Conferencia de Mauricio Zúndel en el Cenáculo de París, el 22/01/1966

¿Qué hombre? ¿Qué Dios?

Leyendo los reportes del Concilio, me he preguntado a menudo: ¿De qué Dios hablamos? ¿De qué Dios hablamos y de qué Hombre? Y me parece que esta pregunta no ha sido hecha; que en el Concilio hubo conflictos de tendencias y ambigüedades y que, finalmente, no se propuso el mensaje esencial, que habría sido precisamente la presentación del Dios que solo puede situarse en un mundo que el hombre está llamado a crear y que no existe todavía ni puede existir sin nosotros, y sólo existe por medio de nosotros en la medida nuestro compromiso.

El Dios de que hablamos, es decir el Dios tradicional, el Dios que responde a una definición que se encuentra en todos los manuales y en todos los libros de filosofía, ese Dios concierne el pasado, es un Dios que suponemos que explica el universo, su origen y su evolución. Es un Dios que completa en cierto modo, o se suponía que completaba las explicaciones dadas por los sabios. No era el Dios que sólo podemos encontrar en un mundo que no existe todavía y que sólo subsiste gracias a un compromiso nuestro renovado sin cesar.

Y justamente el peligro está en que no hay comunicación entre el mundo y la Iglesia o las Iglesias, el mundo y las religiones institucionales. Ahí está el punto de ruptura: ese Dios que se supone explicar ante todo [las realidades] más necesarias es como tal cada vez menos inteligible para los sabios […]. Naturalmente, hay sabios que tienen dos partes en su vida, que son creyentes por opción personal y pueden ser verdaderos místicos, y que aplican en el campo científico todo el rigor de sus métodos, que son materialistas, es decir métodos en que las verificaciones son siempre físicas y se sitúan en un mundo exterior a nosotros, en un mundo automático y prefabricado.

Revisemos un conjunto de dificultades que pesan sobre la noción tradicional de Dios y que han pesado ciertamente sobre el desarrollo de las deliberaciones conciliares, y que pesan también sobre nuestras mentes, impregnadas de un lenguaje tradicional del cual nos es difícil liberarnos, y pasemos en revista unos de esos obstáculos simplemente para clarificar la situación y para mejor llegar a optar precisamente por el mundo que no existe todavía y del cual tenemos que hacernos creadores cada día de nuevo.

¿De qué Dios hablamos? Y ¿de qué hombre? Creo que una de las primeras dificultades para considerar el problema bajo el aspecto del futuro, la primera dificultad para situar los orígenes humanos en el futuro proviene del biblismo. Esta es una palabra bastante peyorativa y presento mis excusas por utilizarla, pero voy a ilustrar en seguida lo que quiero decir, refiriéndome a una pequeña experiencia que tuve el año pasado durante la cuaresma, en el momento en que iba a leer la epístola de la misa.

La epístola del día era la oración de Jeremías para ser liberado de sus enemigos, es decir la oración de Jeremías contra sus enemigos. Leyendo ese texto en francés, es decir, dándole el acento del lenguaje ordinario, me impresionó tanto la incompatibilidad entre la liturgia eucarística, liturgia del Señor, liturgia de la fe, y esa oración que reivindica, esa oración que pide la aniquilación de los enemigos, al punto que cerré el libro […] diciendo: “Es imposible leer estas imprecaciones y esas peticiones de venganza en presencia del Señor. Eso no es compatible

Es evidente que en esa oración de Jeremías Dios es concebido en una perspectiva que no es evangélica y que no podía serlo en esa época, ya que Cristo no había venido. Es un ejemplo ínfimo de lo que puede significar la lectura de la Biblia para un hombre de hoy que cree deber tomar como revelación divina, es decir como revelación absoluta y como verdad perfecta e intangible un texto que proviene del Espíritu Santo.

Cuántas veces se encontrará ante textos que decepcionan y escandalizan, que no corresponden a la experiencia que tiene de Dios y que están en contradicción con lo que enseña el Evangelio.

Es evidente que si leemos la Biblia olvidando la gran sentencia de san Pablo en la carta a los Gálatas, “que la ley es el pedagogo del Evangelio”, arriesgamos en cada momento a estar decepcionados y escandalizados. Cuando san Pablo dice que la ley es el pedagogo del evangelio, quiere decir que la ley es imperfecta, que la ley es provisoria, que la ley conduce y que el Evangelio es la plenitud. Pero es cierto que para quien se inmerge en la tradición bíblica, en la letra de la Biblia, es demasiado difícil encontrar en ella el espíritu del Evangelio.

En los salmos, que son la oración esencial de la liturgia, leemos la odisea de Israel, el camino de Egipto al Mar Rojo. Todos los sábados eso se repite; todos los sábados atravesamos el Mar Rojo, asistimos al milagro de Dios en favor de ese pueblo único en favor del cual Dios despoja a los demás, como si los demás no existieran o no tuvieran ningún valor a sus ojos. Para un hombre de hoy, es absolutamente imposible adoptar ese punto de vista.

No podemos creer en un pueblo elegido, no podemos imaginar que el orden del mundo haya sido organizado en favor de un pueblo elegido entre los demás. No podemos imaginar la masacre de los demás pueblos para dar lugar a ese pueblo que sólo podrá ocupar lo que hoy llamamos la Tierra Santa despojando a sus habitantes y sometiéndolos a la esclavitud. No podemos admitir las leyes de una guerra infinitamente cruel que terminaba con la destrucción total de todos los seres que vivían en el territorio ocupado. No podemos creer que semejante guerra haya sido querida por Dios, aprobada por Él en favor de su pueblo, si por otra parte situamos a Dios en el mundo que no existe todavía.

Conclusión obligada: ése es un Dios del pasado, visto por hombres que estaban en el universo actual, que no salían de sus límites, que no comprendían que Dios se sitúa en un universo que no existe todavía, y buscaban en Dios la explicación de un universo conocido muy someramente y la explicación de su propio destino con todo lo que la biología colectiva puede comportar de límites y de parcialidad. Es pues una historia sagrada bajo beneficio de inventario Es una historia sagrada en la medida en que va más allá, en la medida en que tiende a otra cosa, en la medida en que tiene su coronamiento en Jesucristo, en la medida en que permanece abierta a un porvenir que aún no existe, que sigue desconocido y se revelará sólo en la persona de Jesucristo.

No faltan los peligros si leemos la Biblia sin tener un conocimiento muy riguroso de la historia de los géneros literarios, del pensamiento semítico, de la evolución de ese pensamiento, de los progresos de la revelación y de su superación definitiva en Jesucristo, como lo atestigua Cristo mismo cuando opone el menor de los discípulos en su reino a Juan el Bautista, que es el mayor de los profetas. El mayor de los profetas es más pequeño que el más pequeño de los discípulos del reino, porque hemos entrado en una economía nueva, porque la pedagogía ha terminado su función y ha llegado la plenitud de los tiempos.

Si no percibimos los límites de la letra bíblica, si no leemos la Biblia como una aspiración hacia Cristo, precisamente si no superamos los límites refiriéndonos a la persona de Cristo, no vemos por qué ese texto sería más sagrado que otro. Es hermoso sin duda, es uno de los monumentos de la literatura universal; hay cosas admirables en la religión egipcia, hay en Babilonia salmos de los que pudo inspirarse la Biblia, ahí encontramos máximas de sabiduría de las que se inspiraron probablemente los Proverbios de la Biblia.

Finalmente, ese libro es sagrado sólo porque para quien lo lee del interior, está orientado hacia la persona de Jesucristo, porque está en camino hacia él, no sin desvíos además, porque en Jesús puede superar la letra, porque en Jesús podemos encontrar una Presencia, es hacer saltar la letra en que Dios, revestido de pobreza, aceptando que la humanidad tal como es se represente como es, pudiendo hacer todas esas superaciones, la Biblia puede seguir siendo y es efectivamente un libro sagrado, si la hacemos concordar, a través de la persona de Jesucristo, y como movimiento hacia él.

Pero la inmensa mayoría de los lectores son difícilmente capaces de esa superación y la letra del texto arriesga aprisionarlos si no saben al menos que es necesario superarla, y la Biblia puede hacerse obstáculo para el conocimiento del Dios-espíritu, del Dios-verdad, del Dios-persona, del Dios-Presencia, del Dios-interior, del Dios que se sitúa en el universo que aún no existe.

Evidentemente, nos molesta comenzar una liturgia pidiendo protección, pidiendo la derrota de los enemigos, porque ese estilo no corresponde con la cruz del Señor que muere precisamente de amor por quienes rehúsan amarlo.

Existe pues a menudo un antagonismo en la letra, entre la Biblia – el Antiguo Testamento – y el espíritu del Evangelio. Por otra parte, el evangelio escrito tampoco es todo el Evangelio. También en el Evangelio hay niveles diferentes. Es claro que el Apocalipsis con sus caballos, sus victorias y combates representa un aspecto con el cual me es difícil sentirme cómodo y que yo me siento infinitamente más cerca del diálogo con la samaritana, en el cual estamos de inmediato enraizados en la religión del espíritu.

Aun los textos del Nuevo Testamento no dicen todo. Son a menudo superados por la persona de Cristo, el cual, finalmente, es el único Evangelio eterno.

[Índice de grabación: 15’ 43’’]

Pero la costumbre de referirnos a la Biblia, las oraciones que tomamos de ella, que son a menudo muy hermosas y están en estado de pobreza y al menos nunca son mera palabrería, son sobrias y despojadas. Toda la costumbre que tenemos de referirnos al Antiguo Testamento arriesga mantener en nuestra mente la idea de un Dios que concierne el pasado, que es una explicación, una seudo-explicación del pasado, de los orígenes como se los concebía en el pasado, y no de un Dios que se puede esperar del futuro, un Dios que descubriremos cuando nosotros nos hagamos hombre.

Existe otra dificultad que podemos llamar el imperialismo. El imperialismo o el constantinismo, cuya importancia comprenderán en seguida, o ya la comprendieron, y esa dificultad la sentimos en Jerusalén.

En junio o julio pasado estaba yo en lo alto de un patriarcado Jerusalén. Estaba mirando la antigua ciudad de Jerusalén, y veía mujeres que colgaban su ropa, otras que reparaban sus colchones, mujeres que vivían una vida de hoy, y todo el mundo que hormigueaba en las calles tan estrechas de la antigua ciudad, viviendo la vida de hoy sin ninguna preocupación por la vida de Cristo en el pasado. Como los hoteles que se alzan en las nuevas avenidas, los nuevos almacenes con avisos parisinos que manifiestan la vida, la vida de la gente de la Jerusalén actual, una vida normal de hoy, con preocupaciones actuales, con las codicias de hoy, con televisión y todo el resto. No hay relación alguna entre esa gente de hoy y los grandes acontecimientos que se supone recordarnos la ciudad santa.

Por otra parte, viendo el Santo Sepulcro, el viejo edificio que surge entre las terrazas de las casas, viendo más allá los edificios del Monte de los Olivos, me decía: sí, claro, son los restos de los santuarios constantinianos. Ése es, en el fondo, el origen de las peregrinaciones: en estos lugares santos levantaron magníficas basílicas, destruyeron además el terreno en que tuvieron lugar los acontecimientos, ¿y cómo reconocer ahora el terreno del calvario en el Santo Sepulcro? Hay que mirar por una hendija para quizá ver vagamente lo que fue la tierra sobre la cual caminó el mismo Jesús, pero el terreno ha sido ocupado por los edificios que fueron espléndidos (o al menos quisieron serlo) y que cubrieron los santos lugares con mármol, ocultándolos a nuestros ojos.

Naturalmente, el primer emperador en hacerse cristiano, y eso con prudencia, en su lecho de muerte, ese primer emperador cristiano quiso conservar hasta el final ciertas libertades, ese primer emperador cristiano ostentó su magnificencia en los edificios que él y su madre hicieron edificar. Había que celebrar tanto la magnificencia del emperador como la de Dios, emperador celeste.

Es evidente que los edificios del pueblo constantiniano, o heredados de la tradición constantiniana, pues de ellos no queda mucha cosa, se refieren siempre al Dios emperador del mundo, al Dios que maneja los hilos de la historia, al Dios que se supone ser la explicación de los fenómenos naturales o de los fenómenos humanos. Y se comprende que un emperador no podía concebir otro Dios que ese, ya que muy normalmente, como hombre que se quiere imponer a los demás, podía escoger entre dos procedimientos y los utiliza además generalmente uno después del otro, o simultáneamente.

Por una parte, reducirlos por fuerza: ¿y qué podemos hoy contra los tanques y las ametralladoras? Cuando un dictador dispone de los últimos medios técnicos de destrucción tiene el poder asegurado mientras el ejército que maneja esos artefactos esté a su lado. No se pueden hacer revoluciones con los meros puños para oponerlos a los tanques, es evidente. Entonces, un conquistador, sea el que fuere, un dominador, se impone por la fuerza y también por la religión.

Si logra que el pueblo acepte que él es el delegado de un poder divino, que su poder es divino, como hicieron los soberanos de Egipto o de Mesopotamia, como lo hicieron las Ciudades griegas, como lo hará el Imperio Romano con lo que llamamos el paganismo, como lo harán los emperadores cristianos, como lo harán todos los reyes de la cristiandad y muy en especial los reyes de Francia, consagrados en Reims al recibir la unción divina, será cómodo e inevitable que el soberano se refiera a un soberano celestial y reciba de él la garantía de su poder.

Y desde luego, si esto es aceptado el poder del soberano puede ser absoluto, logra más aún hacerse tanto más absoluto cuanto más absoluta sea la garantía, en la presencia del Dios soberano.

La religión ha sido en gran parte el apoyo de los gobiernos, sean tiránicos o democráticos, como en las Ciudades griegas o en algunas de ellas. Las ciudades o colectividades, hasta la revolución francesa, pretendían tener origen divino. Querían que la divinidad fuera la garantía de sus leyes y de los poderes que se ejercían en ellas, y contribuyeron entonces a perpetuar la imagen del rey de Israel, la imagen del Dios soberano, la imagen del Dios que gobierna y legisla, que sanciona, que bendice y maldice, que da la prosperidad o, al contrario, castiga con desgracias las transgresiones contra sus leyes.

Evidentemente, esta concepción que se difundió hasta nuestros días y se mantiene todavía, perpetúa un Dios del pasado, un Dios que corresponde a un mundo prefabricado, un Dios que es imposible localizar en un mundo como la cibernética o la biología lo conciben hoy, un Dios que solo puede situarse en el futuro, en el mundo que debemos crear comprometiéndonos, superándonos, rebasándonos, accediendo por fin a nuestra dignidad por el don de nosotros mismos.

El constantinismo tan fraccionado, tan dividido en la división de clases que pretenden también la protección divina, que al menos de las clases privilegiadas defendieron sus bienes, defendieron su propiedad poniéndola a la sombra del Decálogo y vimos en Francia en particular, donde los burgueses triunfaron en la revolución francesa, tomaron el mando en el momento en que surgió la industria en el siglo XIX, los burgueses franceses eran ateos y habían combatido el antiguo régimen en nombre del ateísmo o de un teísmo demasiado vago, pero se apresuraron a entrar en la Iglesia cuando vieron que la revolución se tornaba contra sus propiedades y que sus privilegios se les iban a escapar. Entonces pidieron a la Iglesia una garantía contra las espoliaciones que tenían toda razón de temer, y la religión se convirtió en un fenómeno burgués y lo sigue siendo en gran parte todavía.

¿Quién frecuenta las iglesias? No se ve mucho harapiento, sino gente bien vestida, gente distinguida, justamente, gente que tiene lo necesario y más que lo necesario. No se ve gente ordinaria y la multitud […] en su mayoría permanece absolutamente ajena a las religiones establecidas, al menos en Occidente. Todo eso porque nos quedamos en una visión de Dios del pasado, de ese pasado que catalogamos como una mecánica inmensa y que sigue siendo para nosotros pasado, algo que queda atrás pues nuestra única posibilidad está en proyectarnos adelante, haciéndonos creadores del universo en que se encuentran tanto Dios como el hombre.

Si conjugan el biblismo y sus límites, intolerables para nosotros, que hacen de Dios el Dios de un pueblo, lo que nunca ha sido, pues con toda evidencia, el sacrificio de Abrahán significaba que no es la generación, la posteridad carnal la que era el pueblo de Dios, sino la posteridad de la fe y del espíritu, como lo demuestra san Pablo maravillosamente en la carta a los Gálatas y en la carta a los Romanos. Jamás hubo pueblo elegido, jamás hubo Iglesia elegida antes de Jesucristo, y desde el comienzo del mundo la Iglesia elegida, es decir una Iglesia de la que forman parte, cuyos miembros son los que han hecho una decisión personal en favor de un Dios encontrado en lo más íntimo de sí mismos.

La elección personal ha reclutado el pequeño resto del que hablan los grandes profetas, el pequeño resto que es objeto de la solicitud divina y que justamente no se recluta por generación carnal sino por la fe, la fidelidad y el amor. Pero si conjugan lo que el biblismo puede inculcarles como nociones limitativas, si nos atenemos a la letra, si desarrollan su itinerario añadiendo el imperialismo de los emperadores que se pretenden cristianos, si ven en Dios el gobernador del mundo y el que tira los hilos de la historia, ante el rey de reyes y señor de señores, es claro que les será muy difícil orientarse hacia el Dios del futuro.

A eso se añade cierto filosofismo cuyo aspecto más desfavorable les voy a presentar, recordándoles el razonamiento que vi en santo Tomás y que fue además la justificación de la inquisición del siglo XIII. Los falsificadores alteran la moneda y los condenan a la hoguera, con razón ya que alteran la moneda sobre la cual se debe contar para acoger las transacciones justas entre los hombres. Los falsificadores alteran la moneda, los herejes alteran la doctrina divina, la doctrina revelada lo cual es infinitamente más grave. Merecen pues los suplicios que se infligen a los falsificadores de monedas.

Ahí tienen el tipo perfecto de razonamiento formalista, en que bajo aspecto de palabras se fundan deducciones claramente inaceptables desde el punto de vista evangélico, y que están en los antípodas del universo que debemos crear.

¿Cómo pudieron contentarse con tales razonamientos unas mentes rigurosas y sanas? Es claro que estaban prisioneros de una dialéctica en la cual ya no podemos creer nosotros, vivían en un mundo en que las máquinas electrónicas no existían y la cibernética era inconcebible. Podían pues partir de una finalidad que les parecía evidente, la encontraban por doquiera, podían construir un argumento, una prueba de la existencia de Dios basada en la finalidad pues no podían ponerla en duda como lo hacemos nosotros.

[Índice de grabación: 30’ 38’’]

Podían hablar de un primer motor porque no conocían los automatismos de una evolución físico-química como la representa la biología actual. Podían pues fundar argumentos que parecen cada vez más débiles como sobre bases absolutamente seguras, pero que son actualmente cuestionadas. Podían pues demostrar a Dios a partir del universo tal como ellos lo conocían, un Dios de poder, de verdad, quizá de amor, sin preguntarse si había alguna semejanza entre el universo actual y las aspiraciones de la conciencia inspirada del Evangelio.

Y, apoyándose en el formalismo del razonamiento, recurrían al concepto de causa primera y repetían con fuerza: primera, primera, primera… y excluye por tanto […] toda dependencia respecto de alguien, hasta afirmar que Dios no puede conocer nuestras determinaciones porque él es su causa. Hasta afirmar que si Dios conoce a sus elegidos es porque ha decidido darles gracias a las cuales es imposible que resistan.

Y los demás, a quienes no decidió darles gracias irresistibles, les da gracias que no bastan – y que llaman suficientes, pero que en la práctica no bastan – y entonces están a priori condenados a fracasar, no habiendo recibido las gracias intrínseca e infaliblemente eficaces indispensables para una respuesta eficaz a la divina gracia.

Pudieron pues seguir al infinito razonando así: pudieron oponer la nada de la criatura a la plenitud de Dios. Pudieron afirmar el deber que tenemos de someternos sin condición a ese rey de reyes que toma cada vez más y de toda manera la figura de un emperador celestial del cual somos los miserables súbditos que deben su salvación solamente a una misericordia totalmente gratuita de parte de ese soberano que decide, además por vías muy misteriosas e incomprensibles, salvarlos a pesar de todo, dejando caer algunas migajas de su mesa, o introduciéndolos en un cielo que no se parece en nada a nuestras aspiraciones naturales e instintivas.

Construyeron pues todo un edificio sobre datos que nos escapan, sobre bases que todas las concepciones actuales cuestionan, y cuando nos dejamos guiar por esos razonamientos, llegamos, evidentemente, a impases como el que yo indicaba arriba, como el razonamiento que pretendía justificar la inquisición a partir de los falsificadores de monedas. Hubo pues toda una especie de dialéctica, toda una filosofía y hasta una teología edificada a partir de conceptos elementales, ahora inadmisibles o en todo caso controvertidos hoy en día, y que eran admitidos como verdades primeras.

Sumado al biblismo y al imperialismo, sumado a una mentalidad de clases donde hay privilegiados que lo son porque Dios los ha puesto en esa situación, encargando además a los demás reconocer esos privilegios, someterse y esperar una compensación posible en la eternidad, y si se añade a eso un moralismo abstracto, tenemos una idea del cúmulo de dificultades o de impedimentos y límites que nos rodean por todo lado cuando nos ponemos sin darnos cuenta en un terreno calificado de tradicional.

Porque es bien evidente que un Dios que reina en los cielos, un Dios que es dueño del mundo, un Dios que es el propietario, un Dios ante el cual todo lo que no es él es nada y puede volver a la nada de donde salió, es evidente que la moral no puede ser sino lo que él impone a la criatura, la cual no puede escapar a su dominación. Habrá pues una moral supuestamente revelada, que podrá ser además para una época, pero no necesariamente definitiva.

Podrá pues haber una revelación de moral provisional o provisoria, una moral pedagógica, adaptada a cierto estado de la humanidad, a cierta época, con la única garantía de la voluntad divina que no conocemos, cuyas razones no conocemos, y a la cual tenemos simplemente que someternos porque es la más fuerte.

Es muy evidente que esa moral, insertada en los mecanismos biológicos, en el mundo de los instintos y las pasiones, esa moral nos pondrá dificultades enormes, nos instalará un dualismo desgarrador, exigiendo que nos opongamos a los instintos, que nos hagamos violencia sin saber porqué, ya que si hemos recibido de Dios nuestra naturaleza, no vemos muy bien por qué su ley estaría en los antípodas de esa naturaleza. No se ve por qué nos pediría que sacrifiquemos instintos que él mismo puso en nosotros.

Entonces se evocará el pecado original, otra mirada hacia el pasado que habrá que reinterpretar en función del Dios del futuro si se le quiere dar un sentido interior y espiritual.

De todo modo, de expediente en expediente, se llega siempre a la sumisión, sumisión en la fe, sumisión en lo que se debe admitir, en lo que se debe pensar, en lo que se debe creer o no, sumisión en lo que se debe hacer o no.

Y todo eso va a formar un enorme edificio casi imposible de sostener, ya que creer en esas perspectivas sería suscribir a proposiciones incomprensibles si no contradictorias, y ser fiel, es decir moral, significará someterse a una conducta en contradicción con la naturaleza tal como la hemos recibido, tal como la vivimos, tal como está en cada uno de nosotros desde el nacimiento, en función de todo el ser prefabricado que somos mientras no hayamos bifurcado hacia el futuro, mientras no hayamos construido juntos el universo humano y divino, en que la moral será simplemente la exigencia nupcial de un don recíproco que condiciona la alegría misma del encuentro y el espacio de la libertad.

Moral abstracta que nadie observa, que nadie vive, moral abstracta que encuentra cada vez más oposición en aquellos mismos que la profesan. Moral en la cual todo el mundo se siente estrecho, inclusive los Padres conciliares que tratan de abrir una puerta para facilitar las reivindicaciones de la carne, moral inaceptable finalmente, ya que supone un emperador del mundo, un soberano que no puede ser el Dios del futuro.

Hay pues obstáculos enormes que pesan sobre nosotros, que son ahora clásicos, tradicionales, como proyección de una revelación de supuesto origen divino y que, en la vida corriente, inicia las relaciones del hombre con Dios, el cual, mediante esta herencia, se vuelve cada vez más un Dios dudoso, una caricatura de Dios y finalmente, un ídolo y un falso dios.

Esos obstáculos tenían que surgir. Eran inevitables, pedagógicamente eran inclusive necesarios mientras no hubiéramos cambiado, mientras no hubiéramos comprendido, bajo la presión de los hechos y a causa de los descubrimientos y los éxitos científicos, que nuestra humanidad no se sitúa en el mundo prefabricado en que fuimos arrojados por nacimiento, como tampoco lo está el Dios vivo que es el espacio silencioso dentro de nosotros, en que nuestra libertad viene a existir.

Entonces, la pregunta que se debería haber planteado y que planteará quizás el próximo concilio era: ¿Existe el hombre? ¿De qué hombre hablamos, y de qué Dios? Mientras esta pregunta no esté en el centro de toda perspectiva, es bien evidente que permaneceremos en el equívoco y la ambigüedad. Ni el Dios de Jeremías cuando implora la destrucción de sus enemigos, ni el Dios de Constantino que desea apoyar su poder absoluto sobre un poder divino, ni el Dios de una filosofía que corresponde a ese imperialismo y lo justifica, ni un moralismo que extiende a todos los actos de la vida la dominación del soberano celestial: ninguno de esos procedimientos, ninguna de esas nociones, ninguna de esas concepciones cuadra con la experiencia que estamos llamados a vivir, justamente, si queremos entrar con plena sinceridad en el único terreno en que juntos el hombre y Dios pueden afirmarse y encontrarse.

Hay desde luego que realizar toda una reforma, pero sólo se puede realizar ante todo en nosotros, pues jamás se podrá poner en forma, erigir en sistema la experiencia del Dios vivo. Sólo tendrá sentido para el que la haya hecho, para el que se haya liberado, o al menos, que haya comenzado a sospechar que es necesario nacer de nuevo y haya comenzado a nacer en un encuentro inefable al interior de sí mismo.

Sería necesario haber encontrado para buscar en la misma dirección, conforme al voto de Pascal: No me buscarías si no me hubieras encontrado, pero ahí estamos en el ciclo de la vida: sólo encontramos quizá buscando y sólo encontramos buscando en cierta dirección, en virtud de cierta imantación inefable que orienta hacia la libertad e invita a la nueva creación.

[Índice de grabación: 44’ 53’’]

Esta enumeración de los obstáculos no es completa, claro está, sino muy sumaria. Bajo ciertos aspectos puede parecer muy injusta. Son simples indicaciones. La serie de obstáculos que acabo de citar sólo puede confirmarnos en lo que traté de explicar hace poco, es decir, que el verdadero Dios no está en el universo prefabricado, ni en el amor auténtico, sino que ambos pueden encontrarse en el universo que estamos encargados de crear.

Esto no quiere decir que neguemos la sinceridad de todos los que están apegados a las posiciones que llamamos tradicionales, que lo son además mucho menos de lo que pensamos. Y refiriéndonos a las palabras de san Pablo, La ley fue el pedagogo del Evangelio, vemos bien que para el apóstol lo que contaba era el futuro y que no debíamos aferrarnos a un pasado ya superado, que la novedad del Evangelio precisamente estaba en dar ese paso inmenso e irreversible y Dios sabe que san Pablo no se priva de decir a los gálatas que si vuelven a los elementos del mundo, si quieren volver a ponerse bajo la ley, crucifican a Cristo o hacen vana la crucifixión de Cristo, y están obligados a retomar absolutamente todas las obligaciones de la ley, pues la ley es indivisible y no se la puede afirmar si le quitamos un iota.

Pero esa es la costumbre y estamos tan infestados por esas palabras, que estamos prisioneros de ese lenguaje y tenemos todas las dificultades del mundo para ponernos decididamente en camino hacia un nuevo descubrimiento que nos compromete totalmente. Es necesario […? sentido: nacer de nuevo] y sólo es posible en el silencio. En el silencio donde escuchamos, en el silencio donde acallamos todos los ruidos interiores, en el silencio donde no buscamos más seguridades sino una Presencia.

Evidentemente, sólo ahí podrá consumarse el movimiento de liberación que debemos realizar para escapar al universo-máquina, para escapar al hombre-máquina, y para llegar a ser a la vez fuente y origen.

Esto no quiere decir que el Concilio no hizo cosas excelentes. Esto no quiere decir que no le debamos una apertura que no se podía esperar. Esto quiere decir solamente que es una etapa y no la última, pues jamás habrá una última. Es evidentemente ya un inmenso progreso, pero finalmente, la pregunta esencial no ha sido aún planteada, y probablemente no podía serlo, pues aquí no se trata solamente de la Iglesia romana sino también de las protestantes y ortodoxas, las cuales están igualmente enraizadas en la misma tradición y cuyo biblismo es quizá mucho más oneroso.

Todos los cristianos y, digamos, todos los creyentes, de cualquier religión institucional, sea el islam o el judaísmo o el cristianismo en todas sus denominaciones, todos estamos afectados por el mismo error, inevitable por otra parte: estamos vueltos hacia el pasado, en vez de estarlo hacia un futuro el cual será siempre para el hombre que tome la decisión de hacerse hombre.

Por eso la Semana de la Unidad en que encontramos convergencias tan emocionantes, en que se ha establecido una fraternización incuestionable, no es sino una etapa en un largo camino que será tanto más largo mientras no hagamos todos, unos y otros, la única pregunta esencial. Está bien hacer la unidad de los cristianos, pero si se hace sobre un equívoco, si finalmente no sabemos ni quién es Dios, ni quién es Cristo, ni quién es el hombre, habremos derribado muros de separación – ya es considerable – habremos desenvenenado nuestras querellas y fanatismos – ciertamente es un progreso – pero no habremos hecho mucho para la humanidad en su conjunto. Pues finalmente los cristianos no son todos los hombres, falta mucho, pues la demografía juega en favor de los pueblos no cristianos.

Si los cristianos tienen un testimonio que dar, es un testimonio que no debe ser para el gueto cristiano, sino que debe ser inteligible para todos los hombres y debe ser para todos, y entonces, debe partir de una base universalmente humana, que solo puede ser la vocación de hacerse hombre.

En su discurso de Nueva York [el lunes 4 de octubre de 1965] el papa [Pablo VI] centró su mensaje precisamente en este aspecto humano y fue magnífico, muy conmovedor, pero era necesario – en ese discurso ya que lo pedían las circunstancias y admirablemente adaptado a las circunstancias – era necesario, y retomo la perspectiva conciliar – era necesario que nos dijera: “¿Y cómo se armoniza entonces el dogmatismo con el movimiento de humanidad, con la apertura en que, finalmente, se trata de encontrarse única o esencialmente sobre bases humanas?

Es bien evidente que si hay bases humanas universales, sólo pueden estar adelante y no atrás, y que la dogmática cristiana sólo puede ser fecunda y retenida hoy en día como fermento indispensable en la medida en que la vivimos, la interpretamos, la comprendemos en una perspectiva de futuro.

Es lo que deberemos ver más adelante, pero es claro que por hoy solo podemos concluir en la necesidad de una renovación radical en que rehusamos encadenarnos a una letra, sea cual fuere, y renunciamos absolutamente a hablar del mundo tal como es, es decir del mundo-máquina, para llegar en un mundo creador en que se concibe a priori que encerrar a Dios en el mundo-máquina es limitarlo y hacer de él una caricatura y un ídolo,.

Y esa es la única posibilidad de acreditar su Presencia y su figura y presentarlo en una experiencia que hacemos, en una experiencia que somos, sin hablar de él, o hablando lo menos posible, sino dirigiéndonos a los hombres justamente tomándolos en su raíz humana, en sus posibilidades futuras, para que se sientan orientados hacia un universo cuyos creadores deben hacerse, tanto como nosotros, como también deben hacerse, como nosotros, reveladores de un Dios que sólo puede ser percibido como experiencia real si es compañero indispensable de la vida totalmente nueva a la cual hemos de nacer, en un encuentro que podemos realizar en el corazón del silencio.

Si estamos de acuerdo con estos datos, podremos continuar. Pero es necesario que estemos primero de acuerdo sobre ellos. Por eso me parecía indispensable recordarles que la cibernética y la biología influenciada por ella, lo que el inmenso poder psíquico y mental de la máquina o, al menos así estamos tentados de interpretarlos, puede significar para nosotros, todo lo que ponen en duda los éxitos increíbles, y cómo nos es absolutamente imposible creer en nuestra dignidad, creer en nuestra posición especial en el universo, creer en una misión del espíritu si no cambiamos de terreno, si no pasamos a un más allá interior a nosotros, si no creamos el universo nuevo que depende de nosotros, pero que es extremadamente difícil de construir, pues habría que cambiar todo a la vez.

¿Cómo no sentir especialmente, como lo recordaba hace un instante, el peso terrible de las divisiones de clases? ¿Cómo no sentirse molesto en una Iglesia si no se ven ahí los pobres, los habitantes de la calle, si no se ven en ella los que se sentirían avergonzados de estar ahí por no tener vestidos adecuados, cómo no sentirse incómodo en una religión que calma ilusoriamente las conciencias, que le da buena conciencia a la gente privilegiada y que confisca, sin pensarlo además, y sin quererlo, los recursos que pertenecen a los demás?

¿Cómo no sentirse cuestionado? Pues finalmente no puede haber un Dios único si hay dos humanidades. Si hay dos humanidades, una que manda y otra que obedece, una que posee y otra que no tiene nada, si hay una humanidad que come y otra que no come, una humanidad que tiene un techo y otra que corre todos los riesgos, ¡un mismo Dios no puede cubrir esas dos humanidades! Si la primera humanidad afirma a Dios, ¡la otra no puede sino rechazarlo!

Y si lo digo es porque lo vivo, porque todos los días me cuestiona la miseria, porque todos los días me pregunto porqué tengo yo techo y los demás no, porqué puedo comer y otros no; yo tengo asegurado lo necesario al menos un poco, ¿porqué los demás no?

El problema es pues inmenso, pues construir el hombre del futuro, para que Dios pueda manifestarse en él sin que lo limite el hombre, eso supone no sólo que nazcamos a él, en el medio confortable en que estamos, cubiertos contra todo riesgo, nosotros podemos darnos a la meditación, a la búsqueda y al silencio.

Es imposible construirse esa torre de marfil y tomarla por el universo del futuro. Si todos los hombres deben tener la misma posibilidad de llegar al mismo descubrimiento, es necesario que todos tengan la posibilidad de ser origen y creador.

Eso nos pide a nosotros un despojamiento afectivo, un esfuerzo eficaz renovado sin cesar para transformar las estructuras hasta que la pobreza quede abolida. ¡Tenemos que logarlo!, es necesario que se compartan los recursos de la tierra hasta que no haya más pobres ni ricos y que todos los hombres tengan acceso a las posibilidades que ofrecen el universo y la técnica, y entonces hayan logrado suficiente libertad ante sus necesidades físicas como para comenzar a creer que hay en ellos la posibilidad de otro hombre y de otra moral.

No es una empresa fácil la que nos proponen e imponen las circunstancias de la ciencia y la técnica actuales. El mundo que nos cuestiona, el mundo nuevo, el mundo por crear, nos cuestiona a cada instante, en todos los sectores, en toda nuestra pertenencia de clase, en todo nuestro confort, en todas nuestras seguridades, en todos los instintos, en todos los afectos y en todas nuestras situaciones.

Pero sólo ahí puede plantearse lealmente la cuestión y sólo ahí podemos afrontar a todos nuestros contemporáneos, a los sabios y a los técnicos lo mismo que a los miserables. Sólo en esta dirección podremos llevarles un mensaje válido que pueda pedirles que respondan pues lo reconocerán como una cuestión que surge en lo más íntimo de ellos mismos.

Una mañana después de la misa se presentó un hombre en la sacristía y me dijo: “Pasé la noche bebiendo. Bebí toda la noche. Yo no soy católico pero quisiera hablarle.” Y me contó su historia, y me dijo para terminar: “¿Y usted qué aporta? ¿Qué aporta usted? ¡Usted no aporta nada!”

Estas palabras me atravesaron como un puñal. “¡Usted no aporta nada!”. Sí, en efecto, ¿qué le podía decir? En el estado en que él estaba, yo no podía decirle nada del encuentro nupcial, ni de la experiencia del silencio. Si yo hubiera estado en la situación del P. Gautier en Nazaret, como sacerdote obrero, en pleno trabajo, quizás le habría podido dar la impresión de aportar algo, que a través de nosotros Cristo aportaba algo, y la acusación con que me dejó sigue siendo en mí precisamente un estímulo que me urge a estar siempre, cada vez más, abierto a la humanidad que tiene hambre y nunca puede conocer el hambre espiritual en toda su pureza mientras no haya calmado el hambre física.

Entonces podemos hacer la pregunta y quedarnos con la interrogación: ¿Aporto yo algo? ¿Aportan realmente algo esencial mi fe, mi vida, mis decisiones, algo que todo hombre pueda sentir inmediatamente por sentirse interpelado, por sentirse urgido en lo más íntimo de su ser por la pregunta que brota en el fondo de sí mismo y por no poder retroceder ante el problema y porque su vida lo llama y él lo siente para que le dé satisfacción?

No es pues cosa fácil, pero al menos estamos puestos en una perspectiva de lealtad. Ahora sabemos con qué argumentos no podemos responder. Sabemos que en el fondo ya no se trata de argumentar, que el formalismo es algo mecánico, que la verdad no está en la manipulación de fórmulas disparadas automáticamente, que la verdad sólo puede ser conquistada en un encuentro con la pura luz de un amor que es solo amor, pero que solo puede manifestarse en lo más íntimo de nuestro ser, cuando hayamos cambiado de plano y, saliendo del ser prefabricado, dejando de ser simple mecanismo automático, hayamos hecho de nuestra vida y hagamos de ella de nuevo, a cada instante, ante todas las circunstancias y sin rechazar cuestionamientos ni acusaciones, cuando hayamos hecho de nuestra vida un nuevo nacimiento tanto para los demás como para nosotros, en un abandono en que a la profundidad de nuestra ofrenda corresponda también la intensidad de la revelación divina, porque si es verdad que el hombre sólo puede encontrarse y realizarse en Dios, es decir en lo más íntimo que lo más íntimo de su ser, también es verdad que el verdadero Dios sólo puede manifestarse encarnado. Y sólo puede ser Presencia real en la historia, Presencia experimentada e incuestionable, si nosotros lo representamos como viviendo en nosotros y transparentando, brillando a través de nosotros. Esos son dos parámetros simétricos e indisolubles, el hombre y Dios, el hombre en Dios y Dios en la transparencia del hombre.

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