Homilía de Mauricio Zúndel, para el 4° domingo de cuaresma. (De Ta Parole comme une source – Tu Palabra como fuente) (*)

El gran sabio Einstein, cuyo nombre todos conocen, dijo estas palabras que expresan su alma, su sentido profundamente religioso y que van tan lejos: “El hombre que ha perdido la capacidad de sentir asombro y respeto es como si estuviera muerto”. Entonces, para él, la ciencia comienza con la capacidad de sentir asombro y respeto. Porque justamente, el que se asombra sale de sí mismo, es liberado de sí mismo, entra en contacto con una realidad infinita que lo colma, respira, descubre la órbita de su alma, la inmensidad de la realidad que lo imanta y que busca sin cesar.

Por eso el sabio, como el artista, el héroe, los grandes amigos de la naturaleza, los que escalan montañas o exploran los fondos submarinos, todos los que tienen el sentido del asombro están continuamente ante un mundo nuevo y su admiración no se agota jamás precisamente porque en ellos el asombro brota de fuente y no hay momento en que no estén disponibles para la grandeza.

Y a menudo nos sorprende que sabios, artistas, contempladores de la naturaleza, poetas o músicos tengan en su fervor y asombro un tono, un poder, un olvido de sí mismos que a menudo no experimentan las personas religiosas. Con mucha frecuencia, la gente religiosa toma la vida cristiana como un deber, como un conjunto de ejercicios, como métodos que uno aplica porque debe hacerlo, porque tienen que servir a Dios ya que Él es el dueño, porque tiene que ir al cielo ya que es el único medio para escapar al infierno. Pero todo eso no brota de su fuente, nada es nuevo, no suscita entusiasmo ni da un renuevo de juventud. Es porque a esa religión le falta una dimensión esencial, precisamente la del silencio, la contemplación, el asombro, la del descubrimiento inagotable y siempre nuevo.

Por eso hoy la Liturgia nos pide que volvamos los ojos hacia el Señor, que lo miremos, que lo miremos y permanezcamos suspendidos de esa mirada para que nuestra religión sea hoy algo que brote, algo creador y esencialmente nuevo.

Por otra parte, si eso ha de producirse en cada uno, es necesario que cada uno siga su camino. Tenemos que descubrir, cada uno por su cuenta dentro de sí mismo, la fuente de vida eterna. Cada uno tiene que encontrar personalmente el rostro de Dios. Por eso debemos mirar, escuchar y crear la dimensión del silencio sin la cual es imposible conocer o descubrir algo

¡Eso es lo que falta tanto! En los monasterios fervorosos es impresionante la densidad de la calidad del silencio. Allí se siente que el silencio es alguien, que el silencio es Presencia, que el silencio se vive y que la liturgia brota como canto del silencio.

El silencio no es una orden o una disciplina impuesta. El silencio es Alguien a quien miramos y en quien vivimos, Alguien que respiramos y cuya Presencia justamente suscita continuamente asombro y respeto.

Es de toda importancia para nosotros descubrir cada día un camino nuevo y un Dios totalmente nuevo. Hay cierto nivel de recogimiento en que justamente, a nuestra manera, nos asombramos y quedamos pendientes de una Presencia que jamás conocemos pero siempre reconocemos. Es pues de primera necesidad, si queremos unirnos a los sabios en su admiración, a los artistas en su entusiasmo, a los héroes en su fervor, a los alpinistas o los buzos de aguas profundas en su inagotable descubrimiento, es necesario que cada día nos demos un momento para mirar, para escuchar, para admirar, para descansar, para recrearnos en esa amada Presencia de gozo inagotable.

Si no aceptamos detenernos, si no tomamos ese reposo, si no descubrimos cada día ese nuevo camino, nuestra religión dará vueltas, se volverá rápidamente aburrimiento y vida estéril, porque quedará sin renovación, sin entusiasmo ni generosidad.

¿Qué es lo que más les gusta? ¿Qué es lo que los conmueve de manera más inmediata y más profunda? ¿Qué es lo que los pone de inmediato en estado de silencio? Pues eso es para ustedes la intimidad de su religión más personal.

Una madre enternecida ante el sueño de su hijito, capaz de sentir en la paz de su sueño todo el misterio del alma humana… Un hombre capaz de sentir ante una escultura de Miguel Ángel o del Greco el poder de una musculatura que se anima como un rostro en que circula toda la potencia de la vida… Alguien, simplemente, como tantos otros afortunadamente, sensibles a la belleza de la música, que se dejan llevar por ella, olvidándose a sí mismos, perdiéndose de vista escuchando a Gilles, a Bach, a Beethoven, a Mozart, a Ravel o a Estravinstky, o a uno cualquiera de los grandes maestros, eso es para él un descubrimiento y una oración.

Ese es, ciertamente, el camino. Y si tan a menudo sentimos tanto aburrimiento – yo también, y mucho – en la conversación con tanta gente, a pesar de que quieren ser de Dios, que usa fórmulas de oración, fórmulas lamentables de oración inventadas en el siglo 18 o 19 y que recitamos así, como por costumbre, fórmulas que asesinan el alma y dan náuseas con su lenguaje, es justamente porque detrás de las palabras ya no sentimos nada.

Según la invitación del introito de hoy, necesitamos renovar la mirada, escuchar al Señor para imitarlo. ¡La religión es alguien! El cristianismo no es una fórmula abstracta, no es una religión de principios, el cristianismo es la vida infinita que se manifiesta en la humanidad transparente de nuestro Señor, y como esa vida es infinita, nada podría agotarla.

¡Cuántas obras maestras han surgido alrededor del altar, en las buenas épocas en que todavía se tenía sentido de la grandeza humana y de la grandeza divina! Todos los artistas, escultores o músicos, rivalizaron queriendo componerse, edificarse, crearse un alma o mejor, su alma sentía la invitación del asombro ante la Belleza de Dios.

¿Seríamos incapaces de crear nosotros, a nuestro modo, una obra maestra? ¿Seríamos incapaces de descubrir, incapaces de asombrarnos, incapaces de entusiasmarnos? ¡Ciertamente no! Tratemos pues de centrar la cuaresma justamente en esos instantes de recogimiento en que cada uno, según lo que más le guste, siguiendo el camino de su entusiasmo más espontáneo, se dé cada día unos minutos para volver a descubrir en lo profundo de su ser esa fuente de vida eterna, para que Dios sea nuevo, para que nos tome por entero, para que no tengamos que luchar tratando de amarlo, para que seamos verdaderamente levantados por encima de nosotros mismos y que, perdiéndonos espontáneamente de vista, le permitamos vivir y respirar en nosotros.

Los santos no son seres fabricados de manera especial. No son originales que se mortificaron por amor de un principio abstracto e impersonal por el cual es imposible apasionarse. Al contrario, son aquellos que siempre percibieron a Dios como Persona, como Presencia, como vida desbordante, candente, consumidora, que los penetraba hasta el fondo de ellos mismos y levantados cada día por un nuevo entusiasmo, eran capaces de comunicarlo a los demás.

Pero esta parte se nos ofrece y esta noche, al final de este día, queremos llegar al centro de la liturgia que es como una subida hacia la luz del silencio. Queremos terminar el día tratando simplemente de hallar el reposo en Dios, dejando que canten dentro de nosotros las más hermosas melodías, los más bellos recuerdos, los más hermosos rostros, para que a través de toda esa belleza que hayamos podido encontrar, volvamos a descubrir con más gozo, con más asombro y respeto que nunca, la “Hermosura siempre nueva y siempre antigua” que no está fuera de nosotros sino, como decía san Agustín, siempre ha estado “dentro de nosotros”. Ahí precisamente nos está esperando desde siempre, para colmarnos esta noche, para re-crearnos y permitirnos que, en esta cuaresma que va hacia la Resurrección, demos a nuestras vidas un nuevo comienzo en la luz y la alegría del Amor que no se agota jamás.

 

(*) (Tu Palabra como fuente). Ed. Anne Sigier, Sillery, agosto 2001, 442 páginas. ISBN: 2-89129-082-8

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir