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08/10/2017 octobre 2017

ancienne publication: 25-30/06/2007 02-10/04/2013

4ª Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de París el domingo 29 de enero de 1967.

(Ya publicada en nuestro sitio del 25 al 30 de junio de 2007 y el 2-10/04/2013). Se añadieron títulos y apartados.

Resumen: La Resurrección de Cristo se sitúa en un contexto espiritual que conocemos por el testimonio de la comunidad de los discípulos. Fuera de la comunidad apostólica, no hay otra vía de acceso a Cristo. No se trata de una doctrina sino de una Presencia. Él permanece bajo el velo de un sacramento colectivo que es la Iglesia como realidad mística accesible a la fe solamente. La Encarnación continúa y la Presencia de Cristo en forma de Iglesia significa que ella continúa a través de nosotros. En la Iglesia podemos discernir continuamente entre Pedro y Satán; solo estamos ligados a la Iglesia en la medida en que ella es efectivamente Jesús. Pues ligados solo a Jesucristo nuestro liberador, todo lo que no es él no es la Iglesia. Los seglares deben ejercer su discernimiento crítico ya que la fe misma es mirada crítica sobre todo lo que no es esencial.

La Resurrección de Cristo, un contexto espiritual

En la primera epístola a los corintios, capítulo 15, san Pablo insiste sobre la Resurrección como el argumento esencial fuera del cual el cristianismo perdería su fundamento: “Si Cristo no resucitó de entre los muertos, nosotros somos los más miserables de los hombres”.

La Resurrección de Cristo se sitúa en un contexto espiritual fuera del cual pierde toda significación. No se trata de un acontecimiento material, fenomenológico, que se podría captar del exterior.

Los documentos del Nuevo Testamento hacen esta afirmación y la matizan considerablemente mostrándonos que la Resurrección de Cristo era un secreto de la comunidad, es decir que la Resurrección de Cristo se sitúa en un contexto espiritual, fuera del cual pierde toda significación. No se trata de un acontecimiento material, fenomenológico, que se podría captar del exterior, si no Cristo habría podido presentarse a las autoridades que lo habían condenado y mostrarles de la manera más sensible el fracaso de su empresa. “Quisisteis suprimirme, ¡aquí estoy bien vivo! ¡Vencí la muerte, creed en mí!” El milagro no puede ser un golpe espectacular susceptible de obligar.

En el plano visible, como podemos comprenderlo en los documentos del Nuevo Testamento, vemos que Cristo fracasó, y Él mismo lo anunció: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros” y para la historia profana, si se puede decir, es decir para las autoridades que Lo condenaron, el fracaso es completo y sin retorno.

La Resurrección de Cristo, testimonio de la comunidad

La Resurrección fue reservada, es decir que el conocimiento de la Resurrección y el testimonio fundado sobre ella fue confiado a los amigos, a los discípulos, a los que debían tomar la releva para proseguir la obra del Señor. Eso quiere decir que, dado su fracaso total, no sabríamos absolutamente nada de Cristo en el plano de la historia aparente, de la historia visible, ya que no escribió nada y no sabríamos nada de Él si no tuviéramos el testimonio de la comunidad.

La Resurrección de Cristo, fuera del mundo fenomenal

Es un acontecimiento considerable cuya importancia espiritual debemos comprender porque para comenzar, parece que el hecho de que Cristo entra en la historia en forma de Iglesia va a limitarlo justamente dejándolo en manos de un grupo humano cuya calidad es necesariamente inferior a la Suya, grupo que le va a imprimir normalmente la marca de sus límites humanos. ¿Podían las cosas suceder de otra manera?

Cristo no podía sobrevivir después de la muerte, no podía sobrevivir en la historia de manera visible. En el juego mismo del lenguaje, lo que llamamos el estado de Cristo Resucitado indica que su vida queda separada del contexto fenomenal, que ya no depende del universo. Puede sin duda manifestarse en él, pero no puede ya vivir en él una vida normal, con todas las necesidades que ello implica.

No. Si lo puedo decir, en su estado de resucitado no puede seguir viviendo visiblemente en medio de nosotros. Por otra parte, no podía dejarnos porque si nos dejaba, sólo tendríamos de Él un testimonio verbal, un testimonio trasmitido por palabras, por textos, por libros, testimonios que habría que someter a exégesis, a interpretaciones infinitas y sabemos muy bien lo que puede dar el estudio de los textos en manos de hombres especializados en ello, cada uno de los cuales quiere añadir algo a los comentarios de sus predecesores. Se obtiene entonces una montaña de comentarios bajo la cual el texto queda sepultado y el desacuerdo es tanto más grande cuanto más numerosos los comentarios…

La Presencia de Cristo

Por otra parte, Cristo encontró el mundo de exegetas, los escribas especializados en el estudio de la Ley, que habían notado todos los acentos y todas las íes, y sintió qué duro e impenetrable era el muro de observancias, y con qué hostilidad podía ser acogido por la gente que pasaba su vida escrutando los textos sagrados.

La revelación de Cristo es solidaria con él, no puede ser separada de él. No se trata de una doctrina sino de una Presencia.

Como la revelación de Cristo es solidaria con Él, no puede ser separada de Él. No se trata de una doctrina sino de una Presencia. Y para conservar el tesoro de una revelación única en que brilla la pobreza de Dios, la humanidad necesitaba que la Presencia del Señor permaneciera con ella, es decir con la humanidad, y eso es el misterio de la Iglesia.

Cristo debe permanecer y no puede permanecer personalmente de manera visible, sólo podrá permanecer bajo el velo de un sacramento, en este caso, de un sacramento colectivo que es justamente la Iglesia.

Como Cristo, llegar a la Iglesia por dentro

La Iglesia es una realidad mística, una realidad de orden más interior, una realidad que solo puede ser accesible a la fe, una realidad  que es la luz de la viva llama de amor.

Evidentemente, fuera del plano en que nos colocamos, o del plano en que Cristo mismo nos llama, la Iglesia no puede tener sentido si no es una realidad mística, una realidad del orden más interior, una realidad que solo puede ser accesible a la fe, una realidad que es la luz de la viva llama de amor.

Si no nos colocamos en ese plano, es evidente que no tocamos a la Iglesia y que nos fabricamos un ídolo, como lo haríamos con Cristo si no lo tomáramos de adentro, seríamos como sus contemporáneos que Lo veían con los ojos pero no pudieron identificarlo espiritualmente porque lo veían delante ellos en vez de verlo en sí mismos.

Por eso además Cristo afirmaba a sus apóstoles que les convenía que Él se fuera, porque si no, no recibirían el Espíritu Santo, no entrarían en la gran iluminación que debía llevarlos a la libertad divina.

Tenemos pues aquí la misma dificultad: si tomamos la Iglesia de afuera, estamos seguros de no tocarla y de entrar inmediatamente en dudas, en preguntas llenas de ansiedad, si no de exponernos a un verdadero escándalo.

El misterio de la Iglesia

Se trata pues de un misterio interior que es necesario abordar por dentro, de una realidad mística que no conocemos sino en la medida en que tenemos vida mística y sólo nos da seguridad el encuentro que hizo Saulo, el gran apóstol de las naciones.

Justamente, por el encuentro con Cristo en la comunidad, Pablo llegó a ser lo que fue y, misteriosamente, este hombre que era el más judío de los judíos, el más obstinado en su fe ancestral, el más celoso de la grandeza de la sinagoga, el más hostil a la comunidad naciente cuyo peligro para la sinagoga percibía, al encontrarse de repente con Cristo en la comunidad, va a experimentar que en adelante está libre de todo fanatismo, de toda frontera, que está llamado precisamente a ser el apóstol de los gentiles, el apóstol de toda esa gente de afuera que los judíos no podían soportar a su mesa y cuyo contacto les parecía siempre como ocasión de mancharse.

El Cristo eclesial se reveló a Pablo diciendo: “Yo soy Jesús al que tú persigues”... Todo el misterio de la Iglesia está contenido en esas palabras.

Hacia esa gente se va a orientar Pablo después de su encuentro con el Cristo eclesial que se le reveló diciendo: “Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 9,5). Repito por la millonésima vez que todo el misterio de la Iglesia está contenido en esas palabras: “Yo soy Jesús a quien tú persigues.

La Encarnación continúa a través de nosotros

Si Cristo es el segundo Adán es precisamente para unirnos a su experiencia, y para hacernos compartir igualmente su misión.

Esta identificación no es nuestra, es de Cristo, y es además de una lógica espiritual evidente según las premisas que hemos considerado. Cristo sigue presente, pero no bajo la forma personal visible, tiene que pasar por un sacramento y, además, la Encarnación tiene que continuar, tiene que continuar a través de nosotros porque Cristo no es separable de nosotros.

Si Él es el segundo Adán, es precisamente para unirnos a su experiencia, para hacernos entrar en su vida y para hacernos compartir igualmente su misión. La Encarnación va a continuar, y la presencia de Cristo en forma de Iglesia significa precisamente que la Encarnación va a continuar a través de nosotros y que nosotros deberemos dar a Dios y a Cristo, Verbo Encarnado, un rostro visible a través del nuestro.

Como se trata de trasmitir una Presencia y no una doctrina, es normal que la Presencia Divina sea mediatizada, significada y comunicada por una presencia humana. No hay pues duda de que la identificación es cierta a los ojos de la fe primitiva, a los ojos de la comunidad naciente a la que debemos todo lo que sabemos de Jesucristo.

À través de Su palabra, es Cristo el que obra

Si los apóstoles se levantan después del bautismo de fuego del Espíritu Santo, si afrontan la muchedumbre y las autoridades, si aceptan ser arrojados en prisión sin renunciar en lo más mínimo a su misión, es que ahora tienen la certeza de que el Señor está con ellos, el Señor está dentro de ellos, de que no hablan en nombre propio y de que, a través de su boca, es Su Palabra la que va a resonar hasta las extremidades de la tierra conocida entonces.

Al leer la Epístola a los Gálatas, viendo con qué vehemencia San Pablo corrige a los que querían perpetuar los ritos judíos, entre otros el rito de la circuncisión, viendo con qué violencia repudia esa especie de asociación de la Ley y el Evangelio diciendo que aunque un ángel del cielo les trajera otro Evangelio que el de la liberación que él les había anunciado, que sea anatema, no hay duda que a través de su boca es Cristo el que actúa. Dirá lo mismo con otras palabras a los corintios (2 Co. 2,1-13): “¿Fue Pablo crucificado por vosotros? No habéis sido bautizados en nombre de Pablo, ni en nombre de Cefas, ni en nombre de Apolo: habéis sido bautizados en nombre de Jesucristo”.

La Iglesia es un inmenso sacramento

Y cuando la asamblea de Jerusalén deberá precisamente reglar las relaciones tan difíciles de equilibrar entre cristianos venidos de la gentilidad, es decir del mundo greco-romano, incircuncisos, y de los judíos por otra parte, para equilibrar la comunidad de vida, el decreto de Jerusalén comenzará por estas palabras: “Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros…” donde se afirma la simbiosis, la comunidad de vida entre Dios y la Iglesia de la manera más formal.

La iglesia naciente tenía una visión mística de sí misma en su identificación con Cristo, lo cual le daba un estatuto de sacramento, es decir de signo.

No hay duda de que la Iglesia naciente tenía una visión mística de sí misma en su identificación con Cristo, lo cual le daba inmediatamente un estatuto de sacramento, es decir de signo que no tiene valor sino para representar o mejor, para presentar a Cristo y comunicarlo.

Toda la Iglesia es un inmenso sacramento, no cesamos de repetirlo, toda la Iglesia es un inmenso sacramento a través del cual brilla el rostro de Jesucristo. Es desde luego difícil de percibir ya que es cierto que a través de cada uno de esos hombres-sacramento, ya sean Pedro, Pablo, Santiago o Bartolomé, tenemos ante nosotros una humanidad singular, con sus dones particulares que pueden ser brillantes y magníficos, pero también menos brillantes, o quizás no serlo en absoluto y también límites humanos que pueden ser extremamente chocantes.

Es evidente que, para encontrar el misterio de la Iglesia hay que distinguir entre el hombre como sacramento y el hombre como simple individuo semejante a nosotros, afectado por todos los límites humanos.

Le discernimiento por la fa

Cristo nos preparó para tal discernimiento en una página de San Mateo capítulo 16, que contiene precisamente las promesas hechas a Pedro después de su profesión de fe en Cesarea: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo… y yo te digo: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Pues bien, en la misma página, con unas líneas de intervalo, mientras el Señor reafirma la catástrofe que pondrá fin a su misión, mientras Jesús habla de nuevo de la Cruz pues no quiere que el mesianismo que Pedro acaba de afirmar sea confundido con una empresa revolucionaria situada en un plano carnal, cuando Jesús escucha las súplicas de Pedro que le pide que rechace esos pensamientos funestos y considere el cumplimiento de sumisión por un camino o con un resultado triunfal, Jesús le dirá estas palabras que pueden parecer brutales: “¡Apártate de mí, Satanás, pues tus pensamientos no son los pensamientos de Dios!

En la Iglesia podemos continuamente distinguir a Pedro y Satanás, discernir por la fe desde luego, lo cual quiere decir que estamos ligados a la Iglesia solo en la medida en que ella es efectivamente Jesús.

Ahí tenemos con qué equilibrar: “Tú eres Pedro, pero también eres Satanás, según el caso” y en la Iglesia podemos continuamente distinguir a Pedro y Satanás, discernir por la fe, desde luego, lo cual quiere decir simplemente que estamos ligados a la Iglesia sólo en la medida en que ella es efectivamente Jesús, y que ella no es nada más para nosotros, es decir deja de ser radicalmente la Iglesia cuando deja de ser Jesús.

Pedro puede ser “la Piedra”, sobrenombre recibido de Cristo, no es su nombre, es un sobrenombre simbólico que indica una función, pero puede también ser Simón, hijo de Juan, cuando se ocupa de sus negocios, cuando sigue sus sueños, sus quimeras y ambiciones, y entonces es el anticristo, el adversario, el que se opone a la realización del Reino de Dios, es un pobre pecador que llora sus faltas y con el que debemos llorar las nuestras.

No es la Piedra, es decir no es verdaderamente el sacramento del Señor sino en la medida en que desaparece en Él en la pobreza esencial que es el carácter primero del misterio de la Iglesia, como del misterio de Jesús, como del misterio de la Trinidad.

Cuando chocamos con Satanás

Está perfectamente claro que todos esos hombres que son los jerarcas, los jefes de la Iglesia, los apóstoles, los discípulos, los evangelistas, que recibieron todos una misión, la de perpetuar el testimonio que muestra a Cristo siempre presente en medio de nosotros y en nosotros, es claro que en su calidad de sacramento están en estado de dimisión y no tienen nada más que hacer que desaparecer en Él, y toda su autoridad les viene de la dimisión según el ritmo de la Vida divina en que toda grandeza se funda en la desapropiación. No hay la menor duda posible en este punto.

Pero si vemos las cosas como aparecen, ¡es evidente que nos encontramos quizás con más frecuencia con Satanás que con el verdadero rostro del Señor! Pero hay que aplicar aquí un juicio matizado y discreto. Hay que tener en cuenta las circunstancias y basta recordar a Francia bajo la ocupación para darse cuenta de que hay cosas que uno hace, que debe hacer bajo ocupación pero que no haría nunca fuera de ese tiempo que no se parece a ningún otro y que apela a un comportamiento rigurosamente circunstanciado.

Somos solidarios de todo un pueblo, solidarios de una libertad por conquistar, y entonces no se permiten ciertas caridades porque romperían una solidaridad primera e indispensable, estamos finalmente en guerra y, aunque el corazón esté desarmado como puede estarlo muy sinceramente ante el Señor, hay que mantener ciertamente un frente para salvar la colectividad y hay cosas que uno va a emprender con lo mejor de sí mismo, cosas que no haría jamás en tiempo de paz porque, justamente, entonces el extranjero no es el ocupante y uno puede mirarlo de manera muy diferente y mantener con él visiblemente relaciones de perfecta universalidad.

No podemos leer lo que llamamos la historia de la Iglesia, que no es además sino la historia de los hombres de Iglesia y de los miembros de la Iglesia, sin olvidar estas situaciones concretas. La historia, la historia mística de la Iglesia, no se puede escribir sino en el corazón de Dios. No debemos pues olvidar estas situaciones concretas que apelaban a comportamientos tales como los nuestros cuando estamos en situaciones paroxísticas.

La proteccion de la vida del grupo

Si imaginan que el Islam estaba a las puertas de Poitiers, a las puertas de Viena, y que estaba en juego todo el destino temporal y espiritual de Europa, comprenden mejor las cruzadas que no son ciertamente empresas dignas de admiración sin reserva, pero que se derivan de una situación casi desesperada, en que Europa estaba a dos dedos de ser sumergida por el Islam.

El Islam es ciertamente una religión venerable y de gran calidad, pero si Europa quería permanecer cristiana no tenía más remedio que detener la invasión, con todo lo que ello podía comportar concretamente.

También he subrayado con frecuencia otro elemento que, y es que hasta la constitución de la Unión Soviética, nunca había sucedido en la historia que un estado se constituyera sobre bases ateas. Es un hecho que en la historia de todos los pueblos la religión constituye uno de los fundamentos de la sociedad. ¿Y eso porqué?

Por toda clase de razones, y primero porque la vida de grupo es anterior a la vida de la persona, que la vida de grupo exige biológicamente cierta disciplina para que los hombres del clan no se destruyan mutuamente y que para proteger la disciplina es natural movilizar todas las fuerzas disponibles, no sólo las fuerzas de policía, no sólo la autoridad del jefe, no sólo la autoridad de la tradición sino también, si posible, la autoridad de las potencias invisibles que tenían poder de castigar las transgresiones y que interiorizaban en cierto modo en la conciencia el cuidado de una fidelidad difícil.

victorias politicas a détrimento del Évangeile

Todos los estados, todas las sociedades tienen una religión. Era natural que su religión (la de los cruzados) sufriera porque una religión que se dirige a un grupo, y me refiero a un grupo políticamente unido a la religión y cuya unidad es cimentada por ella, es muy difícil imaginar que todo un pueblo sea místico. Toma necesariamente la religión bajo el aspecto más exterior, más político, como garantía misma de su subsistencia, y sólo unos seres privilegiados, enraizados en una vida espiritual personal, irán más allá, hasta mantener relaciones realmente interiores con la divinidad.

El cristianismo no escapó a esta fatalidad de la historia en su difusión y sabemos muy bien que si el cristianismo venció el paganismo en el siglo IV, fue en detrimento del Evangelio. Fue sobre todo una victoria política asegurada por el poder de los emperadores pero que suponía evidentemente una mirada totalmente exterior sobre la comunidad cristiana, sobre la Iglesia.

Porque no imaginamos que millones de hombres adhieran al cristianismo con una conversión realmente mística porque el emperador los invita a ello o los obliga. En ese conjunto se van a destacar algunos elementos, y luego la primera generación que pasa del paganismo al cristianismo tendrá un corazón dividido, la segunda generación se adaptará, la tercera se considerará como cristiana desde siempre, pero será siempre un cristianismo en general bastante mediocre.

Entonces el cristianismo será enmarcado por una Iglesia que se encuentra ella misma en situación muy difícil: el Imperio Romano se derrumba en Occidente, los bárbaros se instalan en todas partes con sus costumbres y tradiciones, se hacen cristianos por vías bastante heterodoxas, la antigua civilización ha desaparecido, el mundo entero se hunde más o menos en la barbarie.

La religión y la unidad de la sociedad

¿Cómo va a cumplir la Iglesia su misión? Muy naturalmente veremos en Roma al obispo de la ciudad, un San León por ejemplo, un gran hombre, o un San Gregorio, los veremos surgir frente a los bárbaros, los veremos surgir como defensores de la ciudad con su cultura, que no es suprema pero que es mucho mejor que la cultura de los invasores. La influencia que deben a su misión se cristalizará más y más en una misión temporal que van a ejercer porque no hay otra autoridad capaz de asumir la responsabilidad en tales circunstancias. Y luego uno se habitúa al poder y lo conserva cuando ya no es necesario… y ustedes saben lo que sigue después.

Pero estamos todavía en ese régimen en que el Estado como tal tiene religión y en que la religión es considerada como uno de los elementos fundamentales de subsistencia política. Por eso no se aceptará que pongan en duda el credo en sus artículos esenciales, simplemente porque la religión es indispensable a la unidad de la sociedad.

Matizar nuestro juicio

Todo eso no justifica nada, todo eso exige simplemente de parte nuestra un juicio matizado, nos pide entrar en las circunstancias, tratar de revivirlas, aprovechar de la experiencia que pudimos tener en un país ocupado, recordar cambios que tuvimos en esa época, gestos a los que tuvimos que consentir y que rechazaríamos ahora si fueran a inscribirse en la realidad actual.

Todo eso permite matizar el juicio y comprender, si no aprobar, el aspecto temporal que era inevitable y al que por otra parte no estamos ligados en modo alguno, justamente porque después de los apóstoles y toda la comunidad naciente, los apóstoles y sus sucesores, que recibieron la imposición de manos para continuar la misión, es decir para continuar el testimonio, no recibieron la misión sino en estado de dimisión: está perfectamente claro que no estamos ligados en modo alguno a todo lo que su humanidad tiene de limitada.

Fidélidad à la Église indépendiente de la calidad de los hombres

Nada es más fuerte en mí que el sentimiento de libertad e independencia ante cualquiera. Sé que solo estoy ligado con Jesucristo que es nuestro liberador, y que todo lo que no es él no es la Iglesia.

Nada es más fuerte en mí que el sentimiento de libertad e independencia ante cualquiera. Sé que en la Iglesia estoy sólo ligado con Jesucristo, nuestro liberador, y que todo lo que no es Él no es la Iglesia. Sé que en la medida en que el jerarca, el obispo, el sacerdote o el papa, sigue afectado por sus límites, límites que tengo que tolerar naturalmente como si fueran míos, pero que no me ligan porque el testimonio de Cristo me llega mediante un organismo sacramental que no puede limitarlo.

Cuando leemos la historia de los concilios, que no es siempre particularmente edificante, nos damos cuenta de que hombres de una calidad moral a veces sospechosa, pueden a pesar de todo ser instrumentos de grandes designios y enunciar, es decir formular dogmáticamente el testimonio apostólico en los términos más magníficos y más liberadores porque, justamente, no son ellos, sino Él.

Es como en el misterio de la Eucaristía en que el celebrante es sólo sacramento y nada más, no cuenta por nada en la mediación sacramental, y los que participan en la liturgia están fijos en Cristo que viene y no piensan sino en acogerlo, en recibirlo y vivir de Él, y no se preocupan de lo que el celebrante pueda ser, por su pasado, por su origen, porque sólo está presidiendo a título de sacramento ordenado hacia la Persona de Jesucristo, en total dimisión de sí mismo.

Y aunque no quiera dimitir de sí mismo, la fe lo obliga a hacerlo, es decir que la fe pasa por encima de él para llegar directamente a la persona de Jesucristo.

No hay pues duda alguna de que estamos en un misterio de fe cuyo sentido único es trasmitirnos la presencia de Jesucristo, y eso para justificar nuestra fidelidad a la Iglesia. 

La Iglesia, único medio de comunicación sacramental

La Iglesia ha sido siempre y sigue siendo nuestro único medio de comunicación sacramental con nuestro Señor… podremos hacer de nuestra fidelidad a veces dolorosa y difícil un homenaje que se dirige directamente a la persona de Jesús.

Si a los ojos de la fe hubiera otra cosa en la Iglesia que la presencia de nuestro Señor con el que estamos en contacto personal en la medida en que nos abrimos a su llamado, la Iglesia sería algo monstruoso que nos tendríamos que apresurar a destruir. Pero justamente, ha sido siempre y sigue siendo nuestro único medio de comunicación sacramental con Él, y por eso poniendo todos los matices y haciendo todas las distinciones necesarias, vemos bien que el aspecto Satanás puede estar unido al aspecto Piedra (hablo en parábola, siguiendo el texto del Evangelio).

Haciendo esta distinción, sabiendo que sólo estamos ligados a Jesucristo, podremos hacer de nuestra fidelidad a veces dolorosa y difícil un homenaje que se dirige directamente a la persona de Jesús, y eso es: es imposible vivir la vida eclesial sin estar unido místicamente a la persona de Jesús con la voluntad de rendirle testimonio y de entrar en la inmensa dimisión donde se desposa el misterio de la divina pobreza.

La respuesta al hambre y la sed del corazón humano

El gran peligro para la Iglesia, y es un peligro bastante urgente hoy, sería precisamente olvidar su carácter místico, olvidar que es puramente sacramento, olvidar que por ella, es decir por medio de nosotros, continúa la encarnación del Señor, y que la presencia de Dios está ligada a nuestra propia transformación.

Es inútil reunir a la gente en clubes, en cine-clubes o en empresas de ese género, si no tenemos nada más que darles, si no vivimos a Cristo, si no somos transparentes a Su Presencia. Tendríamos entonces las manos vacías, vacío el corazón, y habríamos dispersado y consumido todas las energías en vano ya que no tendríamos ninguna respuesta que dar al hambre y a la sed del corazón humano.

Todos tenemos la misma misión

Además, para repetirlo una vez más: ¡todos somos la Iglesia, ustedes son la Iglesia! La Iglesia no es clerical o al menos no debe serlo. Es también un niñito en su cuna, un obrero en su taller, un profesor en su cátedra, una madre de familia en su hogar, tanto es como la obra del Papa, de los obispos y de los pastores.

Somos cristianos únicamente a título de sacramento. Todos tenemos pues la misma misión que nos compromete totalmente y nos pide hacer de nuestra vida, a cada instante, un don de nosotros a Jesucristo, don que será a la vez don de Jesucristo a todos los hermanos humanos.

Así entraremos además en un ecumenismo sin fronteras, ecumenismo que no concernirá solamente a los cristianos de quienes estamos separados y con quienes ardemos de deseo de reunirnos, sino también todos los pueblos.

Cristo es de todos, Cristo es para todos, Cristo espera a todos los hombres, es interior a cada uno. Si Cristo es en verdad el segundo Adán, si es interior a cada uno, todos son cristianos, que lo sepan o no.

Porque ¡Cristo no es monopolio de los cristianos! Los cristianos no son un pueblo elegido que se cantona en sus fronteras. Cristo es de todos, Cristo espera a todos los hombres, está en el interior de cada uno, todos son pues cristianos. Si Cristo es realmente el segundo Adán, si es interior a cada uno, todos son cristianos, que lo sepan o no, y tenemos que tratarlos como tales. No están afuera, están dentro y no tenemos que evangelizarlos con prédicas, sino tenemos que ser para ellos la acogida de Jesucristo.

El cristiano universalizado por el amor de Cristo

La misión, como decía hace poco, la misión de la Iglesia será cada vez más una misión silenciosa. Los pueblos que se despiertan a la independencia aceptarán cada vez menos que nosotros pretendamos llevarles riquezas que no tienen, enseñarles verdades que les son desconocidas y los llevan por caminos que serían superiores a los de ellos. Ellos tienen sus tradiciones, su filosofía, sus creencias, su moral, y la estiman igual si no superior a la nuestra.

El cristiano será cada vez más un hombre universalizado por el amor de Cristo que llevará a los demás simplemente la luz y el gozo de su fraternidad.

El cristiano ya no es un europeo que hace parte de cierto gueto y que es enviado por su país a otros países. El cristiano será cada vez más un hombre hecho universal por el amor de Cristo que llevará a los demás simplemente la luz y el gozo de su fraternidad. No les pedirá convertirse a Jesucristo sino que les llevará en su persona la acogida de Jesucristo.

Si descubren Su Rostro a través del don de una humanidad luminosa, serán quizá llamados a reconocerlo en el plano visible de la historia y a unirse visiblemente a la Iglesia, pero no podemos ir a ellos con el proyecto de anexarlos, es necesario primero desanexarnos a nosotros mismos, es necesario desapropiarnos radicalmente para dar un testimonio absolutamente puro, radicalmente universal, y que pueda llegar al fondo del alma sin limitarla.

Los seglares en la Iglesia

La Iglesia, podemos amarla y vivirla como un misterio de fe. La Iglesia, podemos amarla viendo en ella el Rostro de Jesús, podemos amarla continuando con ella la Encarnación del Señor. Eso no quiere decir que haya que amarla sin discernimiento, y ustedes a quienes denominamos bajo el término tan pesado y tan poco elegante de laicado, están quizá llamados a centrar la acción cristiana en la unión mística con el Señor. Podemos imaginar que el laicado se organice, fuera de la dirección de los sacerdotes, para decir lo que piensa, lo que desea, para expresar los límites que encuentra, los sufrimientos que tiene, para preguntar si ciertas direcciones no son deplorables, y si no habría que centrar la acción cristiana de hoy de manera más radical en esta unión mística con el Señor.

Creo que sería muy importante que el laicado se organice con cierta coherencia y homogeneidad para tomar conciencia a través de su experiencia cotidiana, a través de los contactos con todos los hermanos humanos, para tomar conciencia más grande de lo que conviene acentuar hoy sobre la herencia ilimitada de Jesucristo, es decir cómo abordar hoy la presencia del Señor que desborda todos los tiempos, que es interior a todos los hombres y que puede responder a todas las aspiraciones en la medida en que tales aspiraciones se decantan, se purifican y se desenraizan de nuestras opciones pasionales.

Creo que ha llegado la hora en que los seglares deben ejercer su discernimiento crítico ya que la fe misma es una mirada crítica sobre todo lo que no es esencial, sobre todo lo que no es la unión con Dios.

Creo en efecto que ha llegado la hora en que los seglares deben ejercer su discernimiento crítico, ya que la fe es una mirada crítica sobre todo lo que no es esencial, sobre todo lo que no es la unión con Dios, sobre todo lo que no es la pobreza “infalsificable” que es el único camino hacia la grandeza y la libertad.

Sería deseable que los laicos se unan para presentar sus postulados, a condición naturalmente de que lo hagan desde lo más profundo de su vida interior, sin ningún espíritu de denigrar sino simplemente porque ellos también tienen la responsabilidad del Reino de Dios y pueden sentirla en sus compromisos humanos más vivamente que los sacerdotes. Los sacerdotes están delegados para repetir el testimonio vivificante sin mezclar nada propio, pero no pueden pesar siempre con la misma agudeza las necesidades de nuestros contemporáneos en función de la respuesta que tienen que darles.

Testimonio al misterio de la Iglesia

La Iglesia solo existe siendo Jesús, solo existe continuando la Encarnación, dándole rostro a través de nuestro rostro.

Pero de todos modos no es hoy cuando podemos aflojar la adhesión al misterio de la Iglesia: la Iglesia tiene necesidad de nosotros, tiene necesidad de ustedes, necesita sobre todo nuestra conversión, nuestra santificación, necesita nuestra unión intensa con Cristo. La Iglesia no existe por otro motivo, sólo existe siendo Jesús, sólo existe continuando la Encarnación, dándole un rostro a través del nuestro.

Se trata pues de ver en el misterio de la Iglesia una misión que nos es confiada, una misión que nos compromete a fondo, que nos compromete siempre y en todas partes, al precio de nosotros mismos, sin ninguna especie de proselitismo, una misión de silencio en que llevamos a los demás nada menos que una presencia infinita que los acoge sin preguntarles el apellido ni el origen, que los acoge simplemente en nombre de su humanidad. La Iglesia no tiene más testimonio que dar, pero éste es esencial ya que es el único que puede acreditar la presencia real del Señor en medio y dentro de nosotros, y continuar la gran reunión que Cristo quiere operar como Segundo Adán haciendo de todos los hombres una sola vida y una sola persona.

La persona y el universo

La vida social arriesga siempre sepultar la persona, separarla de sus raíces espirituales, poner trabas a su libertad interior, arrastrarla a un universo pasional estrechamente encerrado en sus fronteras. La vida social arriesga siempre convertirse en esclavitud en que la parte de la persona es cada vez más limitada. Una sociología salida de Cristo, salida de la Encarnación, de la unión con Dios que funda el valor humano, una sociología de tipo sacramental y divino, una sociología así identifica la persona y lo universal.

Justamente, en la perspectiva espiritual, lo universal no es la reunión de una multitud en la que no falta ningún individuo. En la perspectiva de la persona lo universal es una presencia ofrecida y dada, sin fronteras y que es acogida ilimitada para con todos y cada uno.

Somos universales en la medida en que somos personales pues ser personal es ser desapropiado de sí mismo en continua respiración de Dios.

Bajo este aspecto, somos universales en la medida en que somos personales ya que ser personal es estar desapropiado de sí mismo en una continua respiración de Dios. Ahí estamos en lo más profundo de la soledad inviolable del Espíritu, Y al mismo tiempo estamos en centro de una difusión ilimitada que alcanza todos los hombres y todo el universo. Eso debe ser la Iglesia y nada más, pero debe serlo concretamente, es decir a través de nosotros.

Cristo está confiado à cada uno y totalmente

No tenemos que epilogar interminablemente sobre las fallas de los miembros de la jerarquía si las encontramos porque nosotros estamos tan implicados como la jerarquía, pues somos tan responsables de Cristo en el mundo como la jerarquía, porque Cristo nos está confiado a cada uno totalmente, como lo estaba a su madre.

Tenemos pues que cuidarlo, dar testimonio de Él sin hablar de Él, presentando simplemente a los demás el Rostro de Su Amor. Es difícil, más de lo que se puede expresar, es difícil superar las fronteras y los fanatismos, es difícil renunciar a triunfos temporales que inflarían las estadísticas pero, cuando se ha identificado a Dios con la Presencia escondida en nuestra intimidad, sabemos muy bien que el hombre es inefable, que el hombre es un misterio de grandeza infinita y que, para llegar a él no hay otro camino que el de la Cruz, no hay otro camino que el del amor, de la dimisión y de la desapropiación. Finalmente, eso es lo que brilla en el misterio de Cristo vivo en la Iglesia: lo que brilla es que el hombre tiene un valor tan grande que, para obtener su consentimiento, para hacer brotar la respuesta al Amor Infinito que es Dios, Cristo tiene que pagar con su vida.

Dios da su vida por nosotros pues nos pone en el nivel del don que hace de sí mismo… Continuar la obra de Cristo es poner al hombre en ese nivel y pagar por ello el precio que es uno mismo.

Dios da su vida por nosotros porque nos pone en el nivel del don que Él hace de Sí mismo. Ese es el sentido de todo apostolado: el hombre puesto en el nivel mismo del don de realizado en su favor. Continuar la obra de Cristo es poner al hombre en ese nivel y pagar por el ello el precio que es uno mismo. Uno mismo gota a gota, uno mismo en lo cotidiano, uno mismo en la medida de la luz que tenemos como cristianos, en la medida en que hemos crecido en el amor, pero siempre dándonos verdaderamente como prenda del Evangelio que es únicamente el don ilimitado de una Presencia Infinita.

Ser cristiano en la fidelidad al misterio de la Iglesia

Pero aún ahí hay que descubrir esa realidad en el silencio, y creo que se sentirán tanto más cómodos en la medida en que tengan perfectamente derecho de expresarse. El Concilio los ha invitado a ello: exprésense, consúltense, reúnanse, envíen mensajes. Organicen el laicado de manera que esté en capacidad de hablar después de madurar en silencio, de hablar fraternalmente, de hablar filialmente, pero de hablar en nombre de Jesucristo para que no haya jamás disociación entre los apóstoles que son los sacramentos de la unidad y el pueblo cristiano que es la hostia viva a través de la cual se realiza la unidad.

Asegurado esto, no pueden olvidar tampoco que lo esencial es el testimonio de la vida entera que no se puede dar sino en una intimidad cada vez más profunda con el Señor. Nosotros tenemos que transformar el rostro de la Iglesia, el rostro visible que somos nosotros. Si sufrimos por las fallas de ciertos jerarcas, si sufrimos cierta agitación de superficie, si sentimos que la corriente mística arriesga ser ocultada por toda una masa de actividades visibles, nos toca precisamente a nosotros, viviendo en profundidad, dar visiblemente a la Iglesia el verdadero rostro de sacramento llevando a todas partes la Presencia misma de Jesús, a nuestra medida y en una experiencia continuamente renovada.

Imaginan muy bien que no ignoro las dificultades y que he tenido que soportar cierto número de ellas, pero eso no me impide vivir en la Iglesia con un sentimiento de completa libertad. Nunca he sentido mi pensamiento limitado, en la medida precisamente en que se alimenta del silencio de Dios.

Es desde luego imperiosa necesidad estar en contacto con Él, escucharlo, hacer silencio en sí mismo, es necesario estar liberado de toda opción pasional en el momento mismo en que se desea acoger un testimonio que coincide con una Presencia.

Nosotros tenemos que compensar las deficiencias humanas de los miembros de la Iglesia y estamos tanto más llamados a hacerlo cuanto con mayor sufrimiento las percibamos. Sabemos que existen hoy inmensas buenas voluntades, que hay mucha virtud, que hay una apertura extraordinaria al mundo, y todo eso es excelente a condición de permanecer en el centro y no olvidar que todo está contenido en la vocación cristiana, todo está contenido en esas palabras que hicieron de Saulo el apóstol San Pablo: “Yo soy Jesús”.

Entonces ser cristiano fiel al misterio de la Iglesia, es tomar a la letra esa consigna y dar testimonio de Jesús siendo Jesús, porque, como decía San Agustín: “No nos hicimos cristianos solamente, nos hicimos Cristo”. 

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