06/02/2013 février 2013 - 19/07/2017 juillet 2017

emn 48 0004

Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cairo, Dar es Salam, en 1948. Inédito. Ya publicada en nuestro sitio el 06/02/13.

Resumen: En 434, en el Commonitorium, Vicente de Lérins, proclama una regla de fe según la cual lo que es propiamente católico es “lo que todos han creído siempre, y en todas partes.” Regla difícil de aplicar: cómo guardar el depósito, problema de la perpetuidad y del progreso.

La regla de fe de Vincent de Lérins

Indicaciones históricas

La obra de Vicente de Lerins se sitúa justo después del Concilio de Éfeso, cuando todavía no hay separación entre Roma y Constantinopla, y la Iglesia de Alejandría, bajo la vigorosa dirección de san Cirilo que vive todavía cuando Vicente termina la obra de que vamos a hablar, acaba de hacer triunfar la fe común. Esta obra nos interesa particularmente como representante de una cristiandad todavía relativamente unida.

No se sabe mucho de su vida. Genadio, sacerdote marsellés, que escribe en la segunda mitad del siglo V, nos dice que Vicente, de origen gálico, sacerdote del monasterio de la Isla de Lerins (actualmente frente a Cannes) compuso, bajo el nombre de Peregrinus, una obra contra los herejes y murió bajo el reino de Teodosio II y Valentiniano III, es decir a más tardar en 450.

Vicente mismo nos dice que, después de haber estado en la corriente triste e incoherente de la vida secular, encontró por fin abrigo escondiéndose en el puerto de la vida religiosa donde, lejos de las ciudades y las muchedumbres, saborea el reposo del Señor en una célula campestre. Nada más sabemos, sino que tiene el título de santo y fue honrado como tal por los monjes de Lerins, de donde se llevaron sus reliquias, sin dejar huellas, durante la Revolución.

El Commonitorium

Vicente de Lerins debe su celebridad a un librito de un centenar de páginas que pretende modestamente haber escrito para su propio uso, como simple Commonitorium o memoria, destinado a aclarar y reforzar sus convicciones. En realidad se dirige a todos los cristianos que tratan de mantener la ortodoxia de su fe. La obra se compone de dos libros, el segundo de los cuales desapareció y sólo queda un resumen en todos los manuscritos del primer libro. El autor da el año 434 como fecha de su autoría.

La fama del Commonitorium se estableció lentamente y aumenta a partir del s. XVI. Después de esa época encontramos cerca de 72 ediciones, a las cuales se añaden 66 traducciones, cosa muy notable. En el siglo XIX se hicieron 14 ediciones y 20 traducciones. La última edición crítica la publicó Rauscher en Bonn, en 1906. Es sorprendente ante todo el destino de una obra que toma la mayor parte de sus ideas del libro De prescriptione de Tertuliano y de diversos tratados de san Agustín, de quien era contemporáneo el autor, y uno se pregunta cómo pudo Bossuet ver en Vicente una de las luces de su siglo, y por qué la célebre Asamblea del clero francés de 1682 exaltó el Commonitorium como el instrumento más adaptado para discernir la verdadera Iglesia de Jesucristo.

El adversario de Vicente de Lerins

Yo confieso que me es difícil compartir ese entusiasmo y que me molestan un poco sus invectivas contra la hediondez, la dureza, la amargura, el veneno, la villanía, la locura, el delirio impío que son atributos de los perros rabiosos, los lobos rapaces, los ministros de Satán, que son en realidad todos los jefes de fila de las herejías que combate.

Pero tales son las dulzuras en que abundaron demasiado los teólogos y no debemos reprocharle el lenguaje de la corporación. En segunda lectura no deja de asombrarnos la sinceridad y la seriedad casi dramática de sus preocupaciones. Debía sentir muy de cerca el peligro para asumir en su soledad el papel tan urgente de vigía.

Sin embargo, nada nos indica el error contra el cual moviliza toda su erudición. Todas las herejías que enumera pertenecen al pasado, y aunque Nestorio vive todavía, el Concilio de Éfeso acaba de sellar su suerte. Uno se pierde en conjeturas sobre los motivos que lo obligan a salir del silencio y sobre la verdadera identidad del enemigo contra el cual dirige su artillería.

Una de las hipótesis más inquietantes es que el adversario no es nadie menos que san Agustín mismo, que murió en 430. La doctrina del gran obispo de Hipona sobre la libertad y la predestinación, que condenaba al infierno a la mayoría del género humano había encontrado viva oposición en el sur de Galia que era el bastión de lo que se llamó el pelagianismo en el siglo V.

El adversario más feroz de las ideas de Agustín fue Casiano, discípulo de san Jerónimo y de san Juan Crisóstomo, que introdujo en Galia las instituciones monásticas del Oriente. Uno de los partidarios más activos de Casiano era Fausto, que llegó a ser abad de Lerins en 433. ¿No es una coincidencia? Recuerden que el Commonitorium de Vicente data del 434. ¿No será que las opiniones genialmente personales de Agustín le parecieron a Vicente novedades peligrosas e inquietantes contra las cuales era importante estar alerta?

Las novedades, peligrosa tentación para la fe

La personalidad de Agustín era quizá tabú. No se podía atacar de frente un Doctor ilustre y venerado que acababa de morir. Pero se podía muy bien y sin peligro enunciar principios, ilustrados con hechos del pasado totalmente ajenos a la disputa, principios que cerraban el camino a las tesis agustinianas. En verdad era lo único que se podía hacer, husmeando además las sospechas mediante algunos golpes a Pelagio y discípulos, cuya herejía había combatido Agustín cuidadosamente.

No es inverosímil que esa fuera la intención de Vicente, pues por una parte considera como la más peligrosa tentación para la fe las novedades introducidas por personajes eminentes, cuya autoridad sirve de caución al error, y adjura sus lectores a abandonar cualquier maestro, así fuere sabio u obispo, lo cual se aplica perfectamente a Agustín, y no la doctrina heredada de los Apóstoles, y por otra parte las reglas que da sólo deben servir para protegerse de las herejías nacientes, sobre las cuales la Iglesia aún no se ha pronunciado.

Se puede pues admitir que los debates sobre la gracia y la predestinación que agitaban la Galia de la época, en los cuales intervino Agustín mismo un año antes de su muerte y en los que tomó parte el propio abad de Vicente, no fueron extraños a la redacción del Commonitorium. Afortunadamente, la imposibilidad de oponerse al obispo de Hipona no dejó que ese escrito entrara en una polémica que lo habría descreditado y le dio valor permanente a un discurso que plantea y trata de resolver un problema que surge de nuevo al comienzo de nuestro siglo, con más agudeza que nunca.

El apego a la tradición como deber imprescriptible

Que nadie se escandalice de esta reconstitución hipotética del origen de la obra que nos ocupa. Era natural que las tesis de Agustín sobre la gracia, que siguen siendo discutidas, parecieran tan peligrosas como deprimentes, y que un monje respetuoso de la tradición tratara de neutralizar, en ese punto, el crédito del gran obispo recordando que toda novedad es sospechosa, venga de donde viniere, simplemente por ser novedad. Sería perfectamente injusto atribuirle otro motivo que su adhesión a la tradición la cual defiende. Para él, está en juego la vida misma de la Iglesia en esa controversia en la cual entra sólo porque lo siente vivamente como deber imprescriptible, está en juego la vida misma de la Iglesia.

Evidentemente, no tiene el genio de Agustín, pero qué importa el genio cuando una verdad divina es puesta en duda y cuando se discute la fe de todos. Por otra parte, cuando entra de lleno en una explicación no le falta inteligencia, al contrario. Aunque no escribe mal, cuida mucho menos el lenguaje que el obispo de Hipona. Pero eso no impide que logre algunas fórmulas muy felices para expresar claramente su punto de vista.

“En vez de contentarse con la regla de fe tradicional, admitida una vez por todas en la antigüedad, dice de los innovadores, necesitan más y más novedades cada día. Están siempre impacientes por añadir, cambiar o suprimir algo a la religión, como si no fuera un dogma celestial al que le basta haber sido revelado una vez, sino una institución puramente humana que sólo puede ser llevada a su perfección por enmiendas continuas o mejor, continuas correcciones.” (Commonitorium cap. XXI)

Para él, la fe constituye una herencia intocable, que hay que aceptar sin innovar nada, y trasmitirla intacta: pues no conviene, escribe, que orientemos la religión hacia donde nos guste, sino que la sigamos a donde ella nos conduzca. Entonces, añade, no es algo que ustedes regulan sino algo por lo que se rigen. Por eso se propone mostrar “mediante muchos ejemplos”, “a todos los verdaderos católicos que deben escuchar a los doctores con la Iglesia, y no abandonar la Iglesia para seguir a los doctores”. (Cap. XVII)

La cuestión del discernimiento

Fontino, obispo de Sirmio, Apolinar, obispo de Laodicea, Nestorio, obispo de Constantinopla, en tiempos de Vicente, y más antiguamente, Orígenes, el faro de los faros de crédito infinito, y Tertuliano, el Orígenes de los latinos, cayeron en el error y naufragaron en la fe. Nadie escapa, en efecto, a las trampas del príncipe de las tinieblas, si cede al gusto de las novedades, sustituyendo su propio gusto al sentido católico que une infaliblemente la fe a la tradición recibida de los Apóstoles.

¿Y cómo preservar el sentido católico y conservarle todo su poder de discernimiento ante opiniones que pueden valerse del prestigio de las mayores lumbreras de la Iglesia? Es decir, ¿dónde está la Iglesia y cuándo se trata de ella y no de doctrinas particulares y de sentimientos personales de tal o cual doctor novedoso?

La sagrada Escritura debería bastar por cierto para tranzar los debates. Pero cada uno la interpreta conforme a su parecer. ¡Tantas opiniones cuantos comentadores! Sólo hay un modo de salir de ese rastrojo y es consultar la tradición de la Iglesia católica. Pero, justamente, ¿cómo reconocer con certeza la tradición, si aun un obispo puede equivocarse e inducirnos en error?

La regla de fe de Vicente de Lerins

La regla de fe de Vicente de Lerins: lo que siempre han creído todos en todas partes, remite del presente al pasado y a la mayoría conciliar, y después, a la unanimidad de los doctores portavoces de la ortodoxia.

En este punto Vicente de Lerins enuncia la famosa regla de fe que es el objeto esencial de su libro: “quod ubique, quod semper, quod ab omnibus.” Es propiamente católico lo que siempre han creído todos, en todas partes. Fórmula magnífica por su concisión pero cuya aplicación es singularmente difícil como vamos a verlo.

Este es el orden de preferencias implicado: en el presente, preferir el conjunto del cuerpo a una parte a un miembro gangrenado, que se separa de la Iglesia, es decir: a la opinión de una secta, preferir la fe universal, lo que equivale a optar por la catolicidad.

Pero si el contagio del error se difunde por doquiera y amenaza envenenar toda la Iglesia a la vez, a la cristiandad actual hay que preferir la antigüedad que no puede ser seducida por ninguna novedad extranjera. Esto equivale a optar por la apostolicidad en que tiene su fuente y su regla la catolicidad. Pero si la antigüedad no es concordante y hay dos o tres hombres, o una ciudad o provincia que hacen cisma, entonces hay que preferir a su temeridad e ignorancia las decisiones de un Concilio universal habido en nombre del conjunto de los fieles. Esto significa optar por el consenso general. Pero si ningún concilio ha decidido nada, entonces a una opinión aislada hay que preferir el acuerdo de los maestros autorizados, el acuerdo de los padres y doctores que en épocas y lugares diferentes han dado una doctrina unánime sobre una cuestión.

La regla de Vicente remite así del presente al pasado, y en el pasado mismo nos obliga a escoger oponiendo la minoría disidente a la mayoría conciliar, o a defecto de ella, a confrontarnos con la unanimidad de los doctores reconocidos como portavoces de la ortodoxia.

Regla de difícil aplicación

Al final de su obra, Vicente vuelve a su regla de fe resumiendo en dos criterios: armonía de la universalidad y la antigüedad sus tres criterios: universalidad o catolicidad, antigüedad o apostolicidad, y consenso general.

Demuestra que de hecho el Concilio universal habido en Éfeso en 431, que había reunido solo 200 obispos, tomó el camino más corto para unirse a la antigüedad y garantizar la catolicidad y la apostolicidad de sus decisiones limitándose a establecer, en las cuestiones discutidas en esa asamblea, el acuerdo de diez doctores solamente, entre los cuales san Atanasio de Alejandría, san Gregorio de Nacianzo, san Basilio de Cesarea, san Gregorio de Nisa, san Ambrosio de Milán, obispos todos de mediados del siglo IV o más tarde, lo cual no es muy antiguo. Del siglo III sólo cita un nombre grande: san Cipriano de Cartago. Hay que confesar que es poco, y se comprende que su regla de fe, que se refiere a innumerables discusiones, haya sido tirada en sentidos diversos por los católicos, los protestantes y los anglicanos, todos los cuales la citaron diciendo todos, unos contra otros, que perpetuidad es marca de verdad y variación signo de error, reprochándose unos a otros la novedad.

Leibniz escribe muy justamente a Bossuet que el criterio de Vicente es bello y magnífico en palabras, mientras permanezcamos en generalidades, pero en los hechos estamos lejos de la cuenta. Veremos en seguida qué elemento nuevo introdujo Vicente mismo en el debate y cómo hizo todavía mucho más difícil la aplicación de su regla de fe. Antes de abordar este tema, es justo rendir homenaje a la extraordinaria precisión con que expresó las doctrinas católicas de la Encarnación y de la Trinidad, ésta última a ocasión de la primera, ante el nestorianismo que el Concilio de Éfeso acababa de condenar.

Vicente, las doctrinas católicas de la Encarnación y de la Trinidad – la evolución del dogma

Extracto del Commonitorium

“Pero la Iglesia católica, que posee la verdadera doctrina sobre nuestro Salvador, no blasfema ni contra el misterio de la Trinidad ni contra la Encarnación de Cristo. Venera una divinidad única en la plenitud de la Trinidad, la igualdad de la Trinidad en una misma majestad. Confiesa un solo Jesucristo y no dos, un Cristo a la vez Dios y hombre. Reconoce en él una sola Persona pero dos sustancias, dos sustancias pero una sola Persona; dos sustancias porque el Verbo de Dios es inmutable y no puede hacerse carne; una sola Persona, porque si proclamara dos Hijos parecería adorar una Cuaternidad y no una Trinidad.

Pero no será inútil explicar este punto de manera más clara y explícita todavía:

En Dios hay una sola sustancia, pero hay tres personas.

En Cristo, hay dos sustancias y una sola persona.

En la Trinidad hay varias personas y no varias sustancias: en el Salvador hay varias sustancias y no varias personas.

¿Cómo puede haber varias personas en la Trinidad y no varias sustancias? Porque otra es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no tienen tres naturalezas diferentes sino una y la misma naturaleza.

¿Cómo puede haber en el Salvador dos sustancias y no dos personas? Porque en efecto, otra es la sustancia de la divinidad, otra la sustancia de la humanidad; pero sin embargo la divinidad y la humanidad no constituyen dos personas, sino un solo y mismo Cristo, un solo y mismo Hijo de Dios, una sola y misma persona de un solo y mismo Cristo, Hijo de Dios.

Lo mismo que en el hombre la carne es una cosa y el alma otra, y sin embargo no hay sino un solo y mismo hombre, alma y carne a la vez. En Pedro o en Pablo, una cosa es el alma, otra cosa la carne: y sin embargo no hay dos Pedros, cuerpo y alma; no hay un Pablo cuerpo y otro carne, sino un solo Pedro y un solo Pablo, constituido por la doble y diferente naturaleza del alma y el cuerpo.

Así también hay en un solo y mismo Cristo, dos sustancias, pero una es divina y la otra humana; la una procede de Dios, su Padre, la otra de la Virgen, su madre; la una es coeterna e igual al Padre, la otra es temporal e inferior al Padre; la una es consustancial al Padre, la otra, consustancial a la madre. Y sin embargo, hay un mismo Cristo en la una y la otra sustancia.

No hay pues un Cristo Dios y un Cristo Hombre, uno increado y el otro creado, uno impasible y el otro pasible, uno igual al Padre y el otro inferior al Padre; el uno nacido del Padre y el otro de la madre. Hay solo uno y el mismo Cristo, Dios y Hombre; es el mismo, a la vez increado y creado, inmutable, impasible y mutable y pasible; igual al Padre e inferior al Padre; nacido del Padre antes del tiempo y engendrado de la madre en el tiempo; Dios perfecto y hombre perfecto; Divinidad suprema en cuanto Dios, Humanidad completa en cuanto Hombre. Digo Humanidad completa, pues posee a la vez el alma y la carne, pero verdadera carne semejante a la nuestra, recibida directamente de su madre; un alma dotada de inteligencia y que tiene la facultad de pensar y de razonar.

Hay pues en Cristo: el Verbo, el alma y la carne; pero todo eso constituye un solo Cristo, un solo Hijo de Dios y, para nosotros, un solo Salvador, un solo Redentor. Uno solo, no sé por qué mezcla corruptible de divinidad y humanidad, sino por una unidad de persona entera y especial. Y esa unión no convierte ni transforma una sustancia en la otra, lo cual es propiamente el error de los arrianos, sino más bien las reúne a ambas en una, de suerte que por una parte el carácter único de una sola y misma persona subsiste en Cristo, y por otra, la calidad propia de cada naturaleza se mantiene eternamente. Y así, Dios no comienza jamás a ser cuerpo ni el cuerpo deja de ser cuerpo en ningún momento.

El ejemplo de la condición humana puede ayudarme a hacerme entender. No es solo en el presente, sino en el futuro que cada hombre estará compuesto de alma y cuerpo; y sin embargo el cuerpo jamás se cambiará en alma, ni el alma en cuerpo. Estando cada hombre destinado a vivir sin fin, necesariamente subsistirá sin fin en cada hombre la diferencia de las dos sustancias. Así también en Cristo, hay que mantener que la propiedad particular de cada una de las dos sustancias subsistirá eternamente, pero sin que la unidad de la persona sea alterada” (cap. XIII) (1)

Esfuerzo cada vez más afinado de comprensión

El español traduce mal la concisión del latín. Un ejemplo de traducción literal podría ser: “En la Trinidad hay éste y aquél; pero no esto y aquello; en el Salvador hay esto y aquello, pero no éste y aquél.” Etc. Éste y aquél responden a la noción de persona o de sustancia y esto y aquello a la noción de sustancia o de naturaleza.

Ahí vemos que la inteligencia de Vicente podía manejar con gran claridad las sutilezas más abstractas, y estaba lejos de ser un bárbaro ante el obispo de Hipona.

También se ve que deseaba mantenerse firme en el depósito de la fe trasmitido por los Apóstoles y la Iglesia, sin excluir un esfuerzo cada vez más afinado de comprensión. Por eso justamente su Commonitorum atrajo la atención, muy especialmente en nuestra época, pues Vicente es el primer teólogo que consideró una vida y una evolución del dogma, y concibió que la perpetuidad no excluye el progreso y el progreso no era variación ni contradecía la perpetuidad. Y lo hizo en términos tan equilibrados que el Concilio Vaticano los insertó literalmente en la constitución de Fide en el capítulo IV.

Esta es la frase decisiva, en la medida en que puede ser traducida del latín: “Es pues necesario que crezcan y progresen con rica intensidad, según las edades y los siglos, la inteligencia, la ciencia, la sabiduría de todos y cada uno, de cada hombre y de toda la Iglesia: pero que sea siempre en la misma línea, es decir en la misma afirmación, en el mismo sentido y pensamiento.” (Cap. XXIII)

Vicente explica con gran lujo de imágenes qué quiere significar con eso: una evolución orgánica, que el fruto salga del grano, que la forma salga del germen, que el cuerpo adulto despliegue todas las potencialidades del cuerpo niño, pero que haya siempre identidad de tipo, como el hombre y el niño que, por diferentes que puedan parecer, no dejan de ser un solo y mismo ser. “Pues el progreso consiste precisamente en que cada cosa crezca permaneciendo la misma” (Chapitre XXIII), y comentando la carta de Pablo a Timoteo: “Conserva el depósito” “Consérvalo, dice, a causa de los ladrones, de los enemigos, no sea que mientras la gente duerme, vengan a sembrar cizaña por encima de la semilla de trigo que el Hijo del hombre sembró en su campo. Guarda el depósito”, dice (Cap. XXII).

Conserva el depósito

¿Qué es el depósito? Un depósito es lo que te confían, no lo que tú encuentras, lo que recibiste y no lo que inventaste tú mismo; una cosa no depende de la invención personal sino de la doctrina; que no es de uso privado sino de tradición pública; algo que te llegó y no algo que tú creaste; algo cuyo autor no eres tú, sino de lo que eres simple guardián; algo cuyo iniciador no eres tú sino el seguidor; algo que tú no regulas sino que te regula.

“Conserva el depósito”, dice, conserva al abrigo de toda violación de todo atentado el “talento” de la fe católica. Que lo que te confiaron permanezca contigo hasta que lo trasmitas. Recibiste oro, tienes que restituir oro. No quiero que remplacen una cosa por otra. No quiero que en vez de oro me presenten impúdicamente plomo o fraudulentamente cobre; no quiero lo que parece oro, sino oro auténtico.

Oh Timoteo, oh sacerdote, oh intérprete, oh doctor, si el favor divino te dio el talento, la experiencia, la ciencia, sé el Besaleel [arquitecto] (2) del tabernáculo espiritual; talla las piedras preciosas del dogma divino; púlelas fielmente, adórnalas sabiamente, añádeles brillo, gracia y belleza; que mediante tus explicaciones se comprenda más claramente lo que antes se creía más oscuramente. Que gracias a ti la posteridad se felicite de haber comprendido lo que la antigüedad veneraba sin comprenderlo. Pero enseña lo mismo que aprendiste; dilo de manera nueva, pero sin decir cosas nuevas. (Cap. XXII)

El verdadero criterio

Es fácil sentir este fervor y comprender el interés de la solución que une tan cómodamente duración y progreso. Pero quizá suscita más dificultades que la famosa regla de fe discutida antes. Pues ¿cómo reconocer el germen de una doctrina y la continuidad de su desarrollo a lo largo de 20 siglos en que negaciones y afirmaciones sobre el mismo tema se entrecruzaron hasta que por fin se pronunciara un concilio o un papa?

¿No es la decisión final la que establece en realidad la continuidad del germen y el estado adulto que permite unir el uno con el otro?

Es decir que el criterio verdadero y el único eficaz, del desarrollo de la creencia y de la fe, es en fin de cuentas el magisterio ordinario de la Iglesia, o el concilio universal reunido real o virtualmente bajo la dirección siempre más o menos virtualmente implicada de Pedro y sus sucesores.

La infalibilidad pontificia

Es interesante comprobar que Vicente de Lerins que señala a propósito del re-bautizo de los convertidos bautizados en la herejía, actitud romana siempre contra esta práctica, y que dice explícitamente: “el papa Esteban de feliz memoria, que ocupaba la sede apostólica, se opuso con sus demás colegas – los obispos – pero más que ellos, pues estimaba, creo yo, que debía superar a los demás en apego a la fe en cuanto que los dominaba por la autoridad de su cargo” (Cap. VI) no saca ninguna conclusión de esta afirmación.

Eso es algo que parece una profesión clara de la preeminencia de la sede apostólica de Roma. Y sin embargo, Vicente no saca la conclusión que se impuso en el concilio Vaticano definiendo la infalibilidad pontificia. No podía prever a dónde llegaría el germen. Eso muestra bien que la identidad del germen y de su desarrollo sólo puede ser sensible a la fe y que toda prueba puramente histórica fracasará para establecer, en un duelo continuo entre el por y el contra, con resultados tan imprevistos como fue precisamente en nombre de la regla de fe de Vicente de Lerins – lo que todos creyeron siempre y en todo lugar – que repudió como novedad la infalibilidad pontificia el canónigo Dollinger, y se separó de Roma para crear la Vieja Iglesia Católica.

El problema perpetuidad y progreso

Sin duda Vicente no podía obrar mejor de como lo hizo y conserva el grandísimo mérito de haber sido el primero en plantear explícitamente el problema de la duración y el progreso. ¿Lo planteó bien? Es otra cuestión. ¿Puede evolucionar “un dogma celestial”, como dice él? ¿Es susceptible de progreso? El problema es saber qué se entiende por dogma y por progreso y evolución del dogma, y nada es más difícil de precisar.

Una comparación puede quizás ayudarnos a adivinar de qué se trata. ¿Cómo sabemos que sabemos en física o en matemáticas? En virtud de una claridad indecible que da seguridad y felicidad a la razón. Ésa es la invariante que coincide con el asentimiento incondicionado que da la mente a toda proposición que le parece verdadera: cierta Luz en que la inteligencia encuentra su Fuente y al mismo tiempo se reposa en su Fin. Pero esa Luz no está ligada a ninguna fórmula. Todas las fórmulas tienden a ella pero ninguna la expresa.

Esa Luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo es, según la fe cristiana, Jesús, el Verbo hecho carne. Y la Iglesia es también él: “Yo soy Jesús a quien tú persigues” (Hechos 9:5). Y el dogma, es él que se expresa. Ésa es la invariante: Dios se expresa como hombre, se entrega en una confidencia de amor. Pero la confidencia de Dios sólo tiene sentido si las palabras con que se manifiesta expresan en nosotros la Luz de Dios, la Luz que es Dios. Es decir, son palabras. La fe en la Palabra de Jesús, como en la Eucaristía, escucha a Jesús. Las palabras se han hecho sacramentos.

La evolución del dogma es el lenguaje que se hace más y más transparente a la Persona divina, el confidente que supera más y más la confidencia.

La evolución del dogma no es sino la interiorización creciente de las ideas y de las palabras que expresan esta confidencia para que nos arrojemos de manera más y más inmediata en el corazón del Amor. La evolución del dogma es el lenguaje que se hace más y más trasparente a la Persona divina, porque el confidente supera la confidencia. Y el criterio de esa evolución es la aproximación cada vez más despojada y liberada de los límites humanos, la Presencia cuyo amor es el único que puede identificar su rostro. Por eso, en fin de cuentas, la unidad de la cristiandad o el verdadero ecumenismo sólo podrá encontrar fundamento en el silencio del Amor.


Notas

(1) Commonitorium, tratado Peregrinus, cap. XIII, 1 a 15. p.51-56.

En internet (français) : http://www.patristique.org/sites/patristique.org/IMG/pdf/vincent.pdf

(2) Beseleel ou Betzalel, arquitecto del Tabernáculo, hijo de Urí. (Éxodo 31:1-6 y genealogías de las Crónicas).

Date de publication sur le site : 06/02/2013 - 19/07/2017

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