Conferencia de M. Zúndel en Ghazir en 1959. Publicada en  Je parlerai à ton cœur (*)

Cómo hemos despersonalizado el dogma, convirtiéndolo en algo abstracto y lejano, hemos deshumanizado el Evangelio. Rara vez recordamos que en su agonía nuestro Señor pidió ayuda a sus apóstoles, que por tres veces pidió a sus amigos que velaran con él y que en la angustia infinita en que estaba, también él tuvo necesidad del afecto de una presencia humana.

Del mismo modo pasamos por alto el drama de san José, el cual no ha entrado todavía en el canon de la misa, ni lo nombramos en el confíteor, todo lo cual es un signo evidente de que su culto no ha sido popular.

No hemos comprendido la grandeza incomparable de ese hombre único que fue el esposo de María y casi en todas partes, en los tiempos modernos, lo han reducido a ser el procurador de los bienes materiales, como si en la sagrada Familia, solo hubiera jugado ese papel exterior del hombre a quien incumben las tareas que no tienen importancia esencial, y no comprometen la persona ni exigen las más altas virtudes.

Por suerte, en palabras de resonancia infinita y extrañamente vivas, el Evangelio de san Mateo nos ha transmitido, nos ha conservado el rastro ardiente de la tragedia en que podemos comprender hasta el fondo la delicadeza única de ese hombre que se encontró ante el secreto más doloroso y no pudo abrir la boca para tratar de comprenderlo.

En efecto, si nos colocamos en la situación en que se encontró María cuando, llevando ya en su seno las primicias de la vida de Jesús, si nos colocamos en su situación desde el punto de vista legal, esa situación tiene algo catastrófico. Ella estaba comprometida, lo cual entre los judíos, después del pago del mahr que era en cierto modo el precio que el joven esposo pagaba por su joven esposa, el contrato era por decirlo así, definitivo, y la novia estaba tan ligada con su novio que su infidelidad la hacía considerar como adúltera y exigía según la ley el castigo del adulterio, que era la lapidación.

Pero en el momento de la deducción, es decir el momento en que el esposo debe llevar a su casa la novia, que le está en cierto modo unida de manera indisoluble, para que el matrimonio quede definitivamente sellado, en el momento en que José debe realizar el traslado, se da cuenta del estado en que está María.

Ahí está la evidencia física, es imposible esquivar la certeza. Moralmente, no puede dudar de su inocencia. ¿Cómo conciliar las cosas? ¿Cómo admitir que ella es inocente, y lo es sin duda alguna, en esa situación igualmente evidente? ¿Pudo alguien mancillar ese tesoro? Imposible pedir explicaciones al respecto porque todas las palabras pueden herir y justamente, José siente exquisitamente los matices más delicados. No puede ni dar la impresión de tocar con sospechas una virtud inatacable. Simplemente, está herido de muerte, herido en su amor, herido con el pensamiento de que María pudo ser mancillada. ¿Qué hacer? Como no puede hablar, no tiene sino una solución: no difamarla, proteger su reputación, devolverla en secreto a la familia para que su situación, la de ella en todo caso, no corra ningún riesgo.

Pero tomar tal decisión supone para su gran amor un desgarramiento infinito. Y tenemos la prueba de que ese amor era el más profundo que haya jamás unido un hombre a una mujer, precisamente en el hecho de que sus labios están sellados, José no habla, toma el partido heroico del silencio porque es el más delicado, el que puede hacer menos mal.

Y ¿cómo no lo adivinaría María por su parte, con su intuición infinitamente profunda y generosa? Ella había previsto el drama. ¡Había pensado en ese encuentro! Sabía que no podía hablar pues, en fin, lo que le había sucedido, lo que se realizaba en su seno era un secreto de Dios. Un secreto tan extraordinario, tan único que sólo pertenece a Dios, y puesto que era Dios quien la había comprometido en esa vía, sólo le quedaba abandonarse a Dios.

Mientras que en el alma de José tiene lugar el cambio terrible que termina en la heroica resolución, la suerte de María está echada, humanamente hablando. Ella lo necesita como nunca, pues humanamente hablando, él es el único que puede garantizar su honra. Pues si él la devuelve a su familia, ella tampoco podrá hablar.

Y para los dos, toda la noche pasa, toda la noche, en esa terrible agonía en que su amor es sometido a prueba, en que debe decidirse la honra de María, y por fin, interviene el sueño que informa a José de que lo que le sucede a María es obra del Espíritu Santo y ella dará a luz al Salvador del mundo y que el hijo, que será el fruto de su doble virginidad, a los ojos de todos será legalmente su hijo.

Y el mensaje, el mensaje angélico está formulado del modo más exquisito y delicado: “No tengas miedo de tomar a María como esposa”. Es el sello de Dios sobre ese matrimonio, ese matrimonio único, en el corazón del amor humano más profundo, y auténtico, y más divino al mismo tiempo. Pues bien: un hombre capaz de tal grandeza pertenece a una raza de gigantes. No dijo una palabra, pero su silencio es infinitamente más elocuente que todas las palabras, justamente porque compromete su amor hasta la muerte. Aceptó separarse de su amor para no infligirle la menor herida a su amor.

Y María aceptó el riesgo de separarse de su amor para permanecer fiel al secreto de Dios que sólo a Él le pertenecía.

Si un gran dramaturgo como Shakespeare, hubiera podido poner en escena ese tema, habría tenido ahí el dato más tremendo que pueda ilustrarse en el arte más consumado. Pues justamente, humanamente no hay nadie que pueda comprender y sentir el drama, ya que va al centro del corazón, pues en efecto alcanza todas las fibras de nuestra sensibilidad y nos permite comprender que lo sobrenatural más auténtico es la cumbre de lo natural. Jamás es tan perfecta la naturaleza, jamás es tan exquisita, jamás alcanzan tanta profundidad los sentimientos humanos como cuando los corona la gracia de Dios con dimensión divina.

Y aquí encontramos el misterio de pobreza que está en el centro de todo el misterio cristiano. Era necesario que ese amor fuera sellado en la pobreza, que José y María lo purificaran hasta la raíz, haciéndolo ofrenda de amor. Y así ese matrimonio entró de lleno en el misterio de la Redención, porque fue el que introdujo a Cristo en el mundo bajo el sello del honor.

Así fue protegida la vida oculta de nuestro Señor. Así pudo vivir hasta los 30 años, desconocido, ignorado hasta de los más cercanos, desconocido para sus parientes que jamás adivinaron en él nada extraordinario, justamente porque el silencio de José, el heroísmo de su amor, había cubierto el misterio adorable que solo se iba a revelar en la vida pública de Jesús, y eso todavía bajo el velo de la confusión y del equívoco que durará hasta el final, pues solo en el fuego de Pentecostés, cuando el Señor habrá definitivamente desaparecido de la historia visible, se conocerá la realidad.

Es imposible ignorar toda la parte que José tuvo en el misterio y que comprometió a fondo su Persona en la trinidad humana más perfecta, que es la Sagrada Familia. Tuvo por otra parte el desquite más hermoso, la más bella canonización que no es el canon de la misa ni se proclama en el confíteor: fue canonizado por María misma el día en que encontraron a Jesús en el templo y ella dijo con todo el impulso de su dolor: “Tu padre y yo estábamos buscándote angustiados.

Tu padre y yo…” En efecto, más que todo otro padre humano, José tiene el mérito de ser llamado padre de Jesús, pues él fue justamente su padre en el orden de la persona. También él se comprometió con todo su ser en la obra redentora: él le dio la sustancia de su ternura y de su corazón, ya que aceptó sacrificar su amor. Pero justamente, el habrt aceptado sacrificarlo, le dio la dimensión suprema, pues hizo de él el puro sustituto de Dios en la persona misma de Jesús. Jesús era realmente la respiración de ese amor y el que lo eternizó en su ternura.

Por eso, san José no debe ser para nosotros simple procurador de bienes materiales. Es el mayor de los contemplativos, después de la Virgen María misma, el mayor de los contemplativos, el gigante del silencio, el que, después de María, o mejor, después de Jesús y María, merece nuestra más profunda veneración.

Y puesto que su drama es un drama de amor, a él le debemos confiar todas las penas del corazón. En fin, no podemos ser humanos sin tener afectos. Y desdichados nosotros si no tuviéramos afectos, pues san Pablo nos enseñó que el mayor infortunio de los que desconocen a Dios y no han podido reconocer la Creación en su dignidad y en su grandeza, que han pervertido todas las leyes naturales entregándose a los vicios más monstruosos, que finalmente su mayor infortunio es que carecen de afectos.

Es pues imposible estar vivos, es imposible, si hemos guardado toda la juventud de nuestro corazón, si hemos entrado de manera concreta en la maternidad divina que es el centro de nuestro apostolado, es imposible que no tengamos amistades como las tuvo nuestro Señor. El ser humano necesita de interlocutor, como el primer Adán, necesita encontrar en un ser humano el sacramento de la ternura de Dios. Cada uno de nosotros busca un semejante con quien pueda realizar justamente ese “Yo es Otro” que es la expresión más pura de la más elevada santidad pues se trata de cambiar de “yo” y normalmente es a través de un ser humano como cambiamos el yo con el yo divino.

Generalmente se tiene miedo a los afectos humanos, se sospecha de ellos y los llaman con el singular nombre de amistades particulares. Pero es evidente que si buscamos amistad, solo puede ser amistad personal. No se puede ser amigo con todo el mundo: podemos amarlos a todos con amor de caridad, un amor que tiene su motivación suprema en Dios, podemos amar a todo el mundo creyendo en la gracia y esperando en el futuro. Pero es imposible amar a todo el mundo con amor de intimidad.

Solo a muy pocos podemos mostrarles nuestra imagen real y los secretos del alma. Y ya es maravilloso si podemos confiarlos a una sola persona. La amistad implica necesariamente escoger, implica necesariamente un rostro único que se convierte en el interlocutor con quien podemos intercambiar con Dios.

Y los más grandes santos conocieron tales amistades, y como decíamos ayer, al origen de las órdenes religiosas hay a menudo un hombre y una mujer que se comprendieron, que compartieron las mismas visiones, que tuvieron la misma vocación y pudieron, el uno con los hombres, la otra con mujeres, responder a una necesidad esencial de la vida de la Iglesia. Y al canonizar a esos fundadores y fundadoras, la Iglesia canonizó las grandes amistades, como María canonizó el amor de José el día del hallazgo. Pero, naturalmente, sobre todo en una vida comunitaria, esas amistades no pueden manifestarse sin una extrema delicadeza para jamás herir a los demás, y que nunca se sientan excluidos, para que la ternura elegida sea un bien común, como todas las virtudes auténticas.

Porque si amamos de verdad a alguien, si lo amamos de verdad con amor de elección, si lo amamos para realizar con él lo mejor de nosotros mismos, ayudándole a realizar lo mejor de sí mismo, si nos sensibilizamos a todos los matices de un alma cuyo secreto conocemos más profundamente, no podemos dejar de ser igualmente más sensibles a los secretos de los demás, a sus llamados y a sus sufrimientos.

Y por eso si tenemos una amistad, y eso es deseable para que todas las riquezas del corazón puedan guardar la plenitud de vida, es necesario, y esa es la medida, ese es el criterio, esa es la piedra de toque, es necesario que tales amistades sean un enriquecimiento para toda la comunidad. Es necesario que nuestra alegría de la amistad sea una Fiesta de Dios para todo el mundo y que nadie se sienta jamás en la sombra, por estar nosotros en comunicación más personal con otra alma. Es justamente el signo de que nuestra amistad es verdadera, el que sea además la persona la que es su objeto, sea dentro o fuera de la comunidad, que sea hombre o mujer, el signo de que nuestra amistad es auténtica es que estemos dispuestos a abandonarla inmediatamente, es decir a suspender una conversación con esa persona querida, que estemos dispuestos a separarnos inmediatamente cuanto escuchemos la llamada de alguien, como estuvo dispuesto José a renunciar a María, y María a José, para proteger, ese amor que era su más delicada flor.

Es pues conforme con el Evangelio y la revelación que nos da de la santidad de José, única después de la de María, que hagamos de José el protector de nuestras ternuras, que no le confiemos solo las preocupaciones materiales sino también la parte de corazón que ponemos en la amistad.

Él, que supo poner en su amor una generosidad tan delicada y que comprendió como nadie que la proximidad absoluta está en la distancia infinita, para descubrir un ser se necesitan abismos de respeto, y para llegar a un alma es necesario intercambiar a Dios con ella, y si comprendió el secreto del amor, nos enseñará a entrar en el secreto de nuestras propias amistades y a hacer de ellas de verdad una fiesta de Dios para los demás.

Entonces nuestro corazón podrá darse afectos selectos. El corazón no estará seco en una soltería rezagada y podrá responder hasta el final al llamado humano sin el cual no hay virtudes auténticas.

Lo sobrenatural no destruye lo natural, simplemente lo abre al infinito, asume todo el impulso de la pasión para realizarlo en el Corazón de Dios. La vida es hermosa, la que Dios quiere para nosotros. Nada de nosotros debe morir, ni una fibra, porque todo viene de Dios y todo debe volver a Dios, aumentado en una plenitud infinita. Y por eso hay que respetar todo en nosotros, realizarlo todo plenamente.

Pidamos pues a san José, que es el guardián y protector de las vírgenes, que es el padre de Jesús según toda su Persona y que es de verdad el esposo de María, como María es de verdad su esposa, pidámosle que nos obtenga el saber hacer fructificar todas las riquezas de nuestro corazón, a fin de que nuestra sensibilidad conserve todas sus resonancias y que lo sobrenatural sea en nosotros lo que colma lo natural y que nuestra santidad, que además no conocemos, si es que alcanzamos esa cumbre, que nuestra santidad sea siempre humana, como es hasta el infinito la del Señor del cual nos dice san Pablo: “Se manifestó la benignidad y la humanidad de Dios, nuestro Salvador…” (Tt. 3, 4)

(*) Libro Je parlerai à ton cœur. (Hablaré a tu corazón). Ed. Anne Sigier, Sillery, septiembre 2001, 327 páginas. ISBN: 2-89129-147-6

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