Homilía de M. Zúndel en París, el 5 de mayo de 1928 (Inédita)

- Regla de San Benito, cap. 53

- Salmo 3

 

Dios es Amor, dice san Juan.

La Creación es gratuita. La gracia brilla con magnificencia sobre la naturaleza, la cual es una obra maestra de sabiduría y Amor.

Hemos invocado el Amor. Es el origen de nuestro ser, y es también su fin.

Pero el Amor nadie pudo dárnoslo, a menos que en él hayamos encontrado a Dios. Porque quien vive de Dios y se da, da algo más grande que él mismo.

 

Pero, ¿cómo creer que Dios nos ama?

Dios es Espíritu, no tiene cuerpo, no tiene un corazón de carne. Dios no tiene, como nosotros, una sensibilidad susceptible de heridas. ¿No es locura esperar tener comunidad de vida entre él y nosotros?

Sí, es una locura, a menos que Dios sea su autor. Ahora bien, Dios quiso esa prodigiosa elevación. ¡Dios nos amó! Dios nos ama gratuitamente, sin espera de retorno, pues no puede enriquecerse con la ternura que nos colma y que solo pide para que nosotros seamos felices.

Dios nos ama con un Amor creador, pues no lo atraen nuestras cualidades sino el Amor que nos tiene y que hace que haga surgir en nosotros esas cualidades.

Y su mirada y su ternura suscitan en nosotros la gracia, las virtudes y dones, todo el organismo sobrenatural, todo el registro de notas innumerables con que el Espíritu construye los acordes más triunfales.

 

Y al nivel de su Corazón, el nuestro aspira a los secretos que son el alimento inefable de las Tres Personas.

Dios nos ama, con una intimidad imposible de expresar, porque él es el comienzo de la amistad que nos une a él, y también su fundamento.

 

Si alguien me ama, mi Padre y yo vendremos a él y haremos de él nuestra morada” dice Jesús (Jn. 14:23) y el apóstol: “¿No sabéis que vosotros sois el templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en vosotros?” (1 Co. 3:16)

Yo buscaba mi unidad más allá de las estrellas, dice Hello, y la encontré en mi corazón, Dios está en nosotros.” (*)

 

Para encontrarlo basta volver al alma.

Pero, siendo tanto carne como espíritu, nosotros necesitamos abrazos sensibles que sean garantía visible del Amor, de la Presencia.

¡Haznos un Dios que marche delante de nosotros!” (Éxodo, 32:1) gritaban los hebreos en el desierto antes de fundir sus joyas para fabricar el becerro de oro.

Po eso “El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14).

 

Por eso, en tiempos de Luis XIV y de Voltaire, cuando la razón quería medir el don de Dios según lo que ella podía comprender, Cristo nos reveló su Corazón.

¿Qué es Dios? Un Corazón ardiente que sus manos nos presentan.

Dios es un Corazón, solo Corazón, Dios es todo Corazón.

 

Aunque una madre olvidara a sus hijos, yo nos olvidaré” dice el Señor (Isaías, 49:15).

¿No es la Sma. Virgen el símbolo admirable, el sacramento vivo y eficaz de ese Amor y la personificación de las palabras “Aunque una madre olvidara…”?

Si Dios nos dio el Corazón de la Virgen como refugio de primera categoría, ¿no fue para hacernos comprender que más allá nos espera su Corazón, más maternal, infinitamente más comprensivo y tierno?

 

Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.

¿Cómo no lanzar este grito? ¿Cómo dudar de la acogida, cómo dejar de esperar? Así quiso Dios llegarnos al alma, así quiso que nos lo representemos.

Pero nosotros somos para los hermanos el signo vivo de su Amor. Porque si para nosotros Dios es todo Corazón, lo es para ellos. Y ellos podrán saberlo si nosotros somos todo corazón para ellos.

 

Sagrado Corazón de Jesús, haced mi corazón semejante al vuestro.

Repetir esta oración, hundirse en estos abismos, y sacar de ahí la caridad que es el ángel de la vida y la copa de oro del Cordero.

Buscad todos los dones de Dios. “El más grande es la caridad” (I Co. 13:13).

Hermano Benedicto.

 

(*) “Yo buscaba mi unidad más allá de las estrellas y la encontré en mi corazón. ¡Aleluya! ¡Amén! ¡Aleluya!” En Oraciones y meditaciones inéditas, por Ernesto Hello, París, 1911, página 53

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