Conferencia-meditación de Mauricio Zúndel en un retiro en Ghazir, Líbano. (Tomado de Silence Parole de vie – Silencio, palabra de vida -. Ed. Anne Sigier, Sillery, 1990, 250 pgs. ISBN: 2-89129-146-86).
"En Jesús, dice San Pablo, no hay sí y no: en Jesús no hay sino el sí". Es pues importante, y esencialmente importante, tomar siempre el Evangelio en su aspecto positivo. Se trata siempre de un más, de una promoción, como en la parábola evangélica: "Amigo mío, sube más arriba" (Lc. 14, 10).
La Iglesia es precisamente lo que debemos constituir. Tenemos que constituir la Iglesia, es decir, continuar la Encarnación y llevar al mundo el don único e inagotable de la presencia y del Amor de Dios. ¿Cómo es que ese don, ese don infinito, podríamos presentarlo como una amenaza, como una prohibición, como una parálisis del genio, del gozo y de la libertad?
Importa pues ante todo no limitar el cristianismo a una empresa de salvación personal, como si debiéramos calcular sin cesar nuestros chances y asegurarnos un porvenir frente las amenazas de que sería fuente Dios: todo en el cristianismo es don, todo es amor, todo es católico, todo es universal, todo está realizado en favor del mundo entero. Y yo quisiera precisamente subrayar esta noche la ordenación comunitaria de todos los sacramentos.
No se reciben los sacramentos para sí mismo, sino para los demás, en favor de los demás, para comunicar a los demás el don de Dios que es Jesús. Bajo esta luz debemos vivir los sacramentos y presentarlos.
Si pensamos en el Bautismo, estaremos tentados de decir que el bautismo borra el pecado original y quedarnos ahí, endureciendo además la enseñanza de la Escritura y dando a creer que el niño es culpable, que lleva realmente en sí un pecado, lo que es absolutamente falso. En el niño no hay ninguna culpabilidad, sino consecuencias de un pecado, lo cual es totalmente distinto. El niño no tiene ningún pecado sino que lleva las consecuencias de un pecado. Y esas consecuencias consisten esencialmente en la privación de dones sobrenaturales y preternaturales (1). En él no hay culpabilidad alguna.
Yo por mi parte me siento siempre muy incómodo al dar el bautismo porque cuando llego a los exorcismos, que digo siempre en latín claro está y en voz baja, ¿cómo decir a una mujer, toda feliz por su maternidad, conmovida por esa obra maestra que se formó en ella, que su hijo es objeto de ira y que está bajo el yugo del demonio? ¡Imposible! Eso sería herirla en las fuentes mismas de su ternura. Es pues mucho mejor presentar el bautismo bajo el aspecto, que es principal, de inserción del infante en la comunión de los santos.
El niño, por el bautismo, va a ser templo de Dios, va a llevar en sí todo el cielo, va a convertirse en foco de luz para el mundo entero, y sin ser aun capaz de oración consciente, va a ser para los demás una fuente de gracia y de iluminación. Que un bebito de un día de nacido pueda ser así foco que irradia la presencia divina es justamente el aspecto comunitario del bautismo y su aspecto esencial.
Porque en fin de cuentas, ¿de qué hay que salvarse? ¡Pues de sí mismo! Hay que salvarse del aislamiento, del encierro en el egoísmo, para hacerse don para todos, para hacerse fuente, origen, creador. Eso es lo que el bautismo hace en el pequeñito: a través de él va a surgir un mundo nuevo, a través de él se va a difundir una gran luz en el mundo entero.
Y de eso hay una magnífica ilustración en el ejemplo de Emanuel Mounier, fundador de la revista "Esprit". Ese admirable cristiano, cuya hijita mayor, Francisca, por una vacuna mal administrada, había sido víctima a los seis meses de una encefalitis que la privó para siempre del uso de razón. Y esa pequeñita, cuyos ojos eran totalmente luminosos, todo alegría, todo sonrisa, ¡esos ojos se apagaron!, ya no había la más mínima reacción, estaba ausente, sepultada en la noche. Y Mounier que era un hombre de genio, era desde luego particularmente sensible a esa condena terrible que privaría para siempre a su hija del uso de razón. Con su mujer, pensó en todos los niños abandonados en el mundo, a todos los que tienen razón pero una razón envenenada por el mal y el vicio, en todos los niños que no tienen hogar, que no conocen el clima de amor que reinaba en su propia casa; entonces propuso a su mujer que ofrecieran esa prueba por todos los niños abandonados y que redoblaran de amor para la niña y que comunicaran con ella a través de la Trinidad, ya que llevaba a Dios en su alma desde el bautismo. A pesar de todo, ella seguía siendo templo de Dios, y finalmente la pequeñita se convirtió en el tabernáculo ante el que venía a arrodillarse para hacer oración, porque en ella encontraba todo el cielo, en ella adoraba la Santísima Trinidad.
El bautismo hace realmente del niño una fuente de gracia para el mundo entero. El niño vuelve a ser origen, así es vencido el pecado original, que fue precisamente el rechazo de ser origen, el rechazo de comunicarse, el rechazo de asumir la humanidad y el universo... pues por el bautismo el pequeñito recibe el encargo del mundo entero y se hace fuente de gracia para todo el universo. Por eso no hay que retardar el bautismo para no privar el mundo de esa riqueza y de esa fuente de gracia.
Desde luego, la confirmación que corresponde en nuestra vida a Pentecostés, cuando los apóstoles son enviados, nos ordena hacia los demás, nos confiere la misión de evangelizar silenciosamente el mundo entero, de vivir el cristianismo no para nosotros sino para los demás.
Y podemos ilustrarlo con el ejemplo admirable tomado del libro "Guerrilla de Dios". El Padre Jorge, que tuve el privilegio de encontrar y que era médico antes de ser sacerdote, hizo parte de una guerrilla contra el nazismo durante la guerra en Eslovaquia. Estaba ahí como médico y no sabían que era sacerdote. Cuando los rusos se acercaron, cuando los ejércitos rusos se acercaron al Occidente y pudieron unirse con esas formaciones eslovacas, que estaban en el mismo bando que Rusia contra Hitler, los ejércitos rusos integraron esas formaciones eslovacas e invitaron a una parte de los oficiales eslovacos a Moscú, y el sacerdote, cuya calidad de sacerdote se ignoraba, fue invitado como los demás, a título de médico militar.
Y pudo moverse libremente en Moscú pues hablaba ruso perfectamente ya que era de origen croata. Se encontró un día en una iglesia, quizá recuerdan el episodio, cuando vio a un muchacho de 8 o 9 años y le dijo: "¿Pero, tú vas a la iglesia? ¿Eres cristiano?" – "¡Sí pues!", dijo el muchacho. Y el sacerdote: "¿Y quién te enseñó la religión?" y él dijo: "Uno de mis compañeros". – "¿Y a ese compañero, quién le había enseñado?" – "Su abuela", y el muchacho añadió: "Como usted ve, tengo cinco dedos en una mano, tengo como tarea instruir a cinco camaradas, y cada uno a su vez instruirá cinco camaradas". Y el sacerdote le dijo: "¿Y no te da miedo de la policía?" – "¡No, no!" – "Pero la policía puede meterte a la cárcel!" – "¿Y eso qué?" – "Pero te pueden matar" – "¡No importa! ¡No pueden matar a Cristo que está en mí!"
Y conocen ese otro ejemplo magnífico de un niño chino que llega un domingo a su iglesia, y los guardas rojos están cerrando el paso. La iglesia está cerrada. "¿Qué vienes a hacer aquí? ¡La iglesia está cerrada, el cura en la cárcel, ya no hay Iglesia!" – "¿Cómo, dice el niño, que ya no hay Iglesia? ¡Pero la Iglesia soy yo!"
Vemos pues niños verdaderamente confirmados en la fe, que recibieron realmente la gracia de Pentecostés y saben que son cristianos para evangelizar y para fundar el Cuerpo de Cristo donde prosigue la Encarnación.
Por supuesto, a Eucaristía es el sacramento eclesial por excelencia, ya que por la Eucaristía el Cuerpo místico es a la vez significado y engendrado. Como lo dice admirablemente un gran teólogo protestante, lo más propiamente cristiano de las asambleas de los primeros creyentes aparece en el fin mismo del culto que no tiene otro sentido que la edificación del cuerpo de Cristo: el cuerpo de Cristo resucitado debe tomar forma en la asamblea de los cristianos. Por eso en la Iglesia primitiva el punto culminante de todo culto es la celebración de la Comida en que Cristo está presente en medio de los suyos. La Eucaristía, que es el foco de la presencia eclesial, es un perpetuo llamado a darse a toda la humanidad y a tomar a cargo el universo entero.
Y podemos ilustrarlo de la manera más conmovedora. En un hospital de París, en 3ª clase, donde están los pobres, hay una sala donde se encuentran 60 a 80 mujeres. Las camas se tocan casi, las mujeres hablan bajezas inmundas desde la mañana hasta la tarde. Entre ellas hay una cristiana, una cristiana convencida, admirable, que sufre en silencio la promiscuidad. Pidió la comunión. Ella sola, en medio de esas mujeres que se burlan, recibe la Eucaristía, por ellas. Y a penas el capellán sale y cierran la puerta detrás de él, la vecina coge su vaso de noche y la baña, para ver qué cara pone. Entonces la mujer, que acaba de comulgar le dice: "te perdono porque no sabes". ¡Qué nobles palabras! ¡Qué cosa admirable! "Te perdono porque no sabes". Ella sabía, ella sabía que tenía el inmenso privilegio de conocer a Cristo, de vivir en el corazón de la Santísima Trinidad, de estar unida a la Comunión de los Santos y de poder hacer de su sufrimiento una ofrenda redentora. Y esta comunión la había recibido de la manera más natural, delante de sus compañeras hostiles, la había hecho por ellas, feliz de poder comunicar esa presencia y de soportar cualquier cosa por el privilegio que se expresa en esas palabras magníficas: "Te perdono porque no sabes".
Y también el P. Jorge, en el "Guerrilla de Dios", nos cuenta cómo, de regreso de Rusia, hecho prisionero en Praga, azotado con cadenas para que confesara un complot católico inexistente, encontró en su prisión una cuarentena de hombres que hacían parte de la Acción Católica, y que estaban ahí simplemente porque rehusaban denunciar ese complot inexistente. Están ahí simplemente por fidelidad a la verdad y al Amor, y se encuentran y la cadena de amor se refuerza entre ellos. Y el P. Jorge celebra la misa en medio de la noche, gracias a la complicidad de un guardia católico, y las hostias son puestas en el pan, en la ración cotidiana, y cada uno comulga al comer el pan de la prisión. Y así se constituye en la prisión toda una iglesia silenciosa, redentora, en que la presencia eucarística circula como foco de una presencia universal, una iglesia silenciosa, que da justamente testimonio de que el cristiano no es cristiano para sí mismo sino para el mundo entero.
Y la Penitencia misma, como todos los sacramentos, tiene una orientación comunitaria: ¡no nos confesamos para nosotros sino para los demás! En efecto, como dice Elisabeth Leseur "toda alma que se eleva, eleva el mundo, pero toda alma que se rebaja también rebaja el mundo."
Pecando, es decir apegándonos a nosotros mismos, impedimos que circule la presencia de Dios, cortamos la corriente, pecamos contra el hombre, como pecamos contra Dios. Y el sacramento de la Penitencia, que pasa por la comunidad, que recurre a la mediación de la Iglesia, ofrece justamente a la vez la confesión y la reparación a Dios por la comunidad. Y así nos confesamos tanto al hombre como a Dios, porque el sacerdote representa a la vez al Hijo de Dios y al Hijo del Hombre, representa a la vez a Dios y a la humanidad. Y por eso precisamente, si es verdad que un acto de amor, un acto de contrición perfecta nos vuelve instantáneamente al estado de gracia, suponiendo que lo hayamos perdido, tenemos todavía que confesarnos para reparar respecto de la comunidad, para ponernos en la verdad ante de la comunidad, para no usurpar un lugar que no nos pertenece, para llenar el vacío que habíamos provocado, para restituir nuestra colaboración en la comunión de los santos. Ese es el aspecto magnífico de la confesión, ponernos en estado de verdad y de sinceridad con la comunidad humana, que hemos herido con nuestras faltas, retirándole el beneficio de la luz y la presencia de Dios. Bajo ese aspecto es como hay que presentar la confesión como don de la verdad, de la sinceridad y del amor para los demás.
En "el Poder y la Gloria", Graham Greene nos muestra el sacerdote mártir, el sacerdote que va a ser fusilado al día siguiente de su captura, contando al oficial de la policía toda su vida sin ocultarle ninguna de sus faltas, ni su heroísmo, del que además no se había dado cuenta. Y el oficial, que es un fanático de la revolución, conmovido con esta sinceridad, quería hacer algo por él. Y el sacerdote mártir le dice: "Una sola cosa: tráigame un sacerdote para que pueda confesarme. - Imposible, ¡no hay sacerdotes en el país! – Sí, hay uno, hay uno, el que se casó, él puede todavía darme la absolución. ¡El sigue siendo sacerdote y sigue teniendo el derecho de dar la absolución a un moribundo!" Aunque el martirio sea un bautismo, - nada está mejor asegurado ya que la Iglesia no duda nunca en canonizar los mártires sin exigir milagros cuando el martirio está bien demostrado, él quiere confesarse justamente para restituir a la humanidad toda la verdad de su vida y de su amor, y también para recordar a ese sacerdote que había traicionado que sigue teniendo el poder de dar a Cristo, y que con mayor razón está llamado a vivirlo. Esa última confesión era una última limosna dada a la humanidad y al cohermano. En realidad el sacerdote casado rehúsa, o mejor, su mujer lo obliga a rehusar, y el sacerdote muere en su bautismo de sangre.
La extrema unción tiene el mismo carácter, pues nos llama a hacer de nuestra muerte un acto comunitario, a hacer de nuestra muerte un don, una ofrenda para toda la humanidad. Como el bautismo introduce al bebé en la comunión de los santos, la extremaunción nos quiere enseñar a hacer de la muerte un acto libre, no algo que soportamos sino un consentimiento de amor en beneficio de todos, como la muerte de San Francisco es una apoteosis y la suprema ofrenda de amor. Bajo esa luz hay que presentar la extrema unción, como la última ofrenda de sí mismo, la más perfecta, la más libre, a beneficio de todos.
En un campo de concentración en Alemania, una mujer que yo había conocido en París, es invitada a subir a la carreta que conduce al horno crematorio, que conduce primero a la cámara de gas. Ella sabe que no volverá. Una religiosa que está con ella le dice: "¿Le sirve de ayuda que yo suba con usted? – Sí, eso me ayudaría". Y sube con ella, y tampoco regresa, pero ella fue por la otra, fue a morir para ayudar a morir, haciendo de su muerte una ofrenda suprema.
Como otra religiosa en un avión que cayó y se incendió, y por fortuna los pasajeros todavía no han sido alcanzados por las llamas, pero hay que darse prisa, el fuego avanza, avanza... El tanque de gasolina está en llamas, la gente corre hacia las salidas. Un joven quiere pasar, la religiosa se encuentra al mismo tiempo que él, le da paso, ¡y ella es cogida por las llamas, ella queda en el fuego! El joven se salvó porque ella lo dejó pasar en ese segundo decisivo, él comprendió el sentido de esa ofrenda: eso es la extrema unción. No hay que asustar a la gente haciéndoles pensar en el juicio, pues ¿qué temer de la Madre, del amor infinitamente maternal de Dios? Pero hay que presentar la extremaunción como una invitación a hacer de la muerte un acto de vida, un acto libre, un acto de supremo consentimiento en una total ofrenda de nosotros mismos para toda la humanidad y todo el universo.
Le matrimonio, desde luego, tiene una ordenación comunitaria, el matrimonio del que San Pablo dice que es el signo que representa y realiza el misterio de la Iglesia. El matrimonio se sitúa explícitamente en el misterio de la Iglesia que él perpetúa dando a Dios constantemente, dando a Dios el crecimiento de humanidad (el hijo) que Dios necesita para continuar su encarnación.
Y aquí podemos pensar en los papás de Santa Teresita del Niño Jesús, que, como saben, habían proyectado un matrimonio virginal, un matrimonio blanco como se dice, y que terminaron por comprender que debían ofrecer a Dios el aumento de humanidad, y que en efecto dieron vida, fueron creadores de vida con Dios para darle 5 hijos que le fueron todos consagrados, y entre los cuales se cuenta Santa Teresa de Lisieux. A veces le rezo a ese papá Martín, le rezo también pensando que él educó a Teresita, que fue casi su madre porque su esposa murió cuando Teresa estaba todavía muy pequeña y que su paternidad, como la maternidad de su mujer, fue el primer origen de esa santidad, ya que el matrimonio, para ellos, estaba explícitamente orientado a ofrecer a Dios un crecimiento de humanidad.
No es necesario decir que el Sacerdocio está orientado hacia los demás, eso es evidente. Y justamente la experiencia más conmovedora del sacerdote, es la paternidad universal que encuentra en todas partes. Qué maravilla constatar que en todas partes se pregunta al sacerdote, no de dónde viene, ni cómo se llama, ni qué nacionalidad tiene, sino simplemente si es sacerdote, y si es sacerdote, uno le confía los últimos secretos que no le cuenta a nadie más, ni siquiera a sí mismo, porque en él uno busca la paternidad de Dios.
Nada es más conmovedor, por más indigno que uno sea, que ser así sacramento de una paternidad universal, que no tiene fronteras de pueblos, ni de clases, ni de razas, porque estamos ahí solamente para los demás, porque estamos orientados hacia la persona de Jesucristo, porque somos sacerdotes en estado de pobreza, para ser despojados de nosotros y revestidos de Él.
Así es todo el cristianismo: siempre un don hecho a los demás. Y quisiera evocar, precisamente, en el sentido del altruismo, del movimiento esencial hacia los demás, el renacer de la fe en un amigo de Verlaine, que conocí en una edad avanzada. Ese hombre extremamente erudito, se había alejado de la fe desde la primera comunión. No practicaba, aunque su mujer era admirablemente fiel y le traía constantemente el resplandor de Dios, no practicaba, pero, como hombre inteligente que era, respetaba el apego de los demás a las prácticas eclesiales. Me decía: "Creer en la inmortalidad del alma me gustaría. Sería demasiado fácil, eso corresponde tanto a un deseo, pero no me lo permito para no ceder a un sentimiento y para ¡no abundar en mi propio sentido!" Y un día me dijo que estaba preocupado por el alma de su padre, muerto hacía ya mucho tiempo. Había querido mucho a su papá, y seguía teniendo de él un recuerdo muy vivo. Y de repente se preocupaba por él, y el anciano me preguntaba: "¿Qué puedo hacer por él? ¿Quiere decir una misa por mi padre?" Y recuerdo esa misa por su papá, a la que asistió con toda su presencia y todo su recogimiento. Él estaba también muy cerca de la muerte, poco tiempo después la inquietud redoblaba. Me decía: "¿Qué puedo hacer por mi padre?" Le respondí: "¿Quiere que digamos juntos el Padrenuestro? Voy a decirlo y usted repite después de mí". Y el anciano, que creía que no creía, creía por decirlo así por otro, creía por su padre, y recitó por primera vez después de 50 años el Padrenuestro por su papá. Así volvió a encontrar, sin darse cuenta, el contacto que le permitiría recibir pocos días después la extrema unción, en que su vida iba a convertirse en última ofrenda de amor.
Eso es, ustedes comprenden: la religión no pude ser cálculo, compañía de seguros para sí mismo, no puede ser sino don permanente hecho a los demás, un don permanente hecho a la humanidad. Y por eso no hay que dejar de comulgar, aunque estemos en la aridez más absoluta, porque comulgamos por los demás, nos confesamos por los demás, somos confirmados para los demás, nos casamos para los demás, somos sacerdotes para los demás.
La religión debe ser una Fiesta Divina para todas las criaturas. Y, si se pudiera definir la santidad de manera breve y positiva, en que aparezca que hojeando a Jesús no haya sino SÍ y no haya NO, que Jesús nos abre todas las puertas de la luz, de la grandeza y de la libertad, y que un cristiano es alguien que da al mundo la imagen de la belleza divina y del eterno amor, yo diría: "¡la santidad es la alegría de los demás!" En el fondo, si pudiéramos darnos el testimonio de que somos para los demás, en cuanto depende de nosotros, una fuente de alegría desde la mañana hasta la tarde, podríamos estar seguros de ser discípulos del Evangelio, que es la Buena Nueva.
Entonces pidamos esa gracia e inscribamos en la memoria y en el corazón esta breve definición completamente positiva: "la santidad es la alegría de los demás".

(1) Preternatural. Palabra que viene del latín medieval praeter naturalis, más allá de la naturaleza. Los fenómenos preternaturales pertenecen al orden natural y lo sobrenatural solo pertenece a Dios. Lo preternatural designa en el hombre las realizaciones o actos superiores a todo poder humano y que pueden realizarse en el orden de la naturaleza, a condición de recibir ayuda de una entidad superior pero sin ser de orden sobrenatural.

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