Inédito, sin fecha ni lugar.

Ya no hay cuaresma, en el sentido tradicional de privaciones y restricciones alimentarias impuestas a todo cristiano para todo el tiempo de la santa cuaresma.

Quedan unos días de ayuno que no corresponden ya a las invitaciones urgentes de la liturgia que nos presentan un aire de penitencia y uno sentiría cierta confusión leyéndolas si la penitencia se identificara con la abstención o reducción de comida o bebida.

En realidad, penitencia significa y comprende un cambio de corazón que implica renovación de toda la vida a la luz de la Resurrección que es como la Tierra Prometida del itinerario espiritual que la Iglesia nos invita a recorrer reviviendo los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto antes de comenzar su vida pública.

El medio más seguro para participar en esa Cuaresma del Señor es, evidentemente, recordar lo que fue para él. Las tres tentaciones que resumen ese tiempo de prueba según lo que Él mismo debió contar a sus discípulos, nos permiten comprender claramente que, en un combate que prefiguraba el de su agonía, que tuvo que escoger beber hasta las heces el cáliz de la Nueva Alianza que solo podía ser sellada en su crucifixión.

Basta recordar su oración en la agonía: Padre, si es posible, que este cáliz se aleje de mí para adivinar lo que para él significa realmente el rechazo de un mesianismo que, a golpe de milagros, vence todos los obstáculos que se oponen al reino de Dios.

Si escogió la cruz era que la Redención exigía otra cosa que una manifestación de poder, que el Reino de Dios no podía establecerse mediante prodigios capaces de deslumbrar los ojos y de suscitar aclamaciones sin cambiar el corazón de los testigos llamados a seguirlo.

Jesús no va a seducir las muchedumbres. Prefiere el fracaso al éxito equívoco. Tiene otra idea del hombre y aporta una nueva Revelación de Dios. Dirá a Pilatos que ha venido a dar testimonio de la Verdad y que su reino no está en este plano, y solo puede ser reconocido por los amigos de la Verdad.

Pero cada día hacemos la experiencia de que la Verdad no puede estar ante nosotros como un objeto, como una joya en un estuche o como un vaso de agua sobre la mesa. La Verdad solo puede alcanzarnos haciéndose luz en nosotros mediante una transformación que nos identifica con ella liberándonos de todos los prejuicios y de todo espíritu de partido hasta el nivel de transparencia indispensable a su manifestación.

Si la Cuaresma de este año nos invita una vez más al reino de la Verdad que ocupaba la mente de Jesús durante su retiro en el desierto, vemos en seguida que las preocupaciones alimentarias son algo secundario. En realidad, se trata de conversión, de transformación radical de nosotros mismos bajo la luz de la “llama de amor” que es la Verdad misma, tal como vive en el corazón de la Trinidad eterna.

No debemos pues hacer malacara con penitencias ostentadoras simulando mortificaciones exteriores que la Iglesia ya no pide. Lo que se nos propone es literalmente un cambio de corazón, renunciar honestamente a todo lo provocado por el amor propio: toda opacidad y oscuridad, todo límite y parcialidad, toda ostentación personal y desprecio de los demás.

La noche de la agonía del Señor y el combate que sostuvo en el desierto eran un cuerpo a cuerpo con la muerte que tiene el rostro del pecado, el cual tiene sus raíces en todos los rechazos de amor que la humanidad no ha cesado nunca de oponer a la ternura divina que jamás ha cesado de brillar en nuestras tinieblas.

La cuaresma nos invita a meditar sobre el sufrimiento que Cristo asumió por nosotros, identificándose con nosotros y a agotar su fuente abriéndonos a su Luz, dejándonos invadir por su Amor.

Por eso nuestra primera preocupación debe ser hacer silencio en nosotros, recogernos cada día unos minutos para escuchar su invitación a aprender a vivir su vida como nuestra. Porque el reino de Dios es justamente, como sugiere un gran poeta, dejarlo vivir en la vida que él difunde.

Si pudiéramos eclipsarnos en Jesús y dejarlo brillar en nosotros cada día más, esta cuaresma sería el más hermoso de los milagros. Según la medida de nuestro amor, Cristo cesaría de ser en nosotros el Señor crucificado para ser el Señor resucitado.

Pascua ya no sería entonces un simple recuerdo de un acontecimiento pasado sino la realidad más actual de nuestra vida.

Así comprendía Pascal la vocación del cristiano cuando escribió estas palabras que expresan maravillosamente el sentido de la Cuaresma.

“Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo; no debemos dormir durante ese tiempo”.

 

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