Conferencia de M. Zúndel, en el Cairo, en l965. (Inédita)

Una mujer a quien conocí bien y que no había conocido a sus padres por haberlos perdido siendo muy pequeña, había sido criada muy duramente en un orfanato. Había nacido hace más de cien años y murió hace 20 con más de 80 años de edad. Esta mujer, criada sin ningún afecto en un orfanato, no había tenido, naturalmente, más que un sueño: ser amada un día, casarse, fundar un hogar, tener casa.

Y siendo tan pobre, tuvo que trabajar duro, y desde muy joven. Empleada en una fábrica de sombreros, encontró un camarada que le dijo: “Te quiero”. Estas palabras, escuchadas por primera vez, ella las creyó apasionadamente y como en esa época se respetaba el amor, se casó con el muchacho. Y como en esa época no sabían qué era el divorcio, se casó para toda la vida.

Pero apenas casada, descubrió que él era un borrachín, un bebedor que llegaba todas las noches borracho a la casa y como el licor lo ponía agresivo, la golpeaba sin piedad. Ella comprendió entonces que la felicidad no era para ella pues, privada en la infancia por no haber conocido a sus padres, su vida de pareja era un infierno.

Entonces encontró a Dios de manera tan profunda y personal que su marido no pudo no darse cuenta. Él concibió tanta ira contra este amor que no podía compartir y no pudiendo quitarle la fe, le prohibió bautizar a su hijo, le prohibió criarlo en la religión, no la dejó que se ocupara del niño más que en lo material, y se reservó como marido solo el derecho de criarlo conforme a sus convicciones y a su moral.

Naturalmente, criado por un papá borrachín, se volvió también un hombre completamente desequilibrado, que fue siempre incapaz de ganar su vida. Volvía periódicamente donde su madre para que ella pagara sus deudas y le diera ropa nueva y volvía a la aventura hasta la próxima ocasión pues no volvía donde su madre sino cuando la necesitaba materialmente. Ella, despegada de sí misma de manera milagrosa, no esperaba nada para sí misma. Era en realidad un pilar de oración, habiendo perfectamente aceptado que no contaba para nada, ella daba a los demás la sonrisa de su bondad. Nunca se quejaba y aunque era solo una obrera, no solamente mantenía su casa en orden perfecto sino que lograba ahorrar dinero para ayudar a los demás, especialmente a las mujeres caídas, y tenía siempre de qué pagar las deudas de su hijo y de qué vestirlo.

Al final, después de 35 años de desorden, el muchacho había acabado su vida por completo y regresó a su madre, tuberculoso de los pies a la cabeza y tan enfermo que ningún hospital quiso recibirlo. Y recuerdo que en ese momento me dijo su madre: “Su vida fue un fracaso y yo no quisiera que fracase su muerte”. Pedía a Dios que le diera al muchacho, que aún no lo había encontrado, suficiente luz para hacer de su muerte un acto de vida, pero nunca le hablaba de Dios. Nunca le hablaba de su pasado, de sus faltas o de su miseria. Se limitaba a servirle día y noche, con toda la luz de su bondad y de su sonrisa.

Por fin un día, contándole su pobre vida, a un amigo de su madre, como podía con sus pocas fuerzas, de repente, en cierto momento de la conversación, dijo: “Yo nunca he sido religioso, pero ahora quiero tener la religión de mi mamá”. Se hizo bautizar y recibió la primera comunión, a la cual asistí yo y lo veo todavía dictando a su mamá las intenciones por las cuales él deseaba que ella recitara el rosario que él no tenía ni la fuerza ni la costumbre de rezar. Se acercaba el 1° de noviembre, fiesta de Todos los santos, y como los sufrimientos de su hijo aumentaban, la madre pidió que muriera el día de todos los santos. Y ese día murió, después de decir a su madre: “Mamá, si me hubieras hablado de él, jamás lo habría hecho. Encontré a Dios en tu silencio, lo encontré en tu amor. A través de tu amor comprendí que Él era el Amor.

Sin abrir la boca, esa mujer fue el evangelio vivo para su hijo, y sin hablarle de Dios, lo llevó a Dios por medio de la luz de la Presencia de Dios que brillaba en ella. Esta mujer me enseñó mucho, pues el día en que su hijo se convirtió su amor no fue más grande que antes, ya que no podía amarlo más, habiendo dado por él toda su vida. Lo amó de otro modo. Había amado a su hijo miserable y pecador, lo había amado desdichado y cargaba con su miseria. Y yo sé que esta madre admirable sufría mucho más que su hijo por sus desórdenes, pues siendo tan pura, tan grande, tan unida a Dios, ella medía y comprendía mejor que él todo el mal que se hacía a sí mismo degradándose y viviendo alejado de Dios. Pero el día de su conversión su amor cambió, lo amó en la alegría que lo habitó, en la luz en que entró. Simplemente, su amor cambió de color, como el sol, como la luz del sol toma el color del vitral por donde pasa.

Y a través de esa madre, yo entendí lo mismo que su hijo lo entendió tan profundamente que Dios es más madre que todas las madres. Pues en fin, el amor milagroso de una madre hacia su hijo que solo le había dado sufrimientos, ese amor milagroso era fruto bien maduro de la ternura de Dios. Dios es madre más que las madres, infinitamente, infinitamente más madre que la Virgen misma. Y por medio de esa mujer, comprendí que Dios podía sufrir, que Dios podía ser víctima, víctima de amor como ella, pues esa mujer que vivía la vida de su hijo no sufría por ella, ya no esperaba nada, había dado todo, ella sufría en su hijo, por su hijo, antes que su hijo, más que su hijo, haciendo de toda su vida, de todo su amor, un contrapeso, un contrapeso de luz para todas las sombras y todas las tinieblas de la vida de su hijo.

Y comprendí que en Dios existe un amor maternal, infinitamente maternal, y que Dios sufre en nosotros, por nosotros, antes que nosotros, porque nos ama para dársenos, para que nos hagamos semejantes a él y que nuestra vida sea una respiración continua de Amor. En el mal, finalmente, el Amor está crucificado : en el mal, Dios es la primera víctima.

Pero tomemos otro ejemplo. Conocí a una joven pareja de católicos, comprometidos al parecer bajo los mejores augurios, con las más profundas convicciones, y parecía que esa pareja estaba destinada a una gran felicidad. Estando obligados a viajar, pues el marido tenía misión diplomática, la mujer era la única europea en un medio en que, naturalmente, ella tenía mucho éxito, parecía una estrella de hermosura. Y se dejó cortejar por un hombre que la separó de su marido, y un día se fue con él, dejando sus dos hijitos, y diciendo estúpida y cruelmente: “Tengo deberes para conmigo misma”. Se fue con ese hombre que pretendía amarla y después de hacerle un hijo, la abandonó.

Entonces el marido la aceptó de nuevo, le dio su apellido al niño que no era suyo, bajó los ojos ante los errores de su mujer, sin ningún reproche y los dos hijitos no se dieron cuenta del inmenso drama pues el papá había sido tan discreto y generoso que les había explicado como una enfermedad la separación de la mamá. Ante la grandeza y la generosidad increíble de su marido, ante su infinita discreción, la mujer descubrió por fin el verdadero amor, y ese es hoy uno de los hogares más hermosos que conozco. Y en esta mujer, sin nunca hablar de ese trágico episodio, uno siente tanto reconocimiento, tanto apego, tanta confianza para con su marido, que se la ve desbordante de una felicidad fundada ahora en Dios. Aquí también, el sufrimiento del marido, la generosidad de su corazón hizo que no pensara en sí mismo sino en la desdicha de su esposa y quiso absolutamente salvarla de sí misma y volverla a su origen divino; eso hizo contrapeso y fue para ella la más alta revelación de Dios, y para ese hogar el descubrimiento de un amor eterno, cuya alegría y respiración es en realidad Dios.

Esto nos lleva naturalmente a entender que la pasión de nuestro Señor no se debe comprender según el Antiguo Testamento, como un sacrificio impuesto por la justicia de Dios como condición del perdón. Al contrario, hay que ver en el sacrificio de la Cruz que Dios muere por aquellos que rehúsan amarlo, y muere orando por quienes lo crucifican.

La humanidad de nuestro Señor, como ya vimos, no se expresa jamás a sí misma, sino siempre a Dios en persona. Es pues la parábola, la expresión, la revelación en la historia humana, la revelación más perfecta del amor de Dios, que nuestros rechazos de amar lo hieren hasta la muerte, no porque Dios es una potencia ofendida, una majestad que exige reparación, sino porque Dios es una madre que no puede sino hacer contrapeso con su amor a todos los rechazos de amor. ¿Se puede curar el egoísmo a garrotazos, convertir una conciencia pisoteándola? ¿Se puede vencer el amor propio exasperándolo? ¡Pues no!

Se sabe que la única manera de apaciguar el amor propio, de desarmarlo y hacerlo concurrir al Bien es deshacernos de nosotros mismos, de nuestro amor propio. Y si queremos hacer terminar un conflicto, acabar con un resentimiento, cuando queremos difundir la paz, restablecer una amistad, sabemos que debemos dar el primer paso, ir a arrodillarnos para lavar los pies a fin de revelar a Dios como el Amor. Y cuando hemos hecho el vacío dentro de nosotros, entonces el otro puede abrirse a la generosidad sin sentirse humillado, olvidar sus quejas y resentimientos y llegar de nuevo a darse.

No hay que ver jamás la Cruz bajo otro punto de vista. Ya no estamos en el Antiguo Testamento cuando se sacrificaban toros y carneros, se sacrificaban palomas y tórtolas para mostrar que Dios era el dueño, y se daba parte de los bienes para tener derecho a aprovechar del resto. Esa era una concepción primitiva indigna de Dios y del hombre. El sacrificio de Jesucristo no está en línea con los sacrificios del Antiguo Testamento sino en línea con la exigencia de Amor en que es imposible suscitar la generosidad sin hacerse primero espacio de generosidad. La Cruz de nuestro Señor nos confirma pues de modo evidente en la certeza de que Dios es infinitamente más madre que todas las madres y el infierno es eso: Dios crucificado en nosotros y por nosotros, y que sigue amándonos eternamente como madre: una madre verdadera jamás podrá dejar de amar a su hijo.

Esa es la única concepción posible en la cima de la fe cristiana: el infierno, no como venganza de Dios sino como eterna crucifixión de Dios, como crucifixión del amor en un alma que lo rechaza eternamente, si eso es posible.

De todos modos, la Cruz nos aleja inmediatamente de nosotros. La Cruz nos hace entender que no se trata de nosotros, que el mal no es ante todo nuestra degradación y nuestra desgracia sino una herida de amor inferida al corazón del amor, y que justamente, hay que ser fiel para no crucificar al amor. No se trata de salvarnos, sino de salvar a Dios de nosotros. De liberar a Dios de nuestros límites, de nuestras tinieblas, de nuestros rechazos de amor. Escuchen, miren por fin, ¿no está ausente Dios de la vida del mundo? ¿Quién se preocupa seriamente de Dios? ¿Quién funda todas sus relaciones con los demás sobre la Presencia y el intercambio de Dios? ¿Quién comprende que Dios no puede vivir en el universo, no puede ser Presencia en la historia de hoy, si nosotros no somos transparentes a su luz? Dios está ausente porque nosotros lo estamos; Dios es ignorado porque nosotros lo ocultamos, porque somos un velo que impide a los demás reconocer su rostro.

No se trata de salvarnos a nosotros, no corremos ningún riesgo de parte de Dios, él solo podrá amarnos, solo podrá esperarnos, somos nosotros los que lo ponemos en peligro, los que velamos su Presencia, los que interceptamos la corriente de su Luz y de su Amor, los que lo volvemos caricatura y un ídolo.

En El poder y la gloria, Graham Greene contaba la historia de dos sacerdotes mejicanos que eran malos sacerdotes, que se habían hecho sacerdotes para llevar una vida de pereza en que podían permitirse todo, y que de repente debieron escoger, ante la persecución. Uno escogió casarse son su ama de casa y volverse su esclavo. El otro compendió de repente su vocación, comprendió que cuando el barco se está hundiendo el capitán debe quedarse a bordo, cuando el rebaño es atacado, el pastor debe exponer su vida para defenderlo. Y entonces, olvidándose a sí mismo, olvidando sus faltas y olvidando su estado de pecado mortal, solo pensó en una cosa: dar los sacramentos a esa población que no tiene sino a él, que es el único sacerdote en miles de kilómetros que pueda de llevarles el perdón y la presencia de Dios.

Entonces, para vivir la vocación descubierta, tiene que olvidarse por completo, renunciar a todo, comer o dormir cuando le sea posible, ya que tiene que ejercer continuamente su ministerio de noche y huir en seguida, pues su cabeza ha sido puesta a precio. Nunca piensa en sí mismo, y así, sin darse cuenta, se purifica de la impureza fundamental que es el apego a sí mismo. Y al final, cuando lo coge un espía que había adivinado que era sacerdote y quería ganarse la recompensa prometida por la policía, le dice que hay un moribundo que lo está esperando, y aunque está a punto de pasar a los Estados Unidos donde podía refugiarse y hallar solaz para su conciencia, regresa y cae en la trampa. Lo estaba esperando la policía y le anuncia que será fusilado al día siguiente. Pero qué importa, lo va a purificar la sangre del martirio, y justamente, habiendo querido cuidar a Dios al precio de su vida, ha entendido que amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos. Amar a Dios es querer protegerlo contra nosotros mismos.

¡Qué admirable! Sobre una tumba en un cementerio de montaña, había esta inscripción extraordinaria: “El hombre es la esperanza de Dios”. Es verdad. Dios está en nuestras manos. Jesús dijo: “El que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”. Dios es frágil porque es solo amor. Dios está desarmado porque es el amor. Dios está en nuestras manos porque es el amor. Y solo nosotros podemos salvarlo de nosotros mismos, preservarlo de nuestros límites, protegerlo contra nuestras tinieblas y egoísmos.

La meditación de la Pasión, la contemplación de la Pasión de Jesucristo hizo nacer en todos los grandes místicos una compasión inmensa, la compasión que llevó a san Francisco de Asís a llorar por la pasión de Jesucristo hasta quedar ciego, la compasión que imprimió los estigmas, las heridas de Jesús en sus manos, sus pies y su costado. No se trata de nosotros. El mal no es la desobediencia de un mandamiento, no es una rebelión contra la majestad de Dios; el mal es una herida de la que puede morir Dios, como muere el amor cada vez que lo rechazan o lo ignoran. Se trata pues de que estemos de pie junto a la Cruz con María, que nos mantengamos al pie de la Cruz no para apiadarnos de nosotros mismos sino para descrucificar al amor, para que Jesús sea en nosotros el Señor vivo y resucitado, para que después de los viernes santos de todos nuestros rechazos de amor, brille en nosotros el aleluya del amor pascual.

¡Sí! ¡la Cruz de Jesucristo es la revelación más maravillosa del Amor infinitamente más maternal que es Dios! Contemplémoslo pues, no para volvernos sobre nuestras infidelidades sino para mirar hacia adelante, para comenzar una vida totalmente nueva en que Cristo sea en nosotros un Dios vivo, y en que toda esa inmensa plenitud de amor que se ofrece como contrapeso de todos nuestros rechazos de amor, se revele en nosotros, como se reveló en ese hijo por medio del rostro de esa mamá.

Sí, la Cruz es nuestra única esperanza porque el único remedio a nuestro egoísmo, la única protección contra nuestra debilidad es la fragilidad de Dios. ¿Cómo querrán resistir a la invitación del amor si Dios es víctima? ¿Cómo podrán desear dejar a Dios? Eso no es posible si es verdad que Dios muere por no ser amado.

Recuerden que santa Teresa del Niño Jesús, habiendo visto a Dios a través del ambiente de su familia, a través de la adoración que le tenían su padre y sus hermanas, ella que respiraba la felicidad de todo el amor que la rodeaba, ustedes recuerdan que ella entró al Carmelo como niña, para jugar a la pelota con el Niño Jesús, para ser la pelota del Niño Jesús, y que pidió llamarse Teresa del Niño Jesús. Y recuerdan que un año después, un año después de su entrada en el Carmelo, pidió que le añadieran a su nombre: “y de la santa Faz”. Había descubierto que no se trataba de jugar a la pelota con el Niño Jesús sino de tomar sobre sí misma la Pasión del Amor crucificado. Y así se puso en camino hacia la vida de víctima en que se consumió tan rápido, porque había reconocido el verdadero rostro de Dios como un Dios frágil, un Dios desarmado, un Dios que nos está confiado, un Dios que debemos descrucificar, un Dios que debemos proteger contra nosotros mismos.

Ese es el fondo de la vida cristiana, no hablar de Dios, no gargarizarse con palabras, no saciarse de fórmulas sino ponerse sin cesar ante ese Dios silencioso dentro de nosotros, ese Dios que puede fracasar, ese Dios que puede ser vencido, pero un Dios que no podrá jamás dejar de amar y al que ahora nos debemos revelar a los demás, simplemente retirándonos de delante de él, para que los demás no se equivoquen sobre él y reconozcan, con ese hijo que no tuvo otro evangelio que el rostro de su madre: “¡Ah! ¿Así es Dios? ¡Cómo! ¡Yo no sabía! ¿Así es Dios? ¿¡Amor y solo Amor!?” “Mírame, decía Jesús a santa Ángela de Foligno, no por nada te he amado”.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir