Conferencia de M. Zúndel en Neuilly, en 1952. (Inédita)

En la 2ª escena del 5° acto, cuando Otelo dice a Desdémona: “¿Rezó usted esta noche? Si recuerda todavía algún crimen, enemigo del cielo y de la gracia, pida perdón sin tardar…” la mata con más realismo de lo que va a hacerlo luego al estrangularla. El odio que convulsiona su rostro lo hace extraño. Desdémona ya no lo reconoce, el dialogo de amor se fija en una muerte más atroz que el asesinato.

Pues el dialogo del amor no se limita a las palabras. Es la persona, totalmente orientada hacia la persona, en la interioridad transparente en que intercambian su secreto. El secreto no se dice, no puede expresarse, pues al contrario de lo que se piensa, el amor no abre todas las esclusas del corazón en confidencias importunas en que todo se diría sin pudor.

Al contrario, el amor es confidencia de seres y no de palabras. Una persona solo puede expresarse en una persona que solo abre a su misterio el espacio infinito de una confianza silenciosa.

Si caen todas las máscaras en la intimidad, no es que uno exhiba a las miradas del otro el fondo de su ser sino al contrario porque el amor deja inviolado el centro del ser cuyo misterio puede llenar el rostro y modelar todo el cuerpo sin correr el riesgo de una profanación.

El amor es justamente el velo que, bajo la protección de un respeto arrodillado, permite la libre respiración que une el alma con la fuente divina, impidiendo toda interferencia. Como dice Kierkegaard: “la proximidad absoluta en una distancia infinita”

Si el amor humano exige la confianza silenciosa que le da al misterio su espacio, se puede esperar que el amor divino lleve el silencio a una potencia infinitamente más infinita. Pues la religión no puede ser sino un secreto de amor.

Pero parece violar este secreto, ya que es pública y debe serlo, si no, no sería vínculo social. Debe expresarse en todo un sistema de palabras, de gestos, de ritos y costumbres destinados a suscitar la atención y atraer adeptos.

En efecto, eso parece a menudo: iglesias muy iluminadas, bien limpias, iluminadas con neón, donde todo parece posible, excepto el recogimiento. Pero es solo una ilusión excusable y deplorable.

En efecto, el cristianismo puede fácilmente dar lugar a este error porque se presenta todo como un Sacramento. Y ¿qué es un sacramento? Justamente, una presencia velada, es decir bajo el velo de los signos que ocultan lo mismo que pueden comunicar.

Pero no pueden comunicarla sino de la manera como una intimidad se enraíza en otra intimidad, como una mano que solo estrecha la amistad de otra mano que se ofrece entre los que sienten su unidad.

Los fieles reunidos en una iglesia no están dispensados de una participación viva y eficaz; al contrario, la Presencia sacramental simbolizada por un rito común solo los estimula si se entregan por un intercambio en que la persona se compromete y sigue siendo el secreto inviolable de cada uno.

Comunidad y soledad son pues aquí una misma cosa, en el centro del silencio en que la persona se constituye y comunica en la respiración del mismo amor. La oración y la acción litúrgica cubren ese intercambio inefable en una banalidad bienhechora.

En efecto, son textos y ritos impersonales que impiden la indiscreción de efusiones improvisadas y el peligro de confidencias públicas.

La Biblia da casi todos los temas de la oración y de la instrucción, fuera de las oraciones de tres o cuatro líneas que presentan la misma inspiración. Y justamente la Biblia misma es un Sacramento y el espíritu consume su letra a menudo mediocre, orientando el alma atenta hacia la intimidad divina que se manifiesta.

No es un texto cuyas palabras debemos escrutar, sino la modulación del silencio en que se hace oír la voz del amor. Hay el sermón que rompe a menudo la armonía con palabrerías indiscretas. Pero aun ahí se trata solo de retener lo que viene del silencio.

Vemos que la lección ilustrada por el drama de Shakespeare está inscrita en la sustancia misma de la revelación cristiana, que solo es accesible a través del velo que solo atraviesa el amor, pero sin retirarlo.

La institución monástica cuya misión nos recuerda hoy la fiesta de san Benito, saca de ahí su más alta justificación. En efecto, los monasterios deben atesorar el silencio para recordar al hombre perdido en la banalidad cotidiana el misterio inefable que es cuando escucha lo que no se puede decir.

De esa fuente puede brotar toda una moral: habrá que descubrir y mantener en sí mismo el centro del silencio, suscitarlo y respetarlo en los demás.

En esta perspectiva, la ternura se propondrá simplemente abrir una sensibilidad crispada, serenándola mediante una acogida virginal, abrirla al silencio infinito que constituye la persona enraizándola en su misterio.

Y la pureza será el vestido de silencio en que el cuerpo sosegado y transparente se recoge todo en una respiración divina.

Aquí encuentra su medida y su regla la pedagogía religiosa. En efecto, solo puede ser sacramental, so pena de traicionar a Dios en el niño.

No se trata pues de presentar un Dios estático, siempre igual, con fórmulas que pretenden describirlo, sino de ayudar al niño a descubrir la institución cristiana, el secreto de amor que solo puede revelársele en la luz que está llamado a ser.

Es esencial que el encuentro no tenga ninguna interferencia y que el niño perciba a Dios como intimidad interior a él mismo, como fuente maravillosa e inagotable, como rostro siempre desconocido y siempre reconocido, como amor eternamente nuevo, como presencia oculta en una palabra, infinitamente cercano y distante a la vez, que estimula la búsqueda a medida que colma el deseo.

Y para ilustrar estos pensamientos, tenemos la historia de una joven hija de jornaleros muy pobres, que no pudiendo subvenir a las necesidades de la niña tuvieron que colocarla.

La seduce el burgués donde el cual trabaja, tiene un hijo y queda deshonrada. Y como la moral de la región es exigente, todos la desprecian y no encuentra empleo. La miseria se instala en casa de sus padres que habían acogido a su hijo, pero es demasiado para ellos y el niño corre riesgo de sufrir las consecuencias.

La joven decide finalmente intentar una acción en justicia contra el hombre que la sedujo, con candor e inocencia perfectos pues cree en sus promesas de amor y no puede pensar que el niño, que debía ser fruto del amor pueda ser abandonado por su padre.

Comparece pues ante el tribunal, con extrema timidez, sabiendo que todo el mundo la desprecia, que todos los testigos la miran y que el juez ya tiene listo su juicio y está de prisa. La considera culpable de chantaje y de querer poner en peligro la reputación bien establecida del burgués.

Ahí está ella, temblando, esperando el final, esperando según las formalidades que ella no comprende, hasta que el juez hace traer la Biblia para el juramento que justificará al inculpado.

Todos están convencidos de que el burgués es inocente y de que el juicio lo confirmará. La joven que lo sabe y no tiene el más mínimo rencor contra el hombre al que ama todavía, al ver que traen la Biblia no imagina que semejante perjurio pueda suceder, cuenta los segundos segura de que el hombre se va a retractar.

Ponen la Biblia ante él y el juez pronuncia la fórmula ritual del juramento. El burgués la repite y entra en el perjurio. Entonces la joven se precipita sobre la Biblia, la retira de delante del burgués mientras el juez la fusila con su mirada, como si ella se hubiera vuelto loca.

“¡No quiero que sea perjuro!”. El secretario se precipita, ella aprieta la Biblia contra sí misma. El juez la mira, la interroga con su mirada y comprende que ella dice la verdad. “¡Yo retiro mi queja!” Y el juez, dirigiéndose al burgués: “Creo que para usted, es lo mejor”.

En toda la escena hay un cambio de nivel: toda esa gente, muy devota, seguros de su virtud, desprecian a la madre soltera, y todos perciben la magnitud del acontecimiento. Sienten circular una presencia que les impone respeto y admiración. El juez desciende de su estrado, aprieta la mano de la joven y le da las gracias.

Ese acontecimiento nos hace sentir la presencia que no se puede expresar, la presencia inefable que ninguna fórmula puede contener y que solo un cambio de nivel puede alcanzar, revistiendo una nueva dimensión mediante la apertura de toda su intimidad a la intimidad de Dios.

Este ejemplo nos enseña infinitamente más sobre el verdadero Dios que una tonelada de silogismos sobre la causa primera.

Y así es como se debe introducir a los niños al mundo interior que es su secreto más íntimo y personal, mediante una serie de alusiones, de experiencias en que puedan entrar y vivirlas y que los lleven al descubrimiento que nadie puede hacer en lugar suyo.

Y hablando de pedagogía, toda pedagogía es ante todo relación de la persona con la persona. Uno se imagina que los niños viven en un mundo infantil, pero son los adultos los que inventan los infantilismos, el lenguaje tonto con que hablan a los niños.

Pero debemos colocarnos ante el niño como ante una conciencia de adulto, porque más allá de la razón balbuciente y de un lenguaje elemental, hay en el niño toda la luz de la persona, toda la luz divina que lo habita y que permite que haya entre él y sus padres, entre él y sus maestros, un intercambio de luz infinita que no pasa por las palabras sino que es comunicación silenciosa e inmediata, de toda la persona con toda la persona.

Se han establecido nuevos métodos, nuevas técnicas, y eso está bien. Hay que conocerlos, asimilarlos, para alejar los obstáculos que impiden la atención de los niños, para que nazcan y se desarrollen sus responsabilidades.

Pero eso no es lo esencial. Se ha hablado de lógica primitiva, de lógica de primitivos. Hay en eso una doble pretensión pues creemos que la lógica de los primitivos no vale lo mismo que la nuestra, y de eso no sabemos nada.

En todo caso, no hay error más grande que creer que la inteligencia se resume a un automatismo racional que se desarrolla mecánicamente por un juego de fórmulas. La inteligencia es la luz de la persona, la luz en que nos transformamos en el silencio de nosotros mismos.

Sea cual fuere su edad, el niño es siempre capaz de esa iluminación. Puede respirar la luz de la persona, comunicar con la luz interior, puede hacerse presencia tan íntima como nosotros con la presencia que lo habita y que es la vida de su vida.

Finalmente, todo el diálogo de la educación es un diálogo secreto, un diálogo que compromete toda la persona, un diálogo de soledad y recogimiento que, más allá de las nociones, de los libros, los conceptos y sistemas, crea la atmosfera en que, sin necesidad de nombrarla, brilla la presencia que no conocemos pero que siempre reconocemos.

Una sociología constructiva y eficaz es igualmente la luz del silencio. Se puede disertar, discutir sin fin sobre la igualdad de los hombres, de las razas. La gente que se rebela, con razón además, contra el imperialismo, encuentra en Marx: “Lo que tal o cual proletario o todo el proletariado imagina ser su fin, no tiene importancia.” Lenin y Lassale se dedicarán a una lucha razonada contra la espontaneidad de las masas: “La teoría debe someterse a la espontaneidad.” Así hablan todos los imperialismos, todos los colonialismos: queremos el bien de ustedes y se lo procuramos, pero ustedes no lo entienden.

Pero cuando el señor Vicente se presenta en la cárcel de los galeotes, no habla de igualdad humana. Sopesando sus cadenas, dice: “Hijos míos, ¡estas son sus cadenas!”

A esa subespecie humana, a esos galeotes que se entre-devoran y pudren en el calabozo, diciéndoles esas palaras con todo su amor, con toda su presencia, la presencia se establece de inmediato en la región de la persona, en el diálogo silencioso en que Dios garantiza la dignidad humana.

Y medimos el abismo entre nociones abstractas que matan y la realidad viva que lleva la luz y la vida. Una sociología no sostenida por el silencio no llega a ese descubrimiento concreto, real y vivo del hombre. El respeto del hombre es pura abstracción si no llega a la intimidad que ordena el respeto y el amor, porque nos identificamos con el otro.

La dirección espiritual igualmente debe estar bajo el sello de la más profunda discreción. Jamás hay que dar consejos que uno mismo no puede aplicar. Hay que dejar que cada uno encuentre el camino que puede seguir, porque está a la medida de sus conocimientos y de sus fuerzas.

Una joven que tenía un novio que no compartía sus creencias religiosas y rehusaba los compromisos del matrimonio cristiano, fue obligada por su familia a renunciar a su matrimonio. Y para mi propia confusión, debo confesar que yo le aconsejaba lo mismo.

Y fue catastrófico porque ese matrimonio era para ella el único camino posible y después se volvió un desecho humano, más alejada de la fe de lo que habría estado por ese matrimonio el cual habría estado ciertamente fundado en la luz, vista la calidad humana del hombre en cuestión.

Entonces yo no sabía que no hay que dar consejos que uno mismo no puede vivir, pues no viviendo la vida de la gente, no debemos orientarlos hacia un camino que no pueden seguir.

Hay que mirar sus posibilidades, ver cuál es la dirección real de su ser, sus posibilidades actuales, el futuro posible para ellas, tener en cuenta lo que han decidido ser y no ponerlas en un camino imposible proponiéndoles algo que son incapaces de mantener y en que van a sentirse desesperados.

No podemos decidir en su lugar, solo podemos escucharlos con infinito respeto, ayudarles en lo posible a encontrar una solución que pueda madurar en ellos mismos. Se ha hablado con elocuencia sobre el alma de todo apostolado: el alma de todo apostolado es el silencio que valoriza la vida en vez de proponer teoremas.

Una joven había tenido un hijo en condiciones difíciles que la habían excluido de la familia. Era la época de la invasión de París. Estaba en una inmensa angustia y tenía que privarse de comer para dar de comer a su hijo. De eso le quedaba una amargura profunda e insuperable.

Cuando nos volvimos a encontrar, me dijo: “No me venga a decir que usted cree en Dios. Cuando uno ha visto lo que hemos visto y vivido, es imposible creer que existe un Dios que nos ama y vela sobre nosotros.” Yo no le iba a hablar del sufrimiento de Dios, del Dios que es víctima en ella y más que ella, del Dios que debemos bajar de la cruz y proteger contra nosotros. Eso no habría sido para ella más que un siniestro galimatías.

Yo solo sabía que ella necesitaba descanso y vacaciones y, gracias a unos amigos generosos, le pude procurar tres semanas de vacaciones en un ambiente maravilloso donde pudiera descansar en la luz y la belleza. Y eso era más eficaz que todos los raciocinios sobre la Providencia divina y el sufrimiento de Cristo.

Se trata de valorizar la vida, de hacerla más hermosa, de hacer aparecer la nueva dimensión de acogida, de alegría y amor: entonces no se necesita mencionar a Dios.

Nada hay más insoportable que oír hablar de Dios cuando no estamos en la confianza, cuando el intercambio de Dios no es verdadera comunicación de la persona con la persona. No hay palabra de Dios, comunicación de Dios en la presencia total del alma con el alma, en que respiramos a Dios juntos, y en que él es la conversación silenciosa y la única Palabra.

Y eso es lo que existe en el prodigioso organismo sacramental de la institución cristiana: el velo que impide toda profanación, porque es imposible adherir a la presencia que se comunica a través del sacramento si no es por la apertura total de sí mismo a la intimidad divina.

Y como este descubrimiento es único, nuevo para cada uno, nuevo en cada etapa de la vida, el Dios de amor es para cada uno un Dios personal, un Dios siempre nuevo, un secreto de amor imposible de expresar.

No debemos olvidarlo nunca en el manejo de nuestra vida. Se han presentado esquemas de la vida espiritual; son magníficos, autenticados por los grandes místicos que los han vivido y por eso escribieron esas palabras no como simples palabras sino como el residuo de la experiencia ardiente que los consumía.

No hay pues que tomar esas palabras a la letra, vivir el esquema como impuesto desde fuera, si no entraremos en seguida en las noches de los sentidos y del espíritu. Uno creerá ser un gran místico, se examinará para saber en qué morada del castillo interior se encuentra, y finalmente se secará en un aburrimiento agobiador para sí mismo y para los demás.

No hay camino trazado, no hay un esquema a seguir, sino un descubrimiento que hacer y que es la creación de sí mismo. Porque Dios crece en nosotros en la medida en que nos abramos a él, creciendo en luz y bondad.

Y les cuento una pequeña aventura que me sucedió. Estaba comentando la santa liturgia y trataba de expresar la necesidad del velo, del silencio que guarda el misterio y permite descubrir cada vez más y nos invita a concebir la vida eterna como un progreso continuo, como un descubrimiento que se profundiza siempre y no termina nunca.

Trataba de decir que la vida eterna misma es una especie de ignorancia, y como el cara a cara de la visión no podía agotar el misterio de Dios sino aumentarlo.

Fui a ver un teólogo célebre y quería saber si no era posible imaginar precisamente ese progreso, ese misterio, esa incógnita.

Yo no tenía cita y llegué a la pieza del teólogo que reflexionaba sobre sus intereses y que quedó desconcertado por mi presencia. Me dijo bruscamente: “No, no, no tengo tiempo”. Y como yo insistía, me cogió de los hombros y me hizo salir diciendo que reservaba sus mañanas para su trabajo. Es una anécdota bastante cómica que muestra que los más grandes hombres tienen sus flaquezas y que es difícil controlar los nervios.

Pero eso me recuerda sobre todo el cuidado permanente de encontrar un Dios que queda siempre por descubrir y no se agota nunca.

Por eso escribí entonces (calculando las palabras para no ofender a nadie y no sin haber consultado la sabiduría de Jacques Maritain):

Por eso la caridad permanece para siempre, no entra en Dios a distancia como la fe, que conoce en un reflejo oscuro, sino a través del conocimiento que proclama su incapacidad y que está como tendido más allá de sí mismo. Entra en Dios tal como él se ve en la mirada eterna que escruta las profundidades de Dios.

Pero ni en la gloria, la criatura no llegará a la plenitud. En efecto, la visión beatífica no conoce la esencia divina en cuanto conocible. El gozo eterno de nuestro amor será unirse a Dios en y por sí mismo, aun en su incomprensibilidad tal como nos lo hará percibir la visión.

Había que hacer entender esa incomprensibilidad – y la entendieron bien – para reservar la posibilidad de algo siempre ignorado, siempre reconocido y nunca agotado.

En efecto, comprender no significa poner una realidad en los archivos de la memoria, comprender es ser comprendido. Lo que podemos archivar en la memoria son las recetas técnicas, recetas de cocina que exigen precisión sin manchas porque un avión no lo entendemos mediante intuiciones poéticas.

Pero además del mundo de la técnica que tiene su utilidad y que es precisamente el terreno del universo, existe el terreno del conocimiento, que supone que conocer, comprender es perderse en la inmensidad de una luz interior que no tiene fronteras, con el cual poco a poco nos identificamos y jamás se agota.

San Juan de la Cruz, al escribir sus Comentarios del Cántico Espiritual, expresa el temor de que crean que Dios no es sino lo que dice: “Yo escribo, pero cuidado porque Dios no es solamente lo que yo digo y todo lo que se pueda decir”.

La realidad divina está justamente más allá de lo que se puede decir. Ustedes conocen el hermoso libro escrito en el siglo 17 por un místico inglés: “la nube de la ignorancia” en que el maestro conduce a su discípulo a la pregunta que él provoca: “¿Quién es Dios?” y el maestro responde: solo hay una respuesta: “No sé”. Y cuando uno no sabe es cuando sabe.

Cuando dejamos de encerrar a Dios en el mundo de las palabras y de las fórmulas, entonces sabemos. Sabemos que amamos cuando renunciamos a describir al ser amado. Mientras podamos describir, es decir caracterizar, etiquetar, poner en fichas y clasificar en una categoría, estaremos seguros de no conocer todas las riquezas de la persona.

Pero cuando renunciamos a decir y nos callamos, cuando entramos en el silencio del amor, descubrimos de verdad las riquezas, descubrimos el ser, encontramos la persona porque en el silencio nos identificamos con un silencio inagotable.

Escuchando al poeta árabe que dice a su novia que está ante él: “Aléjate de mi presencia porque me impides ver a Leila”, comprendemos que quería decir a la mujer que veía, que la encontraba en lo más íntimo de sí mismo, en el intercambio silencioso en que se comunica Dios del uno al otro y que en ese momento, su presencia material impedía el contacto profundo que había obtenido en las horas privilegiadas en que Dios se comunica.

Eso desean todos los que aman; que no se profane lo que aman, que no lo pongan en fórmulas, en silogismos, que no lo impongan del exterior, que no lo conviertan en tarea o en pensum, en reglamento, en ley u obligación. Sino que todo siga siendo un secreto, una confidencia amorosa.

El P. Condren, místico silencioso del siglo 17, decía: “Es mejor esconderse en Dios para entrar por Jesucristo en todo lo ignorado de Dios”.

Ese es justamente el dato capital, esencial, liberador, el dato cristiano por excelencia, pues el cristianismo es encarnación, es decir, un Sacramento.

A Dios no nos lo pueden dar de afuera, las fórmulas no lo expresan, los ritos no lo comunican sin participación nuestra; todo eso es un velo precioso, magnífico, indispensable, pero un velo sobre ese rostro imposible de alcanzar si no es por una identificación amorosa.

Nada hay más fatigante que los libros religiosos cuando no son fruto de una experiencia viva y ardiente. Y nada es más insoportable que los discursos sobre Dios cuando no son el despertar de una experiencia que estamos llamados a ser.

Y por eso no es posible vivir cristiana y espiritualmente si Dios no es cada mañana, y cada minuto un Dios siempre nuevo.

Hay que explorar sin cesar el horizonte, ir a la fuente, estimular sin cesar la mente en todas las direcciones de la realidad para encontrar el secreto vivo, ese rostro como un rostro nuevo, para no sentir hoy el peso del Dios de ayer, que solo puede ser un ídolo.

Ese es el sentido de todo el esfuerzo que acabamos de hacer en estos días, encontrar ese Dios siempre desconocido y siempre reconocido, entrar en los campos del silencio donde descubrimos lo que no se puede decir para que jamás nos cansemos de buscar a Dios y que él no deje de suscitar en nosotros un entusiasmo que jamás se agote.

Porque Dios es silencio y Amor, porque Dios es el velo que solo el amor puede penetrar, pero también sin violar su secreto.

 

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir