Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, en 1950. (Inédita.)

El conocimiento de índices materiales puede a veces dar la clave de una situación y concurrir en la solución de problemas delicados. Tales indicios tienen además la ventaja de imponerse objetivamente, sin que las ideas preconcebidas puedan poner en duda su existencia o acción.

La rugosidad del papiro, hecho de fibras entrelazadas, la mala calidad de la tinta hecha de tizne y goma, el empleo de una caña en punta o de cálamo como pluma, son factores que podían igualmente provocar una lentitud extrema para escribir una carta enviada por Cicerón, Séneca o Plinio el Joven. Si podemos aceptar que un escriba ordinario lograba apenas escribir 100 palabras por hora, superando apenas 100 líneas por día, tenemos una idea del esfuerzo que podía pedir el mantener una correspondencia numerosa y voluminosa.

Los que podían hacerlo, se ahorraban trabajo recurriendo a los servicios de uno o varios escribas, a menudo esclavos, tomando ellos mismos el cálamo cuando se trataba de cosas íntimas cuyo secreto deseaban conservar. La carta, inclusive escrita a un hermano o un amigo, no representaba entonces necesariamente la mano del autor. Cicerón le confiesa a su amigo Volumnio Eutrapelio que solo los resúmenes de estilo le permitieron reconocerlo como autor de una carta que había creído al principio escrita por el senador Volumnio, lo cual significa que Cicerón no conocía la escritura del primero ni la del segundo. En ciertos casos, el anonimato del grafismo debía permitir esquivar la censura, desafiando toda tentativa de identificación grafológica.

Pero como la estenografía no era muy utilizada en esa época, dictar una carta no llevaba menos tiempo que escribirla. El escriba escribía tan lentamente que era necesario dictar sílaba por sílaba. Este procedimiento fastidioso solo se podía utilizar en tiempo perdido, por ejemplo en los baños, durante el secado o a la mesa entre dos platos, a menos que como César se dictara a 7 escribas a la vez.

Cicerón se queja de una oftalmia que lo obliga a ese balbuceo, en ausencia de su secretario Tirón y su remplazo por cierto Espíntaro, incapaz de escribir sino por dictado silábico. Al contrario, un secretario bien entrenado como Tirón podía elaborar él mismo parágrafos enteros de los que bastaba darle oralmente la materia o el tema. Entonces el escriba podía ser el verdadero redactor de la carta, tanto que su estilo mismo podía serle atribuido.

El secretario de un gran hombre, modulado por su frecuentación y acostumbrado a la formulación de sus ideas estaba desde luego menos tentado a desviar de la obra original y se limitaba probablemente a escribir de memoria frases que venían realmente de su maestro y que el destinatario reconocía fácilmente como tales. Además, el expedidor revisaba el texto y lo corregía eventualmente, antes de añadir el saludo escrito de su mano, el cual servía como firma. Eso no impide que se deba tener en cuenta la independencia relativa del escriba cada vez que haya una divergencia sensible entre los autógrafos de un autor antiguo y los dictados en el sentido amplio en que la mano del secretario haya dejado sus huellas.

Queda otra posibilidad. Alguien muy ocupado podía pedir a un amigo que escribiera en su lugar. Era un testimonio de confianza que excluía un control riguroso y que podía producir un pastiche imposible de distinguir de una carta auténtica. Cicerón se daba a veces esta libertad con su amigo Ático, pidiéndole escribir a quienes pudieran esperar unas palabras suyas que él no tenía tiempo de enviarles. Le daba así carta blanca, ratificando de antemano un texto que no le iba a ser sometido.

Esta revista breve nos muestra que los antiguos tenían cuatro maneras de escribir una carta:

- la primera, escribirla por sí mismo,

- la segunda, dictarla sílaba por sílaba,

- la tercera, confiar la redacción a un secretario dándole instrucciones orales, escritas o dictadas sobre el tema por tratar, y releyendo la redacción y corregiéndola al autentificarla con un saludo o un sello.

- la cuarta, en fin, era confiarla totalmente a un amigo bastante identificado con uno mismo para escribirla como lo haría uno mismo, aunque no con las mismas palabras.

 

La cuestión que debemos plantearnos ahora es de saber si san Pablo se servía de secretarios y qué libertad les dejaba. Es decir, preguntarnos si el texto de las epístolas no traduce a veces la mano del escriba que la escribió, a tal punto que el estilo mismo del apóstol quede más o menos modificado, sin que Pablo deje de ser por eso el autor responsable de la literatura que la tradición le atribuye.

Mi viejo amigo, el finado P. Allo, admitía que San Pablo “dictaba todas sus epístolas a un secretario”. De hecho, en nuestras ediciones de la epístola a los romanos, (16:22), encontramos esta indicación única: “Les doy un saludo en el Señor, yo Tercio (o Terencio) que escribí la carta.” Al final de la primera a los corintios, en 16:21, leemos: “El saludo es de mi mano, Pablo.” Encontramos las mismas palabras en la 2ª a los Tesalonicenses3:17, probablemente anterior, con esta adición sugestiva: “es mi escritura. Así escribo yo.

Lo mismo encontramos en Colosenses 4:18. Eso supone que Pablo solo escribió ese saludo y que el resto es de otra mano. En la conclusión de gálatas 6:11, el apóstol subraya su firma con esta nota: “Miren con qué grandes letras escribo yo mismo.” En el cap. 4:13 de la misma epístola, san Pablo evoca su estadía entre sus correspondientes: “Ustedes saben que fue en la debilidad que tuve como les llevé la buena nueva la primera vez, y aunque mi enfermedad fue para ustedes una prueba, no me despreciaron ni me rechazaron sino que me acogieron como a un ángel de Dios, como a Jesucristo. ¿Qué hay de ese entusiasmo para la acogida? Porque doy fe de que si hubieran podido, se habrían sacado los ojos para dármelos.

Por este texto, se ha supuesto que Pablo sufría de una infección en los ojos y su aspecto podía provocar asco. No es imposible, pero no está probado. Así se entendería que solo pudiera trazar letras torpes y al resaltarlas se excusa, y que un secretario no solo le sea útil sino necesario.

Además, la necesidad podía provenir de otras circunstancias. En 2 Timoteo 2:9, Pablo habla de su evangelio, “por el cual me maltratan hasta las cadenas como si fuera un malhechor”, indicando en 1:17 que Onesíforo (de Éfeso), estando en Roma, tuvo que buscarlo cuidadosamente para encontrarlo. Se trata quizá de una prisión estrecha y difícil de acceso, donde habría tenido alguna dificultad para escribir, aunque sus ojos se lo permitieran. Más adelante, en 4:11, menciona a Lucas que está con él, sin precisar de otro modo su presencia. Teniendo en cuenta el contexto, eso no implica que Lucas esté prisionero. ¿Sería él el redactor de la epístola?

Entre todos los secretarios posibles, hasta ahora no tenemos sino un nombre bien atestiguado: el de Tercio o Terencio, desconocido por otra parte. Pero se puede observar que I Corintios es enviada en nombre de Pablo y de Sóstenes. La segunda a los corintios, en nombre de Pablo y Timoteo, igualmente asociado al apóstol en la epístola a los Colosenses y en la nota a Filemón.

En las dos cartas a los tesalonicenses, la dirección menciona a Pablo, Silvano y Timoteo. Volvemos a encontrar a Silvano y Timoteo en 2 Cor. 1:19. ¿Es ese Silvano el mismo de que habla la primera epístola de Pedro: “Les escribo estas palabras por medio de Silvano al que considero un amigo fiel”? la tendencia de la crítica actual es de considerar a un discípulo de Pablo como el verdadero redactor de la primera epístola de Pedro, en virtud de las analogías notables que presenta con el pensamiento paulino.

Nada se opone pues a la identificación del Silvano mencionado por Pedro con el de las dos cartas a los tesalonicenses, el cual se confunde probablemente, bajo una desinencia griega, con el Silas de los Hechos de los Apóstoles (15:22, 27, 32) calificado de profeta y que fue, antes de Timoteo y luego con él (16, sig.) y Tito, 2 Cor.7, 5 entre otros, compañero de viaje de san Pablo (15:40; 17:10-16).

Entre todos los discípulos del apóstol, es natural pensar que uno de los mencionados en la dirección de una epístola le haya servido de secretario para la epístola en cuestión. Así podemos establecer una lista que comprendería:

1/ - Sóstenes, antiguo jefe de sinagoga en Corinto, que recibió golpes de sus correligionarios en vez de san Pablo, ante el tribunal de Galión, hermano de Séneca, procónsul de Acaya en 52, en circunstancias majestuosamente indiferentes.

2/ - Timoteo, originario de Listra en Licaonia, hijo de Eunice, madre judía hecha cristiana y de padre griego, que San Pablo se asoció en su segunda misión, como hijo querido, y al que deja finalmente a la cabeza de la Iglesia de Éfeso, joven y tímido todavía, según se puede juzgar por las recomendaciones que le hace.

3/ - Tito, verdadero hijo de san Pablo, de temperamento fuerte, como para ser su consuelo en las peores pruebas y suficientemente diplomático como para recuperarle el favor de los Corintios, y a quien el apóstol envía a los cretenses para someterlos.

4/ - Lucas, el querido médico de Colosenses 4:14, cuyo elogio hacen todas las iglesias y al que la tradición le atribuye el 3º evangelio y los Hechos de los Apóstoles, si las palabras de Cor.8:18 se refieren de verdad a él.

5/ - Silvano o Silas, ya identificado, que tuvo el honor de ser flagelado con san Pablo en Filipos (Hechos 16:22).

6/ - En fin, Tercio, único formalmente indicado como secretario del apóstol y del que no sabemos nada más.

Otros nombres podrían mencionarse aún (Hechos 20:4) entre los discípulos de san Pablo enumerados, si n o fuera más importante preguntarse qué parte podía dejarles a sus secretarios san Pablo en la redacción de sus epístolas. ¿Dictaba sílaba por sílaba, o exponía oralmente un tema que su fiel memoria podía grabar casi textualmente? ¿O se limitaba a darles un tema, dejándoles el cuidado de desarrollarlo, o en fin, les encargaba simplemente de escribir en nombre suyo, seguro de que no escribirían sino lo que él mismo hubiera escrito? Es imposible dar una respuesta firme a esas preguntas, pues estamos limitados a hipótesis.

El Sr. Eschlimann, de quien tomo todos los datos técnicos de este estudio, impugna en la Revue Biblique la posibilidad de un dictado silábico para una carta de 7100 palabras como la epístola a los romanos y considera como hipótesis lícita que el estilo de la carta sea ante todo el de Tercio y no el del apóstol, de lo cual después de todo no podemos saber nada si es verdad que utilizó secretarios diferentes para cada epístola, o eventualmente varios secretarios para una misma carta. Aún como simple hipótesis, esta proposición me parece estrictamente imposible. Basta leer con atención el análisis magistral que M. Feuillet acaba de hacer en la misma revista, sobre el plan salvífico de Dios según la epístola a los romanos, para quedar deslumbrados por la inmensa catedral de gracia y amor cuyo esplendor brilla en el fondo de la miseria humana. Los detalles no son menos impresionantes. M. Feuillet resalta en las mínimas partes la aplicación inagotable del esquema A.BA’ que pone adelante una primera fórmula, luego una segunda que le hace contrapeso y por fin una tercera más sintética que precisa el dato que ha servido como punto de partida. Así, en 5:12-21:

1r tiempo: Adán está al comienzo de la humanidad pecadora.

2o Tiempo: Cristo está al comienzo de la humanidad regenerada.

3r Tiempo: La influencia de Cristo sobre su posteridad espiritual es muy superior a la de Adán sobre su posteridad carnal. El pecado abunda, la gracia sobreabunda.

Se percibe el procedimiento en una de sus fases. Pero no se puede percibir su belleza en un sector separado arbitrariamente. Es imposible traducir la fuerza de movimiento de ese universo en marcha en que cada contraste tiende a su revolución como una ola sostenida por una ola más poderosa, propulsada por la ola abismal que revuelve el viejo mundo que se disuelve para arrojarlo totalmente renovado sobre las playas del eterno amor.

El hombre que vivía en la tensión de su mente todo el dinamismo de esa geología creadora, no podía ser un escriba anónimo que pule sus clichés sobre una trama de banalidad. No se puede creer en las imágenes que pretenden cubrir las piedras de tal catedral, no se puede impugnar la grandeza de la fuente que las suscita y las ordena.

El pobre Tercio o Terencio se volatiliza en esta operación, con tanto más seguridad cuanto que parece establecido ya, con el apoyo de un papiro de la colección Chester Beatty, el P 46, que data de 200 más o menos, que el cap. 16 de la epístola a los romanos, salvo los versículos 25-27, no pertenecen originalmente a esta epístola, y que, como la epístola a Filemón, carta o fragmento de carta de recomendación dirigida probablemente a la Iglesia de Éfeso en favor de Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas, puerto de Corinto, de lo cual resulta que Tercio, mencionado en el v. 22 no tiene nada que ver con la epístola a los romanos.

Un texto tan maravillosamente elaborado, de ritmo tan complejo y seguro no pudo ser dictado sílaba por sílaba o retenido casi literalmente por la memoria del escriba, el cual no puede ser responsable sino de ligeras incoherencias de detalles, provocadas probablemente por las correcciones necesarias de los errores y que se integraban bien que mal en un texto que era imposible volver a comenzar.

M. Feuillet demostró que el esquema A.B.A. se vuelve a encontrar en la 1ª a los corintios, particularmente en el cap. 13 que es el Himno de la Caridad, y en el plan general de la 2ª a los corintios, llena además de reminiscencias muy personales.

La epístola a los gálatas se parece demasiado a romanos, con la integración además, para descubrir en ella el bosquejo del mismo proyecto. Todo comienza con la fe de Abrahán, todo se vuelve maldición por la Ley que nos encierra en el pecado. Y todo se realiza por la fe triunfante en la gracia y la libertad de Jesucristo.

Tampoco imaginamos a san Pablo confiando a un escriba la joya de la epístola a los Filipenses. Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte de la cruz, cuya grandeza nos hace sentir la liturgia de la semana santa.

El gran misterio de Efesios y Colosenses, la unidad del Cuerpo místico de Jesús, para recentrar todo el universo en Dios, poniendo sobre cada uno de nosotros todo el peso del amor que Cristo no puede asumir sin nosotros, según la invitación del famoso texto: “Lo que falta a los sufrimientos de Cristo, yo lo termino en mi carne por mi cuerpo que es la Iglesia.” (Col. 1:24).

Seríamos menos afirmativo para las epístolas pastorales a Timoteo y Tito, que resumen, sin renovarlos, los grandes temas paulinos y emiten ordenanzas prácticas de manera imperativa y un poco seca. Aunque es verdad que Pablo está preso al hacer enviar la 2ª de Timoteo, se entiende que haya podido confiar su redacción a algún discípulo familiar. No debiendo predicar a convertidos como Tito y Timoteo, podía limitarse a enviarles palabras de aliento con un resumen de sus obligaciones que era quizás una manera de establecer sus derechos a los ojos de los fieles que podían encontrarlos demasiado jóvenes para sus funciones.

Es cierto que la epístola a los romanos es única en toda la literatura paulina, y que en ninguna otra parte se encuentra una estructura tan apretada. Pero el rastro de su genio está claramente en otros lugares, hasta en la exquisita ironía de la nota a Filemón.

Se necesitarían razones muy fuertes, basadas en el examen más atento de los textos, para distinguir con certeza la mano de un escriba. Eso podría suceder solo en las líneas de menor resistencia, justamente, donde el tono es menor y el genio falta. Pero cuando uno ha captado el poder del ritmo que muestran los planos que su pensamiento trata de alcanzar, sin jamás agotarlos, uno se aferra menos a los conceptos que al impulso que los rebasa y uno está listo para reconocer las huellas del escriba solo en el momento en que el impulso falta.

Sean cuales fueren además las conclusiones bien fundadas a que quiere llevarnos la crítica, la inspiración divina de los textos no podrá vacilar. Ya san Jerónimo explicaba que las dos epístolas atribuidas a san Pedro son diferentes por el estilo, el carácter y la sintaxis, de donde se concluye necesariamente, decía él, que se sirvió de intérpretes diferentes.

Si recordamos que para Jerónimo, Marcos era el intérprete de Pedro al escribir el Evangelio según la predicación del apóstol y con su aprobación, vemos qué margen estaba listo a otorgarles a los secretarios el gran doctor latino del s. IV.

Todos admiten además que en el Cuerpo paulino, la epístola a los Hebreos, de estilo tan cuidadoso y equilibrado no pudo ser redactada por él, y que pertenece más o menos totalmente a un discípulo todavía desconocido, que traduce en símbolos cultuales los grandes temas del apóstol de las naciones. Lo que permite integrarla en la literatura paulina, con la misma legitimidad con que Jerónimo atribuye a Pedro las dos epístolas redactadas según él por dos intérpretes del pescador de hombres.

Vemos que la cuestión de los secretarios de san Pablo sigue siendo sobre todo una hipótesis en reserva, fundada además sobre las costumbres epistolares del mundo grecorromano de su época. Esta hipótesis es difícil de aplicar y exige justificación en cada caso.

El análisis de M. Feuillet demuestra que textos mil veces comentados pueden guardar aún riquezas inmensas desconocidas para quien descubre de repente el nivel en que ha surgido el genio. Los críticos no siempre están a la altura del texto y a veces lo marcan con la esterilidad de su propia mente. Por su parte, los teólogos buscan demasiado a menudo en los mismos textos los argumentos que apoyan sus especulaciones y arruinan su sentido al separarlos. Lo mismo sucede con los profesores que ocultan las obras maestras tratando de explicarlas. Hay que vivirlas, y no hay otro modo de entenderlas.

En el caso de san Pablo, sea cual fuere el esfuerzo hecho, todos los secretarios imaginables que se puedan poner en la lista, no serán nunca más que un desfile de pigmeos al pie de un Himalaya.

 

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