada en su persona.

Ya hemos considerado la imposibilidad de que un monoteísmo unitario se presente sino bajo forma de autoridad pues no puede afirmarse, al menos al comienzo, sino por la fuerza. No por la santidad sino por el poder o, si se afirma por la santidad, es una santidad de poder, separada, una santidad ante la cual el hombre simplemente se somete.

Pero no hay ninguna analogía entre la eclosión de la Bondad, del Amor, del desapego, de la pobreza, del despojamiento que caracterizan la virtud humana y el enorme poder de un Dios solitario que domina el universo con toda su altura, que no tiene ninguna necesidad de él, y para el cual el universo no es nada, él lo tiene en sus manos, él lo dirige solo y, sirviéndose de criaturas limitadas e impotentes, realiza un plan que es suyo y que no conocemos.

La visión del Dios unitario centrado en sí mismo, del Dios que es un Narciso a escala infinita, es una visión absolutamente inasimilable para nosotros, precisamente a causa de Jesucristo.

Para el cristiano, quiero decir para el cristiano auténtico, la trascendencia de Dios es una trascendencia de inmanencia, lo que exprime san Agustín diciendo maravillosamente: “Tú estabas dentro pero yo estaba afuera… Tú estabas dentro pero yo estaba afuera.”

Dios es todo interior, no tiene exterioridad, es decir que es la santidad no condicionada, que encuentra en sí todas las condiciones de una santidad perfecta, de un despojamiento total, de un don absoluto, de una caridad eterna pues en él existe una pluralidad relativa que quiere expresarse, precisamente, que quiere afirmar el monoteísmo trinitario.

En él existe el Otro, el Otro sin el cual no existe caridad. Existe la distinción maravillosa que es base en la divinidad de un eterno nacimiento, de una eterna generación, una eterna comunicación, un eterno éxtasis de amor y Dios es Dios justamente porque es el don absoluto, es Dios porque no posee su divinidad ya que la divinidad no puede existir sino en forma de comunicación, de comunión, de don sin repliegue ni retoma.

Y es claro que esta imagen de la divinidad, esta imagen de Amor es totalmente incompatible con toda autoridad jurídica. Toda autoridad que pretenda convencernos y obligarnos en la vida de la mente es algo monstruoso. La autoridad no puede ser sino factor de crecimiento… solo puede ser sacramento del despojamiento infinito que nos orienta hacia nuestra liberación.

Si tal es justamente el Dios de Jesús, el Dios que se revela en Jesús, podemos a priori prever que el Evangelio no se va a dirigir a nosotros por vías de autoridad sino de bajo un modo nupcial, como matrimonio de amor del que habla justamente san Pablo a los corintios diciendo: “Os he desposado con un esposo único para presentaros a Cristo como una virgen pura.” Aquí estamos de lleno en un universo de personas. Dios es personal en el sentido más profundo, más radical, más único; es no solamente personal sino personificante, ya que es en él como pasamos de afuera a dentro, como llegamos a nuestra intimidad, como nos liberamos de todos los condicionamientos biológicos y podemos hacernos fuente y espacio ilimitado.

Y si Cristo nos introduce en este conocimiento de la divinidad tan nuevo que para acceder a él, como lo afirma la conversación con Nicodemo, es necesario nacer de nuevo. Entonces no se trata en modo alguno de un conocimiento que viene de afuera y que se escucha por una oreja y sale por la otra, sino de un conocimiento que es inasimilable, radicalmente, sin el nuevo nacimiento. No se puede expresar mejor: se trata de un conocimiento nupcial, de un conocimiento de reciprocidad, al que llegamos nosotros mismos, y en el que nuestra libertad debe crecer sin cesar.

Si es así, es porque en la persona misma de Jesús hay una experiencia vivida hasta la raíz del ser, que podemos llamar constitutiva, que le permite vivir la divinidad bajo este aspecto.

Porque el Evangelio no es una doctrina presentada por un filósofo con cierta visión del mundo, fruto de sus meditaciones a partir de los datos científicos de su época. No es nada de eso. El Evangelio es un testimonio, el testimonio de una experiencia que es Cristo mismo. Él nos presenta esa visión de Dios porque la vive. Y precisamente hacia allá se orienta el pensamiento cristiano, a medida que se libera de las categorías semíticas y escapa a las perspectivas del monoteísmo unitario que provoca un hándicap casi indestructible.

Es realmente para nosotros un sufrimiento permanente ver que el monoteísmo unitario no ha sido todavía superado, que los cristianos siguen viendo el Nuevo Testamento a través del Antiguo y no lo contrario y si se comprende que los apóstoles, los primeros discípulos no hayan podido superar ese hándicap, que la expresión de su misterio de Jesús exprese una subordinación, que solo muy difícilmente logren armonizar en el lenguaje (en su vida es otra cosa: no cabe duda de que no lo hayan hecho maravillosamente) el monoteísmo unitario arraigado a la médula de su tradición y de su ser, que no logren armonizarlo con la visión trinitaria de la que viven, una vez más, mucho más profundamente que nosotros. Y eso hace que su expresión sea a menudo tan imperfecta y repulsiva porque no vemos a donde quiere llevarnos.

Decimos pues que el misterio de Jesús vivido por él mismo es la base de la revelación que él nos comunica y que él es. Y así es como el pensamiento cristiano realizó poco a poco y al ser traducido a las categorías helenísticas, pudo expresar de manera mucho más decantada la experiencia cristiana resultante de la Presencia de Jesucristo. Y la teología de la encarnación, que podemos poner ahora rigurosamente en relación con la visión de la pobreza divina.

Porque es evidente que cuando hablamos de Jesucristo el Dios de que hablamos es un Dios que está presente desde siempre, un Dios que no tiene que venir ya que el Cielo es él, que el Cielo está dentro de nosotros pues como dice san Gregorio, “El cielo es el alma del justo.” Bajar del cielo, esas son imágenes que solo tienen significado parabólico para nosotros.

Es evidente que cuando hablamos de la divinidad a propósito de Jesucristo, se trata de la divinidad eterna, del eterno Amor, de la eterna Caridad, de la eterna Pobreza, de la eterna Trinidad ya que todo eso es idéntico y que esa eterna divinidad está en nosotros tanto como en Jesucristo. Somos nosotros los que no estamos en ella, esa es toda la diferencia….

Dios ya está siempre ahí. La Luz brilla en las tinieblas, son las tinieblas las que no la reciben. Está en el mundo, pero el mundo no la conoce. Viene a los suyos, pero los suyos no la reciben. Dios ya está siempre ahí, es decir que siempre se da. No puede darse más.

Y aquí nuestra atención seguirá al mismo tiempo sosegada y maravillosamente excitada por las admirables palabras de Ángelus Silesius en los cuartetos inmortales que forman el Viaje Querúbico: “Para Dios todo es lo mismo. Dios no hace distinción y para él todo es lo mismo. A todo se comunica igualmente, tanto a la mosca como a ti.” Y el cuarteto siguiente: “Todo depende de la receptividad. Si yo pudiera recibir a Dios tanto como Cristo, él me haría llegar allá al instante mismo.

Retomo la imagen: Dios es una eterna difusión. Es una emisora en eterna difusión total… Todas las revelaciones han sido comunicadas, todos los milagros están realizados, todas las vidas, creadas, es decir que la Luz se está eternamente comunicando. El don no puede aumentar porque es total. Dios no puede perder nada porque lo perdió todo en el sentido de que lo dio todo, ya que en él no hay nada que ya no esté dado.

Si esa difusión no logra resultados más visibles, conversiones más auténticas, es porque los receptores, nosotros, estmos mal sintonizados y parasitados por todo el ruido que hacemos con nosotros mismos.

La originalidad, es decir la característica única de Jesús está en que el receptor está perfectamente sintonizado con la emisora, que su humanidad está absolutamente decantada, es absolutamente translúcida, absolutamente liberada, es radicalmente desapropiada de sí misma y eso es lo que significa exactamente la afirmación de la divinidad de Jesucristo. La eterna divinidad (y no hay otra) encuentra, y por otra parte suscita, en esa humanidad una total acogida, una transparencia absoluta que responde a la Pobreza divina y hace de Jesús el revelador único de la Pobreza divina, único en el sentido de que la revela no solo en sus palabras sino en el don de su mismo ser.

Si puedo recurrir a estas imágenes que son simplemente aproximaciones de primer grado, yo diría que la humanidad de Jesús es la humanidad que ha perdido su yo, el yo que nos asfixia, del que somos víctima, que no dejamos de celebrar, que nos embruja, el yo que tenemos siempre en los labios, al que siempre queremos justificar, que en fin de cuentas nos impide existir y llegar a nosotros mismos, es decir a un yo personal, original y creador. Este yo está absolutamente consumado la humanidad de Jesús pues, en vez de estar centrada en una posesión, está centrada en una desposesión, gravita en la divinidad, subsiste en ella y, en la humanidad de Jesús, Yo es Otro

Es una humanidad que no puede decir Yo, es una humanidad que no puede apropiarse nada, poseer nada, referenciar nada a sí misma, una humanidad diáfana, translúcida, una humanidad, como dicen los mejores y más profundos teólogos, una humanidad sacramento, una humanidad que significa y comunica personalmente lo divino.

Una vez más, sin duda, como dice Ángelus Silesius, la divinidad está dada, está siempre presente, siempre ofrecida, pero nosotros no la recibimos, estamos cerrados y opacos, no dejamos circular la vida divina en la nuestra, somos obstáculo, pero hay grados, hay profetas, genios, héroes, santos, y Jesucristo.

Jesucristo, es decir una humanidad radicalmente expropiada de sí misma y cuyo Yo es el yo todo generosidad, todo altruismo que es el yo divino.

Eso no quiere decir en modo alguno que la divinidad se haya trasformado en hombre, sino que ha surgido una relación única entre esa humanidad y la divinidad y que esa humanidad está asegurada, aspirada hacia el foco primitivo, hacia el Amor original, introducida en el circuito del eterno Amor por la relación misma que es el Verbo de Dios en la divinidad, la Palabra eterna en que el mundo tiene su primer ejemplar y su primer origen.

Además esta visón (y es evidentemente una visión que explica que el evangelio se difunda, se propague y se presente al mundo entero), esta visión nos lleva a todos a concebir que todos estamos llamados a ser injertados en el yo divino y ya, en cierto modo, – y es importante subrayarlo – hacemos la experiencia de ello cada vez que nos perdemos de vista, cada vez que dejamos de aferrarnos a nosotros mismos, cada vez que dejamos de mirarnos, y que estamos suspendidos en la admiración de ese Otro en quien respira nuestra libertad, por un instante somos liberados del yo que nos aprisiona y gravitamos alrededor del Sol divino que además está siempre dentro de nosotros.

Esa gravitación solar es perfecta, realizada, radical, total e insuperablemente en Cristo, pero para realizarse y comunicarse a nosotros, es necesario que nosotros constituyamos en él y con él “un solo ser, una sola persona” según las palabras de la epístola a los gálatas, es necesario que todos gravitemos sobre ese mismo sol interior, el yo divino que es un yo de pobreza, un altruismo infinito en que todo es despojamiento y Amor.

De eso se trata: Cristo inscribe en nuestra Historia la experiencia de la Pobreza de Dios, la inscribe porque él es esa pobreza y porque en él la pobreza llega hasta la raíz del ser, porque en él el Yo es el Otro, el OTRO con mayúscula que es la divinidad y esto es tanto más concebible si hacemos total abstracción de una trascendencia mecánica fundada sobre un poder capaz de aplastarnos viendo la trascendencia de Dios como una trascendencia íntima, una trascendencia por inmanencia.

Dios se distingue de nosotros porque es pura interioridad, y nosotros estamos vertidos afuera y somos esclavos del exterior, es decir que todavía no estamos unidos a nosotros mismos, que en una parte importante de nuestra existencia seguimos siendo cosa, objeto de un universo del que no somos origen y comienzo por ningún título.

Si nos ponemos en la perspectiva de un Dios interior, como vemos que Jesús habla a la samaritana, si no consideramos la grandeza de Dios en la dominación sino en la generosidad, solo el hombre que la vive afinándose, decantándose y dándose se hará capaz de asimilarla.

Es pues necesario volver a los orígenes cristianos a partir de esa experiencia de la Pobreza divina, releer el Nuevo Testamento introduciendo en él los datos de la historia cristiana, las afirmaciones de la experiencia cristiana en los concilios que son admirables porque en esa decantación del lenguaje hemos escapado muy sensiblemente a ciertas contingencias de la Historia y la imagen de Jesús nos aparece en seguida en su interioridad como una invitación a la liberación, como una introducción incomparable a la libertad, como fermento gracias al cual podremos conquistarla.

Desde luego, todo eso no tiene sentido sino para el que vive al menos un poco esa experiencia, y que no cesa de comenzar el esfuerzo de liberación que sin duda jamás será terminado, pero que es necesario recomenzar continuamente y continuar para llegar a sí mismo.

Y ahí precisamente se sitúa el problema de Jesús, en el centro del problema de nuestra liberación, y por ende en el dato más actual y candente de nuestra existencia. Si no tocara esta cuestión esencial, si no le diera clarificación, si no nos permitiera plantearla de modo incomparable, si no nos liberara del ídolo terrible de un Dios solitario, si no renovara todos los valores al liberarnos del mito del amenazador para introducirnos en la grandeza de la generosidad, todos los milagros, todas las afirmaciones nos pasarían por encima sin tocarnos en lo más mínimo pues no tendrían ninguna relación con nosotros: no sería ni Historia en sentido científico de la palabra, ni ciencia todavía menos, y como tampoco sería Presencia que tuviera relación con la más profunda actualidad, podríamos relegar todo eso al museo de antigüedades.

Me parece esencial subrayar el sentido siempre actual de la vida de Jesús, ver en ella esencialmente una iniciación a la Pobreza divina en una experiencia que llega hasta las raíces de la humanidad de Jesús, y que toca a nuestras propias raíces pues solo hay un problema para nosotros: hacernos hombre y desde este punto de vista, está perfectamente claro que estamos exonerados de todas las empresas de una autoridad que pretenda imponerse a nuestras mentes dominándolas.

Lo contrario es verdad: la autoridad no puede ser sino fermento y sacramento de liberación pues en Jesús la vida humana alcanza su plenitud. La Cruz es, justamente la expresión más conmovedora y más trágica de nuestra libertad, así como el lavatorio de los pies es su expresión más íntima e irresistible. Jamás ha sido afirmada la grandeza humana con tanta pasión y generosidad.

Y por eso, para unirnos a Jesús, no se trata de repetir palabras, sino de ponernos en el punto de vista de una liberación por lograr, de hacernos origen, encontrando en él el secreto, pues en fin, ¿cómo hacernos origen? ¿cómo disponer de nosotros dejando para siempre de ser esclavos? Ya vimos, y él fue quien nos lo enseñó: dándonos radicalmente de modo que la persona solo sea una relación que coge todo nuestro ser para hacerlo entrar en el circuito de un Amor que es la vida de nuestra vida y el único Bien común de todos en toda conciencia humana.

Creo que si abordamos el misterio de Jesús bajo este aspecto, toda la erudición desplegada en estudiar los orígenes cristianos no sería probablemente inútil (¡es admirable!) pero todas esas riquezas estarían maravillosamente aligeradas y orientadas, porque hablaríamos por fin un lenguaje actual con hombres actuales y les haríamos entender que no se trata de aceptar una doctrina, una visión del mundo prefabricado, sino de una Presencia que puede ser permanente y siempre innovadora porque no tiene límites ni de tiempo ni de lugar, porque ya no está condicionada por ninguna biología, porque Jesús realizó, o mejor, en sus vida y en su ser, es la expresión rigurosa, perfecta e insuperable de la divina Pobreza que nos pone frente a un Bien maravilloso pero infinitamente frágil, puesto en nuestras manos y que puede suscitar nuestra generosidad y encaminarnos hacia nuestra libertad, valorizando el hombre y enalteciendo la vida.

Porque de eso se trata: Jesús no viene a limitar la vida sometiéndonos a un despotismo aumentado como algunos pretenden. Jesús quiere conducirnos a nuestra verdadera humanidad. Él tomó en ella el sello de un esplendor infinito y en el fondo nos da una sola consigna: reconocer y realizar el Reino de Dios en el hombre, es decir, finalmente, valorizar inmensamente al hombre, valorizar al hombre y glorificar la vida.

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