Homilía de M. Zúndel, para el 4º domingo de cuaresma. Lausana, 1960. Leer el Evangelio de san Juan 6:1-15. Tomado del libro “Tu Palabra como fuente (*)

 

En el evangelio que acabamos de escuchar, se siente muy bien el fracaso que tuvo Jesús en esa manifestación que parecía ser en favor suyo pero que en realidad provoca un movimiento que compromete el sentido de su misión. Quieren hacerlo rey, llevarlo en triunfo, hacerlo entrar por fuerza en un mesianismo nacional y revolucionario, mientras que su Reino, como dirá él mismo dentro de poco a Pilato, es el Reino de la verdad. Y su fracaso nos introduce precisamente en la meditación del Reino de la verdad que nos lleva a formarnos una idea sobre la Redención profundamente diferente de la que acostumbramos.

El Reino de la verdad… ¿cómo se establece la verdad en una mente? Bien lo sabemos: se instala a la sombra del silencio y la transparencia; solo se enraíza bajo la luz de una mirada purificada que adhiere a la verdad como nos apegamos a la luz de la llama del amor.

Si el Reino de Jesús es el Reino de la verdad, ¿qué puede significar la Redención? ¿Se trata de un sacrificio ofrecido a la majestad divina para desarmar la ira de Dios, o de otra cosa? Para saberlo, necesitamos de una experiencia humana fácil de entender.

Una madre, una madre verdadera, una madre perfecta, una madre desinteresada y que ama a su hijo por él mismo. Puede que el hijo ande mal (y vemos de ello ejemplos trágicos), el hijo se desvía del recto camino, el hijo deshonra las tradiciones de la familia, entra en decadencia, y a medida que su caída se hace más profunda, si la madre lo ama por él mismo de verdad, es claro que es ella la que siente su miseria, que vive su decadencia más profunda e intensamente. Él, a medida que se vuelve más indigno de sí mismo, se vuelve también más incapaz de sentir su perdición. Para sentirla y recuperar, para sobreponerse, necesitará despertar. Pero mientras su conciencia esté dormida y anestesiada, es la madre, la madre con toda su generosidad, la madre capaz de identificarse con él, la que va a sentir su desvío.

Y mientras más pura, más inocente, más perfecta sea la madre, mientras más viva en Dios, más herida se sentirá en el hijo y en lugar de él, pues no verá como juez implacable la decadencia del hijo. Si percibe su miseria como persona, la percibe seguramente con una mirada incorruptible. Es incapaz de ser cómplice de los desórdenes de su hijo. Pero si su mirada es incorruptible, es una mirada compasiva, una mirada que sufre con él, una mirada reparadora. Es una mirada que espera y lo invita. Y en la medida de lo posible, es víctima de la decadencia en él y por él y se sustituye a él para repararla. Con todo su amor, hace un contrapeso de luz y amor para reequilibrarlo, para invitarlo, para hacer que se levante, para que logre justamente el despertar de conciencia en que escoja de nuevo el camino recto y el bien.

Pero comprendemos bien que si sufre en él, esa mujer, esa madre perfecta que ama a su hijo por él y no por ella, sufre por él. Si es víctima en él, es víctima por él y entendemos en seguida que así es como Dios es víctima del mal en nosotros y por nosotros.

Podemos igualmente mirar otra parábola, es decir, meditar otra experiencia nuestra, una experiencia fácil de hacer en las discusiones casi siempre estériles sobre cualquier tema.

Cuando sentimos que alguien se equivoca, es claro que el modo más seguro de hundirlo en su obstinación es empujarlo a su mala fe, arrinconarlo con buenos argumentos para probarle su error y forzarlo a que lo acepte.

Hace mucho tiempo que yo renuncié a toda polémica porque es muy fácil darse cuenta de que si amamos la verdad, y en la medida en que la amamos, no hay que tratar de convencer a los demás de sus errores y de empujarlos a que los reconozcan, pues mientras más lo hagamos más se encierran en una resistencia que termina otra vez en mala fe. Porque habiéndose embarcado en una mala argumentación, van a sentirse tentados de falsear la balanza de su mente y volverse finalmente contra la verdad.

Si amamos la verdad, cuando sentimos la menor resistencia, sentimos de inmediato también que es necesario retirarnos, que no hay que insistir, no hay que confundir o humillar al otro, que hay que bajar los ojos como Jesús ante la mujer adúltera, que no hay que aprovechar de que tenemos razón, que hay que desarmar el amor propio bloqueado contra la verdad, que es necesario crear una atmósfera de silencio, de confianza y de humildad que le permita al interlocutor recapacitar sobre su posición, descubrir espontáneamente su error y entregarse virginalmente a la verdad en un movimiento salido del fondo de sí mismo. Y sentimos muy bien que si lo arrinconamos en sus últimos baluartes heriríamos en él la verdad. La verdad sería víctima de su amor propio, sería pisoteada por su voluntad de ganar y nosotros seríamos cómplices de la derrota de la verdad al querer aprovechar de las razones, las buenas razones que podamos tener.

Y ahí sentimos justamente que para remediar el mal hay que pagar con nuestra persona y que siempre hay que hacer contrapeso con el amor a las solicitaciones y peligros del amor propio.

Entonces, si sentimos lo que una madre perfecta realiza con tanta generosidad, es imposible que Dios no lo haga y podemos considerar en seguida que la Redención, el sacrificio del calvario no significa una forma de reparación ofrecida a la majestad divina para desarmar la ira de Dios, sino que tiene el sentido de desarmar nuestras propias resistencias, de desarmar nuestro amor propio y nuestra mala fe y, justamente, de hacer el contrapeso inmenso e infinito de luz y amor, a todas nuestras tinieblas, para que nos levantemos en un despertar de conciencia que brota de la generosidad divina, que surjamos a una nueva conciencia en que nos demos cuenta, en que reconozcamos la verdad como un rostro, como una persona, como una Presencia, como la luz misma del eterno Amor.

Si Jesús es víctima en la Cruz, en Jesús Dios es la víctima sobre la cruz. ¿Y de quién es Dios víctima, sino de nosotros? Víctima de nosotros, víctima en nosotros y víctima por nosotros, por nosotros...

Dios, en la inocencia eterna de su vida trinitaria, Dios en la mirada incorruptible que el Verbo intercambia con el Padre, Dios en el Amor virginal en que brota el Espíritu Santo de la respiración del Padre y del Hijo, Dios no puede sin duda perder nada ya que eternamente todo lo ha dado. Si Dios puede ser víctima, es en nosotros, pero también por nosotros en la misma medida.

Es pues necesario que aprendamos, a la luz misma del fracaso de Jesús, hasta qué punto el mal es una herida de amor. El mal no es la violación de una voluntad arbitraria, de un reglamento que nos imponen; el mal es la vida divina violentada en nosotros, la vida divina rechazada en nosotros, la vida divina ensombrecida e interceptada en nosotros. Y por eso el mal solo puede ser reparado por la sobreabundancia de amor que se expresa en el misterio de identificación de Cristo con nosotros y de Cristo con Dios, ya que él es indivisiblemente el Hijo del Hombre y el Hijo de Dios.

Mirando pues esta noche la Cruz a la luz de la liturgia de hoy, la Cruz cuya luz adorable y sangrienta vemos ya aparecer en el fracaso de Jesús después de la multiplicación de los panes, mirando esta noche la Cruz, jamás olvidaremos que la Cruz representa y expresa la compasión maternal de Dios que es víctima de nosotros, en nosotros y por nosotros.

Y veremos en la Cruz una invitación al amor tanto más ardiente cuanto más puro, más desinteresado, más maternal. Porque cuando vemos ese rostro de amor, cuando vemos en Dios ese rostro de madre, cuando vemos en la Cruz la compasión que se identifica con nosotros, ¿cómo resistir al llamado de una ternura tan cercana, tan íntima, tan apasionada, tan diáfana y ardiente?

Entonces queremos saludar la Cruz con felicidad como nuestra única esperanza, mirando en su luz, contemplando el rostro adorable del eterno Amor, que es el rostro infinitamente maternal de una ternura que no cesa de llamarnos en lo más íntimo de nosotros mismos.

 

(*) Ta parole comme une source, 85 sermones inéditos. Ed. Anne Sigier, Sillery, agosto de 2001, 442 páginas. ISBN: 2-89129-082-8

 

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