Epifanía: homilía de Mauricio Zúndel en Bex, Suiza, en 1952. Texto inédito.

El cielo estrellado ha ejercido siempre gran atracción para los hombres, sobre todo en Oriente donde brilla con esplendor extraordinario. Se creía que los astros estaban habitados por espíritus divinos y hechos de materia preciosa. Los astrólogos que leían en el cielo los destinos de los hombres habían visto probablemente el destino del niñito judío. Así llegaron los Magos a Belén, a la casa del niño.

Hay que comprender el sentido de eso. Ya no hay que buscar a Dios allá en el cielo, sino en un pequeñín, en un hombre. Ahí tenemos una contradicción que se necesita entender. Nosotros no adoramos los astros, como ciertos pueblos, y sabemos ahora que están hechos de la misma materia que el mundo. Pero los Magos tenían que hacer un salto enorme: ya no hay que buscar a Dios en el cielo sino en la tierra. El cielo ya no puede ser sino intercambio de amor.

 

Marx, el gran inventor de la revolución, se equivocó pensando que en el cristianismo la felicidad está detrás de las estrellas. Dios está en nosotros. Dios vivo, del que habla la samaritana, está en nosotros. Éste es el itinerario: encontrar a Dios en nosotros por medio del corazón de los demás. Pero el corazón humano está lleno de maldad y egoísmo, ¡es abominable! Entonces, ¿cómo llegar al Corazón de Dios por medio de ese corazón? Ése es un programa difícil de realizar, pero ahí está inscrito todo el cristianismo. Hay que crear al hombre, y eso es sobrehumano.

Selma Lagerlöf, premio Nobel en 1909, nos presenta una campesinita que va al tribunal a reclamar una pensión alimentaria para su hijo que muere de hambre pues ella no alcanza ya a alimentarlo mediante su trabajo. Hace público su deshonor reclamando a un hombre que rehúsa pagar una pensión a ese hijo, negando ser su padre. Y el tribunal quiere hacerlo jurar sobre la Biblia que es verdad lo que él afirma.

La pequeña campesina siente que debe salvar de perjurio a ese hombre y se arroja sobre el alférez y le quita la Biblia, para que el hombre que la había deshonrado no perjure. Al hacerlo, ella renuncia a la justicia humana, a la pensión alimenticia. Y el juez, viéndola aferrada a la Biblia, comprende la grandeza de esa mujer que se condena a la miseria para salvar lo mejor que hay en ese hombre, a pesar de su maldad. El juez baja del estrado y le tiende la mano, porque ve en ella una conciencia, el sentimiento de ver en el hombre que la traiciona, una grandeza que lo supera.

No hay otro camino hacia Dios que el rostro del hombre. Se necesita una especie de locura para creer que en el corazón humano, tan débil y corrupto, se encuentra el rostro de Dios. Ése es el programa de la vida cristiana. Una joven campesina tiene esa intuición heroica que ilumina todo un tribunal. No tengo otra religión. Dios sólo puede estar en plena realidad en nuestra vida. Sólo se le encuentra al precio de nosotros mismos. Es mucho más difícil encontrar a Dios en el hombre que en fórmulas abstractas. Porque se necesita descubrir en el hombre el elemento divino, lo que implica un amor infinito, como el de Cristo cuando lava los pies. Él sabía que Dios estaba en ellos, más allá de su abandono y negación.

Ahí está el misterio de la Epifanía: hacer nacer a Dios en el hombre a fuerza de respeto, amor y bondad… Y para suscitar el rostro de Dios en el rostro del hombre, hay que morir a sí mismo. La Estrella de la Epifanía está escondida en el fondo del corazón humano y la estrella del pesebre, la estrella de Epifanía es el corazón de Dios oculto en lo más profundo del corazón humano.

 

 

 

Ajouter un Commentaire

Les commentaires sont modérés avant publication. Les contributions doivent porter sur le sujet traité, respecter les lois et règlements en vigueurs, et permettre un échange constructif et courtois. A cause des robots qui inondent de commentaires publicitaires, nous devons imposer la saisie d'un code de sécurité.

Code de sécurité
Rafraîchir