Testimonio de Jean-Baptiste Ehrard (Inspector de la Educación Nacional) -

Extractos de una comunicación en el Coloquio de los Amigos de Mauricio Zúndel de mayo/junio de 1986 en París.

“Nacido en Estrasburgo en 1914, pertenezco profesionalmente a la Educación Nacional. Soy alsaciano, oficial francés de origen alsaciano lo cual explica mi odisea en un campo de concentración. Tuve una juventud privilegiada, gracias a numerosos contactos directos debidos a mis profesores de la Escuela Normal: contactos directos con Marcel Légaut y Jacques Perret desde 1930, con Gabriel Marcel, Edouard Le Roy y Teilhard, Emmanuel Mounier y Nicolas Berdiaev...

Con Mauricio Zúndel tuve la suerte de encontrarme espiritualmente en 1934, por su primer libro “El Poema de la Santa Liturgia” (1). Me cautivó ese texto de admirable belleza que no solo contiene un mensaje sino que, sobre todo, da testimonio de una presencia vivida que trasmite la luz de otra Presencia ante la cual se eclipsa Zúndel para comunicarla en silencio. Ese libro respira una rara inteligencia interior, cuestiona muchas seguridades con su exigencia que responde a las necesidades de la época con una comprensión espiritual “subversiva” - único soplo corrosivo – que despierta al otro a sí mismo en sus profundidades y sugiere, por la invitación a hacer advenir la humanidad al hombre, el enfoque del misterio divino mediante el enfoque del misterio humano. Fue para mí un choque imprevisto y revolucionario, un contacto espiritual tan decisivo que jamás sentí necesidad de encontrarme personalmente con Zúndel.

¡Experiencia de fe con dimensión de vida! Verdadera comunión interpersonal en que el texto se hace palabra viva. Relación de presencia a Presencia, en que la moción que se me propone invita a escuchar y a corresponder a la altura de lo que soy... y de lo que puedo ser. Entonces, desde 1934 la investigación y el pensamiento de Zúndel acompañan mi existencia.

 

Raros son los días en que no medito una u otra página de su obra: palabra personal y excepcional que le da al otro apertura a su propia profundidad. Palabra esencial y original que a la vez sondea hasta las raíces del ser y funda la actitud existencial apropiada. Palabra que abre un espacio de claridad en que las palabras se interiorizan y resuenan por dentro. Ciertos hombres que cruzan nuestro camino son así seres de luz que, por su presencia a los demás, les permiten entrever la Presencia única que es Verdad y Vida. ¿Cómo no acoger con gratitud esa gracia que, como llamado y fermento, irradia todas las dimensiones de la existencia? Así, con su pensar y su actuar, Zúndel es una referencia viva y vivificante a lo largo de mi itinerario.

Al día siguiente al desastroso tratado de Múnich, yo sé que la guerra es inevitable. Entonces, con paciencia copio en una libreta extractos particularmente significativos para mí de cuatro libros de Zúndel publicados antes de 1939: El Poema de la Santa Liturgia (1), El Evangelio interior (2), Nuestra Señora de la sabiduría (3) y Búsqueda de la persona (4)… Esa libreta me acompañará durante la campaña de 1939-1940 y después de mi traslado a Polonia y mi encarcelamiento en un campo de concentración, estará conmigo hasta el día en que los SS me despojen de él.

Muy pronto, unos oficiales presos en Polonia y pertenecientes a diferentes iglesias, se encuentran entre sí con un compañero de una comunidad de convicciones fundamentalistas. Organizamos los domingos un momento de oración e intercambios, un momento de recogimiento, más allá de nuestras diferencias de afiliación y de creencias.

Para el primer encuentro, convinimos en meditar en común un extracto zundeliano: “El cristianismo consiste esencialmente en Cristo: es menos su doctrina que su Persona. Por eso no podemos separar de él los textos sin perder inmediatamente su sentido y su vida…”

Así realizamos varias reuniones. Nos dejamos llevar e investir por la palabra de Zúndel que, en su música interior da a la expresión tanta profundidad y vigor espiritual, respetando la realidad vivida en sus dimensiones y complejidades.

Unos años antes de la guerra me había encontrado en Auvernia con Bruno de Solages (obispo y rector del Instituto católico de Tolosa), durante su visita al grupo Légaut. Nos reconocemos (en el campo de concentración de Neuegamme-Hambourg) y pronto nuestras conversaciones se hacen casi cotidianas. Todavía tengo mi libreta. La lectura de un extracto de Zúndel constituye el punto de partida de una conversación, o un tema de meditación, de oración para terminar.

Los temas mayores de las conversaciones: el misterio de la persona humana y del misterio de la Trinidad, sentido del amor (Zúndel – Teilhard), interrogación sobre el poder espiritual de la materia (y tomamos caminos paralelos o senderos convergentes).

A veces, Bruno de Solages me expresa la alegría de encontrar en Zúndel la indispensable comprensión teológica unida profundamente con la experiencia espiritual esencial. Un día me preguntó: “Para usted, ¿Zúndel es un filósofo cristiano, un teólogo o un místico?” ¿Cómo responder? Bruno de Solages sugiere: “Un teólogo espiritual”… y yo opto por “un espiritual teólogo”. Y nos ponemos de acuerdo en esta última expresión.

La condena a muerte de los 42 oficiales de origen alsaciano pone fin a esas conversaciones tonificantes y nos hace entrar en el verdadero campo de concentración en que el infierno “parece de verdad ser los demás”. Sufro el despojo, me quitan todo, inclusive mi preciosa libreta zundeliana. Nuevo itinerario.

Pero hay sin duda caminos que permanecen inaccesibles a los hombres embarazados. El problema sigue siendo « habitar humanamente este mundo infernal”, seguir abriéndose al rostro del otro. ¿No es una vida espiritual enraizada en la vida del otro, la primera condición de esa posibilidad? ¿No son inseparables la capacidad de presencia a los demás y densidad de ser?

Pronto formamos un equipo de cuatro… (Uno es un sacerdote belga camuflado): en una fábrica de reparación de motores de aviones; trabajamos en el mismo puesto. Los ataques aéreos se multiplican: momentos preciosos en que estamos solos… Para nosotros cuatro, es la hora de la oración. Reconstituimos las oraciones de la misa y las decimos juntos. Ya no tengo mi libreta, pero encuentro fácilmente en mi memoria algunos pasajes de las tan luminosas meditaciones zundelianas sobre la liturgia eucarística y los comento. Recuerden: “Es tan fácil pronunciar palabras que significan el don de sí mismo, y tan difícil cumplir sus promesas…” (1); “En la medida en que el yo es crucificado el otro se manifiesta en nosotros” (1); “La vida nos revela a nosotros mismos como capacidad de infinito: ése es el secreto de nuestra libertad, no hay nada a la medida de nosotros…” (1).

Llega la releva, nuestro SS (en guardia cerca del puesto de trabajo) solicita, si posible, unas palabras que recuerden nuestra fe común, nuestra comunión en lo esencial. Entonces, detrás de un impreso relativo a piezas de motor, le escribo en nombre de nuestro pequeño equipo. Le digo quién nos une más allá de los destinos que nos separan tan trágicamente. Mensaje de fe y de esperanza. Zúndel traducido al alemán… (“Llega la hora en que más allá de nuestras diferencias, nos sentimos Uno, realizamos una comunión de Vida, nos encontramos en un Centro en que todo lo que hacemos y todo lo que somos está ordenado a la realización de un acto único, y todo es calor y luz, acogida y ternura, Espíritu y Vida (1)…)

Ustedes reconocen la transposición zundeliana.

 

No quise evocar ni los tiempos de angustia ni los momentos de desperación. En esa noche del ser, básteme decir con cuánta frecuencia me venía y me fortificaba la afirmación de Zúndel: “Aquellos de quienes estamos separados viven en Dios, y Dios vive en nosotros. La comunión entre ellos y nosotros continúa en esa única Presencia que es Luz y Vida”.

Hoy permanece en mí la presencia vivificante de ese testigo de Dios que es Mauricio Zúndel, presencia que hace sin duda de ese discípulo de Jesús un sacramento de luz y esperanza en las horas más oscuras de mi existencia, pero también a lo largo de ese medio siglo de silencioso diálogo interior con él. Sí, feliz el que da al otro el ser engendrado a sí mismo y a Dios, pues también él se encuentra engendrado a sí mismo y a Dios en el mismo movimiento.”

 

(1) El Poema de la Santa Liturgia, adaptación de Dieudonné Dufrasne, Desclée París, edición de septiembre de 1998. En rústica, 215 páginas.

(2) El Evangelio interior, Saint-Augustin / Saint-Maurice (Suiza), colección Espiritualidad de bolsillo, edición de mayo de 2007. En rústica, 151 páginas.

(3) Nuestra Señora de la Sabiduría, Cerf, París, coleción Tesoros del cristianismo, edición de mayo de 2009. En rústica, 121 pages.

(4) Búsqueda de la persona, Mame, París, edición de marzo de 2012. En rústica, 285 páginas.

 

 

 

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