Homilía de Mauricio Zúndel para el cuarto domingo de cuaresma. En Lausana, en 1960. Textos: Ga. 4:22-32; Jn. 6:1-15. Publicada en Tu Palabra como fuente. (*).

El tiempo de cuaresma en que estamos puede hacer pensar […]. Los ayunos de Gandhi son célebres por haber hecho retroceder la ocupación inglesa y haber encaminado la India hacia su independencia, pero no cabe duda de que en la mente de Gandhi sus ayunos respondían a algo mucho más profundo todavía, a una liberación de sí mismo, la cual lo llevaba continuamente a la victoria sobre la biología que él consagró además con el voto de castidad que hizo en sus treinta, y observó fielmente hasta la muerte, a los casi 8 años de edad.

Este gran hombre, honra de nuestro siglo, sabía que tenemos una vocación de dignidad, de grandeza y belleza que exige que asumamos el cuerpo, de acuerdo además con la oración de la secreta de la liturgia de hoy, que pide la santidad no solo del espíritu sino también la del cuerpo.

Ahí hay algo que nos conmueve infinitamente porque es imposible realizar la unidad humana, la armonía de nuestra existencia, si ponemos el cuerpo por un lado y el espíritu por otro, y si los ponemos en continua oposición y rivalidad, como si hubiera que desvalorizar necesariamente el cuerpo y destruirlo para exaltar el espíritu.

Es cierto que algunas fórmulas pueden inducirnos en error, como la que le atribuyen a san Pedro de Alcántara, que habría hecho un pacto con su cuerpo para no dejarlo nunca en paz hasta la muerte. Tales expresiones excesivas no responden a la armonía y a belleza de la liturgia que nos recuerda hoy que los cuerpos están llamados a la santidad lo mismo que nuestras mentes.

El ser humano debe constituir una unidad perfecta, y es espíritu en la carne tanto como en la mente, y si justamente la personalidad debe imprimir la dirección de todo nuestro ser, es necesario que la carne también pueda ser música, y lo hace además tan fácilmente, como lo hemos experimentado todos.

Nuestra sensibilidad puede vibrar con la música y no hay música sin esa vibración; y puede vibrar en la pintura, como puede hacerlo en el espectáculo de la naturaleza, y no hay emoción sin que vibre la sensibilidad. Hay pues en la carne una vocación espiritual, una vocación de eternidad que preludia ya la divina resurrección. Y en esta perspectiva hay que entender la cuaresma cuyas observancias penitenciales han sido reducidas a nada, pero que no por eso deja de invitarnos a la disciplina que armoniza, que quiere justamente que establezcamos nuestro cuerpo en la libertad, la dignidad y la belleza.

Me impresionó en un entierro en que participé un día el comprobar, no en los parientes del difunto sino en los amigos y simpatizantes presentes por conveniencia en la ceremonia, la fealdad de ciertos hombres y mujeres que estaban en los 60 o más, su pesadez, la rigidez de sus rasgos. Me preguntaba yo porqué se habían dejado afear tanto. Dejar que la biología domine la libertad es claramente una especie de ofensa a la Presencia divina en el cristiano. El testimonio que debemos rendir a Dios debemos rendirlo en el cuerpo tanto como en la mente, y es absolutamente imposible que la belleza de Dios y la gracia del Señor se afirmen en un cuerpo deformado por culpa nuestra. No se trata de deformidades físicas que son congénitas o que resultan de enfermedad y que pueden perfectamente contener una inmensa belleza si la persona ejerce sobre todo su ser su irradiación creadora. Porque la hermosura que debemos instaurar en el cuerpo es una hermosura que brota de adentro.

Es lo que vemos en ciertos artistas como Clara Haskil, que son tan plenamente música que solo se ve la música en ellos, y si son música a ese nivel, es porque justamente no piensan en sí mismos, están suspendidos de la contemplación que los orienta totalmente hacia la divina Hermosura, es porque la respiran, es porque la viven, es porque ella estructura todo su ser y se convierte en su único rostro.

Es claro que la hermosura humana es eso, una hermosura que brota y surge de adentro e imprime en todas las fibras de la carne la luz pacífica y serena del espíritu.

Pero eso es indispensable si es cierto que el cuerpo está llamado a la santidad, porque para el cristiano la santidad no es sino la irradiación de la Presencia misma de Jesucristo. ¡Para el cristiano, la santidad es alguien! Es la vida divina, la vida eterna que se imprime ya ahora en nosotros, se enraíza en todas las fibras de nuestro ser y se convierte en testimonio luminoso de la presencia de Dios.

San Pablo nos hace entender que el matrimonio es un gran misterio, un misterio enraizado en la unión nupcial de Cristo y la Iglesia. Al darle al matrimonio esa dimensión mística, es claro que san Pablo considera la consecuencia que debe sacar una teología muy profunda: que los esposos, ministros del sacramento, siguen siendo durante toda su vida fuente de gracia el uno para el otro, y una especie de sacramento vivo el uno para el otro. Y lo son desde luego con todo su ser, con su cuerpo santificado por el sacramento y que debe convertirse para el otro en comunicación continua de Dios. ¿Y por qué no? ¿Por qué, en vez de considerar siempre las cosas por lo más bajo, por el lado biológico, por qué no considerarlas por el más alto, por lado del sacramento y de la vocación eterna?

Es perfectamente claro que tenemos que crear nuestro cuerpo, que tenemos que crear nuestra personalidad y eso es finalmente lo mismo. El ser humano tiene raíces biológicas, nace de cierto modo, como los animales, de la tierra y de la biología, pero eso es solo el comienzo: nace con vocación de humanidad, con vocación de dignidad, de libertad, de belleza y de santidad.

El cuerpo no puede sernos dado en la dimensión divina. Nos toca instaurarlo en nosotros, desarrollarlo e ir continuamente hacia nuestra juventud.

No hay duda alguna de que la cuaresma, precisamente por abrirnos a la Resurrección, por ser solo el preludio de la conmemoración eterna de la victoria de Cristo sobre la muerte, no hay duda de que quiere imprimir en nosotros el sentimiento de que la vida debe ser cada día, y cada día más, victoria sobre la muerte.

El cristiano no es alguien que se consume en la meditación de la muerte, pensando que está condenado a volverse polvo. Al contrario, es alguien llamado cada día a construirse por dentro, a impregnar de vida eterna las fibras de su carne, a ir hacia su juventud inmortal, a ir hacia su nacimiento eterno para que la muerte no sea ya la disolución de su ser sino el último impulso de una vida unificada hacia la fuente eterna.

Hay algo insostenible e intolerable en la predicación de la muerte cuando no está orientada precisamente hacia la Resurrección del Señor, y cuando no es invitación explícita a triunfar sobre la muerte.

En una vida normal, quiero decir cristianamente normal, la biología debería ser superada sin cesar. La biología debería ser sin cesar interiorizada, y las pasiones deberían estar tan bien armonizadas que, alcanzando su plenitud en el Corazón de Dios, se conviertan en el teclado de las virtudes. Los santos son siempre grandes apasionados, pero apasionados justamente que se han establecido en la música silenciosa que es la vida divina. No sacrificaron nada de su vitalidad, simplemente la moldearon en el camino de la gracia, se dejaron llevar por la inmensidad del Amor divino que es la pasión más ardiente que existe y que consume eternamente el Corazón de Dios. Y en esa pasión divina dieron a todo su ser la posibilidad de hacerse testimonio, e hicieron de su cuerpo un sacramento que comunica la Presencia de Cristo.

El cristianismo contenido en el Evangelio, que es por identidad la Buena Nueva, pues Evangelio significa Buena Nueva, es justamente la invitación siempre nueva a un nuevo nacimiento, a la dignidad, a la grandeza, a la juventud, a la belleza, a la victoria sobre la muerte, a la resurrección. Y justamente, nuestro ideal debería estar todo impregnado de la divina pasión y que tengamos el deseo de vivir con intensidad cada vez mayor para dar testimonio de Cristo que es la vida, en quien todo es vida y en quien la vida, como dice magníficamente san Juan, es la luz de los hombres (Jn. 1:4).

Ah, yo comprendo y admiro a esa mujer enferma de cáncer del estómago (y ella lo sabía incurable) que entreveía la muerte como realidad cercana y rehusaba recibir sino vestida con blusa de seda, como si todavía estuviera en su vida sobriamente mundana. Justamente, no quería dejar que los demás percibieran los estigmas de la enfermedad sino ofrecer hasta el final la gracia y la luz de su sonrisa.

Un cristiano no debe envejecer. Si la vejez significa justamente el triunfo de la biología sobre la libertad, de la fealdad sobre la belleza, del dejarse ir sobre la dignidad, el cristiano no debe envejecer. Porque está centrado en la eterna juventud de Dios y debe rendir testimonio de su Presencia en su cuerpo tanto como en su mente, la cual además no puede comunicarse sino a través del cuerpo.

Cristo, que es el liberador, el revelador de nuestra libertad, vino a conferir la gracia a los cuerpos tanto como a las mentes, y a introducirnos en la juventud eterna que nos invita cada día a resistir al peso de la biología. Hay que poner remedio a la raíz del mal. No hay que ceder nada en esa dirección, pues si cedemos a los humores, a la fatiga, al desgaste, cuando exponemos nuestros sufrimientos, terminamos por dejarnos dominar por su peso, y llega un día en que damos el espectáculo: grueso, pesado, afeado, disforme, llevado por la biología justamente por haber rehusado asumirla, llevarla y transfigurarla.

En esta perspectiva pues debemos considerar la continuación de la cuaresma, no como penitencia en la cual nos consumimos, sino al contrario, como conquista cada vez más ardiente de la libertad, la dignidad, la juventud y la hermosura.

Entonces, sin siquiera pensarlo, como el artista que se ha hecho todo música y ya no piensa en sí mismo ni en el efecto que produce, sino que actúa tanto más profundamente por estar totalmente sumergido en la Belleza, también nosotros, si llegamos a esa armonía de todo el ser, a la unidad musical de la carne acordada con la mente en la respiración de Dios, llevaremos en el medio en que vivimos, sin siquiera pensarlo, el reflejo de su gracia y la alegría de su luz.

Recuerdo siempre con emoción la noche de Navidad pasada en un gran monasterio en que no había bastantes altares para que cada sacerdote celebrara la misa de media noche y ese privilegio estaba reservado a los más ancianos. Entonces todas esas cabezas canosas, por otra parte iluminadas por la fe, se iban escoltadas de un hermano que llevaba una lucecita, hacia un altar donde iban a celebrar la infancia eterna de Dios. Y yo sentía entonces toda la majestad que iban a tomar en sus labios las palabras que nos introducen al memorial de la Cruz que es la divina liturgia: “Me acercaré al altar de Dios, la dicha de mi juventud” (Ps 43:4).

¡Era justo! La elección estaba conforme con el Evangelio: los más ancianos iban a celebrar la infancia de Dios porque, normalmente, estaban más cerca, porque normalmente habían podido triunfar sobre la biología y pronto iban a entrar en su nacimiento eterno.

Ese es el gozo que deseamos recibir en la secreta de hoy, pidiendo justamente la santidad del cuerpo y de la mente, tomando la firme resolución de jamás dejarnos invadir por la biología, de jamás dejarnos envejecer, sino subir la corriente de la arterioesclerosis conservando toda la flexibilidad mental y todo el júbilo del amor para entrar justamente en la perspectiva de la cuaresma que nos prepara a la Gloriosa Resurrección, diciendo las magníficas palabras del salmista: “No voy a morir, voy a vivir y a cantar el gozo del Señor” (Ps. 118:17).

(*) Libro “Ta parole comme une source, 85 sermons inédits”. (Tu Palabra como fuente. 85 sermones inéditos). Ed. Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 páginas. ISBN: 2-89129-082-8 

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