Mauricio Zúndel, Londres, Noël 1929

 

Hermanos y Hermanas mías, muy queridos en el Señor.

Mis deudas con ustedes son demasiado grandes como para no expresarles hoy mi profundo reconocimiento y mi amistad indefectible. Siempre los tengo presentes en mis oraciones y de todo corazón les deseo una hermosa Navidad, en Aquél que nace en medio de nosotros para nacer dentro de nosotros.

Que el Señor esté con ustedes, conforme al deseo repetido sin cesar en la Santa Liturgia, y como dice San Pablo, revístanse de Jesucristo.

Que Dios nos conceda entrar a fondo en la realidad que expresan esas palabras para que las bienaventuranzas nos iluminen en el brote inefable de la vida eterna.

La vida eterna que debe ser hoy la fusión de nuestra vida con la suya, para sustraernos de la dispersión del espacio y del fluir del tiempo.

Y qué significa eso sino que debemos hacer lo que hace Él y amar lo que Él ama. Como discutían sobre cuál de ellos sería el más grande, Jesús tomó un niño pequeño y colocándolo en medio de ellos les dijo: “si no os hacéis semejantes a este niño, no entraréis en el Reino de los cielos” (Mt. 18:3)

¿No tenemos ante los ojos el espectáculo extraño de cristianos que reivindican a veces hasta en nombre de Cristo los primeros puestos en el reino de las tres concupiscencias? (*)

Al contrario, ¿no es para nosotros un título especial para la pobreza, el sufrimiento, la soledad y el desprecio, la realeza divina en que participamos?

Sentarse en el último puesto, sin esperar ninguna recompensa visible, esperando que venga él y nos diga interiormente “Amigo mío, sube más arriba!” para introducirnos en las riquezas de Su Amor (Lc. 14:10)

Entonces comprenderemos mejor el sentido real de la promesa de una nueva tierra y nuevos cielos (Ap. 21:1)

¡Que él nos dé la mirada que contempla lo que es invisible a nuestros ojos!

¡Que nos dé en la Cruz, llevada amorosa, discreta, simple y alegremente, la paz que el mundo, es decir la esclavitud del yo, no puede darnos!

Estos son mis votos más sinceros que le pido realizar en ustedes, a fin de que sean felices, como desea que lo sean y que sus hermanos Lo reconozcan en ustedes.

Por favor, hermanos e hijos míos muy amados, pídanle a Dios para mí la misma gracia, y crean que su Hermano Benito ** los ama con mucho Amor.

(*) Referencia a la epístola de san Juan: “No amen el mundo ni lo que está en el mundo. El que ama el mundo, el amor del Padre no está en él, ya que todo lo que hay en el mundo – los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la confianza orgullosa en las riquezas – no viene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, con su codicia. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Juan 2:16)

(**) Mauricio Zúndel firmaba al comienzo de su obra literaria con el nombre religioso de “Hermano Benito” (Frère Benoit)

 

 

 

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