Mauricio Zúndel en El Cairo, en 1959. Notas no revisadas por el P. Zúndel. (Inédito)

Si analizamos, si observamos las conversaciones humanas, casi siempre tenemos una impresión de vacío. Tenemos tan poco qué decir, somos tan poco capaces de comunicar lo esencial que uno se pregunta lo que puede decir con palabras con las que repetimos banalidades, intercambiamos prejuicios, y en las que todos ponemos los límites de la biología individual o colectiva. Y entonces nos damos cuenta de que si es posible comunicar con los demás y amarlos, es en la medida en que adivinamos, en que percibimos en ellos los infinitos posibles que constituye la capacidad esencial del hombre. Aceptando este posible podemos creer en el hombre, adivinar en la margen ilimitada el lugar que espera a Dios.

Los santos se apoyan siempre en esos posibles y justamente santa Catalina de Siena a quien celebramos hoy, escribe en una página admirable, de estilo incomparable, cómo asistió al joven Nicolás Toldo, condenado a la decapitación,.

Furioso por esa condena, se había vuelto contra Dios y Catalina comenzó a hablarle de Jesús que vivía dentro de él, y el joven terminó por aceptar su muerte. Ella lo preparó para presentarse al hacha del verdugo y él murió con la alegría del encuentro que iba a tener con Jesús y María.

Había pues en él cosas posibles que desconocía y bastó la santidad de la joven, muerta a los 30 años, para que él se elevara a la cumbre del heroísmo y la libertad.

El hombre tiene pues posibilidades y el mayor obstáculo a la vida divina es justamente que no respetamos la vida. Nos la apropiamos más y más, y no queda espacio ni respiración y por eso Dios permanece exiliado. Él está ahí, habita en el centro de nuestros corazones, pero nosotros no lo vemos porque estamos encerrados en nuestros límites, somos inaccesibles al infinito que él desea comunicarnos.

A veces la vida necesita circunstancias trágicas para revelar al hombre las posibilidades que tiene. A menudo, en los campos de concentración se establece el contacto con Dios y ha habido hombres y mujeres que han hablado de ese contacto con Dios, del encuentro con la faz del eterno Amor. Wilde escribió en su prisión que la mayor bendición de su vida fue el día en que la sociedad lo mandó a la cárcel, porque ahí encontró, dentro de sí mismo, el infinito que no podía ver a causa del ruido que hacía consigo mismo.

Hay en el hombre esa espera personal de Dios. La vida cotidiana podría ya revelarlo. Si prestáramos atención a todos los matices, a todas las delicadezas, a todas las hermosuras, podríamos hacer circular la Presencia de Dios.

Vamos a verlo en la vida de la Virgen María, pero habrá que hablar primero de su origen maravilloso. La vida comienza, se renueva en la Inmaculada Concep­ción en que justamente la vida está sin las raíces de sus límites biológicos, pues en su Inmaculada Concepción, María ya no pertenece a su raza sino que procede de Dios. Está abierta y disponible. Es pobre, con la pobreza que es la primera bienaventuranza.

Imposible encontrarse con la Santísima Virgen, y precisamente comenzar a conocerla, sin asombrarse ante las posibilidades realizadas, convertidas en maravillosa realidad. La segunda Eva es pues la promesa de una nueva humani­dad, es pues un nuevo comienzo de la Creación, la revelación de una gran obra dentro de cada uno, de la infinita grandeza que Jesús designa como resplandor de Dios. Y es posible en ella porque en ella hay esa desposesión de sí misma. Ella sabrá asegurar una maternidad universal que abraza todo ser humano.

¿Qué será el futuro? Ella lo ignora, pero está lista para el llamado de Dios, y en ella se realizarán todas las promesas, todas las posibilidades que la destinaban a esa incomparable misión y, si estamos reunidos aquí esta noche, es justamente para meditar sobre su origen, para encontrar ese resplandor, para encontrar en lo más profundo de nuestro ser la vida que recibimos en Dios.

Después de todo, los santos eran todos hombres como nosotros, heredaron todas las tendencias que hay en nosotros. Pero justamente, el primer origen está en María y nosotros buscamos en la Inmaculada Concepción la invitación a comenzar de nuevo, a renovarnos y al nuevo nacimiento en el origen eterno.

Su vida comienza pues en el despojamiento absoluto, en la pobreza sin límites, en el don sin reservas. Ella se despojó con tal gracia, con tal facilidad, con tal poder de acción, pues ¿qué es el milagro de Caná sino la revelación de su poder de acción? ¿Por qué se conmueve su corazón de madre ante la emoción de los esposos cuyas provisiones se ven superadas por el número de invitados? Es que María comprende, conoce todos los posibles de la vida humana y el entorno necesario para que surjan. Sabe que si comienzan la vida con un fracaso, los esposos tendrán vergüenza toda la vida y eso tendrá influencia sobre todo el resto de su existencia. Ella quiere que haya sobreabundancia de vino y que los esposos guarden toda la vida el contacto con que los honran Jesús y María.

Justamente, un alma que ha realizado todas esas posibilidades, un alma con esa capacidad de infinito, un alma en que se ha realizado profundamente esa capacidad de infinito, puede percibir detrás de las conversaciones ordinarias, puede adivinar la grandeza que la gracia es capaz de provocar. Tal alma hace todo lo necesario para hacer brillar el infinito. Y los esposos de Caná conservarán de por vida el recuerdo del rostro maternal que le dio a toda su fiesta toda la alegría y todo su esplendor.

Es necesario vivir en contacto con la fuente, volver continuamente al origen. Es necesario hacer silencio dentro de nosotros, encontrar en medio del desierto el agua viva que brota en vida eterna. Eso es sin duda lo que el Señor llamaba “lo único necesario”. Todos estamos llamados a la santidad, a realizar en nosotros el resplandor de Dios, todos estamos llamados a ser para los demás el rostro de Jesús, a vivir una vida infinita en que cada acto tiene consecuencias eternas, cada acto tiene los mismos posibles que se harán realidad en la medida en que utilicemos todas nuestras energías tomando contacto con Dios en lo más profundo de nuestro ser. No hay otro secreto infalible sino el recogimiento en que se percibe la Presencia que se adivina en seguida cuando cesamos de hacer ruido con nosotros mismos. La vida aparece entonces verdaderamente con su faz de infinito y podemos descubrir el verdadero rostro de los demás y suscitamos la alegría y la hermosura.

En realidad, nada es más sencillo de concebir, nada más sencillo de vivir, pero para vivirlo de verdad, ¡cuántas complicaciones hay que vencer! Naturalmente, si buscamos lo único necesario, es imposible que no brote algo realmente nuevo en nosotros, es imposible que no tengamos poco a poco una nueva dimensión y que no seamos, poco a poco, más disponibles para la Revelación, para la invitación divina. Esto es lo más esencial del misterio marial. Lo que constituye la grandeza única de María es precisamente que ella es la mujer pobre, que no tiene nada, que no posee nada, que concibe para dar, que realiza a Jesús para darnos seguridad de su ternura.

Meditando en su silencio aprenderemos que se espera de nosotros el brillo de Dios, y en el encuentro con los demás aprenderemos a vivirlo. Finalmente, es imposible expresar a Dios. Es imposible expresarlo en una vida de familia. Pero el alma tiene cierta capacidad para decir las cosas esenciales, y las puede decir en el respeto, en la atención, en la dedicación y en la bondad, y por eso esta noche, mirando a la Virgen María, vemos precisamente en el surgimiento de la segunda Eva, la promesa de un universo nuevo en que ya no habrá límites, fronteras o separación, y en que, siendo un secreto único, cada uno comunicará con todos.

Para descubrir el infinito es necesario en primer lugar prestar atención a los detalles humildes que constituyen la felicidad de los que nos rodean. Es un camino que puede llevar a la más elevada santidad, al despojamiento cotidiano de todas las horas y de todos los instantes. Para la inmensa mayoría de los hombres, este despojamiento es la vía ordinaria, la única que pueda llevarlos de verdad a la santidad y la autenticidad del ser y del amor.

Recojámonos ahora exponiéndonos al resplandor de su luz, pidiéndole que nos lleve a lo único necesario y que nos enseñe la grandeza infinita de las cosas pequeñas para que seamos, para los demás, un espacio de libertad, de luz y de alegría.

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir