Epifanía.

Manuscrito autógrafo de Mauricio Zúndel, sin lugar ni fecha.

 

En el momento más solemne de la Misa, decimos: “Esto es Mi Sangre, sangre de la alianza nueva y eterna.” Así se nos recuerda cada día el hecho, simbolizado en la visita de los Magos, de que por Jesús entró la humanidad en el Nuevo Testamento. Para comprender la importancia de este acontecimiento, comparemos rápidamente la Antigua y la Nueva Alianza, el Antiguo y el Nuevo Testamento.

La Antigua Alianza, concluida con Abrahán, Isaac y Jacob, renovada en tiempos de Moisés y confirmada en David y sus sucesores, se dirige al pueblo escogido, para que sea testigo de Dios. Uno pertenece a esa Alianza por ser miembro del pueblo, es decir por nacer de padres judíos. No se trata pues de una decisión personal sino de una vocación nacional y colectiva.

La religión constituye la nacionalidad. Por eso, todas las leyes de Israel son leyes religiosas, trátese de sacrificios ofrecidos a Dios, o de reglas de matrimonio, o de títulos de propiedad o de las penas a infligir a los ladrones, o de la manera de comer o de vestirse. La religión se mete en todo, pero debe adaptarse también al estado de un pueblo que no está compuesto solo de santos y que está aún muy lejos de la perfección según el modelo que propondrá Jesús. Hay que tolerar, por ejemplo, la poligamia y el divorcio, por la dureza de los corazones que todavía no son capaces de renunciar a eso.

El peligro de esa situación será, por una parte, limitar a Dios persuadiéndose de que Él aprueba lo que tolera, y por otra, hacer de Dios el monopolio del pueblo judío, mientras que los judíos son elegidos para ser los misioneros de Dios para todas las naciones, ellos llegan a creer que son elegidos por ellos mismos, y a despreciar a las naciones en nombre de ese privilegio. Eso los llevará igualmente a pensar que la práctica de ritos exteriores y de usos tradicionales es más importante que la pureza de la conciencia y la humildad del corazón.

Al contrario, la Nueva Alianza ya no se dirige a un pueblo sino a personas, a cada persona de toda nación, de toda raza y lengua. Supone una decisión libre en un acto de fe y amor renovado sin cesar.

Es verdaderamente universal. Y no solo ya no limita a Dios a un pueblo, a su historia, a las lentitudes de su progreso y a la tolerancia de defectos que aún no es posible extirpar, sino que prohíbe al hombre mismo limitarse, le pide hacer su corazón sin fronteras, capaz de acoger el mundo entero y de cuidar a los demás como a sí mismo, como lo hacía santa Teresa de Lisieux cuando siendo niña pidió y obtuvo la conversión de un condenado a muerte del que había oído hablar, y que besó el crucifijo antes de subir al cadalso.

Hay pues entre la Antigua y la Nueva Alianza una diferencia enorme, que podemos percibir maravillosamente si leemos la conversación de Jesús con la samaritana en el cap. 4 de san Juan. Ahí reconoce Jesús la elección del pueblo judío y la misión que debía cumplir hasta su venida. Pero en adelante ya no se trata de adorar a Dios en Jerusalén o en Samaría, sino que se le debe adorar en espíritu y en verdad, con el corazón y en el corazón. Dios ya no está encerrado en la historia o la geografía de una nación. Es una fuente que brota en lo más profundo de nosotros, en vida eterna.

Es lo que significa la llegada de los Magos a Belén. Esos extranjeros que los judíos consideran como paganos impuros y despreciables, están llamados, como ellos, al Reino de Dios. La Nueva Alianza se anuncia en el niñito que ellos adoran en nombre de los que no pertenecen a la raza de Abrahán. Dios ama a todos los pueblos, Dios ama a cada alma con un amor infinito.

Dios es el Padre de cada uno de nosotros. Ya no somos extranjeros o esclavos para Él, sino sus hijos.

Pidamos la gracia de comprender y de vivir esto, como la pastora del siglo 17, que parecía tan tonta que una señorita piadosa y muy instruida le propuso enseñarle el catecismo.

Entonces la pastora le dijo humildemente: “¡Sí, Señorita! Enséñeme a terminar el Padrenuestro, pues cada vez que lo comienzo y pienso que una pobre criatura como yo puede llamar Padre al Dios todopoderoso y de toda santidad mi corazón estalla en reconocimiento y soy incapaz de ir más allá de las palabras “Padre nuestro”, y paso entonces todo el día llorando de alegría cuidando mis vacas”.

La señorita entendió entonces que la pastora sabía mucho más que ella y no necesitaba su enseñanza. ¡Aprovechemos de su lección, e invocando al Padre celestial que es nuestro Padre, entendamos que la comitiva de los Magos nos quiere llevar hacia el Dios vivo que está presente en nuestras almas, como la luz maravillosa del Amor en que cada uno de nosotros tiene su cuna!

 

 

 

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