Primera conferencia (inacabada) de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de Ginebra, el domingo 14 de enero de 1962. Inédita.

Como ustedes saben, hay en san Mateo un elogio de Juan el Bautista, y que encontramos además en los demás sinópticos. Es un elogio insuperable en que Jesús celebra al Bautista como el mayor profeta, como Elías que ha de venir, como el más grande entre los nacidos de mujer, y ese elogio que parece llegar a su cumbre en la canonización de Juan Bautista, termina con el contraste sorprendente en que Jesús añade: “Pero el más pequeño en el Reino es más grande que Juan el Bautista.

El Reino es la economía, es decir el régimen que inaugura el mismo y, comparada con el nuevo régimen, con la nueva economía, la antigua es algo tan precario y tan débil que el más pequeño en el Reino es más grande que Juan el Bautista.

No se trata, claro está, de comparar la santidad de Juan Bautista con la del más pequeño entre los discípulos de Cristo, sino de comparar la economía antigua, es decir el Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento. Quiere decir que Jesús es perfectamente consciente de inaugurar algo tan nuevo que, comparada con esta novedad, toda la grandeza misma de Juan el Bautista cuyo elogio acaba de hacer, inclusive esa grandeza no es nada porque Juan Bautista está todavía en la economía antigua que está infinitamente por debajo de lo que él está llamado a realizar.

¿En qué consiste la novedad? Es difícil definirla; sería necesario vivirla y podemos decir en seguida que aún no estamos a la altura del Evangelio.

Cuando escuchamos la presentación del Evangelio, los estudios exegéticos sobre el Antiguo y el Nuevo Testamento, la moral tal como se la enseña generalmente, el catecismo tal como lo enseñan y toda la concepción dicha “cristiana” y la política y la historia o la sociología, nos sorprende cada vez más ver que en el fondo todas esas afirmaciones están en falso en relación con el Evangelio, pues aún no hemos percibido la novedad esencial del Evangelio.

Y ¿en qué consiste la novedad? Jesús mismo la enuncia en unas palabras que hemos tenido a menudo la ocasión de citar, las que dijo a Nicodemo: “Nadie puede entrar en el Reino de Dios si no nace de nuevo.” Se trata pues de un nuevo nacimiento, es decir de un tipo nuevo de humanidad, y san Pablo retomará la afirmación de Jesús hablando de la nueva creación, de una nueva criatura, del hombre nuevo que debemos ser.

Ese hombre nuevo no existe todavía y justamente, toda la dificultad de entrar en la perspectiva cristiana está en que no somos hombres todavía. Todavía no somos adultos ni hombres. Entonces, todo el lenguaje que percibimos, todas las palabras que nos llegan, las traducimos inmediatamente a nuestra psicología infantil, las escuchamos a nuestro nivel, o mejor, al nivel de nuestro pasado y deformamos todo, sin quererlo, claro está, y cuando digo « nosotros » quiero decir todos, incluso los teólogos, los filósofos, los predicadores que presentan el pensamiento cristiano ordinario en las iglesias, los que enseñan catecismo, que simplemente diluyen la materia reduciéndola cada vez más a un nivel infantil, de modo que siempre hay algo casi desesperado en la evangelización de sí mismo o de los demás, porque siempre deberíamos haber terminado, y sería necesario haber encontrado para poder descubrir. Es la eterna interrogación de Pascal, o mejor la que Jesús dirige a Pascal: “No me buscarías si no me hubieras ya encontrado.

Ustedes recuerdan que el P. Festugière, en el artículo que ya tuve ocasión de citarles, unía la religión simplemente a la desorientación del hombre, a su terror ante las fuerzas desconocidas de que depende y a cuya amenaza quisiera escapar. En el fondo, toda la religión es un esfuerzo por domesticar las fuerzas desconocidas de que depende la vida y que pueden aplastarnos a cada momento, que constituyen en todo caso una amenaza permanente para nosotros y que tratamos de desarmar, de ponerlas a nuestro favor rindiéndoles culto.

Es evidente que fundar la religión en el temor de poderes desconocidos es degradarla y hacerla de inmediato inaceptable, y se entiende que si eso es la religión, nos propondríamos con toda el alma destruirla porque representa algo inferior, hace parte del cortejo de las enfermedades psiquiátricas, es finalmente una de ellas y quizá la fuente de todas las demás, en la medida en que el miedo puede ser elemento de descomposición – y Dios sabe que lo es.

Entonces, unir la religión al miedo, de cerca o de lejos, alimentar los terrores para establecernos en Dios es a la vez negar a Dios y negar al hombre y sabemos que esa tentación existe en todos los que presentan la religión como está en nosotros: una catástrofe es casi siempre interpretada en el sentido de una advertencia de la Providencia que nos llama al orden y nos pide ponernos en regla con sus exigencias.

Del mismo modo interpretamos los accidentes, la muerte que golpea en un ambiente que parece menos preparado para afrontar la eternidad, y la noción misma de eternidad, presentada de ese modo, es otra manera de evocar nuestro miedo y de movilizar sentimientos inferiores y degradantes.

Y en síntesis, eso es todo lo que podemos hacer cuando no estamos centrados en la novedad del Evangelio. La novedad evangélica consiste evidentemente en haber introducido en la humanidad un régimen nupcial, un régimen místico. La religión de Jesús es esencialmente una religión mística, es decir, una religión de diálogo, una religión de reciprocidad, una religión en que Dios jamás se impone sino que siempre se propone, una religión que es historia de dos en que debemos hacernos colaboradores de Dios, en que Dios no puede obrar sin nosotros, ni nosotros podemos hacer nada sin él.

No hay pues amenazas en ningún punto, ni miedos en ningún nivel, ni límites para nuestra vida en ningún nivel. Al contrario. Se trata solo de otro mundo y mientras no nos pongamos en un nivel de reciprocidad, todo es falso, todo está radicalmente falseado, ya sea el dogma o la moral, ya sea la liturgia o la oración, la dirección espiritual o la sociología o la manera de concebir la verdad.

Todo está radicalmente falseado si no nos situamos en el plano nupcial, en el plano místico, en el plano de reciprocidad, en el plano de la persona. Y la situación no tiene remedio. No es falta de erudición: hay gente con erudición prodigiosa que nos pueden enseñar muchas cosas y que por tanto son extremamente preciosos, pero que, con toda su sabiduría y todos sus conocimientos eruditos no han entrado todavía en la esencia misma del cristianismo, porque no han visto que todo está cambiado en el plano de la persona, como al pasar del régimen de la esclava al régimen de la esposa.

Es una comparación que hemos utilizado a menudo y que sigue válida porque en su sencillez enuncia exactamente el paso que se debe dar: pasar del régimen de la esclava que cambia su trabajo por un salario, al régimen de la esposa que se compromete en la persona y no hace nada sin darse ella misma.

Pero ¿cómo pasar al régimen de esposa, cómo considerar una transformación tan radical? Porque ese es el problema y, una vez más, habría que haberlo hecho para poder explicarlo y comunicar su luz a los demás.

Si quieren, podemos comenzar con una comparación muy santa que puede servirnos de parábola: se cuenta que un franciscano, que tenía ciertamente el espíritu de san Francisco y cuyo ejemplo no les es desconocido, que acostumbraba tocar a la puerta de su celda antes de entrar en ella. Sabía perfectamente que no había nadie adentro ya que era su único ocupante, pero tocaba antes de entrar porque era consciente de que estaba… en la casa de Dios: no entraba en su cuarto, sino en casa de Dios… y para formar la conciencia de la habitación divina, para inculcar a su alma la fuerza, la luz y la dulzura, no quería entrar en su habitación sin antes tocar a la puerta, para evocar la Presencia que había encontrado y bajo cuya mirada deseaba vivir.

Me parece que esta imagen traduce muy bien lo que estamos tratando: debemos tocar a la puerta porque siempre estamos en casa de Dios. Ya se trate de nosotros o de los demás, de nuestra vida interior o de la acción externa, nos movemos constantemente en esa Presencia que es, como decía san Agustín, “la vida de nuestra vida”, y en la medida en que correspondamos a esa reciprocidad, o al menos a la invitación nupcial, nos colocamos en el plano del Evangelio.

Una vez más, es difícil darse cuenta de ello al primer golpe porque, siendo el Evangelio una historia inscrita en una historia, Cristo no podía presentar en seguida a sus auditores el aspecto esencialmente interior que no habrían entendido nada, ya que sus mismos apóstoles quedaron hasta el final fuera del proyecto.

Por ejemplo, en el proceso de Jesús vemos aparecer claramente el cambio de plan en la narración de san Juan. Cuando san Juan nos cuenta el proceso de Jesús, subraya, como ya hemos observado, o mejor pone en labios de Jesús estas palabras extraordinarias, que seguramente no son inventadas: “Yo nací y vine al mundo para dar testimonio de la verdad y el que es partidario de la verdad escucha mi voz”. Como ya lo vimos, se trata de comparar este relato, el relato del proceso de Jesús en san Juan con los sinópticos, Marcos, Lucas y Mateo, para darse cuenta de la universalización del debate.

Ya no es un mesías judío acusado de usurpar un título de rey, sino el mundo entero, toda conciencia humana que es cuestionada por esa declaración: « Yo vine al mundo para dar testimonio de la verdad », y claro está, el reino de la verdad no es un reino que puede imponerse dese afuera sino un reino nupcial, un reino en el que entramos solo por el consentimiento de todo nuestro ser, dándole a la luz divina la trasparencia de la mente y el corazón.

Pero de todos modos, la lectura del Evangelio, a menos de hacerla con la comprensión de un gran místico, no basta para iniciarnos en el aspecto esencialmente interior, fundado en la reciprocidad del amor que es, en efecto, todo el Evangelio.

Hay que referirse aquí a la experiencia de los místicos cristianos, pues son ellos los únicos que hayan hecho una lectura fructuosa del Evangelio y que pueden darnos la resonancia auténtica de las palabras de Jesús. Por otra parte, solo hay una que es él mismo, él mismo puesto que el Evangelio no es un libro sino una Persona, el Evangelio es Jesús mismo.

Y volviendo al ejemplo del franciscano que entra en su celda tocando primero a la puerta, y esa parábola se desarrolla por sí sola en una distancia de luz entre nosotros y nosotros mismos, para utilizar una expresión conocida, entre nosotros y los demás, entre nosotros y las cosas, entre nosotros y el mundo, una distancia de luz en que Dios puede difundir su vida. Si no establecemos esa distancia entre nosotros y nosotros mismos, entre nosotros y los demás, entre nosotros y el mundo, Dios no encuentra lugar en nosotros. Está necesariamente estrecho, se vuelve un Dios reducido, un Dios arrugado, es decir, de inmediato un ídolo.

Es muy evidente que si la consideramos, por ejemplo, como un espacio de luz en que Dios puede manifestarse, la castidad será inmediatamente algo enteramente nuevo ya que dará una dimensión infinita a la vida que podemos crear.

Todos los problemas conyugales que le presentan a un confesor, son falsos en su mayoría. Los esposos buscan un término medio entre el instinto y la virtud, buscan cómo ser siempre necesarios el uno al otro. Suponen que el deseo carnal es uno de los vehículos esenciales del amor pues mantiene cierta zona de misterio sin la cual el amor no dura. Se preguntan en qué medida podrán estar de acuerdo con una moral que les presentan de manera rígida, cómo salir del paso cuando Ogino no se adapta a su situación, y así sucesivamente… Se acusan de haber gozado sexualmente sin haber tenido un acto conyugal. Están totalmente en falso, porque ese no es el problema.

El problema es darle al cuerpo una dimensión infinita y un valor eterno: ese es el único problema. ¡Es bien evidente que si Dios no puede vivir en mi cuerpo, no puede vivir en mí! Cómo podría Dios irradiar, comunicar su luz al ser humano, si lo que llamamos, tontamente además, el cuerpo humano, como si no fuéramos totalmente cuerpos y totalmente espíritu, como si el uno no viviera en el otro, ¡como si se pudiera distinguir uno de otro y separarlos!

Es bien evidente que si Dios no puede vivir en mi cuerpo no puede vivir en mí, o la vida de Dios se convertirá en un nuevo elemento de división en mí. Tendré que dejar mi cuerpo fuera de mi oración. Jamás podré ir a Dios sin mutilarme y sin partirme en dos. Hay justamente una revelación del cuerpo que viene precisamente del régimen nupcial introducido por Jesús en nuestra historia. Si el Verbo se hizo carne, fue para que la carne se hiciera Verbo. Entonces todo el problema está en saber si mi cuerpo puede hacerse infinito, si hay una dignidad interior, si es una persona, si es alguien y no algo, si ante él puedo tener la misma actitud que el franciscano ante su celda, si tengo que tocar a la puerta, si tengo que establecer entre el cuerpo y yo mismo la distancia de luz, la distancia de respeto que me revele su dignidad y su valor infinitos y que me permita precisamente vivirlo en estado de apertura, de libertad, de gozo, de juventud y oración.

Es un problema esencialmente diferente de la casuística de bajo nivel en que acostumbramos inmergir el problema conyugal. Es otra cosa. Tenemos que hacernos dioses, y eso, en el cuerpo tanto como en la mente, pues los dos son inseparables, ya que el espíritu no es un humito blanco sumergido en una masa de grasa sino el carácter del ser humano de ser todo una capacidad de superación. Eso es lo que constituye nuestra espiritualidad. La diferencia entre nosotros y los animales es que en todo nuestro ser, en todas las fibras de nuestro ser nos está invitando a realizarnos a escala infinita una capacidad de superación.

Entonces no puedo vivir en mi cuerpo si no estoy a distancia de él. Es decir, si no tengo hacia él esa distancia de respeto, de admiración y de amor que me permite transformarlo en ofrenda. Cuando se ha hecho ofrenda se realiza en toda su grandeza y en toda su libertad y en toda su juventud y en toda su belleza, y dicho en una sola palabra, en su auténtica humanidad.

Entonces no se trata en absoluto de prohibiciones y entredichos. Es un problema de grandeza, de magnificencia, es un problema de gracia y de belleza, un problema de divinización. No puedo ser yo mismo, pues mi verdadero yo es Otro, pues no se trata del yo biológico, del yo animal sino del nuevo yo que hace de todo mi ser una ofrenda de amor en respuesta a la generosidad infinita de Dios, y ahí tienen precisamente el nudo de la cuestión.

Si el problema conyugal se plantea siempre en falso, si nos hundimos en esa horrible casuística, si chocamos con esa literatura mala y malsana de una supuesta moral, es que no hemos entendido el problema de la castidad, la cual, como todos los problemas solo tiene sentido al nivel de un nuevo yo. Solo existe un problema y es precisamente el de cambiar de yo.

Mientras no hayamos cambiado de yo, no siendo humanos, no hay problema: estamos al nivel de la biología, por debajo del nivel de todos los problemas; y la biología es feroz, es el animal devorante, es celosa y está necesariamente dispueta a devorar las especies, carnicería entre especies, entre machos y hembras. Estamos pegados al animal, engordándolo y honrándolo, y que nos está asfixiando, impidiéndonos de alcanzar la realidad auténtica del Dios vivo. Mientras no nos hayamos revestido del yo divino, no existimos como hombres, estamos radicalmente deformados, estamos seguros de rompernos la cabeza contra un muro sin poder alcanzar la verdad mientras no estemos al nivel auténtico del hombre.

Se trata del nuevo nacimiento, rectificación a la base del ser y la santidad se define como una pantalla de luz para sí mismo, estado de oblación y de ofrenda… no debo estar limitado por mí mismo, necesito cierta libertad dentro de mí, cortar las amarras para poderme tomar todo entero en un impulso de adhesión a él y para el Otro. Es la liberación radical, savia de todas las virtudes.

Con muchísima buena voluntad, a veces heroica, con sinceridad indiscutible, terminamos en catástrofes, contra la vida, contra la grandeza y la libertad, porque los problemas han sido planteados a un nivel sin sentido. Sentimos todos los días en la vida el antagonismo sistemático que ponemos entre la vida y Dios. Parece que todo lo precioso de la vida fuera sospechoso para Dios, que todo lo que encontramos bueno, deseable, feliz y entusiasmante fuera peligroso. Para que Dios esté satisfecho, deberíamos renunciar a todo y cuando ya no tenemos nada, cuando no somos ya nada, cuando Dios ya no puede quitarle nada al hombre, entonces los mejores cristianos le dan a la vida la imagen de un antagonismo entre Dios y ellos mismos.

Si entendemos a Dios como límite, como si fuera exterior a nosotros, perdemos contacto con él. Pero en la medida en que estamos en la luz de su Presencia, constatamos que existimos, solo alcanzamos el verdadero ser en la reciprocidad en que todo es ilimitado. Entonces todos los problemas cambian radicalmente de naturaleza “Ser o no ser”. Sólo podemos llegar a esta forma de existencia en el diálogo con Dios. “Ser o no ser”… los problemas empeoran porque todavía no existimos. Nadie tiene la culpa y la primera víctima es Dios pues los límites que le atribuimos lo desfiguran.

El reino del hombre y el reino de Dios son uno solo. Está en el nivel de ese amor nupcial de la existencia. Mientras uno toquemos a la puerta, mientras mi cuerpo no sea ofrenda sigue siendo cuerpo animal dominado por el universo, es sin salida. Dios es una amenaza, está emboscado en el camino, es enemigo de la vida, es otra cosa.

El amor humano es una exigencia de respeto y grandeza. Cuando uno ama se convierte en el otro, busca hacerse ilimitado para que pueda respirar libremente.

No aferrarse a sí mismo, dejar de desear a los demás como un derecho y ser libre a la altura del amor y la generosidad. Eso es amar: ofrecer al otro el espacio en que encuentre su grandeza y su plenitud, crear en él una exigencia de grandeza sin la cual el amor termina en desesperación.

Toda la fantasmagoría sexual está por encima de lo humano, pertenece a la biología, con todo lo que la razón perturbada puede hacer intervenir. No se trata de culpabilidad sino de un mundo embrionario que aun no ha logrado su dimensión de plenitud interior, se trata de otra medida, en otra escala: es el mundo evangélico.

Seguimos fuera del Evangelio, pretendiendo estar en él. El ecumenismo también está en falso. Desde luego que las semillas de buena voluntad no pueden ser en vano, pero hay que entrar en el orden de las personas para que los problemas se esfumen, hay que ser verdad en el plano de la persona.

La verdad de los técnicos es preciosa pues ordena lo material, es una ciencia de construcción, se pone la vida en ciertos centros de energía del universo que permiten someterlo a fines humanos, eso es irreprochable, pero no hay que ponerlo como verdad total.

Construir el mundo no es conocerlo, sobre todo que los medios de que disponemos cambian en cada generación, las articulaciones energéticas se perfeccionan cada día, pero podemos ser animales y manejar las técnicas con ciencia soberana, la ciencia no excluye la técnica, pero la rebasa.

Cuando el sabio se maravilla es que la verdad no es una receta para explotar el universo, es que la verdad se ha hecho Alguien, una Presencia, una fuente de diálogo en que el sabio se trasforma y se purifica; la luz que emana de una persona es una transparencia de amor que brilla en el medio ambiente. En el diálogo del hombre, del sabio con la verdad, del artista con el universo, la verdad aparece como un testimonio incorruptible tan inocente que no puede ser falsificada, verdad que se revela y se coloca en su plano de valor que es el brillo de la bondad divina.

Dios no se aferra a sí mismo y por eso la luz brilla, el espacio de libertad encuentra su lugar: la verdad es la inscripción de toda realidad en la luz del amor divino. Ante una incomprensión, una obstrucción, hay que eclipsarse, convertirse en zona de silencio para respetar la vida del otro; la verdad no está nunca donde se habla y se grita: solo podemos escucharla en el momento en que nos purificamos.

Nos enseñaron esto: « Dios hizo »… “Dios dijo…” para estar de acuerdo, hay que pensar: “Hay el juicio…” Todo eso, sin contacto con la vida interior, mundo impersonal del que se puede hablar sin ningún compromiso, extranjero al Evangelio, pues la verdadera luz es una Persona.

La verdad es la luz, la vibración, la música de la intimidad que hace saltar las cerraduras de todas las prisiones y nos introduce en la inocencia incorruptible en que ya no hay apego a sí mismo ya que uno está con Dios.

Es una Presencia de rodillas, en un espacio cuya diferencia es que no la tiene. La Iglesia solo puede ser una Persona, cuando deja de ser Persona ya no le interesa a nadie.

Igualmente en lo político : si los pueblos son lo que son, si viven en el antagonismo mortal, los recursos están destinados a las armas; estamos en el nivel de la biología y la paz no puede salir de la biología, no puede ser sino compromiso que oponemos a una explosión aterradora; una paz realmente humana no es concebible al nivel de la biología.

La cuestión social tampoco tiene solución al nivel de la biología. Es imposible que un patrón que se enriquece, teniendo en cuenta su fábrica, su situación, se ponga al nivel de los empleados. Tendría que considerarlos como personas, ver entre ellos solo una diferencia de funciones con la misma dignidad, el mismo valor que concurre a la dignidad del hombre… y entonces, nadie podría ser rico. Ya no se preguntaría cómo organizar una economía si la persona fuera considerada en la visión del bien común superior que interesa a todo el universo… ahí donde el hombre encuentra el espacio de libertad.

El problema no tiene sentido sino en el nuevo nacimiento, ofrecido a todo el mundo, riqueza de todo ser inteligente pues todos están llamados a esta nueva forma de existencia que es una existencia de don.

Podemos impedir la masacre mediante un compromiso, en la medida en que todo el mundo tiene interés en evitar la catástrofe, pero la verdadera solución no es esa. El mundo contemplativo no es posesivo. La propiedad está orientada a la ofrenda; para permitir al hombre hacerse humano es necesario el espacio de generosidad.

Lo que constituye al ser humano no es su carácter de inteligente, dotado de razón, tener poder sobre el universo y poder servirse de ese poder. El espíritu comienza donde comienza el don de sí mismo….

¡Es necesario pasar de lo dado al Don!

Si nada es imposible o desconocido, si conocen el pasado y el futuro, eso no les sirve de nada si no hacen de ese equipaje un don. El don nos hace pasar de afuera a dentro. Aunque fuéramos serafines, si nos falta la caridad, no somos nada…

Toda la existencia es un acto de violencia que sufrimos, nos obligan a existir, estamos ahí sin haberlo escogido; nuestra manera de ser equivale a tratarnos como objetos, por el mero hecho de existir y todo lo que podamos imaginar a partir de ahí, las huelgas de hambre por ejemplo, no nos dirá cómo salir de la vdia si la grandeza está bajo obligación. Y la única manera que tenemos de ser espíritu está en retomarse y hacer de todo nuestro ser una ofrenda, entonces nos hacemos existencia escogida en la medida en que somos ofrenda libre… es el paso de lo Dado al Don.

El equipaje más perfecto puede desquiciar el universo; en la medida en que sea impuesta, la evolución es un escándalo y el verdadero progreso comienza en la libertad, y solo el amor puede hacer libre la existencia.

No hay diferencia entre un genio y una mujer que no sabe leer, la distinción se hace entre la vida impuesta y la existencia libre. Todos los problemas se trasforman cuando se plantean en la perspectiva de la persona, de lo Dado y el Don. Chocamos con obstáculos que nos irritan, el rencor o los resentimientos, mientras no hemos hecho de nuestra existencia una ofrenda de don.

Repitamos: hay una distancia de luz entre nosotros y los demás, entre nosotros y el universo y en ese espacio de luz se puede acoger a Dios; si ese espacio, Dios se vuelve un ídolo y nuestra vida, una derrota, un cautiverio.

El Evangelio es luz de amor que revela el rostro de Cristo y su poder sobre todo el universo, introduciendo toda realidad en un circuito de amor.

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir