Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo el 18 de abril de1961. Publicada en « Au miroir de l'Evangile » Ed. Anne Sigier (*)

 

Contenido:

1/ Presentación

2/ Humor doctrinal

3/ Humor polémico

4/ Humor pedagógico

 

1/ Presentación

 

El humor es la chispa o el destello que brota de la sorpresa del choque de nociones o situaciones antagonistas unidas en corto circuito. Su valor depende naturalmente de la calidad del espíritu. Puede ser cáustico, mordiente y finamente irónico, como las palabras de Mgr. Duchesne a propósito de san Jerónimo: “En Jerónimo, el hombre viejo no tenía prisa por morir”. Puede ser chistoso y amable, como la frase del mismo historiador a Benedicto XV. En efecto, como Mgr Duchesne había expresado al papa su deseo de salir de la ciudad eterna, el papa le dijo: “Pero, monseñor, es absolutamente imposible ya que para mí, Ud. es uno de los monumentos de la ciudad eterna”. Y Duchesne le respondió: “Su Santidad tiene una manera exquisita de recordarme que yo no soy más que ruinas”.

 

Puede ser altamente cómico, con profusión de paradojas, como la expresión de Mark Twain: “Éramos hermanos gemelos. Nos parecíamos tanto que nadie lograba distinguirnos ni siquiera nosotros mismos. Uno de los dos murió ahogado y todavía no sé cuál de los dos”. Puede ser trágico, como la frase de César a Bruto: “Tu quoque, Brute, fili mi.” – “Tú también, Bruto, hijo mío”.

 

Puede colorear una pedagogía concreta que procede por imágenes, como La Fontaine lo hace tan a menudo: “gorjeo”, “plumaje”, “queso”: toda la historia del cuervo vanidoso. Los proverbios lo utilizan a menudo: “Cabellos largos, mente corta”. “Mujer hablantinosa, gotera inatajable”.

 

Es particularmente sabroso cuando el interlocutor sin darse cuenta dispara él mismo la chispa y cae gentilmente, como Sócrates lo hace continuamente con sus discípulos.

 

Al contrario de lo que se piensa de ordinario, los Evangelios contienen todos los géneros de humor en sorprendente abundancia, como también están llenos de paradojas. Si no lo percibimos, es porque ese humor no parece jamás intencional. Los evangelistas no son autores que rebuscan palabras o escriben por placer. Se eclipsan totalmente en el respeto y el amor del actor único de la historia que cuentan.

 

Por otra parte, la destinación cultual de varios relatos les imponía una sobriedad incompatible con las cosas del lenguaje, así como el uso litúrgico que hacemos de sus escritos nos impide percibir la chispa luminosa de contrastes a los que somos sensibles, solo en la medida en que hallamos detrás de las palabras el sabor original de la vida.

 

Además, la sobriedad milagrosa de los relatos le da tanto más relieve a la vida profunda que los anima. Y el mismo carácter hierático de su destinación, a menudo litúrgica, nos hace sentir más aún la fuerza de la corriente interior.

 

Si nos unimos a los auditores de Jesús, si nos ponemos en su situación y en la de él, reconocemos en los textos un humor tanto más sorprendente cuanto parece menos concertado, y tendremos de su persona una visión más concreta y más humana que la acostumbrada.

 

Como hemos citado muchos ejemplos, sin poderlos citar todos, me parece suficiente, sin pretender establecer categorías claras, agruparlos bajo tres títulos, familiarizándonos con el humor doctrinal, el humor polémico y el humor pedagógico, tomando además los textos en ediciones corrientes sin pronunciarnos sobre si la situación que calificamos de humor proviene de Jesús o resulta de la manera como los evangelistas reportan sus palabras o sus acciones.

 

2/ Humor doctrinal

 

El humor doctrinal, por el cual comenzamos, define la misión de Jesús mediante una serie de contrastes que nos permite adivinar la idea que él tiene de ella.

 

Un texto, particularmente claro es el de Mateo 11:2-11, en que se narra la embajada de Juan el Bautista. Juan está prisionero. Ha terminado su misión. Había anunciado un juicio de Dios, al estilo de los profetas que presentaban justamente el día del Señor como un acontecimiento a la vez milagroso, repentino y catastrófico. Se extraña de la lentitud de Jesús, de sus dilaciones, está inquieto y desea informarse: “¿Eres tú el que ha de venir, o habrá que esperar a otro?”

 

A esa pregunta, Jesús responde con extrema discreción, citando textos de Isaías que corresponden exactamente a su situación: “Los cojos andan, los ciegos ven, los muertos resucitan, se anuncia el evangelio a los pobres”.

 

Cuando los embajadores de Juan se han ido, para evitar todo descrédito de su precursor, Jesús le rinde un elogio insuperable: “¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Un profeta? Sí, os lo digo, y más que un profeta, pues entre todos los nacidos de mujer no ha habido más grande que Juan el Bautista. Y si quieren saber, él es Elías, el que debe venir”. El elogio es tan alto que uno se pregunta si es posible superarlo y de manera abrupta, Jesús prosigue: “Pero el más pequeño en el Reino es más grande que Juan el Bautista”.

 

Entonces, después de rendir ese elogio insuperable a su precursor, compara las dos economías: el Antiguo y el Nuevo Testamento, la antigua y la nueva alianza, y declara que el más pequeño de sus discípulos, por la simple razón de la nueva economía a que pertenece, es más grande que Juan el Bautista.

 

Evidentemente, no se trata de oponer la santidad del Bautista a la santidad cristiana, sino la nueva economía a la antigua. Estamos en una nueva economía, una nueva alianza, un Nuevo Testamento.

 

Este texto es particularmente sensible porque muestra de la manera más clara que Jesús es consciente de la novedad absoluta de su mensaje y de su misión, tanto que justamente, establece la oposición abrupta entre Juan el Bautista al que acaba de rendir ese elogio supremo y el más pequeño de sus discípulos.

 

Si estamos en una nueva alianza, entonces su santuario no es ni los altos lugares, ni el templo, sino el hombre. Novedad inconmensurable que revela a la samaritana en la parábola del agua viva que se convierte de repente en fuente que mana hasta la vida eterna, en Juan 4:14.

 

El santuario de la nueva alianza es el hombre.

 

El templo de los samaritanos había sido destruido por Juan Hircano un siglo antes. Llegará su turno al de Jerusalén, como lo anuncia Jesús en Marcos 13:1-2 y paralelos.

 

Pero antes, Juan 2:19 le atribuye, después de la expulsión de los vendedores del templo que este evangelista, al contrario de los sinópticos, coloca al comienzo de su misión como respuesta a la pregunta: “¿Qué señal nos das que te autorice a obrar así?” – “Destruid este templo y yo lo reedificaré en tres días”. En realidad, ante el templo restaurado por Herodes, Jesús estaba hablando del templo de su cuerpo que debía ser la piedra angular del santuario que todo hombre está llamado a ser.

 

Ante el templo de piedra tan magnífico cuya estructura suscita admiración, se comprende toda la fuerza de este acercamiento. Jesús entrevé su pasión, el sacrificio en que va a ser víctima. Y su propio cuerpo es el nuevo templo y la piedra angular del santuario eterno al que todos los hombres están llamados a concurrir, haciéndose cada uno santuario de la nueva alianza.

 

Puesto que se trata de erigir un nuevo templo que es el hombre, Jesús dirá más tarde en Mateo (17:24-27) que los hijos del reino, él y sus discípulos, están exentos del impuesto de la didracma que todo judío debía pagar al templo de Jerusalén, pero le pidió a Pedro que la pagara por los dos para no escandalizar a nadie, sacando un estáter de la boca del primer pescado que mordiera el anzuelo.

 

Esa manera pintoresca de pagar el impuesto indica precisamente cierta desenvoltura respecto al santuario tradicional y muestra bien que los días de la antigua alianza están contados. En todo caso, Jesús no se siente ligado a las instituciones del Antiguo Testamento que representan para él un pasado definitivamente superado.

 

Por eso se sale con tanta libertad de la letra que encadenaba la ortodoxia de los legistas y aún la de los esenios, como muestran los documentos del Mar Muerto, tomando la defensa de sus discípulos que cogieron unas espigas el día de sábado, afirmando de manera lapidaria en Marcos 2:27: “El sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”.

 

Desenmascara igualmente la impiedad del israelita que rehúsa asistir a sus padres so pretexto de consagrar sus bienes al culto de Dios (Mt.15:5-6). O denuncia en un rudo apóstrofe en el mismo capítulo, versículo 11, la hipocresía de las abluciones de la gente y de las cosas antes de comer, cuando tales abluciones no van acompañadas de algún cuidado por la purificación interior,: “Lo que hace impuro al hombre no es lo que entra en su boca sino lo que sale de ella”.

 

En efecto, hay que cambiar de corazón, hay que cambiar de yo. Hay que nacer de nuevo para ver el reino de Dios, como lo dice en Juan 3:3 al viejo Nicodemo, doctor de la ley que viene a rendirle de noche un prudente elogio: “Sin nacer de nuevo, nadie puede ver el reino de Dios”.

 

Porque, justamente, el reino de Dios exige una mirada despojada y límpida, única capaz de acoger la verdad, porque solo él es la verdad que se ofrece al hombre y que sus tinieblas rechazan, como lo sugiere el prólogo de san Juan y como Jesús lo afirma explícitamente delante de Pilatos, en Juan 18:37: “Entonces, ¿tú eres rey?” – “Tú lo dices, yo soy rey, yo nací y vine al mudo para dar testimonio de la verdad. El que está por la verdad escucha mi voz”.

 

Basta comparar esta declaración, esta confrontación de Jesús con Pilatos, con el relato que nos dan los sinópticos, para subrayar y hacer sentir la promoción. En los sinópticos estamos aún en un proceso entre judíos: se trata de mesianismo, se trata de la tradición de los padres que las autoridades declaran como despreciadas por Jesús. Aquí estamos en un plano universal. Ya no se trata solamente de Jesús confrontado con el judaísmo, con la tradición de los padres, sino de toda conciencia humana comprometida en el diálogo con la verdad. “Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad. El que está por la verdad escucha mi voz”.

 

Así pues, él es el primero en rehusar y despreciar esa realeza irrisoria, temporal y nacional que lo acusan de reivindicar. Su reino es universal y está abierto a toda conciencia a través de toda la historia, y todos pueden acceder a él mediante un compromiso personal que lo exige totalmente. Ya no hay privilegios, ya no hay pueblo escogido. Es una verdadera revolución.

 

En Juan 11:50, el sumo sacerdote, Caifás, lo comprende cuando pide al sanedrín que condene a muerte a Jesús, “pues es mejor que perezca un solo hombre, y no todo el pueblo”. Comprendió oscuramente que no hay acuerdo posible entre Jesús y la tradición de los padres y que si el judaísmo está fundado en la convicción de que Israel es un pueblo elegido, ahora esa época ha terminado y ya no hay privilegios, ya no hay pueblo elegido. En esa dirección se orienta al menos la enseñanza de Jesús. Caifás lo adivina, quiere prevenir el peligro obteniendo la condena de Jesús. Pero es en vano. El templo será destruido y reducido a nada, pues una nueva alianza suplantará a la antigua.

 

Entonces nadie podrá reclamar un privilegio cualquiera, como lo indica Mateo 20:1-16 en la parábola de los trabajadores que un propietario envía a su viña o los obreros de la undécima hora que reciben el mismo salario que los que penaron desde la primera hora, pues la viña misma será dada a otro pueblo que Israel, en la parábola de los viñadores homicidas en Mateo 21:43.

 

Todos están llamados, todos pueden entrar al banquete de bodas, a condición de tener la túnica nupcial y de una sinceridad siempre lista a responder a la invitación divina, como lo recuerda Mateo 22:12.

 

Por eso en Mateo 8:10, Jesús no vacila en canonizar la fe del centurión, extranjero y pagano, ni en tomar partido por el hijo pródigo en Lucas 11:32, contra la hosca virtud del hermano mayor, o por el publicano que se acusa, contra el fariseo revestido de su justicia en Lucas 18:9-14, anunciando en Mateo 21:32 a los representantes más oficiales de la teocracia judía: “Los publicanos y las prostitutas os precederán en el reino de los cielos”.

 

¿Entonces, de qué sirve querer sacar una paja del ojo del vecino si uno está enceguecido por una viga, como dicen Mateo y Lucas en el sermón de la montaña, y publicar sus limosnas (Mateo 5:2) al mismo tiempo que devoran la casa de las viudas (Marcos 12:40) – mientras que ante Dios una moneda de pobreza vale más que todos los tesoros (Marcos 12:48) pues sale de lo necesario y tiene el peso del amor, única puerta abierta hacia el reino, como lo aprende Pedro a su propia costa cuando trata de desviar a Jesús de la cruz y de orientarlo hacia un mesianismo fácil y triunfante (Mateo 16:23)? Esas palabras terribles “Apártate de mí, satanás”, que vienen unas líneas después de la famosa declaración en Mateo 16: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”, en contraste más fuerte todavía que el establecido antes entre Juan el Bautista y el menor en el reino de los cielos.

 

Y en efecto, el humor no llega nunca a algo más abrupto que la oposición entre la promesa indefectible hecha a Pedro y el reproche terrible: “Apártate de mí, satanás”. Pedro, frágil y apasionado, que se avanza siempre con una generosidad más espontánea que ilustrada, Pedro, tan simpático y tan tímido, Pedro, tan conmovedor que va a traicionar y tendrá que arrepentirse con tan profunda sinceridad, Pedro es el que va a remplazar el templo, o al menos, el que deberá ser, después de la partida de Jesús, la piedra visible sobre la cual está fundado todo el edificio.

 

Pero justamente, aunque ha recibido esa misión y el sobrenombre de Pedro, sigue siendo infinitamente frágil en su humanidad y su indefectibilidad reposa toda sobre Jesús. Cuando es él mismo, es como nosotros, un pobre hombre capaz de todas las traiciones y es justamente lo que ese acercamiento nos permite captar de manera abrupta: “Tu eres Pedro” y al mismo tiempo, cuando vuelves a ser tú mismo, puedes ser “satanás”.

 

Porque no hay función que pueda garantizar la estabilidad del templo de la nueva alianza en nosotros, pues la nueva alianza funda un lazo místico entre el hombre y Dios. Cuando esa relación desaparece, cuando esa intimidad se rompe, todo hombre, como acabamos de verlo, hasta Pedro, puede ser satanás.

 

3/ Humor polémico

 

El humor polémico que es tiempo de considerar ahora aparece a menudo como una trampa socrática en que el interlocutor queda acorralado. Su silencio o su respuesta ponen de manifiesto su juego y la mala fe de su posición. Así pregunta Jesús un día de sábado en una sinagoga: “¿Es lícito hacer el bien más bien que el mal en un día de sábado, salvar una vida en vez de matarla?” como leemos en Marcos 3:4.

 

Esta pregunta es el preludio a la curación de un hombre que tiene una mano paralizada. La pregunta queda naturalmente sin respuesta, ya que los adversarios rehúsan descubrirse.

 

En el relato paralelo en Mateo 2:11, Jesús plantea la cuestión tan concreta: “¿Quién de ustedes si tiene una oveja que cae en un pozo el día de sábado no tratará de sacarla?” Esta pregunta, como todas las demás que él plantea en circunstancias análogas, no tiene escapatoria.

 

“¿Qué es, por ejemplo, más fácil decir: tus pecados te son perdonados, o levántate y camina?” (Lc. 5:23). Que el paralítico se ponga de pies y lleve su camilla será garantía de una afirmación de por sí inverificable, que escandalizó a sus interlocutores: “Tus pecados te son perdonados” – “Todo reino dividido contra sí mismo irá a su ruina” (Mt. 12:25). Admitido este principio, ¿cómo acusarlo de ser un demonio que lanza los demonios?

 

Sin embargo, la obra maestra de humor polémico es quizá Lc. 10:25-37, la parábola del buen samaritano o del cismático detestado que un doctor de la ley tiene que reconocer como modelo de caridad, mientras el sacerdote y el levita devotos se las arreglaron para no ver al desdichado que yacía al bordo del camino.

 

Si recordamos el odio ancestral entre judíos y samaritanos, el desprecio que los primeros tenían por los segundos, a quienes aborrecían más que a los paganos, la rivalidad de sus santuarios que había terminado con la ruina del templo samaritano bajo el reino de Juan Hircano, es imposible no ver en la elección del héroe de Jesús en la parábola una ironía a la vez muy fina y profunda, ya que fue el mismo doctor de la ley quien hizo la pregunta: “¿Cómo saber quién es mi prójimo?” Hay que aceptar que en la historia, en la parábola, el samaritano es el único que reconoció a su prójimo.

 

Esta conclusión que hace del doctor el que debe aprobar al samaritano, nos lleva a una situación un poco análoga a la que crearía alguien que pondría un jefe de célula comunista como ejemplo de virtud a un prelado romano.

 

Observemos además la predilección por las otras castas. Vimos la alabanza hecha al centurión. Es un extranjero y un pagano. Hemos evocado la revelación hecha a la samaritana junto al pozo de Jacob, una de las más altas de la nueva alianza. Recordemos al leproso samaritano sobre el cual Jesús hace notar que, de los diez que fueron curados, es el único que viene a dar las gracias.

 

A esa predilección por los extranjeros, por los heréticos, se suma naturalmente el amor extraordinario que Jesús muestra hacia los pecadores y los publicanos, en fin, a todos los que son objeto del desprecio público y que son mirados con desdeño por los doctores y los legistas.

 

Cómo no recordar la pecadora que ungió los pies de Jesús, que reconoció en él el amor de que estaba sedienta, y afrontó la opinión y escandalizó al fariseo y a sus invitados y a quien Jesús elogia misericordiosamente, con tono tan delicado contándole a su huésped Simón la parábola del hombre que tenía dos deudores, uno que le debe 500 denarios y el otro, 50. Si les perdona a los dos la deuda, ¿cuál de los dos le tendrá más afecto? Y volviéndose hacia la mujer: “Se le han perdonado muchos pecados, porque ha amado mucho”.

 

La tradición guardará su recuerdo atribuyéndole a la pecadora el nombre de María Magdalena, el elogio de la pecadora de repente transformada, que será la más grande contemplativa, justamente por haber amado mucho.

 

Es imposible evocar además esa admirable conversión sin pensar en la mujer adúltera y sin recordar las palabras que han atravesado los siglos: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.

 

Es evidente que ninguna acusación puede resistir a ese llamado directo a la conciencia. Y de este episodio, desplazado de su origen sea cual fuere como todos lo saben, pues no pertenece probablemente al texto del evangelista san Juan, concluye: “Todos se fueron retirando, comenzando por los más viejos” y Jesús, encontrándose solo ante la mujer adúltera solo pudo decirle: “¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco te condeno.” (Jn. 8:3-11).

 

Para tratar a fondo el humor polémico, quedaría por considerar unos debates de moral, de teología y de exégesis, como el famoso debate sobre el tributo al César. Es conocida la trampa que le ponen a Jesús sus adversarios: o es tibio hacia la independencia de Israel que está bajo el yugo romano, o bien se rebela contra el poder del ocupante.

 

Jesús evita la trampa con admirable humor, preguntando a sus interlocutores: “¿De quién es la imagen y la inscripción de la moneda que le presentan?” Son del César. “Puesto que aceptan la moneda del César, es que reconocen su autoridad. Devuélvanle al César lo que es del César.”

 

El bautismo de Juan constituye un episodio quizá más difícil, pues se sitúa en los sinópticos después de la expulsión del templo, o mejor después de la expulsión de los vendedores del templo que los evangelistas sitúan al final de la carrera de Jesús. A la pregunta: “¿Por qué autoridad haces eso?” Jesús responde con otra pregunta: “¿El bautismo de Juan, era del cielo o de los hombres?” Como el pueblo tenía a Juan por un profeta, los doctores rehúsan contestar, y eso le permite a Jesús mantener el silencio sobre la pregunta que le hicieron, “¿Por qué autoridad haces eso?”

 

Otro debate más abstracto y más sabio sobre el Dixit Dominus en Mateo (22:44): “¿Cómo puede David llamar en espíritu mi Señor al Mesías, supuesto ser hijo suyo, diciendo en el salmo 110: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha”? Ese debate tampoco tiene conclusión.

 

Un último debate sobre la resurrección, provocado por los saduceos que la niegan y que, para poner en dificultades a Jesús le presentan el caso de una mujer que tuvo siete maridos, todos hermanos entre sí, muertos antes que ella, y le preguntan de cuál de ellos será esposa el día de la resurrección. Jesús responde simplemente que el día de la resurrección ya no habrá matrimonios y por lo tanto la pregunta no tiene sentido.

 

Esas polémicas en que abunda el humor, como acabamos de verlo, están destinadas más a proteger a los humildes, listos a acoger el reino con un corazón de niños, contra la influencia de los doctrinarios que complican la religión (Lc. 18:17). No están destinadas a convertir a aquellos cuya malevolencia aparece con un humor perfecto en el relato de Juan (9), que nos describe en detalle el interrogatorio que hacen al ciego de nacimiento los fariseos incapaces de digerir su sanación.

 

4/ Humor pedagógico

 

El humor pedagógico que abordamos ahora nos ofrece también un número impresionante de ejemplos instructivos.

 

Tomemos primero, en Lucas 5, 6) la pesca milagrosa. Estamos precisamente en un medio de pescadores que conocen su oficio. Pedro acoge a Jesús en su barca. Jesús acaba de hablar a la masa sobre la orilla, y terminado su discurso, pide a Pedro que vaya mar adentro y eche su red. Pedro que ha estado pescando toda la noche con sus compañeros, sin coger nada, observa que si la pesca nocturna fue infructuosa, la que haga en pleno día no tiene más chances de ser exitosa.

 

Contra sus esperanzas, las redes se llenan hasta casi romperse. Las barcas están llenas casi hasta hundirse y Pedro, sintiéndose ante un acontecimiento inexplicable, adivina lo sobrenatural y se arroja a los pies de Jesús: “Señor, aléjate de mí que no soy sino un pecador” y Jesús, sonriendo, termina el episodio diciéndole: “En adelante serás pescador de hombres”.

 

Ese es un oficio que Pedro no conoce todavía y era bueno, justamente, darle una lección sobre el asunto, el sentido de los límites, inclusive en su propio oficio, pues en adelante, el oficio al que deberá dedicarse exige otras luces que las suyas, y sólo podrá salir adelante dejándose conducir: “En adelante serás pescador de hombres”.

 

Un episodio más difícil de situar que es probablemente una parábola en actos como la higuera maldita, es el de los cerdos, o mejor, el del poseso de Gerasa. Todos recuerdan ese encuentro con el endemoniado al que Jesús pregunta su nombre y obtiene la respuesta pintoresca: “Me llamo, o mejor… somos legión”. La respuesta es acompañada de una súplica en que los espíritus que se supone habitar al poseso, con el fin de permanecer en la región, piden que no los expulse, que les permita emigrar a los puercos, y además reciben la autorización.

 

A partir de este episodio, es imposible hacerse una idea precisa de lo que Jesús mismo piensa de la situación. Sabemos que las enfermedades mentales eran en esa época asociadas con posesión demoníaca. Jesús acepta probablemente los datos de su tiempo, como los del lenguaje y en todo caso, sana al hombre “presa de malos espíritus”. Lo libera de sus tinieblas y de su locura y la curación aparece tanto más perfecta cuanto que los cerdos precipitándose al lago se ahogan.

 

¿Qué quiere decir todo eso? Quiere decir, en todo caso, que debemos guardarnos de frecuentar las tinieblas y a los que las representan y que, quizá, para quienes se apoyan en la ley como propietarios del rebaño de cerdos, es mejor serle fiel a la ley que prohíbe la crianza de cerdos y para el propietario, la pérdida de los cerdos era quizás un medio para llamarlo a la sinceridad y la fidelidad a la fe que profesaba.

 

Aquí, Jesús actúa como profeta, entrando en el juego de las circunstancias y sirviéndose de ellas como de una lección práctica: “Huid de las tinieblas, sed sinceros con vosotros mismos, sed hijos de luz”. Será el mejor medio de escapar a las tinieblas y a todas las manifestaciones desordenadas que se manifiestan en nosotros.

 

El estilo de Jesús conlleva también cierto humor, perceptible en sus oposiciones rápidas: “Si ustedes, o mejor, si un niño pide a su padre un huevo, ¿le dará un escorpión? Si le pide pan, ¿le dará una serpiente?” (Lc.:11:12)

 

Otro ejemplo de ese estilo tan vivo y rápido: “Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo tienen nidos, y el Hijo del hombre no tiene ni una piedra para reposar su cabeza” (Mt. 8:20) – frase dicha para alejar a un discípulo que probablemente presume de sus fuerzas y esta otra al contrario, para invitar a un discípulo a no mirar atrás y a ponerse de inmediato al servicio del reino de Dios: “Deja que los muertos entierren a sus muertos” (Mt. 8:22).

 

Cómo olvidar y no citar esa frase tan sabrosa, dirigida a Marta que se agita y pide la ayuda de su hermana: “Tú te agitas por muchas cosas. Muy pocas se necesitan, una sola” (Lc.10:41).

 

Vuelve el humor pedagógico en el episodio de Lázaro. Al comienzo, resuenan como primera antena las palabras: “Lázaro está dormido, lo voy a despertar” (Jn. 11:11). En realidad se trata de la muerte, pero es una muerte que tiene cura. Y por eso Jesús habla como de un sueño.

 

Más tarde volvemos a encontrar el episodio de la resurrección. Podemos ahora situar un texto en que está presente el humor, aunque de manera discreta.

 

Es aquél en que Jesús responde a la pregunta de Pedro sobre las recompensas que esperan a los discípulos que han abandonado todo para seguirlo. Jesús les promete el céntuplo en esta vida, con campos, casas, madres, hermanos y hermanas… y persecuciones, lo que parece anunciar que si se les promete el céntuplo, hay que entenderlo en sentido espiritual, mucho más que una gloria temporal, como la que figura en Mateo (19:28): “Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel”.

 

Eso pudo ser dicho en un momento en que Jesús aún no había aclarado a sus discípulos el carácter interior y espiritual del reino y era necesario animarlos a seguirlo, apoyándose sobre sus esperanzas, todavía muy materiales y limitadas, que los habían impulsado precisamente a reconocer en él al que esperaban.

 

Ya no habrá ilusiones posibles cuando en los últimos días Jesús los confronte con la realidad del reino en la escena incomparable del lavatorio de los pies (Jn. 13:1ss). Ya no se pone guantes. Tiene que llevarlos a reconocer la dura realidad que tendrán que vivir en las horas que van a seguir: la agonía, la condenación, la crucifixión y en cuanto posible, debe llevarlos a consentir con la derrota misteriosa que será la fuente de la salvación.

 

Porque deben asistir a ese cambio prodigioso y deben familiarizarse con ello, ya que todo está perdido, las horas están contadas, ya que el Nuevo Testamento va a ser sellado en su muerte, Jesús, acorralado en cierta manera, con toda la fuerza de su amor, trata por última vez de llevarlos a comprender y a consentir.

 

Se ciñe de un lienzo, pone agua en una palangana, se arrodilla delante de ellos. Tienen que descubrir el reino de Dios en que deberán convertirse. Tiene que abrirse en ellos el cielo al que no pueden entrar porque es interior al hombre mismo. Hay que ser cielo, así como hay que ser el reino, pero para entrar en ese secreto hay que entender que aquí se promulga una nueva escala de valores. Ya no se trata de dominar ni de afirmar su poder aplastando a otros.

 

Dios pierde el rostro de faraón, el rostro de déspota, el rostro de dueño que tan a menudo ha tenido a través de la historia. El rostro de Dios se revela como el rostro del amor: el más grande es el que más da; el más grande es el más despojado; el más grande es el que lo da todo; el más grande es el que no tiene nada; el más grande es el incapaz de poseer nada; el más grande es el que no tiene súbditos, el que no puede entrar en rivalidad con nadie, porque es eterna comunicación. Jesús arrodillado es todo eso.

 

Esa es la grandeza de Dios. Dios está de rodillas ante el hombre. Dios puede estar de rodillas ante el hombre sin desmerecer, justamente porque no se trata de estar por encima, sino adentro y para estar dentro es imposible forzar u obligar la libertad. Se trata de abrir el corazón, de quitar la piedra, de hacer brotar el amor. Es lo que Jesús intenta y no lo obtiene.

 

Sin embargo, así revela del modo más patético, la verdadera naturaleza de la nueva alianza, el lazo místico que quiere establecer entre el hombre y Dios en la reciprocidad de amor fuera de la cual nada puede realizarse. “Dentro de poco ya no me veréis. Y dentro de poco me veréis” (Jn. 16:16).

 

Ahora las horas están contadas. Jesús no ignora nada de lo que lo espera. Y por eso, unos días antes de esta revelación suprema de la grandeza divina, en la humildad infinita del lavatorio de los pies en el banquete en que figuraban Lázaro y María, en el banquete en que María derrama el perfume precioso cuyo precio, según Judas, habría podido más acertadamente darse a los pobres, pudo decir: “Déjenla en paz… Lo hizo con miras a mi sepultura” (Jn. 12:7).

 

Jesús está solo, no ha hecho ni un discípulo. Está solo en el huerto de la agonía. Juan mismo está dormido y Judas entra en el huerto, a la cabeza de los emisarios del sanedrín.

 

Entonces, humor supremo, se dirige con dolor a los apóstoles dormidos: “Dormid pues ahora y descansad” (Mt. 26:45), y le dice a Judas: “Así pues, con un beso traicionas al Hijo del Hombre” (Lc. 22:48).

 

Cuando todo esté terminado, cuando la piedra de la tumba haya sido removida, cuando Jesús haya resucitado de entre los muertos, cuando Tomás querrá verificar la resurrección metiendo sus dedos en las llagas del Señor, Jesús lo dejará hacer. Inclusive lo invitará a hacerlo y termina con esas palabras llenas de humor también: “Bienaventurados los que han creído sin haber visto” (Jn. 20: 29). ¿Quisiste verificar? Eso no servía de nada. Justamente, la resurrección es un misterio de fe como la muerte misma.

 

La muerte de Jesús es muerte interior, muerte de identificación, muerte que debe agotar en nosotros las fuentes de la muerte. Jesús murió de una muerte que era la nuestra, una muerte única.

 

Su resurrección es también única. No se podía verificar con las manos sino viviendo su vida, identificándose con él, reconociendo en él al príncipe de la vida, en la luz de “la llama de amor” que es la fe en que todo eso puede ser descubierto y reconocido.

 

La resurrección es el signo de Jonás, no es un signo legible para los que no están en el secreto de la confidencia. Por eso Jesús tampoco se presenta a las autoridades. No confunde a Caifás ni a Pilato que se habrían equivocado sobre la resurrección como se equivocaron sobre su persona. La resurrección sigue siendo un secreto de la comunidad, secreto que debe ser leído justamente a la luz de la fe y el amor.

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Podemos citar aun dos o tres ejemplos del humor cuyos rastros vivos quedan en los evangelios y muy conmovedores, recordando en particular dos episodios bien conocidos.

 

El de la resurrección de la hija de Jairo. El padre de la niña se presentó a Jesús y le suplicó al maestro que sanara a su hija. Cuando Jesús llega a casa de Jairo, la niña ha muerto, las lloronas están instaladas y llenan la casa con sus lamentos. Jesús aleja todo ese mundo ruidoso, solo permite la entrada a la sala mortuoria a los padres de la niña y a sus tres discípulos preferidos, Pedro, Santiago y Juan. Toma a la niña por la mano. Ella se pone de pies con la alegría de sus doce años mientras los testigos estupefactos quedan sin movimiento y Jesús los vuelve a cosas de sentido común, a cosas concretas de la vida cotidiana diciéndoles: “¡Denle de comer!”

 

Y justamente, esas palabras banales, cotidianas que apagan el brillo del milagro, nos dan en seguida la medida de lo sobrenatural, en el espíritu de Jesús. No se trata de maravillarse ante hechos físicamente verificables, sino de ver en el milagro un acontecimiento-advenimiento, de ver en el hecho físico ante todo el signo de una Presencia que solo se puede reconocer interiormente abriéndose a ella, acogiéndola en sí mismo, transformándose en el reino que está dentro de nosotros.

 

La resurrección de Lázaro da lugar a una situación análoga. Cuando Lázaro sale del sepulcro envuelto en sus lienzos fúnebres y los testigos, mucho más numerosos, son presa de una admiración que les impide igualmente todo movimiento, Jesús corta en cierto modo su admiración con esas palabras de sentido común: “Desátenlo, libérenlo de esos lienzos”.

 

Y ese gesto que los va a ocupar naturalmente, va a desviar igualmente la especie de admiración que no va hasta las profundidades del espíritu y a sugerirles un milagro más asombroso todavía, justamente, que es el llamado a la vida eterna, que brota en nosotros por nuestra intimidad con Dios.

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Desde luego, nuestra breve revisión de esos relatos pudo hacernos sentir el humor de Jesús, pero está lejos de ser completa. Jesús dijo: “Si los niños se callan, las piedras mismas se ponen a gritar” (Lc. 19:40). Pero qué importa el grito mismo de las piedras, ya que como había dicho Juan el Bautista, “de esas piedras mismas Dios puede suscitar una posteridad para Abrahán” (Mt. 3:9).

 

Y justamente, las palabras del Bautista, como las de Jesús: “Si los niños se callan las piedras gritarán” nos vuelven al reino interior cuya fuente y revelación es Jesús. Y todo el itinerario que hemos recorrido estaba precisamente destinado a poner en relieve, a hacernos sentir la conciencia aguda, perfecta, profunda y constante que Jesús tenía de la novedad de su mensaje y de su misión.

 

Tenemos tentación de pensar que la lectura de los evangelios es cosa fácil. Olvidamos que los evangelios contienen, como la geología de la tierra, capas diferentes, niveles diferentes, según el auditorio al que Jesús se dirige, según la época en que Jesús habla y, de todos modos, Jesús estaba determinado por las esperanzas de su época, por la manera como estaban difundidas esas esperanzas en el pueblo y en el corazón de sus mismos discípulos.

 

No les podía hablar, no podía reunirlos, no podía asociarlos a la obra que les iba a confiar sin apoyarse sobre sus esperanzas, sin apelar a ellas, aun dándoles una nueva orientación que poco a poco los llevaría a una vida totalmente nueva, la cual se expresa en el lavatorio de los pies, a la concepción que por otra parte no podrán entender y asimilar sino en el fuego de Pentecostés, que en adelante los tiempos han cambiado, que ya no hay pueblo elegido, que ya no hay privilegios y que Dios es un Dios interior cuyo santuario es el hombre.

 

Y el estudio, tan somero además, tan fragmentario, tan imperfecto, que acabamos de hacer del humor en los evangelios, tiene esto justamente de particularmente conmovedor: que nos permite captar uno de los aspectos más profundos de la conciencia humana de Jesús.

 

La pátina que la liturgia ha puesto a los evangelios, la costumbre que tenemos de leerlos como textos cultuales, sin quitarles todo su poder de vida que no cesa de circular bajo las palabras, nos aleja generalmente de prestarles atención; y el itinerario que acabamos de recorrer estaba destinado precisamente a darnos un sentido más agudo de la novedad del evangelio, de la novedad del mensaje y de la misión de Jesús y de la conciencia que él tenía de esa novedad.

 

A través de todos los niveles mentales a que él se dirige, de los diferentes niveles de tiempo a los que habla, durante los cuales habla, y a través de la experiencia de la Iglesia que podemos percibir también en los textos evangélicos, los cuales no fueron redactados en la misma época y que dan lugar a una inteligencia más profunda, a una promoción espiritual en cierto modo en la comprensión del mensaje y de la misión de Jesús, cuenta tenida de todos esos factores, sentimos perfectamente que a través de toda su historia, a través de toda su carrera pública, Jesús sintió claramente la oposición entre lo que debía hacer y decir y la tradición en que estaba visible e inevitablemente integrado.

 

Había que aceptar esos datos. Al mismo tiempo, había que transformarlos. Había que apoyarse sobre esas esperanzas. Al mismo tiempo, había que superarlas. Había que atraer a los discípulos en conformidad con sus esperanzas al mismo tiempo que había que prepararlos al despojamiento supremo que será el misterio de la cruz. Debía prepararlos y preparar el mundo a aceptar que la victoria divina fuera promulgada en la derrota y que era de la muerte de donde teníamos que sacar la vida.

 

Y puesto que Jesús estaba tan perfectamente consciente de esa oposición, porque la utilizaba además con admirable prudencia, porque no quería estropear nada, porque no quería añadir al fermento revolucionario de su tiempo provocando un movimiento político que habría sido catastrófico para su misión, por todo eso, por la conciencia aguda, por las circunstancias complejas, por todos los matices exquisitos que sentimos en sus palabras y en su humor, por todo eso podemos adivinar la inmensa soledad de Jesucristo.

 

Mientras más avanza en la realización de su carrera, más solo se encentra. Y el Lavatorio de los pies lo atestigua, lo mismo que el sueño de sus íntimos en el huerto de la agonía.

 

Finalmente no habrá hecho ni un discípulo antes de que todo esté consumado. Y entrará solo en la agonía. Solo, dará el último suspiro con ese inmenso grito de abandono.

 

E inclusive resucitado, no convencerá a sus discípulos que buscarán testimonios sensibles e inclusive sensoriales y no entenderán el sentido y la importancia de esa vida a la que estuvieron tan íntimamente asociados, hasta que nazcan de nuevo, en el bautismo de fuego de Pentecostés.

 

Es pues importante que al leer el Evangelio nos abramos a toda esa novedad, escuchemos los latidos del corazón de Cristo, entremos en su soledad, y a través y más allá de la pátina de la liturgia, captemos bien la inmensa revolución que se prepara silenciosamente, que estalla en ciertos momentos, a través de un humor que tamiza la radical novedad del Nuevo Testamento.

 

Ante esa novedad, los discípulos retrocederán. Ante ella retroceden aún muchos cristianos, pues se trata de aceptar finalmente que la grandeza de Dios está en su generosidad, que la grandeza de Dios es su amor, ya que él es todo amor y que el sello de Nuevo Testamento, la clave de la nueva alianza, no es otra cosa que la divina pobreza.

 
   


 

 

(*) Au miroir de l’Evangile. (En el espejo del Evangelio) Textos selectos presentados por el P. Gilberto Géraud. Ediciones Anne Sigier. Febrero 2007. 253 páginas. ISBN: 978-2-89129-491-1

 

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