Homilía de Mauricio Zúndel en Lausana, en mazo de 1960 (*).

Como ustedes saben, una fórmula muy antigua de matrimonio en el ritual hindú, contenía esta frase muy sencilla. El novio decía a la novia: “Tú eres yo”, es decir: “Yo dejo de ser yo y me hago tú”.

Es fácil pronunciar esas palabras, pero es evidente que para vivirlas, sobre todo para vivirlas toda una vida, se necesita tanto superarse a sí mismo que no basta decirlas para autenticar un matrimonio digno de ese nombre, pues, justamente, las relaciones misteriosas entre dos almas, de persona a persona, suponen un compromiso, una presencia, una verdad, un perpetuo recomenzar, un don inagotable. Y solo en la medida en que las vivimos sabemos lo que significan las palabras Tú eres yo en un matrimonio auténtico.

Sucede lo mismo, con mayor razón y en un nivel aún más profundo, en nuestras relaciones con Dios. Es imposible referirse simplemente a fórmulas y palabras, como si habláramos de cosas u objetos. Cada vez que se habla de Dios en el Evangelio, en la sagrada Escritura, en los concilios, en la liturgia divina, o en cualquier palabra de la Iglesia, siempre hay que suponer un diálogo, una experiencia, un compromiso que confiere a las palabras un valor que las supera y las hace vivir.

No más esta semana, un médico parisino me hizo esta pregunta: “¿Y dónde sitúa Ud. el pecado original? ¿Cómo lo sitúa en el principio del mundo y qué quiere decir con eso? Estamos en la biología y en el fondo, decía él, creo que eso quiere decir que el hombre es imperfecto, que comienza balbuciendo y que solo progresivamente llega a la edad de razón y a la perfección del conocimiento.” Y yo le respondí: “¿Y cómo quiere Ud. hablar del pecado original sin experimentarlo, sin entrar en un diálogo vivo con Dios? El pecado original es en fin de cuentas una confidencia que nos hace el Amor de Dios con el fin de clarificar nuestro amor. Es imposible que, siendo médico, Ud. no haya chocado con el problema del mal. Es imposible que el mal sea para Ud. simplemente una palabra, una teoría, una abstracción. Ud. lo ha sentido en sus pacientes, Ud. se ha enfrentado al sufrimiento, ha conocido la agonía de niños pequeños, Ud. ha debido sentir todo lo que Dostoievski describe en los hermanos Karamazov y lo que constituye para Iván Karamazov una objeción tan terrible contra la existencia y la bondad de Dios. Pues bien, si Ud. ha experimentado todo el poder del mal, todo el horror, toda la atrocidad del mal, todo lo insoportable del sufrimiento de los inocentes, Ud. comienza a entender lo que significa el pecado original. Es el grito de la inocencia de Dios que protesta porque Él no es el autor del sufrimiento, que no es el autor de la muerte, que no tiene ninguna culpa de la tortura infligida a los inocentes, sino, más aún, que Él es la primera víctima. Pues justamente, el grito de la inocencia de Dios que es ya evidente en el relato imperfecto del Génesis, va a resonar con acentos más desgarradores en el Huerto de la Agonía y en la cruz en que Jesús expira. Ahí tiene Ud. la respuesta de Dios al problema del mal, al misterio del mal, a la atrocidad del mal; en la cruz aparece la víctima inocente y desgarrada, proclamando que no quiere nada de todo eso, pero que le fue impuesto por una voluntad perversa.

Pero aunque esa es una primera luz que brilla en la experiencia del mal iluminada por el pecado original, es claro que eso significa de inmediato que la creación es una historia de dos, un intercambio, que la creación es un diálogo, que Dios no puede hacerla solo porque es ya un acto de Amor dirigido a nuestro amor y no puede tener toda su eficacia y su significación sin la respuesta de nuestro amor.

Ustedes recuerdan que en los hospitales de Londres se observó que los bebés que beneficiaban del cuidado de sus mamás que participaban en los cuidados dados por las enfermeras se curaban dos veces más rápido que los otros, con los mismos remedios, los mismos cuidados y las mismas técnicas. Porque en su organismo, en su sensibilidad había algo estimulado por la ternura maternal a la cual respondían ellos. No recibían pasivamente los cuidados, sentían el influjo del amor materno y todas las energías físicas eran estimuladas y acrecentadas, y la sanación era mucho más rápida.

Justamente, la creación es un acto maternal. Brota del fondo de la ternura divina, como invitación a nuestra ternura, y si no respondemos, el mundo, el verdadero mundo armonioso, el mundo hermoso, el mundo alegre, no puede existir. Un físico hindú, mediante estudios muy precisos, demostró que las cosas mismas tienen ritmo. Un cable no resiste a una tracción brutal, el hierro se rompe si no se respeta de cierto modo su melodía y su ritmo.

En toda la naturaleza, en todo el universo existe cierto ritmo que exige respeto, cierto orden que debe ser comprendido, cierta invitación hecha continuamente a que la respetemos y la amemos. Y la creación no puede estar jamás en equilibrio si nosotros mismos no estamos en relación viva con Dios. Y tenemos la prueba de que esto no son meras visiones de poetas o sabios si escuchamos la admirable exégesis de san Pablo a los romanos (Ro. 8:19-22) donde dice que la creación está sufriendo dolores de parto, lanzando gemidos, en espera de la manifestación de la gloria de los Hijos de Dios. El universo está herido en cierto modo, como Dios es víctima porque una voluntad mala, envidiosa y posesiva se opuso al amor de Dios.

Es de máxima importancia, decía ese médico, estar convencidos de la inocencia de Dios. Es de máxima importancia que el mal tenga la dimensión atroz que manifiesta una herida divina. Pues si no tuviera ese efecto en la creación, si no existiera la fragilidad de un niñito, si no existiera la sensibilidad de un hombre o de una mujer, una presencia de Dios confiada a nuestra consciencia y a toda consciencia, el mal no tendría el aspecto horrible que tomó en los campos de concentración, y que tiene por ejemplo en el libro del que por otra parte se habla como de un gran libro que es El último justo (de Andrés Schwartz-Bart, Goncourt, 1959). Si el mal puede inspirarnos tanto horror, si la crueldad puede tener un aspecto tan abominable, es justamente porque en la creación existe una dignidad infinita cuyo desprecio o ignorancia destruyen el universo de Dios y traspasan su corazón y provocan la Cruz en que el Amor de Jesús asumirá todos los males del mundo para que el orden eternamente deseado por Dios pueda ser restaurado.

Es pues muy claro que cada vez que abrimos el Evangelio, cada vez que leemos la Biblia, cada vez que pensamos en el mensaje de Jesús, o en el mensaje de la Iglesia que es el mismo, para entenderlo debemos entrar siempre en el diálogo de la vida interior, en el diálogo del silencio, en el diálogo de la generosidad y del amor. Solo ahí se hacen inteligibles las palabras de Cristo y las palabras de la Iglesia, porque estamos en el universo en Tú al cual hace alusión el antiguo ritual hindú haciendo decir al novio a su novia: “Tú eres yo.”

Y justamente, el resumen que acabo de hacer sobre el pecado original recordando la inmensa responsabilidad nuestra, dando a nuestra libertad la medida de la Cruz, esta doctrina, o mejor, esta confidencia admirable invita todas las energías de nuestra mente y corazón para que cerremos la fuente del mal. Y en esta cuaresma en que la penitencia corporal se reduce a nada, vamos a pedir tanto más que no le añadamos ni un ápice al sufrimiento del mundo, sino que conspiremos con todas nuestras fuerzas a la difusión del gozo de Dios.

La cuaresma no debe darnos un rostro triste por penitencias, que no practicamos además. Debe darnos el rostro de la alegría que ofrecemos. Cada vez que nos abstengamos de infligir heridas a los demás, cada vez que tratemos de evitar un sufrimiento, cada vez que hagamos surgir la alegría donde había amargura, contribuiremos a realizar la creación que solo puede ser una historia de dos, en que nuestro es absolutamente indispensable a la realización del plan de Dios.

¡Ah! No es poca cosa lo que Dios nos propone; no nos trata como extraños y como esclavos. Pone en nuestras manos el universo entero porque justamente quiere hacernos creadores y le da a nuestro sí una importancia esencial hasta el punto de no realizar nada sin nuestro consentimiento.

Sumemos pues esta noche nuestro sí al sí de Jesús que se va a manifestar en el misterio del altar que es el memorial de la Cruz, y pidamos al Señor que nos prepare al misterio pascual pidiéndonos cada día la alegría que somos capaces de dar a los demás.

Podemos avanzarnos hacia el misterio de la Resurrección presentándole al Señor el manojo de amor construido con todas las pequeñas alegrías que hayamos podido sembrar a lo largo de camino cotidiano, y así habremos entrado en el espíritu de la cuaresma que, con nuestra ayuda, quiere cerrar la fuente del mal, para hacer brillar la inocencia de Dios y realizar, con la ayuda de Su Presencia que jamás nos falta, y de su gracia que siempre se nos da, la hermosura del mundo que los poetas han presentido y los músicos han cantado, que los sabios descubren y que está lejos de realizarse plenamente ya que aún hay tantos sufrimientos y tantas heridas.

Pero justamente a nosotros nos toca trabajar para curar esas heridas, disminuir los sufrimientos y cumplir nuestra misión de alegría que es el testamento que el Señor nos dejó con sus últimas palabras: “Os he dicho todas esas cosas para que mi gozo esté en vosotros y que vuestra alegría sea perfecta” (Jn. 15:11).

 

(*) Publicada en “Ta parole comme une source, 85 sermons inédits” (Tu Palabra como fuente.85 sermones inéditos). Ed. Anne Sigier, Sillery, agosto de 2001, 442 páginas. ISBN: 2-89129-082-8

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