Amor, libertad y alegría.

Despedida del retiro de M. Zúndel a las religiosas de la Obra de San Agustín de San Mauricio (Valois, Suiza), en noviembre de 1953. Tomado de Avec Dieu dans le quotidien, retiro predicado a religiosas, 2ª edición, 1991, p. 137 (1)

Flaubert, al saber que Baudelaire deseaba presentarse a la Academia, escribió: “¿Por qué desear ser algo cuando se puede ser alguien?” Esta frase nos define muy bien. Tenemos tanta necesidad de ser alguien que ponemos todo nuestro cuidado para ser algo.

¡Qué difícil es ser alguien! Quizá nos parezca suficiente ser algo, crearnos un personaje que pueda hacer taquilla, un personaje que nos dé una ilusión de ser grandes, y así, la ilusión de ser alguien.

Un sacerdote ruso amigo mío me contó que no siendo todavía sacerdote hizo un viaje en un velero español que tenía un motorcito. Hubo una terrible tempestad. A bordo había un hombre vanidoso que se jactaba hasta el momento en que estalló la tempestad. En ese momento, lleno de pánico, hizo a mi amigo una confesión general, de toda su vida. Cuando hubo terminado la tempestad, el parlanchín olvidó todo y volvió a jactarse como antes.

Bourget simboliza bien la situación. Un poeta que ha alcanzado cierta notoriedad se da cuenta de repente que ya no llega a nada. Siente pánico porque un poeta que no publica nada es olvidado. Queriendo que hablaran de él, recuerda que cuando era joven mandó poemas de amor a su novia y para poder publicarlos para no dejarse olvidar, se los pidió a ella.

Preferimos inflarnos y hacernos pasar por algo más bien que seguir tratando de alcanzar lo infinitamente difícil que es hacerse alguien.

El Evangelio ilustra perfectamente esa inflación de sí mismo y el desinfle que sigue en el caso de san Pedro. El capítulo de san Juan que nos narra la última pesca de los apóstoles después de la resurrección nos pone ante un Pedro arrepentido que no sabe responder a la pregunta del Señor: “Pedro, ¿me amas?” Pedro, ardiente, listo a correr todos los riesgos con Jesús, Pedro se acuerda ahora del personaje que quiso ser y del que fue en realidad en el patio del sumo sacerdote, y ya no se atreve a expresar su amor ahora: “Pedro, ¿me amas?Sí, Señor, tú sabes todo, tú sabes que te amo” (Jn. 21:17). Permanece reservado sobre todo porque sabe lo que valen las promesas de los hombres que confían en sus propios medios y que “inflan” su personaje. “Ahora, extenderás tus brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras” (Cf. Jn. 21:18)

Ahí justamente estamos hoy nosotros. Entusiastas, llenos de resoluciones. Nos ponemos en los brazos del Señor para dejarnos llevar a donde él quiera. Cristo nos está invitando y es una invitación a nuestra liberación. Jesús viene a nuestro encuentro para evitarnos la comedia, viene a invitarnos a no hacer algo más que ser alguien, y sabemos que ser alguien es existir en forma de amor, existir delante de Cristo, en una mirada dirigida hacia él y en un abandono total entre sus manos. Lo maravilloso en nuestro diálogo con Dios es que él salva en nosotros todo lo que puede existir. Él hará fructificar todo al ciento por uno, porque sólo Él puede desenredar en nosotros los elementos vivos.

Y entonces, la conclusión normal de los días que hemos pasado juntos con Cristo es entregarnos a él, renovar a cada instante nuestra consagración: “Acógeme, Señor, según tu Palabra, y viviré”.

Ustedes ven que toda la grandeza de san Pedro, que lo convierte en el fundamento de la Iglesia, está en que entendió y vivió hasta el final la lección que pagó tan cara: por sí mismo solo podía traicionar, pero en las manos del Señor podía ir hasta el final del testimonio. Como Pedro, nosotros somos frágiles. También como él podemos triunfar ya que el Señor nos muestra el camino: “Cuando era joven ibas donde querías; en adelante, otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras ir” (Jn. 21:18).

Nada hay más maravilloso que ponernos en manos de Cristo porque él mismo va a realizar en nosotros todos nuestros deseos. San Agustín dice: “Señor, dame lo que pides y pídeme lo que quieras”.

Entonces, sin ninguna presunción, podemos esperar un mejor porvenir no porque seamos más capaces hoy que ayer sino porque hemos comprendido que existir de verdad es existir delante de Dios y que el amor no consiste en mirarse a sí mismo sino en convertirse en mirada hacia el Otro.

Es imposible que no encontremos la libertad, la alegría y el amor como lo garantiza la fórmula misma de la consagración que decía con tanta sabiduría: “Acógeme, Señor, según tu Palabra y viviré”. Es maravilloso que la vida monástica haya comprendido así la consagración: Yo me pongo en tus manos y sé que en tus manos obtendré toda gracia y todo auxilio.

Eso es lo que vamos a hacer. No confiar en nosotros mismos porque a la primera vuelta del camino traicionaríamos. Nuestra única fuerza es que el Señor está ahí, en nosotros, que él es el medio en que tenemos el ser y la vida y que basta a cada instante que nos arrojemos a su abismo, a su amor. Con él se puede superar todo obstáculo. Entonces seremos transformados en él, a condición de que nuestra entrega en sus manos sea total: “Acógeme, Señor, según tu Palabra y viviré.

 

(1) Libro Avec Dieu dans le quotidien. Retiro a religiosas. (Con Dios en lo cotidiano). Ed. San Agustín – San Mauricio (Suiza). Presentación de Marc Donzé. Última edición, sept. 2008. 269 pgs. ISBN : 978-2-88011-453-4

 

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