M. Zúndel en El Cairo, en Dar el Salam, en 1965. Artículo publicado en la revista “Choisir” n° 219, marzo de 1978 (Ginebra).

El problema de la Resurrección puede plantearse a muy diversos niveles y en innumerables perspectivas. Si según Platón el cuerpo es un obstáculo para la vida del espíritu, el cuerpo es la tumba del espíritu, si el cuerpo se opone a la vida del espíritu, es evidente que, para el alma, morir significa liberarse del cuerpo para vivir una vida espiritual.

Es otra cosa para los escritores bíblicos. Para ellos, la supervivencia es inseparable de la resurrección. Pero al comienzo, no tenían idea de la supervivencia. A Dios le interesa que la gente no muera porque en la tumba ya no se le puede rendir gloria al Altísimo, y como la oración es una súplica, esa súplica toma esta forma: “No nos hagas morir, pues si nos haces morir quedarás largo tiempo privado de alabanzas. Limitan la vida a la vida presente.

Cuando se haga más viva la idea de la inmortalidad, cuando comiencen a pensar en la vida después de la muerte, dos o tres siglos antes de Jesucristo, la idea de la Resurrección se hará más clara. El problema de la inmortalidad es inseparable de la Resurrección. Se vivirá totalmente, en cuerpo y alma.

Para los modernos no se plantea la Resurrección. Para la mayoría de ellos, la muerte es la nada. No se preocupan por la vida del cuerpo ni del alma, porque no creen en la supervivencia. Sobre Mme. De Noailles, por quien sentía gran admiración, Jean Rostand dice: “¿Todo va a terminar? Pues todo termina. Entonces, ¿no habré dado demasiados regalos a la nada? ¿Para qué todo ese esfuerzo? De mí no va a quedar nada. Ya le he dado demasiados regalos a la nada.” Ellos creen que todo va a terminar.

Por eso es imposible plantearse el problema de la Resurrección sin plantear el de la inmortalidad, el problema de la supervivencia humana. Es difícil plantear el problema porque debemos colocarnos en un universo en que no hemos vivido.

después de las palabras de Ana de Noailles Jean Rostand, que es poeta tanto como sabio, añade: “Sin embargo sigue en nosotros la preocupación por el misterioso contenido de las personas.” Es muy evidente que debemos colocarnos en ese plano.

Escuchando los argumentos contra la inmortalidad, oímos decir: No podemos creer en la inmortalidad porque ni siquiera podemos imaginar las operaciones de la razón fuera de su comunidad con la vida orgánica. ¿Cómo podemos pensar sin cerebro? Y si el cerebro no sobrevive, no hay supervivencia. »

Para mí el problema es mucho más complejo. No pensamos con el cerebro sino con la persona. Ustedes saben que en la práctica lo que buscamos con obstinación, tanto en los demás como en nosotros, es una Persona, es decir un ser que no sea estereotipado, un ser que sea origen porque en sus gestos, en su cuerpo, y sobre todo en su pensamiento, se ve la Presencia.

En la medida en que estamos comprometidos en el universo físico, somos individuos, pedazos de universo, fenómenos estereotipados; y solo podemos salir de la condición de larva emergiendo del universo físico y haciéndonos universo-Persona, poseedor de una Presencia creadora que lleva a los demás la luz interior que no dejamos de buscar además en aquellos a quienes amamos.

Está pues claro que un pensamiento original y personal no procede de los elementos cósmicos, sino que pertenece al universo que emerge del mundo físico y que en nosotros depende de la Persona infinita que nos alcanza en lo más profundo de nuestro ser. No podemos pues aceptar que todo está terminado cuando mueren los órganos indispensables para el pensamiento, ya que en nuestra vida tenemos la experiencia de un pensamiento original y fuente… que supone precisamente que somos independientes del mundo físico y que respiramos en un universo de libertad y de grandeza infinita.

Volveremos en seguida sobre el carácter personal de la inmortalidad.

Para darle al problema la mayor amplitud posible, quisiera que nos preguntemos: ¿Es la muerte un fenómeno natural? Es evidente que del punto de vista orgánico y fisiológico la muerte es un fenómeno natural. ¿Por qué? Porque en el mundo en que estamos, la vida solo subsiste por préstamos. Cuando nos ponemos a la mesa tomamos de los animales los elementos necesarios para la vida. Cuando respiramos, tomamos prestado el oxígeno. Cuando no podemos alimentarnos, nuestra vida entera, la vida orgánica, está en peligro, y ése es uno de los elementos más patéticos de la vida, su fragilidad.

La vida debe defenderse continuamente. Toda vida constituye una especie de centro independiente que quiere subsistir como independiente. La vida debe inventar continuamente nuevas astucias, nuevas soluciones para sobrevivir. Pero de todos modos, sólo puede mantenerse por préstamos, y para que los préstamos nos aprovechen, tenemos que poder asimilarlos; y el poder de asimilar está constituido por la armonía de todo nuestro organismo y en especial, de las energías recibidas en el momento de la concepción. Todo niño recibe la vida cósmica con energías que deberá defender durante su existencia. De todo feto, de todo embrión, se puede decir que la muerte está inscrita en sus células desde el momento de la concepción. En este sentido, se puede decir que todos llevamos la muerte dentro, y eso desde el mismo momento en que fuimos concebidos. Por eso no existen muertes repentinas. La muerte se prepara con el desgaste de los tejidos, con el debilitamiento de los tejidos, de los tejidos que nos permiten durar contra los microbios. La muerte se va a producir cuando el fenómeno físico se produzca, pero ya está en nosotros desde el momento mismo de nuestra concepción. Basta con que una pieza de la máquina se dañe para que la máquina se destruya. Así, la muerte es algo que llevamos dentro.

Por otra parte, como dice Simona de Beauvoir, la muerte es una violencia gratuita, absurda y misteriosa. Es incomprensible ya que nuestra presencia cuestiona el mundo y que es un acontecimiento puramente natural. Es imposible no ver la intervención de lo que Rostand llama “el contenido misterioso de las personas”. Pero como podemos decir que la mayoría, o todos nosotros vivimos siempre por debajo de nuestro máximo nivel, por vivir solo al exterior de nosotros mismos, “el contenido misterioso de la persona” es más un sueño que una realidad, más una exigencia que algo adquirido. Por eso se afirma que el pensamiento no podría existir sin los órganos, pues justamente, la experiencia de la persona no se logra, no la hacemos de manera permanente en un universo-persona. Pero la desaparición total nos parece escandalosa.

Con la boca comemos, pero también hablamos con ella. El mismo órgano sirve para una función orgánica y para una función humana que nos es propia.

Por otra parte, al comer, lo hacemos con disciplina si no queremos envilecernos, si no queremos atentar contra nuestra dignidad. Y lo mismo vale para todas las funciones orgánicas. Todo está en saber quién va a ganar, el universo orgánico o el universo-persona.

Si el universo-persona se disuelve, si se hace polvo como la carcasa, es evidente que el universo-persona no es sino una “bombita de jabón”. Ahora bien, constatamos y a veces con mucho orgullo, que muchos seres muy sinceros y a quienes estimamos, afirman: “Si el cuerpo gana, la disolución del organismo trae el final de la existencia.” La mayoría de los que afirman esta posición se detienen con el argumento de que el cerebro es el órgano indispensable del pensamiento.

Todo depende pues del peso que le demos al universo persona. Solo podemos vivir en un universo-persona. No podemos envilecernos sin destruir nuestra existencia. Solo nos estimamos en la medida en que sabemos que no somos nada, nada de valor, mientras seamos solo el ser prefabricado que hemos recibido durante el nacimiento.

Aun orgánicamente, solo vivimos en un universo-persona, en un universo que emerge del mundo físico, en un universo que es creación nuestra y que depende a cada instante de nuestra generosidad. Es por el lazo del amor que nos une al centro como realizamos la unidad que provoca la transfiguración y la transmutación de nuestro organismo.

Es evidente, por ejemplo, que la castidad en la medida en que es vivida, renueva totalmente el poder que tenemos de crear la vida, comunica a toda la vida sexual otro ritmo, y nos da el sentimiento muy claro de que el cuerpo no puede ser interesante sino en la medida en que aporta el brillo de la vida personal, fuente y origen. Entonces, hay que decirlo, todo el peso de lo real se sitúa experimental­mente en el universo que trasciende, que se distingue, en todo caso, que no es salido del mundo físico. Él es el encargado de transformar el universo físico, de interiorizarlo.

Todo eso, desde luego, se ilumina solo en la medida en que lo vivimos. Toda verdad solo puede ser alcanzada en la medida en que la vivimos. ¿Cómo podrá ser evidente para nosotros la inmortalidad si vivimos a la superficie de nosotros mismos, si nos dejamos dirigir por la animalidad? Si hay malentendidos frecuentes, si a menudo la muerte suscita oposición, es porque para la mayoría todavía no se ha hecho la unión entre la vida orgánica y la vida de la persona. Es porque no logran dar un peso suficiente a la vida de la persona en sí mismos que los lleve a comprender que la vida humana, en la medida en que es humana, es necesariamente una vida que no depende de nuestra unión con el organismo y que puede durar más allá de lo que llamamos la muerte.

Aunque biológicamente sea un fenómeno natural, a los ojos de la persona la muerte puede ser superada. El que más sufre es el que no ve bastante arriba, la muerte es misteriosa porque no la prevé. Los animales no prevén la muerte. Basta ver cómo una gallina no se preocupa y sigue cacareando al ver morir otra gallina. La muerte de sus compañeros no conmueve a los animales porque para ellos la muerte no es un acontecimiento previsible. En la experiencia terrestre, nosotros prevemos la muerte. Si no hay nada después, pensamos, la muerte sería algo monstruoso. No hay peor sadismo que   arrojarnos en la existencia, darnos conciencia capaz de interrogarse, capaz de ir hasta el final de la carrera para llegar al pie del muro y sentir que no hay nada. Nada sería más sádico que semejante intervención.

Prever significa dejar de estar plenamente en el tiempo.

¿Cuál es la posición bíblica frente a este problema? Es decir, ante el argumento que acabamos de presentar, ¿cuál es la actitud bíblica frente al fenómeno físico de la muerte, tal como podemos preverlo?

Las primeras páginas de la Biblia dicen que la muerte es el salario del pecado. Fue el hombre el que introdujo la muerte en el mundo. San Pablo lo dice muy explícitamente: “Por la falta de un solo hombre entró la muerte en el mundo.” Se puede decir que ese primer grito muestra la inocencia de Dios. Dios es inocente de la muerte. Por primera vez escuchamos ese tema: el responsable de la muerte es el hombre. Entonces hay siempre en lo humano una vocación de inmortalidad, y el hombre no depende del universo aunque sea la culminación del universo y esté ligado a él.

El universo está ligado a nosotros. Los sabios extienden a toda la naturaleza las exigencias de nuestra naturaleza. La ley supone que podemos multiplicar los fenómenos. El mundo es ciego e inconsciente. Solo tiene orden porque ahí estamos nosotros para mirarlo, ahí estamos con nuestra mente. Cada uno ve el mundo como es cada uno pero el mundo no tiene sistema. El sistema del mundo lo vemos nosotros, pues aunque estamos orgánicamente unidos al mundo, el mundo está ligado a nosotros por nuestra inteligencia.

Pero volvamos al primer grito de la inocencia de Dios. La muerte es algo contra naturaleza, si nos colocamos la perspectiva de la persona humana. Cuando la muerte alcanza su cumbre, llegamos a Jesucristo, y en su muerte, Jesucristo es el grito de la inocencia eterna de Dios.

A veces, quienes aman la vida, sienten una rebelión contra la muerte. Pero en el Huerto de la agonía, Cristo nos introduce precisamente en la dimensión espiritual de la muerte que la une, la hace remontar a un rechazo de amor. Es imposible meditar en el Huerto de la agonía sin llegar a la conclusión de que jamás nadie ha temblado ante la muerte como Cristo. ¿Cómo es posible que Cristo haya sufrido hasta sudar sangre, hasta recurrir a la amistad de sus discípulos? ¿Cómo explicarlo sino justamente porque Cristo vivió con todas las dimensiones espirituales, vivió la muerte con ese fondo de infidelidad, de ausencia, de rechazo del hombre. Vio el mal con el cual libró ese desgarrador combate cuerpo a cuerpo. Cuando Pablo dice: “El que no tenía pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros” está tocando el fondo del problema.

En ese cuerpo a cuerpo con el mal, Jesús sintió que era el mal de toda la humanidad y murió por dentro, de la agonía moral, murió por la mente. Murió de haber sido identificado con el mal, de haber sido el mal, con la certeza de haber sido la inocencia sacrificada. Ese fue el último golpe que concluyó la ruptura. La muerte de Jesús fue una muerte espiritual Su muerte no vino por desgaste de su organismo, por desaceleración de la biología sino por la herida de su corazón que fue la identificación con el mal. Por eso la Resurrección de Cristo, que es imposible no considerar, plantea un problema muy especial. Porque su resurrección no es la reanimación de un cadáver. Justamente porque Cristo no murió de corrupción, de muerte física y nunca fue cadáver.

La resurrección de Cristo, como su muerte, fue espiritual, es decir regreso a la armonía de la persona que vivificaba todo. Como la persona de Cristo era el huésped divino la Persona de Cristo vivificaba todo el organismo. Estaba tan unida a la vida que la muerte parece ser el milagro, no la resurrección que es el regreso a la armonía, lo cual es la exigencia de su ser.

Es importante establecer la simetría entre la muerte espiritual de Cristo y su resurrección espiritual. Ninguna comparación entre lo que los Evangelistas de la resurrección pueden revelar. Justamente porque su muerte es única, porque su muerte es espiritual, su resurrección es un acontecimiento espiritual. Tenemos de ello un indicio conmovedor en el relato de las apariciones. El relato es tan ambiguo. Los apóstoles están tan asombrados que es imposible inventar semejante narración. ¡Están en estupor, y tan desconcertados de que Cristo no haya restablecido el reino de Israel! E inclusive después de la resurrección, lo último que dicen antes de que desaparezca de su vista: “¿Es ahora cuando vas a restablecer el Reino?.

En el relato evangélico llama la atención que la resurrección no se haya manifestado a los enemigos de Cristo. Si se tratara de un cadáver, se podría convencer a Pilatos y los enemigos. La resurrección se afirma solo a la vista de los discípulos a quienes no había convencido, a quienes no había transformado, pero solo a ellos, los escogidos, se manifiesta la resurrección. Se afirma pues inmediatamente como un bien de la comunidad. Es una verdad que se dirige al espíritu. No se trata de presentar a la multitud un acontecimiento sensacional. Sino de substituir el cuerpo a cuerpo con la muerte, de dar una respuesta a la muerte espiritual con la afirmación del triunfo de la vida divina, del triunfo de la inocencia y el amor. Pero una vez más, la luz en que debemos considerar la resurrección de Jesucristo no puede separarse de la luz trágica de su agonía. Se identificó con el mal y ahora, justamente, ha vencido la muerte en cuanto resultado del mal, en cuanto ligada con el rechazo del amor.

También nosotros podemos vencerla. Podemos hacer de ella un acto de vida. Pero para ello, debemos establecer en nosotros desde ahora la primacía del universo persona. Debemos poder liberarnos de nuestras debilidades orgánicas para que ya no sean obstáculo y podamos hacer totalmente libre nuestro ser, ofrecido y capaz de transparentar la Presencia única que es la vida de nuestra vida.

Debemos pues transformar continuamente la simbiosis, la comunidad de vida, el equilibrio que juega en favor del mundo físico y que debe jugar por el mundo-Persona, para la transfiguración del mundo físico. En la medida en que recorramos ese itinerario, la muerte nos parecerá cada vez más bajo otra luz, porque la veremos ya no como ruptura desgarradora sino como liberación posible, más como la realización definitiva de la liberación a la cual debemos colaborar todos los días.

Tenemos ante los ojos la muerte de Francisco de Asís. Se hizo un acto de vida. El ser entero va hacia la vida de la que no cesa de vivir. Si la muerte puede ser la plena realización de nuestra libertad, tiene un rostro bien diferente de si la consideramos como la ruptura brutal de los lazos que nos unen al universo. Pero si la muerte puede tener este carácter, si puede ser un acto de vida, ¿qué hay del cuerpo después de todo eso? ¿Es el cuerpo el cadáver? No. El cadáver no es sino la planta en vía de disolución, la cual nos ata a la tierra y a sus raíces nutritivas. Pero el cuerpo, en su persona, en su verdad, no está en el sepulcro. Ustedes conocen la emoción con que ven aparecer la luz en un rostro. En un instante se entrevé una profundidad insospechada.

Y luego vuelve la noche. El ser cae en la vida orgánica y cotidiana. ¿Dónde está el cuerpo?... El cuerpo es a veces tan repugnante en sus codicias que no puede resucitar. Hay otro cuerpo que respira bondad y grandeza. Y yo creo que ese cuerpo no muere. Pienso que el cuerpo vive en la medida en que le damos el espíritu; es imposible que sea el sepulcro del alma. La verdad es que no podemos vivir una vida espiritual sin espiritualizar el cuerpo. Como tampoco podemos vivir armoniosamente la vida orgánica sin transfigurar todas las potencias cósmicas que llevamos en nosotros.

Podemos pues concebir que en la muerte la esencia del cuerpo permanece como un punto no localizable. Yo diría que el cuerpo es como un número, como una cifra, como una exigencia que permanece lo mismo que un germen de la vida. En el momento de la concepción, el número proyectaba ya toda la individualidad. Cada ser, en la medida en que ha vencido la muerte, en la medida en que se ha hecho Persona, da la vida y contiene ese número, la cifra que resurgirá. ¿Dónde?... No es esencial saberlo.

Morir es ser liberado de las esclavitudes orgánicas; hay que tomar nuestro ser en su totalidad. El espíritu es capacidad de resurgencia total que nos permite superar el universo orgánico y llevarlo, transformarlo, glorificarlo, expresarlo en todos los modos del arte, así como en todos los cálculos de la inteligencia.

La resurrección no es en esta vida orgánica. Debemos buscarla en la alianza en que arrojamos lastre, en que domesticamos más armoniosamente todas nuestras funciones, en que nuestra vida se concentra cada vez más en ese centro de la hermosura. Claro que la muerte sigue siendo un sufrimiento terrible cuando perdemos los seres más amados; eso no sucede sin temblores ni desgarres.

Seguimos apegados a ellos con intensidad cuando preservamos el lazo que nos une, a ellos y nosotros con la persona única, es decir que debemos vivir con persistencia en el universo humano, recogiéndonos, y que nuestro ser entero sea el impulso hacia el cielo interior en nosotros, en la medida en que recordemos que la inmortalidad no es un concepto o una fórmula.

La inmortalidad nos convencerá solo cuando sea en nosotros cada día más creadora de amor, cuando sea ofrenda, encuentro con el amor que nos está esperando en los demás como en nosotros mismos, ya que justamente, la inmortalidad no puede sernos otorgada así no más, pues la resurrección es el triunfo de la vida. La inmortalidad es como la libertad, hay que vivirla como vocación.

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