El problema del amor

 

Conferencia de M. Zúndel, en un retiro predicado a los estudiantes de la Facultad Católica de Lila, en noviembre de 1933. Publicada en la Revista Les Facultés Catholiques de Lille, en marzo de 1934, p.172-177 y retomado en apéndice en el libro Recherche de la Personne, p.359-374.

 

Si la conformidad entre la naturaleza y la gracia es tanto más perfecta por ser gratuita, si el cristianismo es de verdad el realismo supremo, como lo hemos dicho, debe haberse mostrado capaz de resolver el problema del amor.

No necesito subrayar la urgencia de este problema. Es el problema de ustedes y en cierto momento, el problema de todo ser humano – es siempre el problema de la especie humana.
Y tal vez conviene comenzar por ahí.

En el encuentro simpático del hombre y la mujer está el estremecimiento misterioso del hijo por nacer. Puede que no piensen en él – rara vez tienen consciencia de él – pero no por eso es menos cierto que el llamado de la vida sube en ellos cuando salen del ámbito de la amistad puramente fraterna.

Puede ser un sueño muy puro, una fuerza creciente, puede ser un sueño turbio, un impulso que cae. Pero de todos modos, ahí está esa energía, la exigencia se hace sentir buscando una salida realizadora. Se disfraza de mil maneras, toma los senderos más diversos, se complace en toda clase de encuentros inocentes o culpables.

En todos los casos, la corriente parte de los gérmenes ocultos que aspiran a unirse para promover la vida de la especie. ¿Qué más emocionante y solemne? La especie es divina. Responde a una idea creadora necesaria al equilibrio del universo. Esto vale sin duda en cierta medida para todas las series animales. Por eso a todo nivel y bajo toda forma, la generación ejerce tanto dominio.

Pero en el hombre cada individuo es un mundo. Cada individuo es espíritu, capacidad ilimitada de ser, capacidad de Dios. Los tres órdenes se superponen, las tres corrientes se unen, el hombre es asediado de todas partes con violencia incoercible, como frágil esquife a la merced del océano: la especie quiere nacer, el espíritu quiere nacer, Dios quiere nacer.

¿No es ese el fondo último de ese llamado, el secreto último de la tragedia? Dios que desea continuar el misterio de su Encarnación en un corazón nuevo que sea obra del amor, manifestó al hombre la inaudita confianza de poner en sus manos el destino de una vida, divina en su fuente y en su fin, de una vida llamada por la suprema bondad a compartir su vida. Dios comunicó al hombre su poder creador: "Dios creó creadores". Era probablemente demasiado para un ser tan débil como el hombre – si juzgamos por el uso que hace de ese divino privilegio.

¿Cómo no sentirse conmovido y desgarrado en lo más íntimo de sí mismo pensando que desde el comienzo el hombre ha sido víctima de este don, que cada generación ha tenido el mismo vértigo y que a lo largo de los siglos la humanidad ha hecho de su mayor nobleza el medio de su mayor decadencia?

En verdad, si hay algún rastro de la caída original, ahí es donde aparece con mayor evidencia. ¿Qué habitante de un planeta lejano, que haya conservado la integridad de su ser, podría creer que el hombre haya encontrado su peor tentación en aquello mismo que lo aparenta más con Dios? Se diría que se volvió loco, intoxicado por el poder divino. Es suficiente ser hombre para seguir el drama con profunda simpatía y para sentir la más cálida compasión hacia todos los seres que sucumben ante el instinto o que luchan contra su influencia.

Ahí, la única conducta inadmisible, la única que se deba rechazar sin piedad, es transformar en burla barata el más trágico y sagrado misterio.

Comprendo que a un hombre lo venzan en un combate en que su suerte sea desigual. Sé ante qué terribles combates uno puede sufrir centenas de caídas y cuánta nobleza melancólica se mezcla a veces con la más triste fragilidad. Pero jamás comprenderé que puedan enlodar y envilecer con ignominiosas suposiciones un poder creador del que solo se debería hablar de rodillas.

¡Cuánto nos ha amado Dios y qué confianza ha puesto en nosotros! ¡Y lo hemos traicionado! ¿No hay modo de recuperar el sentido y de tomar conciencia del orden del instinto?

Al menos un comienzo de solución está en una visión clara del problema. Para eso, recurramos sin temor a los datos materiales en el terreno de la fisiología.

Se trata de unir los gérmenes complementarios cuya fusión determina la eclosión de la vida. El problema sexual es pues un problema de vida. La actitud tomada ante la vida contiene virtualmente la solución que vamos a adoptar aquí. Si para nosotros la vida es solo un accidente de la materia, su origen y su propagación quedan igualmente en poder del azar; pero si la vida tiene valor divino y destino eterno, como creemos nosotros, la procreación está investida de responsabilidades infinitas. Los materialistas más convencidos, a pesar de su sistema, lo comprenderían en seguida si pensando en el resultado concreto: el Hijo.

Lo que se juega es la vida del hijo. El sexo es un altruismo sellado en la carne, ante de enraizarse en el corazón, es relación con el otro: patrimonio de la especie y cuna del hijo.

No podemos dar lo que no nos pertenece, enajenar una herencia que solo tenemos en depósito, jugar con el teclado de la especie cuando no hemos sido llamados a ello. Tenemos que rendir cuentas a la vida, y responsabilidades respecto del hijo.

El hijo es una persona, y la persona es un fin. "Actúa como tratando siempre la humanidad como fin, dice Kant, y jamás como medio, ya sea en ti mismo o en los demás."

El hijo es una persona y es un fin en su ser espiritual, e, inclusive de manera absolutamente rigurosa, es el fin primero de la generación. ¿Cómo atreverse a comprometerlo en la eterna aventura de la vida sin haber consultado primero sus intereses en los tres órdenes en que estará necesariamente comprometida su existencia, sin haberle preparado una cuna para su espíritu y su corazón, aún más que para su cuerpo? ¿Necesitarán menos virtudes los padres para formar el alma de sus hijos que el sacerdote para favorecer su desarrollo?

Me parece que se exige igual santidad a los dos. Ese es en verdad el fondo del instinto sexual: una exigencia de santidad. A menos que admitamos que el hijo pueda ser fruto del azar, como el accidente imprevisto de una ternura inconsciente o de una voluptuosidad ciega, o que el gesto creador sea solo un simulacro estéril y absurdo, un impulso infinito en el vacío.

El instinto que es todo altruismo respecto del hijo porque es una persona, no puede, por ese motivo, ser menos altruista respecto de la mujer. Ella también es una persona, y un fin.

No podemos vapulear lo suficiente la concepción inhumana y bárbara que pretende hacer de ella el instrumento de la voluntad humana. En la línea del espíritu, la mujer es una persona igual al hombre, confiada a su ternura para protegerla en su dignidad de madre. ¿Por qué traicionar a la madre y profanar el santuario de la vida? ¿Por qué contaminar la cuna de la natividad divina?

¿No es una transfusión de sangre el acto que comunica la vida, el don más profundo y más total, el símbolo más expresivo de la unidad, la confianza suprema del ser al ser, en el ser? ¿Cómo mezclarle mentira y pantano?

El acto conyugal es el sacramento del amor, eficacia de vida eterna. Las personas se unen en el orden de los Fines, el hombre y la mujer están en verdad unidos al nivel del corazón de Dios: "El matrimonio es la unión invisible de las almas", el signo que representa y realiza el misterio de la Iglesia.

No hay otra cosa: todo está ordenado a la vida en una dimensión infinita.

¿No sembramos con miras a cosechar? ¿Dejaremos que digan que es la naturaleza la que quiere que se rechace el germen y se niegue el acto que hacemos, que se rechace el don en el momento mismo de realizarlo y que se arroje al vacío el impulso de todo nuestro ser?

La pureza es el respeto de la vida. La impureza es desprecio de la vida. Es importante saberlo. La pureza es el respeto de la vida, no la vergüenza o el miedo, sino el respeto.

"En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres."
La pureza es la asunción de los cuerpos, el amor de los cuerpos, el espíritu dado a los cuerpos.

¿No es nuestro cuerpo el templo del Espíritu Santo y no son nuestros miembros los miembros de Jesucristo?

La fe nos dice que de verdad el cuerpo sufre violencia cuando le impedimos elevarse, cuando le rehusamos la transparencia a que tiene derecho, cuando hacemos de él un cuerpo animal. Porque también él tiene vocación divina y destino eterno, y también es capaz de estremecerse de gozo al acercarse al Dios vivo.

"Amé, Señor, la hermosura de tu casa y el lugar donde habita tu gloria."

Si la casa de piedra puede suscitar tales transportes, ¿por qué tendríamos menos veneración por la carne santificada a menudo por el contacto con el cordero?

Dios no ha creado nada impuro. El cuerpo es puro, y más puras y sagradas son nuestras fuentes de la vida.

"Si tu ojo es puro, todo tu cuerpo estará en la luz."

Tratemos de mirar los cuerpos "en espíritu", por el interior, a partir del pensamiento divino que los construye como sacramentos de la vida.

Y para alejar todo fantasma perturbador de la palabra, remplacemos en nuestro vocabulario sexual por paternal y maternal, que hacen mayor justicia a la vocación del instinto.

Si en el momento en que el impulso vital los asedia, sin inquietarse por un sentimiento que es normal, pueden hacer surgir ante los ojos de su mente el rostro de un niño, podrán más a menudo conjurar lo más perturbador del ataque de los impulsos ciegos.

Se trata del niño, él es el que está llamando, y en él, Dios.

Y entonces desde ya, la paternidad y la maternidad pueden ser ejercidas en su aspecto supremo.

Entonces, ¿no es todo el precio del hijo que una joven madre tiene en los brazos, lo que ella percibe a través del cuerpecito tan transparente para su corazón de la luz del alma y del misterio divino que se realiza en ella?

Así pues, ya en la preparación de su corazón, ustedes pueden engendrar, en espíritu, los hijos que serán, por su medio, hijos del Espíritu. Extendiendo además a tantos pequeñitos a quienes nadie revela el rostro de su Padre celestial, una maternidad y una paternidad que ni el espacio ni el tiempo pueden limitar, que podrá impedirles recoger sus almas en su alma, y comunicarles la verdadera vida?

Así podrá su entrega realizar lo más profundo que contiene su instinto.

Estoy seguro, su corazón está seducido por este programa. Ustedes solo se preguntan si no está por encima de las fuerzas humanas. De seguro que sí, pero por cualquier lado que lo miremos, sin la ayuda de Dios es imposible vivir el carácter mismo de nuestra vida.

Él puso en nuestra ruta a la mujer bendita entre todas las mujeres, que es la fuente inmaculada de la vida, la virgen esposa y la Virgen Madre, en quien todos nuestros sueños de ternura y de pureza encuentran su más dulce expresión.

El Hijo único se la dio por Madre. Ella los ama y los está esperando. Si le llevan un corazón filial, si disipan en su luz los fantasmas de la noche, si mantienen su mirada fija sobre su rostro, con la confianza del niño que llama a su Madre, ella protegerá en ustedes las fuentes misteriosas, orientando siempre hacia la vida lo que pertenece a la vida.

Y en todo ser que haya conquistado su lealtad, en toda alma que haya hecho madurar su sacrificio, les revelará al que, sin dejar de ser su Hijo se ha hecho hijo de ustedes, en el misterio renovado sin cesar de una navidad mística en que todas sus capacidades de amar quedarán satisfechas en el candor del nacimiento divino.

No en vano resuena el Ángelus: hoy, el Verbo sigue queriendo hacerse carne por medio de su corazón.

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