Homilía de M. Zúndel en El Cairo, Nuestra Señora del Monte Carmelo, le 16 julio de 1957 (inédita).

Como niño o adolescente, Jesús tenía solo que subir a la colina delante de Nazaret para contemplar el panorama del Carmelo, del puerto de Haifa del Mediterráneo por donde partiría su Buena Nueva que se propagaría por el mundo. El Evangelio que comenzará una revolución que todavía no hemos empezado a entender. Jesús pondrá fin al Templo de Jerusalén, al cielo estrellado y al pueblo elegido.

En el hombre es donde están el Templo y el Santuario. El pueblo escogido son las almas que se dan, que responden personalmente al llamado. Al cielo no se puede entrar sin llegar a serlo. Dios está dentro de nosotros. El nuevo santuario, increíble, debe edificarse en cada uno de nosotros. Jesús nos enseñará a creer en el hombre, a arrodillarnos ante el hombre. Su Testamento es arrodillarse para lavar los pies. Entonces queda realmente destruido el templo y se inaugura la Nueva Alianza. En el fondo del corazón humano va a brotar la vida eterna. En el hombre es donde se va a encarnar y expresar el infinito.

Introduce una nueva escala de valores, e inaugura una glorificación increíble y maravillosa. La tierra entera va a florecer. Nada estará excluido de la vida íntima de Dios. La Trinidad será el secreto de toda criatura. Si tomamos en serio la revolución cristiana, podremos penetrar el sentido de la inmensa parábola del universo. El Nuevo Adán venía a restaurar en el hombre la maravillosa dignidad, más hermosa que antes. Hay en el Evangelio una infinita pasión del hombre. Basta existir para tener parte en la promesa.

Todo el precio de la gloria humana está en existir en forma de Dios, en una trasparencia de Dios cada vez más perfecta. Existir para ser el rostro y la sonrisa de Dios. Ese es el sentido de la vida contemplativa. Las carmelitas no tienen nada qué hacer, solo se les pide que existan. La obra maestra incomparable es ser luz, espacio, foco ardiente que prolongue el incendio que Dios vino a encender en la tierra. Tenemos que aprender a trazar los inmensos espacios de silencio, los maravillosos jardines de Dios, a detenernos, a descansar en Dios para respirarlo en esta vida donde desaprendemos a pensar y existir humanamente.

Aprender, no a escucharse o escuchar sus pasiones, a ser manejados por el psiquismo infantil que es el YO CERO, peso y gravedad, sino a escuchar la música silenciosa que resuena en la soledad sonora de la noche tranquila. Se necesitan eso focos de existencia para que el hombre se transforme en Dios. El infinito que está en el hombre se afirma en él, y lo hace creador. El mundo necesita escuchar que en el Evangelio se puede percibir la tierra coo sacramento y el rostro de Dios en toda criatura. Cada uno de nosotros está llamado a ser la sonrisa de Dios.

La existencia de la Virgen es el comienzo de una humanidad infinita, divinizada, incomparable y eterna. María viene a introducirnos en la luz, a formar en nosotros la humanidad divina. Es su Madre, no para ella misma sino para nosotros, para que nosotros seamos lo que es su Hijo, todos, una sola persona en Jesús. Es algo uy grande. No hay mayor grandeza.

Si pecamos es que nos falta ambición, no queremos ser grandes. La solución de todos los problemas está en constituir la persona en que se establece la comunión en la soledad de la intimidad con Dios. Los monasterios existen solo como catalizadores para invitarnos al silencio. Todos tenemos la misma vocación: ser el silencio, la disponibilidad, la mirada hacia la escucha de Dios. Debemos pagar el precio. Pero el resultado es la alegría, la gracia, la ligereza, la infinitud del hombre introducido en el diálogo de la Trinidad. La vida divina circula en él.

Volver a hacer con Jesús el viaje a Nazaret, emprender la conquista del mundo en silencio. Pagar el precio a cada paso. Tener suficiente fe para creer que la vida humana es infinita, que es necesaria a Dios. Dios nada puede sin nosotros.

El hombre nacido de Dios y el verdadero Dios se encuentran en el mismo momento.

La Virgen, Nuestra Señora del Silencio, no dijo nada durante toda su vida. Escuchó tan maravillosamente, guardó en su corazón la palabra viva de que nació y que nació de ella. £Ella nos ayudará a entrar en la inmensidad, en la novedad increíble e inagotable.

Somos esclavos de una mitología, perdidos en ritos mágicos. Para cristianos vivos nunca hay nada demasiado hermoso. La Virgen del silencio será nuestra madre, la medianera de todas las gracias. Ella nos ayudará a ser el Himalaya desde cuya altura brillará la luz.

El mayor peligro, el único, es ignorar el tesoro que es el Dios vivo, ignorar que el Cielo está dentro de nosotros y que es hoy cuando debemos serlo.

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir