Homilía de Mauricio Zúndel. Comunidad de las benedictinas de la Rue Monsieur de París, en 1928. Inédita.

La distancia infinita entre los cuerpos y los espíritus es figura de la distancia más infinita entre los cuerpos y la caridad” escribe Pascal en sus Pensamientos. No hay palabras en nuestra lengua para definir mejor la jerarquía cristiana de los valores: Orden de los cuerpos, Orden de la mente (= razón) Orden de la caridad. El universo de tres dimensiones. Toda realidad es accesible a los sentidos, a la razón y a la fe.

Los lirios de los valles en un nido de musgo, mancha de color, contacto sedoso, delicado perfume; florecillas blancas que vierten su armonía sobre las amplias hojas verdes. Es la primera dimensión, sensible, accesible al animal.

Más arriba el pensamiento. Esa florecilla está viva. ¿Qué es la vida? ¿Qué misteriosa solidaridad hace concurrir a su eclosión la tierra que la sostiene y la alimenta, el aire que la vivifica, la luz que la colorea, el ritmo de las estaciones y la cadencia de los astros? El universo entero contribuye, por miles de millones de relaciones cuyo número es inconcebible para mi mente.

Y todo ese engranaje es ciego: la belleza que se me ofrece con tanta gracia exquisita, se ignora sí misma. Puede suscitar en mí tantos pensamientos, pero ella misma no piensa. Despierta mi ternura, pero no siente amor. Esa obra maestra es ciega. Y sin embargo, llena de inteligibilidad, manifiesta la inteligencia que la concibió. Aquí se encarna un pensamiento divino. La ternura creadora se inclina sobre esa florecilla: Dios la ama. Ese esplendor efímero es solo un rayo de la belleza primera.

¿Y qué es la belleza? Aquí entramos en la tercera dimensión, propiamente inefable, ya que la razón percibe ciertamente su existencia, pero es incapaz de penetrar en su esencia. Ahí estamos ante el orden sobrenatural al que solo tiene acceso la fe, para cuya mirada esa florecilla aparece como un vestigio de la Santísima Trinidad. Ahí termina todo lo que podemos saber de ella aquí en la tierra. La vimos crecer y elevarse de un orden al otro.

En fin, la vemos como podemos verla, con todas sus afiliaciones y solidaridades, en toda su inteligibilidad y su poder de sugestión. Le hacemos plena justicia y ¡con qué amor respetuoso y con qué veneración de caridad podemos amarla! Amor que conoce a Dios como objeto conocido sobrenaturalmente. Bajo este punto de vista conviene leer el Cántico del Sol, como una efusión de caridad difundida sobre toda la naturaleza contemplada en la fe que solicita justamente la tercera dimensión, el tercer orden de Pascal.

Si a nuestros ojos esa florecilla reviste tanta majestad, ¿qué será del hombre? Cómo detenernos en la imagen de su cuerpo, si la razón capta en él un pensamiento más grande que el mundo. “Por el espacio, dice Pascal, el universo me comprende y me engloba como un punto, por el pensamiento yo lo comprendo.” Nada más grande se ha dicho sobre la dignidad del pensamiento, sobre las relaciones entre la cantidad y la calidad.

Y si desea cortarlas, será para ofrecerlas a Dios, a sus amigos los santos y a sus hijos humanos, a fin de que por su medio rindan alabanza y testimonio en un corazón humano a la belleza primera.

Con mayor razón, no hay que hacer de nuestros semejantes, de nuestros amigos, un ídolo que nos remite a la imagen mejorada de nosotros mismos, ídolo cada uno para los demás, como si nada creado pudiera satisfacer las exigencias del Amor; sino liberarlos de sí mismos y de nosotros, dándoles un amor tan grande que sientan sin lugar a dudas que, en ellos, se dirige a uno más grande que ellos.

¿No es la pasión de los apóstoles por las almas, la búsqueda embriagante de la hermosura divina cautiva en nuestro yo y que se trata de liberar? Tantas almas como estrellas fugitivas que debemos poner en su órbita alrededor del sol de justicia, Jesús.

Del amor estamos enamorados, dice profundamente Goethe. ¿Es otra cosa lo que le pedimos a la criatura más ardientemente amada, sino que nos acerque más, nos haga más sensible concretamente, tangible por decirlo así, el Amor ilimitado, absoluto, indefectible, inagotable, y único que pueda saciarnos, el Amor infinito que es Dios? Si no, ¿por qué esa embriaguez por la mera evocación de la palabra Amor?

Por eso, si es absolutamente necesario hacernos una imagen del juicio divino, del juicio del hombre por Dios, mejor que al Apolo furioso levantando el puño contra los condenados que caen en la gehena, tal como representa Miguel Ángel a Cristo Juez en la capilla Sixtina, hay que preferirle ampliamente la concepción más delicada que se expresa en el tímpano de las catedrales góticas: Cristo, rodeado de los ángeles con los instrumentos de la pasión, mostrando las llagas de sus manos como diciendo: “¿Qué pude hacer yo y no lo hice?” El amor no ha cesado de tenderles los brazos. Si ellos lo rechazan, en verdad él no tiene la culpa. Y esa es su falta y su desgracia: rechazar el Amor.

Pensemos pues más bien que en un juez irritado, en el Amor eterno que mantiene indefectible el plan maravilloso en que toda criatura encontrará la plenitud de su perfección y gozo, a menos que se escape libremente; y más bien que una venganza, la perseverancia de un orden que con su misma fidelidad aplasta al desgraciado ser que se ha puesto de través en la pista luminosa, en vez de entrar en el ritmo que lo habría llevado a su finalidad divina.

Pensemos por fin la justicia como la constancia misma del Amor. La cruz está en el amor. Entonces solo amando encontraremos la verdadera cruz, la que Dios desea para nosotros, la que nos salva del Yo.

En vez de combatirse a sí mismo, darse.

Dejar de preocuparse por el sujeto. Fijarse amorosamente en el objeto para perderse en él. Ante un espectáculo inmenso de la naturaleza, uno olvida lo pequeño, lo limitado y lo vil. El que está de verdad enamorado de la belleza divina ya no se mira a sí mismo. Escondido en la luz, solo desea no opacar su esplendor: “Tu rostro, Señor, busco tu rostro.” (Ps. 26,18)

Como la Verónica en el viacrucis, buscando el divino rostro, para que toda criatura florezca en Dios.

En la fiesta del rosario, la Iglesia canta: “Floreced, flores, y exhalad vuestro perfume, presentad la gracia de vuestras hojas y la alabanza de vuestro cántico, y bendecir al Señor en sus obras.

Cuando amemos así, toda criatura será para nosotros el trono del Señor y el escabel de sus pies y entenderemos las palabras de san Agustín: “Ama y haz lo que quieras.

 

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