Sermón de Mauricio Zúndel, para el 1er domingo de cuaresma de 1956, día de los enfermos. (1)

Los antiguos hospitales franceses conservan todavía ahora el nombre de Hôtel-Dieu. Ese nombre admirable condensa toda una teología. Nos recuerda ante todo y nos hace sentir la compasión de Dios. En la memoria del corazón, sin la cual no podemos leer el evangelio, todos conservamos el admirable texto de Mateo 25: “Estaba enfermo y me visitasteis”. El Hotel-Dios recibe pues en sus muros a Cristo sufriente. Todos los enfermos juntos son asumidos por Cristo, en cada uno de ellos Jesús está enfermo. Y si Jesús está enfermo, si Dios sufre en los enfermos, es que Dios tiene un corazón de madre, es que Dios es misericordioso y la palabra misericordioso significa precisamente tener un corazón miserable cuando los seres amados están en la tribulación.

Y ese es justamente el principio mismo de la Redención: la humanidad abandonada a sí misma por haber abandonado a Dios, esa humanidad Dios sigue mirándola con ojos de madre y, puesto que ella se precipitó en la catástrofe, Dios la ama con amor de compasión, sufre en ella, sufre con ella, sufre antes que ella, como una verdadera madre con sus propios hijos.

Por eso el hospital es el Hotel-Dios. En todos los enfermos, la fe ve a Cristo. En todos los enfermos, la fe honra a Cristo que se identificó con cada uno, que sufre en cada uno como una madre que es la primera en sufrir en sus hijos.

Y si Dios sufre de esa manera – esta pregunta que sube espontáneamente del corazón a los labios – si Dios sufre así en sus hijos, si Él es verdaderamente compasivo en el sentido más fuerte, si es el primero en ser herido por la enfermedad, ¿por qué no la impide? Sería más sencillo, siendo el Creador, hacer un mundo en que no pueda producirse la muerte, en que la enfermedad sea desconocida. Eso al menos tendemos a pensar cada vez que olvidamos que el único mundo que Dios pudo crear es un mundo centrado en el amor, un mundo que es don de su ternura, un mundo en que Dios no puede nada solo.

La libertad, que es privilegio divino, la libertad que nos hace hombres, la libertad puede rehusar la invitación a la ternura e interponerse en el deseo del Creador y hacer del universo el lugar de una creación en que se juega la sabiduría eterna, en que se revela el Amor eterno, una des-creación en que el ser se deshace, y es abandonado a todos los desórdenes en que el organismo dislocado se presenta como presa de la muerte.

Y ahí nace otro aspecto del Hotel-Dios. Cristo compasivo, Cristo hermano, Cristo más maternal que la más tierna de las madres, se identifica con cada enfermo, es cierto: “Yo estaba enfermo y me visitasteis”. Cristo no puede impedir la enfermedad, ninguna enfermedad, como tampoco la muerte, pues la Creación es una historia de dos y el hombre puede oponerse como des-creador al Creador.

Pero justamente, porque la obra de Dios puede ser maltratada, porque su ternura puede ser ignorada, porque su amor puede ser rechazado, nacerá en el corazón cristiano una compasión misteriosa para con Dios de la cual primero la Virgen fue una ilustración infinita al pie de la Cruz, pero en la cual han entrado todos los amigos de Dios, todos los verdaderos discípulos de Jesucristo, entre los cuales el más maravilloso es san Francisco. Es cierto que Francisco compadeció con el sufrimiento de Dios a un grado tal que perdió la vista llorando por el sufrimiento de Dios.

Y eso fue lo que entendieron los cristianos de la Edad Media cuando dieron a los hospitales el nombre de Hôtel-Dieu: no solo que Dios se identificaba con cada enfermo, no solo que Cristo sufría en cada desvalido, sino que todo enfermo podía compadecer con Dios, que todo enfermo podía entrar en el misterio de la Redención que brota de la misericordia divina, y podía entrar como Co-redentor. “Yo termino en mí, decía san Pablo, lo que falta a la Pasión de Jesucristo” (Col. 1:24).

Quizás éste es el aspecto bajo el cual vio la fe cristiana en el hospital, es decir en la finalmente enfermedad, una realidad que puede ser infinitamente preciosa. La enfermedad es sin duda un mal, tiene relación con el rechazo del amor cuyo verdadero nombre sólo puede pronunciarse al pie de la cruz. Pero, centrada en el amor, aceptada libremente, ofrecida con todo su ser, la enfermedad puede ser co-redención, es decir, participación en el sufrimiento de Dios, disminución del sufrimiento divino y des-crucifixión de Cristo.

Y esto lo entendemos muy fácilmente si recordamos el ejemplo de Gandhi. En su ashram, fundado en Sabarmati, había una pequeña escuela y un día supo Gandhi que un alumno había mentido para salirse de una situación difícil. Gandhi no buscó al culpable pues le repugnaba castigar, pero se puso a ayunar. Y esos jóvenes de Gandhi, famosos por hacer retroceder inclusive el poder británico, estaban aureolados por una grandeza tal y tenían un significado tan profundo y trágico que el alumno, al saber que Gandhi estaba ayunando en lugar suyo, ayunando para asumir su falta, sintió una compasión tan profunda que sintió un castigo infinitamente más profundo interiormente de lo que hubiera sentido por cualquier castigo. Entró entonces inmediatamente en la compasión de amor que le abría el corazón de Gandhi, sufría con él como Gandhi había sufrido en su lugar porque era la respuesta espontánea de la generosidad del joven a la generosidad del maestro.

Muy naturalmente, los cristianos que vivían profundamente la vida de la fe comprendían que la compasión de Dios va hasta convertirlo en la primera víctima de la enfermedad, como es la primera víctima del pecado y el enfermo podía en cierto modo reemplazar a Jesucristo, entrar en el misterio de su Pasión, liberarlo de su Agonía y bajarlo de la cruz, y por eso el período de enfermedad les parecía como sagrado, como una especie de retiro en el misterio de la Pasión de Jesucristo en que el enfermo podía ser solidario de Dios, y al acoger a los enfermos en los “Hoteles de Dios”, querían ofrecerles la magnífica oportunidad de elevarse hasta compartir el sufrimiento de Jesucristo, disminuir las penas de su agonía y hacer de él, el Dios Resucitado en vez del Dios crucificado.

Pero es claro que en la medida en que Cristo es el Dios vivo y resucitado, en la medida en que cesa de estar en agonía, toda la humanidad asciende, se eleva en la escala de la vida, se acerca a su término, participa más de cerca en la intimidad divina, realiza mejor su misión gloriosa de co-creadora con Dios de un mundo nuevo en que la enfermedad es superada y la muerte, vencida.

Y por eso la teología del Hotel-Dios culmina en la afirmación de la solidaridad humana a la que le damos el magnífico nombre de “Comunión de los santos”. Todos los hombres son un solo hombre y cada hombre, a la luz de la fe, está llamado a retomar la misión de Jesucristo. Como el Segundo Adán, todo hombre debe hacerse origen y comienzo de un mundo nuevo. Cada hombre debe recapi­tular en sí mismo toda la Historia humana y convertirse en eje del universo.

Y eso es justamente lo que hace la dignidad del enfermo en el Hotel-Dios en que es asociado al misterio de Jesús: que él representa toda la humanidad, puede reunir todas las naciones y todos los pueblos dispersos, puede restablecer la unidad del género humano, puede concurrir a la realización del Cuerpo místico en que toda la humanidad ya no constituye sino una sola persona en la Presencia y en el Amor de Jesús.

Todo eso lo veían en el enfermo esas épocas de fe: la redención que brota del corazón de Dios, la compasión maternal de Dios hacia la humanidad, la dignidad creadora del hombre que no puede des-crear el universo sino por haber sido llamado a crearlo con Dios, la compasión del hombre para con Dios porque la Redención está en nuestras manos, porque debemos continuar el misterio de la Encarnación y perpetuar la obra de Jesús y que, bajándolo de la cruz, encamina­mos toda la humanidad hacia su resurrección, porque por fin, cada uno de nosotros está llamado a ser eje del mundo y centro de la Historia, porque cada uno de nosotros es origen y fuente, porque cada uno de nosotros tiene la dignidad infinita que hace de él verdaderamente el centro de la humanidad y del universo.

Basta decir qué estima tiene la Iglesia, no digo de la enfermedad que siempre deberemos combatir con todos los medios que la ciencia nos proporcione, sino al enfermo a quien ella presenta como en un período de retiro, como dedicado por un tiempo a una misión monástica en que, cn Cristo redentor, lleva en el corazón, en el sufrimiento, toda la humanidad que debe beneficiarse de la misericordia infinita y poner en el universo desgarrado por el mal el puente maravilloso del amor que restablece su integridad, su esplendor y su alegría.

No se podía afirmar mejor que en Jesús no hay y no. Dios no quiere el mal, Dios no quiere la enfermedad pero Dios ama al hombre, tiene pasión por el hombre y por eso el hombre puede apasionarse por Dios. Todo es en Jesucristo y el Evangelio que es la Buena Nueva, nos invita a remontar la corriente del mal para secarla en su fuente, recentrando todo el universo en el corazón de Dios para que sea la historia de dos, el maravilloso matrimonio de amor que es el proyecto eterno de Dios que nos enseña Jesucristo y que él nos confió y que nosotros debemos realizar con él.

Por eso, en esta jornada de los enfermos, de toda esta teología de los « hospitales » sólo podemos sacar una profunda compasión para todos los que sufren y que son a los ojos de nuestra fe en Cristo sufriente, y una profunda estima por el estado de enfermedad.

Pues los enfermos no son bocas inútiles, como quiso hacérnoslo creer el régimen hitleriano, sino que ofrecen a la humanidad la ocasión de superarse para retomar el plano de la redención, para realizar la creación que en el espíritu de Dios está llena de armonía, de belleza, de gracia y juventud, a fin de que sea digna de él y digna de nosotros, pues el Evangelio no es un evangelio de dolor ni de muerte. El Evangelio es el evangelio de la gracia, de la juventud y del Amor y, como dice el Cantar: “El Amor es más fuerte que la muerte” (Ct. 8, 6).

 

(1) Publicado en «Ta Parole comme une source», p. 217. (Tu Palabra como fuente, 85 sermones inéditos. Ed. Anne Sigier, agosto 2001. 442 pp.
ISBN : 2-89129-082-8

 

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