8ª conferencia de M. Zúndel en el Retiro del Vaticano, del 20 al 26 de febrero de 1972. Publicada en “¿Qué hombre y qué Dios?” (*)

 

Beatísimo Padre, Padres míos en el Señor,

 

Un padre digno de ese nombre es naturalmente, según sus medios, la providencia material de sus hijos. Vela por que no les falte nada y le parece evidente que su entrega les asegura no solamente lo estrictamente necesario sino el confort más favorable a su desarrollo. Pero ese padre tan cuidadoso y responsable sabe que en el hijo hay un terreno inaccesible que debe respetar y, si va hasta el final de su vocación, jamás tratará de imponerle sus propias opiniones. Tratará, claro está, de orientarlo hacia lo que constituía para él la verdad y el bien, pero lo hará desde el interior en cierto modo, ante todo manifestando en su conducta el reino de la verdad y del bien y rodeando a su hijo de tanto respeto y ternura que los consejos o las órdenes que le dé se enraícen en él con el pleno consentimiento de su mente y de su corazón. A ningún padre humano le gustaría hacer de su hijo un robot, es decir una máquina, algo mecánico, es decir un ser que sea solo su reproducción estereotipada.

 

¿Podemos aplicar a Dios esta metáfora, de alguna manera? ¿Podemos concebir que la creación del Dios Trinitario revelado en Jesucristo en forma de don, en forma de amor, como eterna caridad, podemos concebir que Dios no acorde precisamente esa solicitud a su creación, que no desee una creación robot sino una creación libre, capaz de terminarse, de realizarse, de darle una respuesta espontánea?

 

El texto que comencé a citar esta mañana, sacado de “Arte y Escolástica” de Jacques Maritain, texto del opúsculo "De Beatitudine" attribuido a Sto. Tomás, dice como vimos: “Est ibi aliud inflammans animam, ad amandum Deum scilicet divina humilitas”, pero el texto va mucho más lejos:Nam Deus omnipotens, singulis angelis sanctisque animabus in tantum se subjicit, quasi sit servus emptitius singulorum quilibet vero ipsorum sit Deus suus.” Lo cual se puede traducir, retomando el comienzo: “Ahí hay otra cosa que inflama al alma a amar a Dios: es la humildad divina. En efecto, Dios todopoderoso se somete de tal manera a cada uno de sus ángeles y a cada alma santa como si fuera para cada uno un esclavo que se compra, y que cada uno fuera su Dios.” Y el texto termina diciendo: “Ad hoc insinuandum transiens ministrabit illis dicens in Ps.LXXXI: Ego dixi, dii estis... Haec autem humilitas causatur ex multitudine bonitatis, sicut arbor ex multitudine fructuum inclinatur... (Opusc.De Beatitudine, cap II). Es decir: Para sugerirlo, pasará sirviéndoles, como dice en el Salmo 81: Dioses sois… Esta humildad proviene de la abundancia de bondad y nobleza divina, como un árbol que se inclina por la abundancia de sus frutos”. (**) Así, en cierto modo, Dios se da dioses en la creación, fruto de su amor.

 

Este texto es extraordinario y revolucionario, y me parece que concierne lo más sutil y profundo de la creación. Si la creación proviene, precisamente del Dios Trino, (y Dios es siempre Trinidad y esencialmente Trinidad), es imposible que en su acción no encontremos en cierto modo su imagen y su rastro.

 

Entonces, si admitimos que ese texto implica cierta reciprocidad, cierta igualdad en el amor que anula en cierto modo nuestra dependencia respecto a Dios, nos planteamos la pregunta: ¿no es la libertad una vocación de todo el universo? ¿No está toda criatura llamada a entrar en la ofrenda de amor que responde al eterno designio de Dios, que responde a su naturaleza, que responde a su ser, que responde a la eterna comunión de amor que es él? ¿No están todas las criaturas llamadas a entrar en esa luz de amor y a cantar cada día la gloria de Dios?

 

Esto es de gran importancia pues, si es cósmica, nuestra vocación se amplifica inmensamente. Parece pues que se puede admitir que el gesto creador no es un gesto mágico en que Dios no se implica, sino un gesto nupcial en que llama a toda la creación, todo el universo a las nupcias eternas, en que el "sí" que es él – porque él es solo "sí", como dirá San Pablo: en Jesús, no hay sí y no, sino solo “” – en el “” inmenso y eterno que es Dios, esperando el “” de la criatura que cierre el anillo de oro de las bodas eternas. Toda la naturaleza, todo el universo, tendría entonces una vocación espiritual.

 

No podemos dejarnos desviar de esta visión por el espectáculo del universo material como tal – y hoy menos que nunca pues, precisamente, hoy nadie puede decir qué es la materia.

 

La materia que parece al alcance de la mano, que el lenguaje común designa sin la menor hesitación, ¿qué ha llegado a ser a través de las nuevas concepciones de la ciencia y de la física o la química? Por todas partes vemos que ya Einstein demostró la identidad de la materia y la energía: la materia es energía solidificada, y la energía, materia "fusificada" y que existe la posibilidad constante de convertir la una en la otra, y la irradiación, la luz son solo un estado de la materia. Se puede hacer brotar irradiación de la destrucción de la materia: si dos electrones, uno positivo y uno negativo se encuentran, se anulan en una irradiación en que su masa desaparece.

 

Hay pues convertibilidad de todos estos términos: materia y energía, irradiación, calor, luz y todo el resto y finalmente ¿qué es la materia sino cierra impulsión que se difunde, de escalón en escalón, que se degrada y está destinada a agotarse un día, según la segunda ley de la termodinámica? Pero es muy difícilmente comprensible, si no en sus efectos, y aún más incomprensible en los seres vivos.

 

Los seres vivos que somos nosotros constituyen un universo totalmente extraño y que nos es prácticamente del todo desconocido: vivimos sin saber cómo, digerimos, respiramos, somos llevados por el universo, en nosotros se realiza todo un trabajo sin que nos demos cuenta y eso de manera absolutamente sensacional.

 

Si pensamos que estamos compuestos de 60 millones de millones de células, de las cuales hay 14 mil millones en el estómago, si pensamos que cada día se destruyen 500 mil millones de nuestras células, si pensamos que todas esas células están admirablemente coordenadas, que funcionan sin falla, se completan unas a otras; y todo eso sin darnos cuenta, quedamos totalmente atónitos.

 

En nosotros está actuando una inteligencia prodigiosa, pues la ciencia con todos sus medios está solo comenzando, balbuceando, sin haber creado ni el más ínfimo de esos elementos. Y sin embargo, todo eso se realiza ante nuestros ojos. Todo eso nos constituye, sin que sepamos cómo.

 

Y lo más sorprendente es que la materia que nos parece extensa está en realidad compuesta de vacíos. Si se reunieran todas las células de nuestro cuerpo, todos los núcleos de nuestro cuerpo, cabrían en cuatro mil millonésima parte de un milímetro. Y reuniendo todos los núcleos de todas las células de los hombres que viven en el mundo se obtendría el tamaño de un grano de arroz. Estamos hechos de vacío y sin embargo, todo eso funciona admirablemente y cuando recibimos una herida, cicatriza y cuando una función es inhibida, encuentra suplencias. ¿Y en virtud de qué se hace todo eso?

 

Si examinamos nuestra vida y la de todos los seres vivos, vemos que es un flujo continuo. Que no cesa de renovarse. A mi edad, no hay un solo átomo de los que existían en el momento de la concepción, en el momento del nacimiento. Todo eso es un hecho continuo. Todo eso no cesa de renovarse. Y nosotros permanecemos nosotros los mismos. ¿Cómo? ¿Qué es lo que hace que del embrión al anciano sea el mismo personaje? Cierta arquitectura, cierta forma, cierta estructura invisible en cierto modo, inmaterial en cierto modo.

 

El ser vivo es un sistema, una estructura o forma que subsiste mientras todos sus elementos materiales están integrados y se renuevan. Y esa estructura, por ser subsistente mientras todos los elementos cambian, tal estructura no es materia. ¿Entonces, qué es?

 

Se han hecho experiencias extraordinarias: molieron virus de tabaco. Lo redujeron a una especie de masa. No quedaba nada estructurado, y al volver a poner los elementos en un medio favorable, se reconstituyeron totalmente. De repente surgió el plan de trabajo y se volvió a formar la estructura. ¿Dónde estaba? Cuando ven morir o marchitarse una planta, ¿a dónde se va la vida? Nos es absolutamente imposible percibirlo, pero en virtud de esa estructura en cierto modo invisible e inmaterial, en virtud de ese plan interior e inmanente, el ser vivo se mantiene y sigue existiendo.

 

Estamos pues hoy ante una situación extremamente interesante, viendo que la materia nos sigue por decirlo así, y que nosotros la captamos por medio del fenómeno, a través de lo que aparece, pero no sabemos decir qué es, y que lo esencial en el mundo visible son precisamente esas estructuras, esas arquitecturas internas que condicionan, o mejor, que constituyen todos los seres vivos, que constituyen finalmente todo lo que existe, esas estructuras mismas son de cierto modo invisibles e inmateriales.

 

Eso nos permite pues considerar más fácilmente una vocación espiritual del universo, pues la fuente del materialismo no es la materia. El materialismo es fruto de la mente, es que una mente utiliza mal la materia al querer ser dueña de sí misma y de ella, reduciendo todo a sus necesidades y pasiones: en su avaricia, materializa el universo.

 

Entonces, vemos que el escultor, trabajando la materia, puede interiorizarla y darle la posibilidad de expresar el espíritu de la manera más penetrante y eficaz. Y vemos que, al contrario, un pensamiento de orgullo, un pensamiento posesivo, nos materializa al mismo tiempo que materializa todo objeto. Entonces el contraste no es entre la materia y el espíritu. Es más bien entre la interioridad y la exterioridad. Ahora bien, la materia puede interiorizarse, y, por desgracia, el espíritu puede exteriorizarse. Como nos lo dijo Agustín: “intus eras et ego foris.Tú estabas adentro y yo, afuera.

 

Se trata, pues, de saber si el universo puede interiorizarse. No hay duda de que lo puede, o al menos de que es apto para hacerlo. De eso tenemos realizaciones fragmentarias dignas de todo interés.

 

Primero, el sentimiento que se apodera de nosotros de que el cosmos, el universo, es nuestro cuerpo: estamos sumergidos en él, estamos enraizados en él y sólo podemos conocerlo en la medida en que actúa sobre nosotros. Si con la ayuda de un telescopio ultra perfeccionado podemos recibir ondas luminosas emitidas hace miles de millones de años, es que esas ondas llegan hoy hasta nosotros. Si no nos llegaran, si no pudiéramos recibirlas, si no transformaran algo en nuestro universo, no podríamos conocer su existencia. Entonces, el universo no nos es cognoscible sino en la medida en que actúa sobre nosotros. Estamos pues sumergidos en él y él es, de cierto modo, nuestro cuerpo ampliado, nuestro cuerpo inmenso, el cuerpo que debemos tomar a cargo precisamente interiorizándolo. Y tenemos la posibilidad de interiorizarlo en un terreno en que nos es perfectamente conocido, el del conocimiento, del conocimiento que hace entrar el mundo en nuestra mente, que le da una nueva existencia la cual nos permite llegar, a través de los fenómenos, a una luz que ilumina nuestra mente.

 

Porque eso es lo maravilloso. El verdadero sabio, el que va más allá del instrumento, es decir el sabio que inventa, el sabio que descubre, el sabio que, devorado como Rimbaud por la pasión de la verdad, encuentra en el universo, en una comunión cada vez más profunda, una Presencia que lo colma y lo ilumina. En efecto, la verdad que él alcanza no es la fórmula que descubrió, digamos w=mc2 que dio origen a la bomba atómica.

 

Lo infinitamente precioso en la investigación del sabio es que mientras circula en la circunferencia, esta cambia sin fin donde él avanza sin fin, pues la ciencia no quiere detenerse hoy, ni mañana, ni después, ya que si se detuviera, eso sería el final del conocimiento y no podríamos volver sobre lo dicho. La ciencia no cesa de renovarse porque avanza sobre una circunferencia ilimitada.

 

Pero justamente, a veces el investigador que sigue la circunferencia se siente unido al centro, al centro eterno, al centro de toda luz. De ese centro le llega un rayo y entonces viene un destello de la verdad, el fenómeno se ilumina más allá de los límites actuales y el sabio entra en contacto ya no con algo, con una estructura que será conocida mañana de otra manera, sino con una presencia que lo ilumina y lo colma, liberándolo de sí mismo. Hay pues en el conocimiento tan precioso del universo, por el que tengo un interés apasionado, toda una posibilidad de espiritualización del universo y del hombre.

 

Es finalmente algo prodigioso que al contacto con el mundo que creemos material, cuando está impregnado de amor, surja de repente el universo interior en el gozo del conocimiento del que hablaba tan apropiadamente decía Termier que es tan grande que uno piensa que va a morir.

 

Existe pues un conocimiento que, como lo recordaba Claudel, es un nacimiento. Existe la serie inmensa de investigadores de todos los tiempos que se completan unos a otros. Y los artistas… ¿qué harían los artistas si no pudieran imprimir en una materia sensible sus pensamientos, sus sueños, sus aspiraciones y sus amores?

 

Toda la materia, toda materia puede prestarse a una transfiguración tal que a nuestra mirada, si ha sido perfectamente exitosa, ya no tenemos el sentimiento de una materia sino que somos subyugados una vez más por la idea de una presencia. Una obra de arte auténtica, sea de mármol, o de color, o en formas arquitecturales, o en una tragedia o hasta en una novela o en una película, toda obra de arte lleva finalmente la sugestión de una presencia. En vacío o en lleno, nos hace sentir el infinito por el cual suspira el corazón, nos saca de nosotros mismos al permitirnos contemplar, o al menos, respirar su presencia.

 

El universo material no se opone pues a esa transfiguración, sino lo contrario, ya que la humanidad, inclusive antes de conocer la escritura, trató siempre de expresar en una materia sensible los grandes sueños del espíritu y del corazón.

 

Hay otro terreno aún más profundo, en que el universo sensible juega un papel eminente, y es el organismo sacramental. Todas las escenas de los sacramentos, toda la gama de los sacramentales precisamente, es una especie de alianza nupcial entre el universo visible y el espíritu. Y eso es inmensamente grande y eficaz: a través del simbolismo, toca a todo nuestro ser y en especial el inconsciente, inmenso océano de energías por debajo de la conciencia, archivo inagotable de imágenes, de sugestiones e impulsos que pueden ser infinitamente desordenados pero que pueden también ponerse en orden y convertirse en música.

 

El inconsciente es extremadamente sensible al símbolo, o mejor esa es la única lengua que él comprende y justamente, el sacramento, con el pan y el vino, con el aceite, con los gestos, las palabras y el silencio, todo eso armoniosamente equilibrado, el sacramento nos inunda, nos purifica y nos libera de nosotros mismos y realiza la especie de transformación del universo visible que lo enraíza en cierto modo en el corazón de la Trinidad Divina en virtud de una especie de milagro sorprendente que fecunda la capacidad obediencial de toda realidad para que exprese o, mejor, represente y comunique la vida divina.

 

También hay otro aspecto, más secreto quizás y que es de gran importancia, el aspecto de la resurrección, pues justamente, la materia no es de por sí exteriorizante, ni materializante, ya que en el conocimiento se ha prestado a la comunicación de la verdad, a la comunicación de la belleza, ya que en los sacramentos es vehículo de la gracia, ¿por qué no estaría llamada a la eternidad, mediante una transformación adecuada?

 

¿Va a perecer definitivamente este mundo? ¿Resucitaremos en un mundo fantasmático? ¿No quedará nada de este universo, de este universo que pudo ser consagrado por la presencia de almas santas y que lo fue de manera eminente e incomparable por la santa humanidad de Nuestro Señor? ¿Está el mundo condenado a la destrucción? ¿esta materia indefinible e incomprensible no se va a prestar a una trasfiguración definitiva a través de los cuerpos resucitados?

 

La tierra ha resucitado, el mundo ha resucitado, decía san Ambrosio. Justamente, en la prolongación del misterio pascual, presentía que la resurrección del Señor se extendía a toda la naturaleza y a toda la creación y que en eso había de qué estar llenos de admiración.

 

Es posible, y fecundo, considerar una vocación espiritual de todo el universo, que además san Pablo sugiere cuando nos muestra toda la creación sometida a la vanidad contra su voluntad y esperando la manifestación de la gloria de los hijos de Dios.

 

(**) Jacques Maritain: "Art et Scolastique" (Arte y Escolástica). Librería Católica del Arte, 1920, p. 125, nota 38.

 

(*) Libro « Quel homme et quel Dieu ? Retraite au Vatican ». Editions Saint-Augustin – Saint-Maurice (Suisse). Colección "espiritualidad". Prefacio del R.P. Carré. Publicado en abril de 2008. 359 págs.

ISBN : 978-2-88011-444-2

 

 

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