Homilía de Mauricio Zúndel, en Lausana, en 1956. (De Ton visage, ma lumière – Tu rostro, mi luz. p. 334 de la edición Desclée de 1989) (*)

 

Lo más profundo que tengo, dijo un día Valery, ¿lo más profundo que tengo? ¡La piel, mi piel!” Estas palabras son quizás un juego de palabras muy profundo.

 

Si entendemos por “la piel” la sensibilidad, es en efecto lo más profundo que tenemos. Somos nuestra sensibilidad y nunca somos razón. La hermosa definición del “hombre, animal racional” figura en los libros y no se inscribe en la vida. El hombre no es un animal racional. Es sensibilidad, pasión, inmenso deseo, formidable aspiración. Y por eso la música tiene una importancia tan grande en la civilización.

 

En su Prometeo, Liszt veía justamente en la música el elemento cultural por excelencia. La música es lo que ordena nuestra sensibilidad. Nos hace convertirnos en música. El milagro del orden tonal está en penetrar nuestra fisiología, armonizar nuestras vibraciones sensibles, abrirnos a un espacio infinito, pero mediante un consentimiento de todo el ser que, de un solo impulso se mueve hacia la Presencia inefable que se siente tanto mejor cuanto que justamente la sensibilidad es más comprendida y colmada.

 

Nada hay más catastrófico que la ignorancia de la verdad de la sensibilidad. La sensibilidad es un ser vivo, un ser en pleno devenir, un ser dotado de recursos magníficos, un ser en que pululan energías creadoras. Se trata simplemente de ordenarla, abrirla y sosegarla. Y solo se la puede sosegar comprendiéndola y colmándola.

 

Un día, en una diatriba peligrosa entre Gide y Massis, con toda la intemperancia de su ardiente ortodoxia, dijo Massis a Gide: “Su arte es demoníaco”. Y Gide respondió: “Claro, y no hay arte que no lo sea”, es decir que en este caso la injuria fue recibida por una sensibilidad viva que hace de la injuria una alabanza, que hace de la injuria un programa de vida, justamente, y la revelación del verdadero artista: “Todo arte es demoníaco”.

 

Cuánto más seguro es el matiz que encontramos en el Calígula de Camus, que pone la omnipotencia del emperador al servicio de su locura, y Camus lo hace afirmar que él es el dueño de todos y de todo, inventando las últimas extravagancias, humillando cuanto puede a todos los seres que tiene en las manos. Cuando su nodriza que lo ama y lo vio crecer, que conoce su temperamento y que está al diapasón con su sensibilidad, es testigo de sus desbordamientos, dice estas palabras magníficas: “¡Él tiene demasiada alma!”.

 

Demasiada alma, justamente, porque tiene demasiada energía, demasiada grandeza, demasiado poder y no sabe qué hacer de eso, el mundo es demasiado poco para él, y evidentemente, esas palabras eran las únicas que podían tocar ese corazón apasionado, desencadenado, enloquecido por su omnipotencia. Había que comprenderlo primero, abrirle un horizonte posible en esas palabras que son una magnífica promoción: “¡Él tiene demasiada alma!

 

Todas las músicas en fin de cuentas, tienen su fuente en nuestra sensibilidad cuando se ordena y se abre por el encuentro con el infinito. Y la primera música somos nosotros mismos, cuando todas las raíces se hunden en la luz de Dios y todo el ser no es más que un impulso armoniosamente orientado hacia el infinito. Por eso el gran poeta Patmore dijo esas palabras dignas del más grande pensador: “Las virtudes no son sino pasiones ordenadas, y los vicios, pasiones en desorden.”

 

No hay pues mayor error que el querer matar la sensibilidad, mayor error que desconocer la dignidad de las pasiones. Es como si se quisiera dañar el instrumento de un artista, so pretexto de que el instrumento es algo material, mientras el arte es algo ideal. No hay música sin instrumento: se trata simplemente de acordarlo para que vibre en armonía y prolongue en la materia el sueño eterno del espíritu.

 

En todo caso, la experiencia muestra que ningún consejo es útil si no puede ser dado por el ser mismo. Los consejos útiles son los que cada uno puede darse a sí mismo, y los que uno no puede darse, solo son peso para el alma, la oprimen, le imponen una camisa de fuerza que no le brinda ayuda sino que la precipitan en el desorden, exasperando su secreto desconocido y violado.

 

Podemos y debemos decir que es verdad que se reconoce precisamente a Dios en que toca las pasiones con infinito respeto. ¿Cómo no recordar la mirada con ojos bajos si se puede decir, la mirada de Jesús hacia la mujer adúltera? (Jn. 8:6-8). Él baja los ojos, rehúsa juzgarla y condenarla. Quiere, justamente, llevarla a descubrirse a sí misma, compensar por los que rehúsan amarla. Y él mismo, pasión infinita, eterno Amor, no es un Dios razonable, sino un Dios loco, como decía san Agustín porque es un Dios que no conoce otra luz que el Amor y que nos introduce en la única luz, que es la luz de su infinita ternura, en que todo nuestro ser puro pueda respirar.

 

¿Es la cruz algo razonable? ¡No! Lo dice san Pablo en su lenguaje magnífico: “Es un escándalo para los judíos y una locura para los gentiles” (I Co. 1:23). Ese es el genio del cristianismo, precisamente, haber sobrevolado las definiciones del hombre racional, haber tocado al hombre en lo más profundo de sí mismo, en sus bases pasionales en que todo el universo se abre sobre nosotros para que, teniendo nuestras raíces en el mundo físico, el mundo físico mismo pudiera tener sus raíces en el cielo por medio de nosotros.

 

Y el cielo es otra pasión, una pasión ardiente, el fuego que Jesús vino a traer a la tierra (Lc. 12:49). Y justamente, quiere que ese fuego se propague por medio de nosotros, como una aventura maravillosa e infinita en que todo hombre se realice, y en que la sensibilidad misma colabore primero en el Reino de Dios por el consentimiento maravilloso que da siempre a una domesticación respetuosa y delicada.

 

Si Cristo está tan lejos del fariseísmo, es justamente porque está tan cerca del corazón. Será finalmente víctima de los doctores prisioneros de su ortodoxia, justamente porque él no está atado a nada, porque él es la libertad infinita y el espacio del eterno Amor. Entonces se dirige a todo ese pueblo de la tierra, a todos los pobres, a todos los vagabundos, a todos los mendigos, a todas las mujeres llamadas “de mala vida”, y encontrará el lenguaje que les conviene, el lenguaje silencioso del respeto arrodillado y del Amor que da la vida.

 

Y entonces el apostolado – es decir la presencia del Evangelio – debe manifestarse à través de nosotros. El Evangelio no es una doctrina sino Alguien. El Evangelio es una Presencia. El Evangelio es un Corazón. Y cómo dar testimonio de ese Corazón sino siendo totalmente corazón para los demás, tratando primero de comprenderlos para colmarlos.

 

Pues no hay que olvidar nunca que la única Revelación de Dios, la única, la única posible, la única convincente, la única activa, la única creadora, somos nosotros. ¿Dónde conocen el amor que les tienen a sus hijos? ¿En qué reconocen ustedes el despertar del primer amor? ¿Cuál es la fuente de su amor conyugal? No es un teorema, no es una doctrina, no es una experiencia mensurable, sino ustedes mismos. En la luz en que ustedes se transforman. En el espacio que se abre en ustedes. En la alegría que se extiende hasta las raíces de su ser, ahí es donde ustedes reconocen el Amor.

 

Lo mismo Dios: cuando nuestro ser está colmado, cuando es totalmente comprendido, entonces entra en la luz del eterno Amor.

 

No olvidemos pues que si hay una verdad del espíritu, esa verdad es la eterna pasión de Dios; y que si hay una verdad de la sensibilidad, hay que reconocerla primero y respetarla para realizarla a fin de que nuestro ser no esté dividido por un dualismo mortal, sino que vaya todo entero, de un solo impulso hacia el Dios vivo, hacia el Dios que tiene un rostro de fuego, hacia el Dios que es un Corazón que late en el nuestro, hacia el Dios en el cual estaremos para siempre porque él es la alegría de nuestra juventud.

 

(*) Ton visage, ma lumière, (Tu rostro, mi luz). 90 sermones inéditos. Ediciones Mame, París, 2011, 510 páginas. ISBN: 978-2-7289-1506-4

 

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