El fundador de la revista “Prier”, Jean-Pierre Dubois-Dumée, en el centenario del nacimiento de Zúndel, escribió: “Zúndel desarrolló una de las espiritualidades más fecundas de nuestro tiempo. Su mérito inmenso estuvo en renovar nuestra visión de Dios, un Dios que da todo su lugar al hombre, en vez de imponerse como rival tan inaccesible como intratable.

Homilía de Mauricio Zúndel en Bourdigny (cerca de Ginebra) en 1937. (Inédita.)

En una familia, todos los hijos miran hacia la madre; es la madre de todos, pero ante todo y esencialmente es la mamá de cada uno, y cada uno la mira con sus propios ojos, con su ternura que es igualmente única e incomunicable pues se comunica a cada uno de manera única.

Los hijos no deben pues entrar en competencia por la ternura de la mamá, pues cada uno es objeto de ella así como el corazón de la madre es para cada uno un secreto incomunicable.

Todos estamos en esa misma situación respecto de Dios, que es más madre que todas las madres. Él es la Madre en sentido absoluto. Dios nos ama a cada uno con ternura única e incomunicable.

Dios no creó el universo en serie, repitiendolo; él nunca repite y cada uno de nosotros proviene de su corazón según un rayo único e incomunicable.

Y si cada uno de nosotros recibe de Dios toda su ternura, una ternura única, si realmente cada uno puede mirar a Dios como una madre única, cada uno debe volverse hacia Dios según la dirección de su propia mirada, de su propio camino, dar a Dios su propia alabanza y tener con él relaciones únicas e incomunicables.

Hemos estereotipado el rostro de Dios, lo hemos hecho artificial e insípido, como el arte de San Sulpicio. Lo cambiamos en un personaje fabricado, tan extranjero a toda pulsación de nuestro corazón que nos dan ganas de huir cuando se menciona el nombre de Dios.

Generalmente, los que hablan o escriben sobre Dios son teólogos, monjes, sacerdotes, y están generalmente inclinados a darle su propia imagen y sus preocupaciones y hacen de Dios un teólogo, un discípulo que contempla el misterio de su propia predestinación, un monje que recita su breviario.

Tienen perfectamente razón. Las preocupaciones que tienen tanto lugar en su vida, el gusto intelectual, el amor de la alabanza, el culto de la liturgia, todo eso puede tener su fuente en Dios. Todo eso debe tenerlo Dios en un grado infinito. Dios debe estar en el centro de la liturgia. Todo eso está en Dios. Teniendo en Dios a su madre, el teólogo debe encontrar en él un eco a todos sus deseos, a todos sus gustos, a todas sus aplicaciones, a todos sus esfuerzos. Y es natural que al dibujar en su corazón la imagen de Dios, lo dibujemos según nuestras aspiraciones, según nuestras propias disposiciones.

Pero eso no es sino un aspecto de Dios. Es necesario que la madre de familia, la esposa, la novia, el poeta, el artista, el obrero, cada uno de nosotros pueda encontrarse con Dios, situarlo en su propia vida, en su ambiente, para que Dios esté en armonía con su vida, es decir con lo que cada uno ha recibido de Dios, y que por ese medio cada uno pueda volver a Dios.

Si se fuerza a la madre de familia, la novia, el poeta, el pintor a entrar en la vida del teólogo, a tomar las actitudes del monje, habrá en ese concepto algo artificial que no corresponde con el don recibido de Dios.

Cuántas dificultades vienen de eso, de que la mayoría de los cristianos recibieron por eco una mala teología.

Eso estaría muy bien si fuera la gran teología de los místicos, pero recibieron como el eco de las grandes discusiones que perduraron en las escuelas y endurecieron la imagen de Dios en fórmulas que ya eran repugnantes para los grandes teólogos.

La imagen de Dios se hizo lejana, hostil, de un Dios que han puesto contra el muro para pedirle explicación de sus acciones: ¿porqué hizo esto o aquello? ¿Porqué no responde a mis oraciones?

Todo eso es una idea. Un Dios no puede ser puesto contra el muro. Un Dios que no se concibe como el Amor, como un Dios víctima, no es Dios. Si Dios no es eso, ¿de qué sirve creer en él, sino para cerrar todas las puertas de la esperanza, para luchar contra un Dios que no es más que un producto de la imaginación?

Miren no más qué diversidad hay en la Escritura en la expresión de Dios y comparen la página de san Pablo en el cap. 9 de la epístola a los romanos, sobre la predestinación, con el capítulo l5 de san Juan: “Yo soy la viña…” ¡qué diferencia de ambiente!

Comparen el discurso tan embarazado de san Pedro cuando debe presentar a Jesús al pueblo de Jerusalén. Lo presenta como un hombre del que Dios da testimonio, compárenlo con el impulso maravilloso del Prólogo de san Juan que es el himno del Verbo.

Comparen el sentido práctico de un Santiago con el análisis penetrante, el himno de la caridad cristiana que es el cap. 13 de la Primera a los Corintios.

Comparen la teología de los sacerdotes del Templo que Jesús nos representa como pontífices que entran en el Santuario para ofrecer a Dios la sangre de los animales, con las parábolas en que nuestro Señor nos presenta el Reino de Dios.

Y todo eso viene de Dios, es revelación de Dios, inspiración de Dios, pero lleva como a través de un prisma los personajes que fueron instrumentos de la revelación, ¡cómo difieren las maneras de presentar a Dios!

Pues bien: el Dios de san Pablo, de san Pedro, de Santiago, es el mimo Dios, pero cada uno de esos grandes santos lo percibió a través del prisma de su propia naturaleza, transfigurada por la gracia y situó a Dios en su propio ambiente, en su propia mente, y lo expresó conforme a su propio genio.

Cada uno de nosotros tendrá que hacer a su vez el descubrimiento de Dios en lo más secreto de su ser.

Cada una de ustedes deberá sacar el conocimiento de Dios de sí misma, de su propia experiencia, deberá escuchar su propia naturaleza, el canto propio de su alma en que Dios mora, para descubrir su propia imagen maternal de Dios.

Y cada una descubrirá algo único e incomunicable, que será precisamente el rayo de luz que se le dará, y subirá hacia Dios con todo el ardor de su alma.

Habiendo comenzado toda nuestra vida cristiana con la divina liturgia, por ser la condición fundamental de la rectitud de nuestra oración, para centrar toda la alabanza, todo el amor sobre la persona de Cristo, cuando estemos seguros de la desapropiación, del desasimiento en nuestras relaciones con Dios, tomando el fermento divino de la hostia para que Cristo viva su vida en nosotros y cante su cántico, dediquémonos todo el día al descubrimiento interior buscando a Dios en el camino más puro y alegre que hay en nosotros, a fin de llegar de inmediato al contacto que es comunión personal con nuestro Dios.

¿Qué más completo, más riguroso y admirable que los Ejercicios de san Ignacio? Muchas almas se han santificado por medio de ellos. Pero hay muchos otros caminos.

Está la poesía. Si les gusta, abran un libro de poesías y canten los poemas: Claudel y todos los cantares de poetas, todos los que alimentan nuestro gozo.

Si son artistas, vayan a un museo, miren las magníficas fotografías que suscitan en ustedes la oración, mediten sobre Miguel Ángel o Rafael, reposen sus ojos sobre esa hermosura y déjense arrastrar hasta la entrada del paraíso.

Si son músicos, toquen una fuga de Bach o canten una de esas melodías gregorianas y entren así en comunión con Dios por esa puerta de luz abierta.

Si tienen un niño pequeño, al bañarlo, miren sus miembros que son miembros de Cristo y escuchen resonar el cántico de la carne.

Si les gusta la naturaleza, miren al sol que se inmaterializa en la luz del ocaso o del amanecer. O si tienen novio, mírenlo a los ojos para leer en ellos la ternura del rostro de Dios. Si está casada, procure ser siempre para su marido fuente de alegría para que, reflejada en su rostro encuentren a su vez la revelación del rostro de Dios.

El Viacrucis, el breviario, son tesoros inagotables pero todos no pueden sacar de ellos su alimento. Y no es necesario. La Iglesia es católica, universal, tiene justamente la sabiduría de abrir todos los caminos, de bendecir todos los caminos, de llamar toda montaña a cantar el cántico de Dios. Y nos invita a ir hacia Dios por la vida de todas las criaturas.

Me parece que cada una de ustedes debe volver a la fuente de su religión, interrogarse sobre el descubrimiento que hizo de Dios y dejar caer todas las imágenes, los recuerdos esclerosados que dejaron de ser vida y que nos han inmovilizado en una actitud artificial. Que cada una simplemente comulgue con Dios por el camino que se le abre ahora mismo.

Y manteniendo en alto durante todo el día esos dos criterios, el de la divina liturgia y el de la alegría de los demás, pueden utilizar a lo largo del día la oración sin fórmulas, sin jamás articular una oración vocal, pero estando presentes para escuchar en estado de apertura, de descubrimiento y de alegría si posible, y de adhesión siempre, a condición de que Dios se exprese por ustedes de la manera como quiere comunicarse por su medio, el cual debe seguir siendo un secreto entre ustedes y Dios.

Y yo creo que el verdadero Dios vivo es el que está en el centro de sus vidas y al que amarán les será cada vez más. Ya no habrá obstáculos, ni problemas, ni cuestiones, ni desesperanza, porque ustedes habrán vuelto a Dios por medio de lo más puro, más hermoso y santo que hay en ustedes.

¿Cuánto tiempo se necesitó tanto para darnos cuenta de que todo lo que sea mezquindad o estrechez no puede caber en Dios?

¿Cuántas almas no han cesado de fabricarse un Dios inferior a lo que puede realizar la santidad humana?

¡Es imposible! Dios está siempre más allá de lo más tierno y alegre que hay en nosotros, el verdadero Dios está siempre más allá.

Y yendo en dirección de lo más grande que hay en nosotros, yendo cada vez más lejos en esta dirección es como podremos ir a su encuentro.

Se lo suplico, libérense de los ídolos. Recuerden que nuestro Dios es el Dios de los vivos – Jesús vino al mundo para que tengamos la vida en abundancia.

Recuerden también que no deben dar “su” Dios a los demás, a su manera. Dejen que los demás descubran a Dios, siguiendo el rayo de luz que se les dé.

No solo hemos cometido el error de encerrar a Dios en un ídolo, sino que quisimos proponerlo a los demás.

¡Pero no! Tenemos que llevarles a los demás la respiración libre de la vida de Dios mismo, para que descubran ellos mismos su propia libertad, que se sientan en confianza con Dios.

Es necesario que cada uno de nosotros encuentre el rostro maternal de Dios y vaya a Dios siguiendo la luz del rayo único que brilla para cada uno, y que le ha sido dado a fin de que el rostro de Dios siga siendo un secreto entre él y Dios.

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