Conferencia publicada en Foi Vivante, revista de los Carmelitas. Bruselas, abril – junio de 1960, año I, n° 3. Cf. Le silence de Dieu (El silencio de Dios) (*)

A partir de 1934, Le Poème de la Sainte Liturgie, (El poema de la santa liturgia), traducido en cinco lenguas y ampliamente difundido, ha hecho conocer a Zúndel como uno de los precursores de la renovación de la liturgia. Pero Zúndel no quiere que participemos en la liturgia como en un espectáculo, sin comprometernos, pues los signos sacramentales implican tomar a cargo toda la humanidad. Eso quería él poner en relieve, como en la conferencia siguiente, pronunciada en 1960 en el convento de los carmelitas de Bruselas.

 

Ya Aristóteles afirmaba que todo conocimiento comienza por la admiración, pues el fulgor de la admiración cuyo eco debilitado permanece en el verbo “preguntarse” que en francés se dice “s'étonner”, verbo que significaba originalmente “ser fulminado por un rayo”. Einstein nos recuerda con fuerza: “El que ha perdido la capacidad de admirar y de sentir respeto es como si estuviera muerto”. Los libros de Gastón Bachelard sobre la poética del espacio y la poética del ensueño nos procuran el más hermoso comentario de esta frase del gran físico que ilustran con gran fervor las tres últimas páginas de Jean Rostand en el ensayo intitulado: ¿Se puede modificar el hombre?

Estos testimonios nos hacen sentir el compromiso personal que alimenta el diálogo del sabio con la verdad, que circula como una luz en los fenómenos que trata de comprender para ponerlos en un orden inteligible. En efecto, considerarlos como responsables y por tanto sometidos a cierta lógica cuya fórmula se quiere lograr es ya abrirse a un pensamiento que tratamos de seguir, a una presencia que solicita nuestra mente. El mundo no se reduce a una mecánica ciega y absurda. Puede tener sus raíces en lo más íntimo de nosotros mismos, en el encanto de un encuentro o en la admiración que nos mantiene suspendidos en la adhesión silenciosa donde nacen los grandes descubrimientos de la ciencia y las obras maestras del arte. Esos momentos que constituyen para el sabio y el artista las cumbres de su vida personal subrayan discretamente la fuente viva que se manifiesta en la ofrenda luminosa que hace de sí mismo al llamado que lo colma. Ahí está alguien que no es necesario nombrar pero a quien debe el gozo del conocimiento su inagotable novedad y que el gran poeta Coventry Patmore nos permite adivinar en estas palabras deslumbrantes: “Todo conocimiento digno de ese nombre es conocimiento nupcial.

Como vemos, de esas experiencias que rebasan el horizonte útil de la técnica; al descubrir el universo como objeto de contemplación, surge espontáneamente un lenguaje con resonancias místicas.

No se concebiría que el encuentro del hombre con el hombre fuera menos fecundo en admiración que la confrontación del genio con el mundo físico. Y de hecho el amor ofrece a todos los humanos la posibilidad de superarse por el don de sí mismo a otro, en todas las relaciones que tejen los lazos del individuo con la sociedad familiar, profesional, política o religiosa.

Más espontáneo y difundido, el amor conyugal constituye un ejemplo privilegiado de intercambio que puede llegar hasta las raíces del ser, cuando cada uno de los cónyuges reconoce en el otro un valor lo bastante grande como para dedicársele sin reserva y sin retorno. Es evidente que semejante crédito no puede mantenerse sino al precio de un respeto inflexible que aviva constante­mente la exigencia de una superación en virtud de la cual el valor jamás se agotará, ofreciendo sin cesar al amor una nueva razón de admiración y de perseverancia en el apego. En efecto, cuando uno de los cónyuges cesa de crecer a los ojos del otro, sus límites dolorosamente sensibles, ya no parecen merecer una entrega incondicional. Pierde el rostro único que llevaba el reflejo del infinito. Se lo compara con otros y ya no hay motivo de preferirlo.

Para que el amor conyugal mantenga sus promesas, el don recíproco debe situarse en el mismo nivel y tomar cada vez más altura para que el ser amado siga siendo un misterio que uno no se cansa de descubrir. “Tan gentil es mi Dama cuando saluda a alguien, decía Dante de Beatriz, que toda lengua enmudece temblando y los ojos no se atreven a mirar.” Un tal homenaje supone la perfecta transparencia de las almas que se reconocen en el espacio ilimitado que se ofrecen mutualmente, intercambiando su unicidad en una luz que desafía toda comparación. Se comprende fácilmente que la condición de ese conocimiento sea un compromiso total en que dos seres se confían su secreto, sin profanarlo, bajo el velo del respeto en que se respira la divina presencia que constituye la plenitud inefable.

Vivir a Dios para conocerlo.

No es imaginable que el conocimiento de Dios exija menos precauciones y que se pueda alcanzarlo auténticamente o difundirlo eficazmente sin hacer en sí mismo el vacío sagrado que lo acoja sin limitarlo. Una noción abstracta de Dios que haría de él una simple parte del sistema del mundo no llevaría a ninguna parte. Intimidad pura, solo puede revelarse en espíritu y verdad haciéndose vida de nuestra intimidad, como lo sugirió tan admirablemente san Agustín.

Tarde te amé, hermosura siempre antigua y siempre nueva. Tarde te amé. Y sin embargo, tú estabas dentro de mí, pero yo estaba afuera buscándote sin belleza, corriendo hacia esas bellezas que sin ti no existirían.

No se puede decir mejor que es necesario romper todas las esclavitudes que nos alienan de nosotros mismos, en la adhesión silenciosa que nos entrega a él, para captarlo en la luz en que su Presencia se afirma por su propia claridad. San Gregorio nos lo hace sentir maravillosamente en la frasecita insertada en su comentario sobre el encuentro de Jesús con los discípulos de Emaús: “Se manifestó corporalmente a ellos tal como estaba dentro de ellos, a la mirada de su espíritu.” Sus dudas los enceguecían y tomaron por un extraño a aquél de quien y con quien estaban conversando. Sus ojos se abrirían solo mediante la caridad hacia ese compañero desconocido, identificándolos con el Señor reconocido de repente en la fracción del pan. Ese episodio, la más pura joya de San Lucas, nos confirma en la certeza de que es necesario vivir a Dios para conocerlo, pero también nos enseña que, en su estado glorioso después de la Resurrección, la humanidad de Jesús permanece inaccesible a quien no se acerque con un corazón purificado de sus codicias y tinieblas. Y ahí precisamente podemos descubrir más fácilmente el sentido del organismo sacramental en que Cristo, que sigue viviendo entre nosotros “en forma de Iglesia”, oculta su Presencia al mismo tiempo que la comunica.

Para encaminarnos en seguida hacia una comprensión fructuosa, basta evocar el fracaso con que termina la muy corta carrera de Jesús. Fuera de su Madre, nadie lo comprendió plenamente y él no pudo contar realmente con nadie. El Sumo sacerdote y todas las autoridades religiosas lo persiguen y lo odian o no se atreven a defenderlo abiertamente. El pueblo lo abandona y le prefiere un bandido. Pilatos y Herodes lo toman por un iluminado. Los Apóstoles se querellan por el primer puesto en la última Cena, Judas lo vende por 30 monedas, Pedro lo niega, el discípulo amado duerme en el huerto de la agonía. Todos, salvo algunos destellos sin consecuencia, se equivocaron sobre la calidad de su misión.

Cómo dudar de ello cuando no vacila para decir a sus amigos: “Os conviene que yo me vaya pues si no me voy, el Paráclito (el Espíritu de Verdad) no vendrá sobre vosotros.” Ciertamente, el obstáculo no viene de él sino de su imposibili­dad de ponerse a su nivel. Ellos quieren garantías palpables con miras a un resultado en que sus ambiciones puedan realizarse. Ellos lo ven a través de sus sueños, que esperan ver realizarse por su medio, poniendo ante todo a nombre del reino de los cielos la restauración temporal de la dinastía davídica, la cual será el tema de su primera pregunta el día de la Ascensión. Son incapaces de percibir en su humanidad la transparencia del sacramento que es ella para el Verbo de Dios en quien subsiste. Estando en cierto modo delante de ellos, no perciben la condición interior que le confiere la personalidad divina, la cual es su eje de gravitación. Ellos la ven fuera de ellos, cuando solo puede ejercer su acción propia dentro de ellos. Pero, para tomar las palabras de san Agustín, ellos están afuera y le impiden revelarse y obrar dentro, como la sonrisa de una ternura que no puede tocar un corazón cerrado.

Liturgia y realismo.

Jesús tendrá pues que alejar el obstáculo que constituye para ellos su presencia visible y que, sin dejar de estar con ellos como plena luz de la revelación con que su humanidad transparente fija para siempre la luz de nuestra historia, pero la oculta bajo los signos sacramentales que deben perpetuar su resplandor, exigiéndonos y suscitando en nosotros la adhesión interior, sin la cual quedarían sin ningún significado.

Pero para que la adhesión no se reduzca a una fórmula y a una fracción, los signos sacramentales implicarán tomar a cargo la comunidad, ya que el precepto de amar a Dios tiene como garantía y criterio el precepto de amar al prójimo. Eso es evidente en el sacramento por excelencia, la Eucaristía, que se presenta como el banquete de la fraternidad que resulta de la paternidad divina. Sólo podemos participar juntos, asumiendo cada uno a todos los demás para formar con ellos el cuerpo místico del Señor, único que está eficazmente unido a la cabeza divina. La comunión universal con los miembros de Cristo es la condición sine qua non de la comunión con Cristo mismo. Jesús es el segundo Adán. Él lleva en sí mismo todo el género humano, cuya historia entera recapitula. Él es el Hijo del Hombre en sentido único, lo mismo que es el Hijo de Dios en un sentido único. Por eso, justamente, no podemos tener parte en su divinidad sin participar en la misma medida en su humanidad. Es decir que tenemos que hacernos hijos del hombre para hacernos en él hijos de Dios.

Como el universo es solidario del hombre, tanto en su restauración como en su caída, la importancia cósmica de la Redención exige finalmente que nosotros tomemos a cargo toda la humanidad para vivir a Cristo en toda su verdad.

Luego toda la realidad se concentra en la acción litúrgica que nos da acceso al pan vivo en que todo el organismo sacramental tiene su fuente: el hombre y Dios. Tal solidaridad no admite lagunas ni exclusiones en la catolicidad del amor, implica en Dios la voluntad de comunicarse a toda realidad, en la medida en que ella es capaz, asociando activamente las criaturas racionales en la difusión en la presencia en que todo es vida. El realismo del culto cristiano no busca solamente reunir toda la creación en su sucesión y en su presente, alrededor del Cordero místico que venció la muerte con su muerte, sino más aún promover y elevar toda realidad al nivel divino en que obtiene realmente el carácter de infinitud que justifica la admiración del artista y del sabio.

La acción litúrgica nos lleva pues a pensar que no se glorifica a Dios desvalorizando la criatura, sino al contrario, que Dios solo puede aparecer bajo su verdadera faz a través de seres suficientemente perfectos como para no limitarlo. Y como no se trata de meras palabras, este pensamiento debe tener efectos. Vivir la liturgia es comprometerse a respetar en el hombre y en toda realidad, y a restituirles, la admirable dignidad recibida de la primera creación, devuelta más maravillosamente por la Redención.

¿Puedo expresar todo el horror de una liturgia concebida como ceremonial, como espectáculo, que no implica ningún compromiso y ninguna vida nueva? El carpintero de Nazaret tampoco puede ser reducido a un papel de entretenedor de gente de bien que viene a buscar en la misa una confirmación de sus privilegios y un certificado de respetabilidad. La acción litúrgica, al comunicarnos realmente su presencia, nos identifica necesariamente con su misión. Nos toca pues hacer caer los muros de separación que oponen artificialmente a los hombres, todas las barreras de raza, de pueblos y castas, curar todas las heridas imputables al egoísmo, que deshonran y desfiguran la creación; nos toca hacer florecer la tierra con todos los dones y todas las alegrías que hacen sensibles la hermosura y la belleza de las ternuras divinas.

El Verbo se hizo carne para que la carne se hiciera Verbo, para que la encarnación se repercuta en toda criatura, para que toda realidad, como dice san Juan de la Cruz, sea revestida de la hermosura de que la invistió la mirada divina al posarse sobre ella.

Dios es cuando nos maravillamos.

Los sacramentos que vehicula la liturgia dan como velo a Cristo los elementos más ordinarios y que satisfacen las necesidades más elementales de nuestra vida. Qué significa eso sino que nuestra vida debe ser divinizada en la textura más ordinaria de nuestra actividad cotidiana: por medio del amor que hace de cada uno un creador, dándole al menor gesto un valor eterno y una importancia infinita. Y justamente, fue para suscitar ese amor que Jesús puso entre él y nosotros toda la humanidad por asumir, toda la historia por recapitular, todo el universo por liberar de los dolores de parto, cuyos gemidos nos hace percibir san Pablo.

En la medida en que aceptamos esta tarea gigantesca levantamos el velo con que está oculto el adorable rostro para que no estemos tentados de transformarlo en ídolo dándole la imagen de nuestras codicias, de nuestros fanatismos o de nuestros intereses. La acción litúrgica quiere hacer madurar en nosotros el consentimiento que se une al fíat de María en la luz de la Anunciación.

Ella busca solo hacernos tan realmente presentes a Jesús como lo está él en el momento de la consagración. Se conecta con nuestra vida para transformarla, para hacerla don, ofrenda y hostia. No se puede concebir realismo más exigente y universal, pues comprende al mismo tiempo a Dios, al hombre y al mundo.

Dios es cuando nos maravillamos, podemos decir en un resumen que cambia un poco la gramática, al perdernos de vista en la adhesión silenciosa a la Presencia en que la admiración nos mantiene suspendidos. Pero se necesita de qué maravillarse. La misión del cristiano es precisamente de dejar trasparentar, en todas las relaciones humanas, a Cristo que lo envía como nos lo va a mostrar una mujer pobre.

Estaba en un hospital de París, en sala común, rodeada de unas sesenta comadres que contaban vulgaridades. Ella había pedido comulgar, en ese medio en que era la única cristiana. A penas hubo salido el capellán que acababa de darle la comunión, la del lecho vecino cogió su bacinilla y se puso a inundar a la comulgante con su contenido para ver qué cara ponía: “Te perdono porque no sabes”, dijo ella simplemente, imponiendo el silencio a todas sus compañeras que se burlaban celebrando esa broma de mal gusto. ¿Es posible expresar de manera más conmovedora el secreto divino que nos está confiado y cuya acción litúrgica exige que nos hagamos su resplandor discreto y sonriente? ¿No es, en efecto, la honra del Evangelio el ser escuela de admiración?

 

(*) Libro: Dans le silence de Dieu. Ed. Anne Sigier, Sillery, enero 2002, 320 páginas. ISBN: 2-89129-395-9. Segundo de tres tomos. Comprende los artículos publicados entre 1948 y 1954.

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