Bruselas 8 de marzo de 1964, domingo de “Laetare

Publicado en “Foi Vivante, Revista de los Padres Carmelitas, n° 49

Publicado en “Le silence de Dieu”, (El silencio de Dios) Mauricio Zúndel, Ediciones Anne Sigier - Sillery, enero de 2002. (*)

 

La alegría cristiana, por Mauricio Zúndel.

Le gran poeta Oscar Wilde escribió en prisión que la mayor bendición de su vida fue cuando la sociedad le impuso esa reclusión que marcaría su deshonra, privándolo para siempre de su hogar y de todos sus bienes. Necesitó tiempo para llegar a esa conclusión. Durante un año solo sintió rebeldía y desesperanza. El recuerdo de que, el día de su condena, el único amigo que le permaneció fiel reconociera su angustia, terminó por imponérsele con la fuerza de una presencia. Alguien había creído en él cuando su desgracia parecía irremediable; alguien se había inclinado ante el valor que podía quedarle todavía; alguien, desafiando el desprecio público que lo atribulaba, no había dejado de amarlo.

A la luz de esa amistad descubrió el Amor infinito que lo estaba esperando en lo más íntimo de su ser y con el que bastaba consentir para gozar de una libertad que jamás había conocido y que los muros de su prisión no podían limitar en nada. Ya no estaba solo en su celda. Un Amigo invisible no cesaba de visitarlo, abriendo a su alma un espacio ilimitado.

En circunstancias muy diferentes, una mujer totalmente paralizada ya durante 38 años y ciega desde hacía 30, me confió el secreto de su coraje y su serenidad: la felicidad de haber sido desposada, a pesar de su doble incapacidad, por el hombre que la había amado cuando todavía estaba en todo el esplendor de su juventud y que afirmaba con su fidelidad el valor único que le daba a su persona, verdadero santuario de la Divinidad.

En condiciones quizá más trágicas todavía, una francesa deportada durante la última guerra tuvo la gracia de descubrir a Dios en el campo de Ravensbrück donde ella sufrió privaciones excepcionales. Experimentó tanto bien que una vez liberada por la victoria, temía perder en la dispersión de una vida “normal” la permanencia del único contacto que podía colmarla.

¿Quién imagina la miseria material de Mozart escuchando su música, en que su fe ingenua anticipaba la alegría que esperaba por el encuentro con el Señor, esperanza que respira su Réquiem? ¿Quién puede sentir otra cosa que puro júbilo en el Te decet hymnus del Réquiem de Gilles, en que toda su carne resucita en la gloria de la nueva Jerusalén, cuya llegada parece saludar el “Gloria” de la Misa en sí de Bach?

El amor es más fuerte que la muerte… No hay sufrimiento que no pueda transfigurar, ni minusvalía cuyo peso no apacigüe. Los ciegos son grandes videntes del mundo sonoro y a un sordo le debemos el más triunfal “Himno a la alegría.

Pero aunque grandes almas hayan podido vencer el sufrimiento, la pobreza, la prisión, los duelos, las humillaciones y dar gracias en el pilar de ejecución como Esteban de Orves, y cantar hasta el cadalso como las Carmelitas de Compiègne, no nos extrañará que el amor que los sostenía confiera a toda existencia, provista de lo necesario sin pruebas heroicas, un aumento infinito de felicidad y de grandeza del que testifican, cada uno a su manera, todos los genios que de común acuerdo reconocen “La Vida de su vida” en el amor que imanta sus investigaciones:.

¿Por qué desear ser algo cuando uno puede ser alguien?” escribe Flaubert en su diario, escandalizado por una nota de Baudelaire en que le pedía apoyar su candidatura a la Academia Francesa. Él, Flaubert, no deseaba otra recompensa que la de expresar cada vez mejor la “Hermosura siempre antigua y siempre nueva” que encantaba el corazón de san Agustín, extasiándose ante ella. Con la misma humildad, Einstein afirmaba que “el hombre que ha perdido la capacidad de extasiarse y llenarse de respeto está como muerto”, pues él solo aspiraba al diálogo “místico” con un universo percibido en el Pensamiento creador de donde saca toda su luz el nuestro. ¿Y quién mejor que Pierre Termier cantó la “alegría de saber” cuando descifró la formación de la tierra en el gran Cañón del Colorado?

Pero no menos admirable es el testimonio de una pobre pastora iletrada que nunca lograba terminar su Padrenuestro porque estallaba en sollozos con las primeras palabras pensando que una débil criatura como ella gozaba del privilegio de invocar a Dios como su Padre.

Si el mensaje de Jesús termina con este hermoso testimonio de alegría: “Os he dicho estas cosas para que mi alegría esté en vosotros y que vuestro gozo sea perfecto, es que todo el Evangelio es la revelación y la comunicación personal del Dios Caridad, del Dios que no es sino Amor y cuyo Corazón es la cuna de toda realidad.

Este domingo rosado de “Laetare” que marca la mitad de la cuaresma, orienta nuestra mirada hacia el universo pascual que debe florecer à partir de la Cruz, donde la creación vuelve a ser engendrada por el Verbo hecho carne, en quien se inmola el Amor eterno para hacerles contrapeso a todos nuestros rechazos del amor.

La música que es el canto del Silencio, por ministerio de los grandes artistas que son nuestros huéspedes, nos va a disponer a escuchar conforme a las palabras de san Ignacio de Antioquía, el “misterio de clamor realizado en el silencio de Dios”, cuyas presencia e invitación renueva cada liturgia.

En efecto, no basta que Dios se dé para que su alegría esté en nosotros. Solo el consentimiento de nuestro amor puede cerrar el anillo de oro de las bodas que Él no cesa de proponernos, como dice san Pablo a los corintios en una parábola que se dirige a nosotros: “Os he desposado con un Esposo único para presentaros a Cristo como esposa virgen.

¿Y cómo se nos puede aplicar esto? ¿Habrá que entrar en una sensiblería pseudo-mística imaginando que somos objeto privilegiado de los favores divinos más que el común de los mortales?

Toda ilusión al respecto desaparece con el “mandamiento” que hace del amor efectivo hacia los hombres el criterio exclusivo de nuestro amor hacia Dios. Gracias a nuestros cuidados debe florecer la rosa del “Laetare” primero en el jardín del prójimo.

¿Qué exige de nosotros la alegría de los demás en familia, en el trabajo, en todas nuestras relaciones humanas? Veremos de inmediato que exige una atención permanente, un eclipse constante de sí mismo, cosas rigurosamente imposibles si no volvemos continuamente al contacto con Dios.

Ese es el lazo entre los dos preceptos que no son sino uno: el amor de Dios y el amor del hombre.

El Evangelio es la buena nueva del Emanuel: “Dios está con nosotros”. Pero ¿cómo podrá saberlo el hombre de hoy, si la sonrisa de nuestra amistad no le hace sentir el Rostro que un corazón humano sólo puede conocer mediante un amor humano que lo transparenta?

El Testamento de alegría está en nuestras manos, como el llamado más urgente a nuestra generosidad, única que puede asumir su realización en el mundo contemporáneo, durante el tiempo de que dispone cada uno de nosotros para hacerse eterno.

 

(*) Libro “Dans le silence de Dieu” (En el silencio de Dios)

Edición: Anne Sigier, Sillery, enero de 2002, 320 páginas.

ISBN: 2-89129-395-9

Segundo de tres tomos. Comprende los artículos publicados entre 1948 y 1964.

 

 

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