15-18/08/2017 août 2017

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Homilía de Mauricio Zúndel, en Neuchâtel, en 1919. Inédita.

Resumen: La Palabra de Dios como Verbo divino ilumina a todo hombre y es recibida sin error por el pueblo cristiano. María fue llevada al Cielo: es la Asunción. Esta doctrina pertenece a la enseñanza de la Iglesia y por consiguiente tiene parte en su infalibilidad. El amor filial de Dios realizó lo que nuestra piedad desea. Jesucristo revistió de inmortalidad a aquella que le dio la vida en el tiempo y estuvo asociada tan estrechamente a su obra redentora.

Herederos del Padre, coherederos de Jesucristo

Carísimos hermanos,

La única democracia que existe en el mundo es la Iglesia Católica. En efecto, cada uno de sus miembros no solo es susceptible de llegar a las mayores dignidades y a la cumbre de la gloria, lo que sería ya un privilegio único, sino que cada uno debe ser realmente parte d la familia de Dios, heredero del Padre, y coheredero con Jesucristo, cada uno sin restricción puede apropiarse las palabras de nuestro Señor: “No temas, pequeño rebaño, pues ha sido del agrado del Padre darte su Reino” (Lc 12,32)

Papa o artesano, doctor o iletrado, genio o pobre de espíritu, solo se distinguen ante Dios por la intensidad de su caridad. Y en este terreno, ningún límite a la ambición: el camino de la santidad está abierto a todos. Las barreras sociales no detienen a nadie.

Lo que enseña la doctrina

Con su imponente jerarquía, con la riqueza y variedad de sus uniformes, la organización exterior de la Iglesia no perjudica esa armoniosa igualdad: “Siervo de los Siervos de Dios”, escribe el Soberano Pontífice encabezando sus cartas. Y eso es literalmente cierto. Su autoridad, venida de arriba, solo se extiende a todas las almas regeneradas por el bautismo para liberarlas de la triple esclavitud de las riquezas, del orgullo y de la carne… para hacerlas crecer en el amor y divinizarlas más y más.

Es lo mismo en todos los niveles de la jurisdicción eclesiástica. Podemos concluir en seguida que en la Iglesia no hay lugar para enseñanzas secretas, reservadas a ciertos privilegiados: como el Verbo Divino, la Palabra de Dios ilumina a todo hombre que viene a este mundo, infalible los labios de los pastores, el pueblo cristiano la recibe sin errores, y lo que éste cree, sus pastores lo enseñan por virtud del Espíritu Santo. Cuando se constata una creencia universalmente difundida entre los fieles, se puede afirmar con la certeza más completa, que es parte de la doctrina católica, y que por tanto proviene del Padre de las luces.

Doctrina de la Asunción

Y en este día los hijos de la Iglesia, de toda tribu y lengua, de todo país, se reúnen al pie de los altares de la Santísima Virgen para cantar su Asunción, afirmando que su cuerpo estuvo libre de la corrupción del sepulcro y que fue reunido poco tiempo después de su muerte con su alma glorificada, para estar asociado a su triunfo.

María fue llevada al Cielo, los ángeles, de fiesta, alaban y bendicen al Señor (Antífona de la Asunción). Ningún católico puede dudar de esta verdad. Aún más, para la inmensa mayoría de los fieles, es parte integrante de la doctrina tradicional, al mismo título que la Inmaculada Concepción y la Ascensión de Cristo.

Esto debería bastar para convencernos de que es cuestión de fe, y para que digamos: “Yo creo”. La Iglesia dejaría de ser la custodia y dispensadora de la verdad si un error doctrinal alcanzara jamás tanta expansión, y la infalibilidad de sus dirigentes sería ilusoria si dejaran implantarse sin protestas creencias extranjeras al depósito sagrado que les está confiado.

Figuras inspiradoras de la Santísima Virgen

Pero muy numerosos documentos nos demuestran que la voz del pueblo cristiano es solo el eco vivo de la Iglesia docente. Desde el 4º siglo, los Padres de la Iglesia, san Atanasio, san Efrén, san Ambrosio, y más tarde san Juan Damasceno, san Pedro Damiano, san Bernardo, sin contar un gran número de eminentes obispos como san Dionisio de Alejandría, san Modesto de Jerusalén, Hildeberto del Mans y san Amadeo de Lausana, a los cuales se suman los grandes teólogos de la Edad Media: santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, y los doctores modernos san Francisco de Sales y san Belarmino, vieron a su vez figuras de la Santísima Virgen en el árbol de la vida del paraíso terrestre, en la zarza ardiente que apareció a Moisés, que ardía sin consumirse, en el Arca de la Alianza hecha de madera incorruptible…

Según ellos, también algunas mujeres la anunciaron, como Judit y Ester y el Cantar de los cantares todo se refiere a ella. Y no se trata de simples aplicaciones como pueden hacer ciertos autores piadosos para satisfacer su devoción. Los escritores de que hablamos reconocen en las cosas o en los personajes enumerados verdaderos tipos de la Madre de Cristo. En su pensamiento, al inspirar a los autores sagrados poner por escrito las altas gestas de Israel o los impulsos de amor del pueblo elegido, Dios atribuyó a los objetos que describían un significado profético que rebasaba el sentido literal.

Las palabras contaban el pasado o celebraban el presente, las cosas hablaban del futuro siguiendo al Espíritu Santo y revelaban ya la dignidad súper eminente de la mujer lejana cuyo hijo vencedor traería la Paz al mundo. Por otra parte, los Padres no dedujeron desde el comienzo las consecuencias que implican para la fe que nos ocupa esas figuras – en todo caso, ello no aparece en los escritos que nos han llegado.

Los portavoces de la doctrina de la Asunción

San Modesto, patriarca de Jerusalén en el s. 7º, es el primero que presenta los tipos de la Escritura en relación con la Asunción de la Santísima Virgen, en un sermón sobre la dormición de Nuestra Señora (1). Nuestro Dios que dio la Ley sobre el monte Sinaí y que la trajo de Sion, le dio el Arca Santa de la cual el Rey David, uno de sus antepasados habla así en sus cantos: “Levantaos, Señor, entrad en vuestro reposo, vos y vuestra Arca santa”. Y después de él, todos los doctores, griegos o latinos, antes y después del s. 13, hicieron resaltar de figuras del Antiguo Testamento el mismo privilegio de María, recurriendo en su mayoría al Arca de la Alianza hecha de madera incorruptible.

Y cuando los Padres y los teólogos de épocas y lugares tan diversos concuerdan en afirmar en el mismo sentido una misma doctrina, tal doctrina pertenece sin duda alguna al magisterio de la Iglesia, y por lo mismo, participa en su infalibilidad, en el sentido indicado por ellos.

En otras palabras, los Padres ya no hablan en nombre propio sino que son los órganos del magisterio eclesiástico, los portavoces de la Iglesia docente, a la cual pertenecen lo más a menudo, con el consentimiento de la cual escriben siempre. Si se equivocaran, al reconocer su autoridad, la Iglesia estaría con ellos en el error.

Una tradición que devendrá dogma

Aplicadas al tema, estas nociones nos hacen comprender definitivamente que la Asunción de la Bienaventurada Virgen María es un hecho revelado al menos implícitamente por los tipos del Antiguo Testamento e implícitamente reconocido como revelado por los Padres de los seis primeros siglos, y ellos debieron aprender de los apóstoles, últimos promulgadores de la Revelación, el sentido dado a esas figuras por la libre voluntad de Dios. Por fin enseñado explícitamente como revelado por los doctores a partir del siglo 7º. Es decir que esta verdad hace parte del depósito doctrinal garantizado por la autoridad divina, y confiado a la vigilancia y la dispensación infalibles de la Santa Iglesia. Esta tuvo además tuvo el cuidado de confirmar el sentimiento de los Padres haciendo suya en la liturgia de hoy e integrando en las letanías de la Santísima Virgen esta sublime invocación: “Arca de la Alianza, ruega por nosotros”.

Sin duda, ningún concilio general ni ningún papa ha puesto la Asunción entre los dogmas católicos. (2) Pero nos atrevemos a esperar la solemnidad incomparable, el brillo exterior y único que no dejará de rodear un día este privilegio de María. Ello conviene a su gloria y todavía más a la gloria de su Hijo Jesús, ya que la Encarnación del Verbo es la razón última de esta exaltación sin par. En efecto, habiendo formado el cuerpo de Cristo con la sangre purísima de María, el cuerpo de María es en cierto modo Cuerpo del Salvador. Por eso san Andrés de Creta dice: “Oh Virgen Madre, el sepulcro no puede retenerte, pues la corrupción no debe invadir el cuerpo del Señor” (3) en virtud de una simple aplicación de la ley formulada por santo Tomás: “La ignominia de la Madre se repercute en el Hijo” – a propósito de la impecabilidad de María.

Además, el amor de Cristo hacia su Madre exigía que la preservara de esa humillación cuya sola idea nos es tan intolerable para nuestros allegados que, a pesar de la evidencia contraria, nos obstinamos en creer permanentes los rasgos que apreciábamos, cuando vamos al pie de su tumba a hablar con ellos.

Revestida de inmortalidad para ser más semejante al Redentor

El amor filial de Dios realizó lo que nuestra piedad desea con tanto ardor. Aquél en quien estaba la vida antes de todo comienzo no pudo no revestir de inmortalidad a la que le dio la vida en el tiempo, a la que estuvo tan estrechamente asociada a su obra redentora, a aquella que, desde su concepción, cooperó en su victoria sobre la muerte... porque la muerte es el salario del pecado, y María, preservada del pecado original e inmunizada contra los asaltos de la concupiscencia mala, escapaba así a la ley de toda carne. Y si su corazón fue atravesado por la espada, si fue la Madre de los dolores, si bajó a la tumba fue solo para asemejarse al Redentor y participar más activamente en su misión de amor. Era necesario que la analogía terminara y que la Ascensión tuviera un paralelo en la Asunción de María. Era necesario, para compensar las humillaciones de la Santísima Virgen en Belén y los suplicios del Calvario. Era necesario que brillara ante los ojos de la hija de David la inmensidad de su grandeza.

Madre de Dios, ¿hemos reflexionado ya, hermanos míos, sobre la importancia de estas palabras, y tomado conciencia del Misterio abrumador que encierran? ¡Una mujer que llegó a ser Madre de Dios! ¿No ven que esta fórmula es inseparable de esta otra: El Verbo se hizo carne? Tan oscura la una como la otra, y también tan luminosa, ambas dejan entrever, bajo aspectos diferentes, los abismos de la misericordia divina que confunden a la criatura.

María marchaba en la fe

Pero, tan grandes como hayan sido los privilegios de María, ella sigue siendo una criatura incapaz de captar a fondo las conveniencias del plan redentor. Ella tuvo suficiente humildad como para abandonarse sin reserva a la acción del Espíritu Santo y suficiente amor como para abrazar todas las angustias que le impuso, pero no pudo comprender plenamente el lugar que tenía ella en sus designios. Marchó por fe, y aunque Dios la llenó de su Sabiduría, solo percibió de manera oscura las maravillas de su gracia.

Por la fe supo ella que era madre de Dios, fe serena, fe inquebrantable, fe ardiente, pero siempre bien alejada de la plena visión. Se entiende entonces que fuera del agrado de nuestro Señor recompensar sin medida la fidelidad de la Virgen, y que él quisiera revelarle con toda la claridad posible el papel que le había reservado desde toda eternidad el Amor divino. Y puesto que en ella deseaba ante todo glorificar la Madre, es natural que haya querido asociar al triunfo de su alma el de su cuerpo virginal, que fue el tabernáculo de la vida, el Arca de Alianza del Altísimo, que los querubines ya no cubren con sus alas como el arca de Moisés, sino que la aclaman como su Reina, con los patriarcas y profetas, con todas las almas redimidas con la sangre del Cordero, saludándola con esas palabras que la habían asustado en Nazaret y que ahora la llenan de gozo: “Ave María…”

Abogada del género humano

Y en la tierra, en medio de sus combates, la Iglesia hace el eco: María subió al cielo, alegraos pues reina eternamente con Cristo. Alegraos, pues para quienes no han llegado todavía al final, la gloria de María brilla como una esperanza: “Superando las jerarquías angélicas y los rangos de los santos, ella sube a la derecha del que está sentado en el Trono” y toma oficialmente posesión de sus funciones de abogada del género humano. Madre de Dios, también es Madre de los Hombres, y en adelante, todas las gracias que les sean concedidas pasarán por sus manos. Más que nunca, ella será el Arca de Alianza, la Medianera del mundo en la aplicación de los méritos del único que puede devolvernos, por su Pasión, para beneplácito del Padre, el título que habíamos perdido.

Y cuando, cubiertos de manchas, habiendo abusado de todas las gracias y despreciado todos los avances divinos, los Hombres no se atrevan ya a levantar los ojos hacia la majestad infinita implorando perdón, podrán tener el dulce recurso de dirigirse a ella que tiene todo poder sobre el corazón de su Hijo, ella que se consagró a la obra de la misericordia ejecutando la justicia.

Arca de la Alianza, ruega por nosotros

Por eso los católicos de Neuchatel debemos regocijarnos más con nuestra Madre, y debemos apreciar más su triunfo, ya que nuestra iglesia y nuestra ciudad están puestas bajo la advocación de Nuestra Señora de la Asunción. Pronto hará mil años que un piadoso obispo cantó allá en la antigua iglesia colegial, habiendo derramado el óleo santo sobre la piedra del altar: “Consagra con toda tu clemencia, oh Dios, esta basílica edificada para los Misterios sagrados en honor de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María”.

Y todavía hoy, a pesar de las tristezas de la cisión, a pesar del silencio que se ha instalado sobre su nombre maternal, los viejos muros cantan un himno a su gloria. ¡Ah! ¿Por qué ya no se escucha el Gaudeamus de la liturgia de hoy? ¿Por qué? En gran parte, sin duda, porque hemos pecado contra la luz, porque deshonoramos con nuestra vida nuestro nombre de católicos, porque impedimos que la verdad brille ante los ojos de tantas almas que buscan con indecibles angustias. ¿Tomaremos por fin conciencia de nuestras responsabilidades y del deber que tenemos de dar testimonio de Cristo y de su Iglesia?

Y para que nuestra flaqueza no traicione nuestra buena voluntad, pidámosle a María que nos tome de la mano, y supliquémosle que interceda por nuestros hermanos muy amados, a fin de que Dios olvide en su favor nuestras innumerables faltas y les dé la gracia de poder repetir con nosotros: “Arca de la Alianza, ruega por nosotros”.


Notas

(1) Homilía sobre la dormición, extractos: “Alegrada por el pan celeste y vivificador, fue resucitada para la eternidad por el Hijo.” Significado para el pueblo: “Para que ilumine como aurora que lleva la luz espiritual, la Vigen establece si morada en los esplendores del sol de justicia, llamada por aquél que, nacido de ella, iluminó el mundo. Ese esplendor… María lo difundió en nosotros con abundancia de misericordia y sentimientos de piedad, estimulando las almas de los fieles a imitar en cuanto posible su divina bondad y su benevolencia.

El texto sobre la dormición no sería de san Modesto, muerto en 634, sino de un autor más tardío, de fines del siglo 7° o principios del 8°. Este texto sigue siendo en fecha el primero entre los Padres griegos que afirmaron de manera bien clara la asunción gloriosa de María, y su discurso es notable entre todos por su contenido doctrinal.” Cf. Martin Jugie, Échos d'Orient, 1941 Vol. 39 n°199 pp. 283-289

(2) Le 1° de noviembre de 1950, Pie XII proclamó el dogma de la Asunción mediante la constitución apostólica Munificentissimus Deus. “Afirmamos, declaramos y definimos como dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios María, siempre virgen, una vez terminado el curso de su vida terrestre, fue elevada en cuerpo y alma a la vida celeste.

(3) San Andrés, metropolitano de Creta (alrededor de 660-740): “Oh bienaventurada dormición de la gloriosa Madre de Dios, siempre virgen, que no conoció la corrupción del sepulcro, porque Cristo nuestro todopoderoso Salvador conservó intacta la carne que le había dado la suya propia… ¡Salve, santísima Madre de Dios! Jesús quiso teneros en su reino con vuestro cuerpo revestido de incorruptibilidad… La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y Salvador, que da la vida y la inmortalidad, es resucitada por su Hijo y posee para siempre la incorruptibilidad con Aquél que la llamó del sepulcro.” (Citado en La doctrine de la rédemption de la T.S. Vierge por Pablo Renaudin. Ed. Téqui, 1912, p. 86).

Date de publication sur le site : 11-15/08/2013 et 15-18/08/2017

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