Homilía de Mauricio Zúndel en El Cairo, en 1957. (Al parecer, inédita)

 

Si están en una estación y ven pasar un tren a 120 km/hora, les parece ver una masa unificada por la velocidad y cuyo poder de choque es aún mayor si la velocidad es más grande, y si se descarrila la tragedia es tanto mayor cuanto mayor sea la velocidad. Ese móvil es la imagen de cada uno de nosotros.

Todos somos un móvil, no escogimos nacer, ni la herencia, ni la época; todas las influencias se incrustaron en nuestra pequeña infancia. Fuimos lanzados como el móvil por su velocidad. El período de la infancia es más rico que el de la edad adulta. Suceden numerosos acontecimientos de la existencia durante los dos primeros años de vida. El niño los recibe sin control. Cuando comenzamos a decir “Yo”, esta palabra es la resultante de todas las fuerzas hereditarias y de todas las influencias acumuladas en los dos primeros años de existencia.

Yo… No sabemos lo que eso significa ni lo que designa, porque el Yo no lo escogimos nosotros y la paradoja es que nos aferramos a él y defendemos algo que no nos pertenece, que nos fue impuesto y que es un complejo de pasiones infantiles. Nos falta mucho para comenzar a ser persona, es decir espacio y libertad. Por eso, la mayor parte de nuestra persona es inauténtica. Generalmen­te, las declaraciones de principios son de ineficacia total pues no logran domesticar las pasiones. Por eso los filósofos existencialistas y sobre todo Kierkegaard han insistido sobre la necesidad: “De repente me doy cuenta que el Yo me fue impuesto

Toda la biología me cae encima y no quiero ser un simple resultado, tengo que tomar una decisión. Tengo que elegirme a mí mismo. La primera toma de conciencia establece una distancia infinita entre mí y mí mismo. Tenemos pues que recuperarnos, re-crearnos, comenzar de nuevo… pasar por un segundo origen.

¿Y qué elegir? Un nuevo universo, establecer en mí valores de libertad, de alegría y generosidad. A la mesa de la amistad no nos alimentamos solo de pan y alimentos, sino sobre todo de amistad. Es símbolo de un segundo comienzo, de la adhesión al nuevo nacimiento; ser hombre es elegirse, armonizar todo el ser para que cante y sea para los demás fuente y amistad. Es algo grande sentir que la toma de conciencia nos llama a transfigurar el yo en un llamado de generosidad y libertad. Eso vale para todo el ser, para la casa, la comida, el pensamiento. Es verdad respecto del cuerpo.

Tenemos costumbre de hacer una distinción simple entre el cuerpo y el alma. La materia tal como la experimentamos sólo la conocemos bajo la forma de pasión. Einstein y Jean Rostand sienten respeto ante la vida biológica. “El que ha perdido la capacidad de respeto ante la vida biológica, es como si estuviera muerto.

En el sabio, la alegría de conocer está en que la ciencia es un diálogo con alguien que inspira respeto. Rostand que se cree materialista tiene pasión ardiente por la verdad. El respeto de la verdad es mayor en los sabios que los cuidados que prodigan a su cuerpo y a su seguridad misma: testigos los sabios que trabajan con Radio.

Es pues claro que para los sabios la materia jamás es dato bruto: lo atraviesa un pensamiento. La mene encuentra su alimento en el universo y la ciencia nunca deja de ser diálogo. Y si observamos la materia que es nuestro cuerpo, toda su belleza, es un poder de símbolo. Un apretón de manos es un misterio que simboliza la amistad y eso constituye su grandeza. Igualmente los gestos de la danza: Isadora Duncan decía un día danzando: “No soy yo, no me miren, es la idea”. Su cuerpo era símbolo de una idea.

La única materia que podemos conocer está en movimiento, en superación, que simboliza una presencia. Cada uno modela su cuerpo según la elección que hace, porque cada uno irradia sobre el mundo del pensamiento y todo eso es un solo cuerpo y alma: un impulso hacia lo invisible.

Entonces tenemos que elegirnos, por entero, cuerpo y alma. Debemos enraizarnos en un mundo nuevo. La caña pensante de Pascal cuando habla del hombre. Realizar la transformación del punto que éramos en el universo, para hacernos polo de luz, de generosidad y alegría. Así vamos contra la corriente de la muerte. Debemos liberarnos también de la muerte, pues hay una muerte que es liberación en que todo se transforma en luz y amor, y en que la vida es un cohete lanzado hacia la eternidad.

Es necesario conocer el esplendor y la vocación del cuerpo y no podemos transfigurarnos sino embelleciendo el cuerpo. El sentido de la mística no es afear el cuerpo sino reconocer su infinito poder de símbolo: es el sacramento del espíritu y de la divinidad, pues la primera revelación de Dios es siempre un rostro humano y todos los textos estarían eternamente muertos si no vivieran a través de un rostro humano, es decir, de un cuerpo divinizado. Debemos pues re-crearlo, así como debemos re-crear el pensamiento. Poner en el cuerpo un impulso de vida y amor, contra el empuje de la muerte.

No hay duda de que el cuerpo está llamado a esa transfiguración, y toda la pureza quiere decir: ¡Atención! El cuerpo es un misterio divino y sagrado, no lo dañen, porque todas las fibras de su ser están llamadas a vivir la divinidad. Hay que tocarlo con manos luminosas, como una eucaristía.

Entonces entendemos que en este sentido la muerte está vencida, eliminada. Sentimos bien que cuando el hombre salva solo su piel, perece. El que sacrifica su piel, el mártir, el héroe, pierde su piel pero afirma la vida. Sentimos que es un gran ser vivo, que escoge la muerte porque la ha vencido.

El fin de todo es que no hay fin, que la vida resucita. Aquí debe llegar el segundo origen; morimos de una muerte que no es disolución sino liberación en que está el último grado de un amor en que el cuerpo se ha convertido en rostro del hombre y está listo para un nuevo comienzo.

Cristo entra en la muerte para liberarnos de la muerte, porque ha vencido la muerte para que no la miremos sino como última etapa para entrar en la vida, pues Dios no es un Dios de muertos sino un Dios de los que viven. Toda vida puede volver a comenzar y terminar en ese segundo nacimiento.

Esta noche queremos recordar la aurora de la Resurrección y pensar en el alba de un mundo que puede surgir de un nuevo comienzo. Queremos conservar el sentimiento de que nuestro cuerpo está llamado a la vida eterna, que es sagrado y divino y que es necesario tratarlo con un máximo respeto.

El mundo en que nos introduce Cristo resucitado es un mundo transfigurado. PASCUA es el triunfo de la vida.

 

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