Homilía de M. Zúndel en Choisy le Roi, Francia, en 1966. Inédita.

El peso de las almas es la sangre de Dios – durante la primera Guerra mundial un médico alemán que pesaba los cadáveres para ver si cuando el alma salía del cuerpo éste pesaba menos… No se trata de eso. En la balanza de Dios, nuestra vida tiene el peso de la sangre de Cristo.

Hay que comprender la Pasión de Cristo en un sentido muy humano. Es la pasión de Dios por el hombre. Es la cuna de nuestro nacimiento eterno. Nuestra vida pesa lo mismo que la sangre de Cristo. Es el centro de un nuevo… (?), o el lugar de la Pasión de Cristo. En este sentido se puede decir que la Pasión de Cristo nos introduce en el misterio de la fragilidad divina.

Ya vimos toda la distancia que existe entre un Dios solitario y un Dios trinitario, que es la eterna respiración de amor, y ahora entramos en el sistema de la fragilidad divina.

El misterio de la fragilidad divina es semejante a un matrimonio en que el del uno condiciona el del otro y nada se realiza sin él. Así deben ser nuestras relaciones con el Dios que nos espera en lo más íntimo de nosotros. Dios siempre está ahí, pero a menudo nosotros estamos ausentes – la Providencia divina es una providencia nupcial y Dios no puede nada sin nosotros. Él es una presencia en el centro de nuestra historia.

En este mismo nivel debemos colocarnos para considerar el misterio del mal. Si Dios es tan grande, tan magnífico y poderoso, ¿porqué tantas catástrofes?, ¿por qué el mal?... Esta pregunta no tendría solución si no tuviéramos íntimamente la experiencia de la fragilidad divina. En efecto, Dios no tiene otro poder que el amor, solo el amor. No puede sino amar; y el amor no puede ser creador si no lo reciben.

Había una mujer huérfana de padre y madre, que había sido criada a la dura, sin saber en verdad qué es amar y ser amada. En su infancia sólo soñaba con su familia, y en su adolescencia, solo con el amor. Comenzó a trabajar muy joven y finalmente conoció a un muchacho; por primera vez pudo decir a alguien: “Te amo”, algo que antes no había conocido... Se enamora y cree en ese amor. Se casa con ese joven, pero en la noche bodas se da cuenta de que se había casado con un borrachín y una bestia. Y luego, pronto llega un hijo, y descubre entonces a Dios en lo más profundo de sí misma, a través de una vida de pruebas y angustias, vida de amor frustrada. Cada noche recibe golpes despiadados, a causa de su embarazo.

Pero en su ascensión espiritual, el marido adivina que su mujer se le escapa. Eso le provoca unos celos feroces y trata de alejar a su mujer de una intimidad que no comprende ni comparte. No lo logra y dirige sus malas intenciones hacia el hijo para herir en lo más vivo el corazón de esa excelente mujer. Hará todo por alejarlo de la influencia de su madre: prohíbe que el hijo sea bautizado. Y la madre, verdadero pilar de oración, ejerce sobre el niño, sin darse cuenta de ello, una influencia maravillosa.

Pero sus esfuerzos son vanos. A los 35 años el hijo lleva una vida disoluta, buscando solo placer. Se contagia de tuberculosis y todos los sanatorios lo rechazan. Termina por regresar a donde su madre, y ella lo acoge tiernamente. Esa mujer sublime dice: “Fracasó su vida, que no fracase su muerte”. Nunca dirá nada a su hijo, pero sin hablar, irradia. Un día al azar de una conversación con un amigo, el hijo dice estas palabras extraordinarias: “Nunca he tenido religión pero ahora quiero tener la religión de mi madre”… Bautismo, primera comunión… y muere el día de la fiesta de todos los santos diciéndole a su madre: “Mamá, si me hubieras hablado, jamás lo habría hecho, pero a través de ti encontré a Dios.

Esta madre extraordinaria nos enseña que Dios es Madre y a través de ella comprendemos mejor el misterio del sufrimiento divino. Ella sufría en su hijo, por su hijo, más que su hijo, más herida que él mismo por su degeneración. En su pobreza, esa madre sufría por una identificación que sólo es posible al amor. El día de su conversión no lo amó más ni mejor, sino de manera diferente. Como el sol que brilla siempre de manera diferente a través del vitral, el amor de la madre, de doloroso que era, se hizo alegre. A través de ella comprendemos mejor que Dios puede sufrir por identificación. Si Dios es Dios, si tiene todo lo necesario por ser el más perfecto amor, es porque es despojamiento infinito.

Dios muere en nuestra muerte y sufre en nuestros sufrimientos. Solo puede amar. A Dios cualquiera puede matarlo, crucificarlo, o peor, hacer de él un ídolo: tal es el misterio de la fragilidad divina. San Francisco descubrió admirablemente el misterio de la fragilidad divina, el misterio de la pobreza de Dios. Comprendió que el Dios Trinidad es un Dios pobre, una comunión de amor. San Francisco el gran compasivo, el estigmatizado, lloró por la Pasión de Cristo hasta perder la vista. Más allá, entró en la resurrección de Cristo de donde brotó el Cántico del Sol.

Dios es fragilidad de amor. Hay que descrucificarlo, bajarlo de la cruz. Aquí vemos qué mezquino y sórdido es pensar solo en la propia salvación, pensar solo hacer el bien como moneda para comprar el seguro de salvación. Entre Dios y nosotros solo se trata de amor, es a Dios al que hay que salvar, salvarlo de nosotros, de nuestros equívocos, de nuestras componendas. Esta es la perspectiva que dará a nuestra religión su verdadera dimensión evangélica.

Hay que entender bien este aspecto tangible de la carrera de Dios en nuestra historia. Nuestra historia es una tragedia divina y este pensamiento es capaz de cambiar todas nuestras relaciones. Si solo se tratara de salvarnos y perfeccionarnos, podríamos dejarlo para mañana, pero se trata de Dios y lo que se nos impone es proteger a Dios: aún hoy puede Dios morir por falta nuestra.

¿Qué hay de Dios en la ciudad en que vivimos... y en nuestro barrio?... ¿No es el compensador de nuestras ignorancias e incapacidades?... Dios está indefenso en nuestras manos y es frágil. No se trata de nuestra salvación sino de salvarlo a Él. El infierno no es un castigo de Dios, el infierno es Dios crucificado por su amor, dentro de nosotros, cuando nosotros rehusamos su amor.

Para comprender esto, lo más justo es indudablemente recordar esta inscripción que vi un día sobre una tumba en un cementerio: “El hombre es la esperanza de Dios”. Ese es el centro del Evangelio. La Cruz, nuestra única esperanza, nos revela a Dios, nos invita a descrucificarlo y a hacer de Él un Dios de pascua, un Dios resucitado. Nos toca inscribir a Dios en nuestra historia, y muy a menudo nuestro rostro es el único sacramento de Dios, su único Evangelio.

 

El hombre es la esperanza de Dios

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir