Artículo publicado en “Cuadernos carmelitanos”, vol. 11, octubre de 1951. Monasterio de Santa Teresa del Niño Jesús, el Cairo. Publicado en “En el silencio de Dios”, de Mauricio Zúndel, p. 66-68 (**)

 

Cuando en una frontera le preguntaron a Oscar Wilde si no tenía nada que declarar, respondió con altanería: “Si, ¡mi genio!”, respuesta que contrasta singularmente con lo que escribió en prisión cuando supo que lo habían privado de su paternidad: “El cuerpo de un niño es como el del Señor: yo no soy digno ni del uno ni del otro.

 

Aquí se siente una profunda sinceridad, mientras que la búsqueda de efecto al declarar su genio nos da la impresión de una vanidad inmensa. Eso suena vacío, como algo falto de autenticidad.

 

¿En qué se funda este juicio y qué me permite distinguir lo sincero de lo no sincero? Cierto sentido de los valores, que identifica la grandeza con la auto-superación. Cuando hay en el hombre más que el hombre, entonces el hombre es realmente hombre. Quiere decir que el hombre nos interesa en la medida en que sea trasparente a Dios. Así es como se hace presencia real, alcanzando su propia intimidad, la cual surge como diálogo silencioso con la divinidad.

 

Pero así es también como se nos manifiesta la divina Presencia de manera eficaz, más allá de los límites de las palabras y de las ideas.

 

El misterio de la persona humana, que es inefable, es el mejor aproche de la Inefabilidad divina y nada nos conmueve más profundamente que la luz de Dios en una mirada de hombre. Dios en forma de persona y no de discurso, es lo que Lacordaire venía a buscar a los pies del Cura de Ars. En efecto, ahí hay una especie de encarnación en que la Onda divina, captada por una vida humana se nos hace sensible en la música silenciosa que hace de nuestra soledad un universo.

 

Es la razón de nuestro amor por los santos. Cada uno, a su manera, es una presentación de Dios en la claridad de una presencia humana. En uno y otro hay sin duda universos diferentes, y en el mismo personaje, aspectos más o menos reveladores. San Agustín, en su lucha contra los donatistas, no nos ilumina como lo hace en sus altas consideraciones sobre la Trinidad. Los santos no siempre están libres de todo límite humano.

 

Para alejar toda sombra, sería necesario que en una figura humana no hubiera otra presencia que la Presencia divina, y eso de modo permanente y eso, desde el primer instante de su existencia. A eso responde, según la fe cristiana, la Encarnación tal como se realiza en Jesús, la cual no excluye sino al contrario incluye y pone fin a todas las encarnaciones relativamente imperfectas de los santos y de los grandes espirituales de toda época y de todo país.

 

Pues su Unicidad implica esencialmente la Unidad divina que ella debe promover, reuniendo todo el género humano en la Persona del Señor asumiendo toda la historia de todo el universo, de toda alma y de todo ser implicado en su misión.

 

Esta extensión de la Presencia divina a toda la humanidad supone evidentemente nuestro consentimiento para ser fecunda. Debemos apropiarnos esa Presencia y transformarnos en ella, según la exigencia profunda que preside a toda relación entre intimidades. Es lo que sugiere san Pablo cuando escribe a los filipenses: “Para mí, vivir es Cristo.

 

Estas palabras nos dan una luz prodigiosa. Significan que la virtud es una Persona que hay que dejar vivir en nosotros, y que el bien no es ante todo algo por hacer sino Alguien a amar.

 

Más aún, que no es suficiente hacer el bien sino que debemos serlo, que no se trata solo de cambiar de conducta sino de personalidad, pasando por el nuevo nacimiento cuyo misterio y necesidad presenta Jesús a Nicodemo. Eso quiere decir que la religión no puede limitarse a un culto y a una moral, aunque necesariamente las contenga, sino que debe ser existencial, yendo hasta las raíces del ser.

 

Una transformación que implica las raíces mismas de la personalidad, como la que estamos tratando, justamente por identificar el bien con la luz de la persona comprometida en el diálogo que le confiere un estatuto divino, elimina la distinción entre lo profano y lo sagrado.

 

Toda la vida gravita en Dios, todo acto es divinizado y todo acontecimiento puede ser una gracia. Jesús es carpintero y san Pablo, fabricante de tiendas; el agua purifica el espíritu en las fuentes bautismales y el pan se transforma en alimento divino. Finalmente, toda realidad puede acceder a la función sacramental, ampliamente extendida, ofreciendo a Dios y comunicando con él. La Encarnación estructura esa transfiguración universal cuyo símbolo y fuente es la liturgia.

 

Pero, naturalmente, esa transustanciación del mundo y de la vida no se realiza mecánicamente. Nosotros debemos ser sus agentes, mediante una conversión renovada sin cesar en que se perpetúa, a través de nosotros, la Encarnación del Señor. Esto conviene comprenderlo en el sentido más literal, ya que a partir de la Ascensión, el rostro de Jesús ya solo puede ser visible mediante el nuestro; en el misterio de la Iglesia cuyos miembros somos.

 

En otros términos, eso quiere decir que estamos encargados de imprimir el sello de su Persona en toda nuestra acción, hecha suya por nuestra incorporación en él, como nuestra personalidad saca toda su grandeza del diálogo que nos ordena a la suya, realizando el maravilloso presentimiento de Rimbaud: “Yo es otro”.

 

De ahí es de donde brota la oración sobre la vida, a donde quiere llevar esta charla. Si mi única preocupación es dejar que Dios brille en mí, toda mi atención estará orientada hacia la transfiguración de la realidad en que se despliega mi acción, como el escultor que solo amasa el barro con miras a la obra maestra a que están orientados sus esfuerzos. Yo estaré continuamente en espera de Dios, y cada uno de mis gestos buscará solo suscitar en todo y en todo ser la luz de amor que hace sensible su Presencia. Yo oraré, entonces, tanto como actuaré, más aún, tanto como existiré, puesto que mi personalidad misma es un estado permanente de oblación que dibujará en mi obra el Rostro que no cesa de mirar.

 

Nada puede escapar a esa orientación de todo mi ser, en la misma medida en que yo existo auténticamente.

 

Tomando en serio mis pasiones mismas, teniendo en cuenta la llamada infinita que contienen, me arrojarán en Dios, el cual es el único infinito al que puedan entregarse sin trampas.

 

Oscar Wilde habría evitado la prisión a done lo llevaron sus hábitos contra naturaleza, si hubiera descubierto antes la majestad del niño en el germen de vida confiado a nuestro cuerpo como primer bosquejo de un ser humano cuya vocación divina nos impone responsabilidades eternas que deberá asumir, con la ayuda de nuestro ejemplo y de nuestro amor.

 

Por su parte, Lady Macbeth habría escapado a la locura y al suicidio si antes de sus crímenes hubiera comprendido la nada de una grandeza que solo puede creer en sí misma bajo la mirada de los demás y que está sometida a la más terrible desesperanza cuando tal mirada ya no le ofrece sino odio y desprecio por los crímenes que denuncian a la arribista incapaz de corregir una vida que ha manifestado sin reservas a la búsqueda de una admiración que no depende de ella y cuyo rechazo la deja en frente de su nada.

 

Al contrario, la grandeza de san Francisco que percibió a tiempo la vanidad de la vanidad. También él deseaba la gloria, pero la deseaba con demasiada profundidad como para contentarse con apariencias. Ganar fama en un campo de batalla, bajo las órdenes de un capitán, que estaba a su vez al servicio de un príncipe, no era en realidad sino ser el servidor de un servidor. No podía contentarse con tan poquito. Y conservando puro su deseo, esperó encontrar algo digno de él y que no era menos grande que Dios, único que podía colmarlo, dándole el mundo para convertirlo y cantarlo.

 

Vemos que no hay terreno, aunque esté lleno de las tentaciones más peligrosas, que no pueda concretizar el llamado de Dios, poniendo un alma generosa en sin salidas que la obligan a ir hacia él para no frustrar un apetito que fundamentalmente es un deseo de él.

 

La oración sobre la vida va hasta allá, hasta la luz de Dios que surge en la noche de las pasiones. Eso no puede sorprendernos, si hemos entendido que nuestra conducta se decide finalmente al nivel de nuestra personalidad, cuya autenticidad se identifica con el diálogo en que el alma se pierde en Dios.

 

Encontrarnos de verdad es encontrarlo como la fuente infinita de donde brota nuestra intimidad y entonces es también aplicar a toda la medida de infinitud que es él. Eso nos impone misericordiosamente que subamos hacia él a través de todo, para realizarlo todo en su plenitud.

 

Así es sin duda como debemos comprender la confidencia de un gran místico que decía a Dios: “¿Quién eres tú, Señor?” y que recibió esta respuesta: “”.

 

(*) En el sitio, este texto lleva como fechas 04-05/08/2013. Hemos cambiado la fecha, pues se suponía que el largo texto precedente iba hasta el 08/08.

(**) «Dans le silence de Dieu». Ed. Anne Sigier, Sillery, enero 2002, 320 pág. ISBN : 2-89129-395-9. Es el segundo de tres volúmenes que contienen los artículos publicados entre 1948 y 1964.

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