Habachi en St-Wandrille – 2ª conferencia a las benedictinas de la abadía de Saint-Wandrille en Alta Normandía, en 1982. La 1ª conferencia de la sesión « un diálogo trucado », fue publicada recientemente.

René Habachi (1914-2003), amigo de Mauricio Zúndel, profesor de filosofía, escritor y antiguo director de la división de filosofía en la UNESCO.

 

Continuando el primer tema abordado esta mañana, "El diálogo trucado", pasemos ahora a un segundo tema que intitularé "La dinámica humana".

Volviendo al primer tema, que terminamos con la distinción entre el yo prefabricado y el yo origen, designado también a menudo por Zúndel como el “yo fuente” y que más tarde como el “yo oblativo”, y retomando el yo origen, fuente u oblativo, es claro que su oposición al yo prefabricado viene de que es por esencia iniciativa del ser humano, en vez de ser recibido o sufrido por él. 

A este propósito, a Zúndel le gustaba mucho citar en sus conferencias el grito de una mujer pobre que, confiándose a él, le dijo: “La mayor desgracia de los pobres es que nadie necesita su amistad”.

En verdad, el ser humano sólo comienza con el don de sí mismo. Y desde luego, no se trata de subestimar o negar el yo prefabricado al hacer la distinción entre el yo prefabricado y el yo origen. Sería hipocresía querer alejarse del terruño en que nacimos y que nos constituye, que nos lleva hasta el nivel de la conciencia y a veces hasta mucho más arriba. Y todos sabemos que lo que deseamos olvidar o descuidar de los instintos o tendencias sólo espera la ocasión de vengarse. Un momento de distracción, un momento de falla de conciencia, un momento de emoción, y todo lo que hubiéramos querido ignorar de nosotros mismos sube a la superficie: no se trata pues de negarlo todo, a menos que aceptemos llevar una vida doble, pero que acabará por manifestarse de un modo u otro, porque uno de los dos yo tendrá que vencer al otro.

Y el más débil y vulnerable en general es evidentemente el yo origen, que está sólo comenzando cuando el yo prefabricado ya está terminado, constituido por toda la herencia que nos presiona por todo lado, por la fuerza de las pulsiones que palpitan en los músculos, en los nervios y en el cerebro.

No se trata pues de un dualismo que pondría por una parte el cuerpo y todo lo que lo origina y por otra un espíritu virgen y nuevo, sino del conjunto que somos de yo-prefabricado y de candidatura al yo-origen en que nos reconocemos ya que nace de nosotros y es hijo de nuestro ingenio. No se trata pues de negar o ignorar, sino de convertir. Se trata de tomar todo el paquete de instintos y de fuerzas que forman nuestro peso y de propulsarlo en cierto modo delante de nosotros, en un gesto de don, reinventándolo, a partir del origen que somos.

Finalmente, cuando situamos el cuerpo humano en el conjunto de la evolución, es una ventana que depende de todo el inmenso cuerpo del mundo, pero es una ventana abierta hacia el infinito. Y tenemos que mirar por todas nuestras células hacia el infinito y hacernos yo-origen. Y si comprendo bien justamente, el monje es alguien que pone todo su cuerpo en oración. ¿Y en qué oración? En su oración de alabanza además, la más desinteresada, ya que ha orientado, domesticado todo lo que quisiera cerrarse sobre sí en yo-prefabricado y lo hace alzar los brazos en la alabanza. Es decir olvidarse con generosidad total, apoyándose sobre todos sus determinismos.

Si nuestros orígenes animales están atrás, los orígenes humanos están adelante de nosotros. Y a partir de esta perspectiva futurista, de esta dimensión de porvenir, arrastramos el peso del pasado y de los determinismos y poco a poco los abrimos a una nueva aventura, nacida de nosotros y escogida por nosotros.

Sin saberlo, Flaubert entró en el tema diciendo esta frase admirable: “¿Porqué querer ser algo cuando uno puede ser alguien?”

Y justamente, recaemos continuamente en ese “algo”, en esa voluntad de ser yo-prefabricado, de reivindicar en su nombre, entrar en competencia y en conflicto con los demás, cuando aún es algo, es decir impersonal y neutro, y que todavía no se ha hecho alguien.

Y ustedes conocen la maravillosa expresión de Pascal que con ironía les corta las insignias diciendo: “Hay reinas de aldeas”, y eso es todo. Es decir, todos buscan un reino y quieren ser rey o reina de algo. Cuando lo pienso, eso me impide tomarme en serio.

Un conferencista, un celebrante se cree de pronto ser algo importante y piense “¡ya llegué!”, y olvide en seguida que todavía no es “alguien” y que solo está en camino para serlo. Hay “reinas de pueblo”, reinas de la sonrisa, reyes de los músculos más hermosos. En Dijon, donde doy clases en semana, hay la “reina de la mostaza” y ¡quizás no lejos de aquí está el “rey del betún” o no sé qué…!

Pero para pasar de algo a alguien y del individuo que somos a la persona que está en camino de nacimiento, hay que liberarse de sí mismo, desapropiarse del yo prefabricado.

Por eso Zúndel, en su libro Diálogo con la verdad, define la persona de la manera siguiente: “La persona es la manera única como cada hombre, apoyándose sobre sus determinismos, realiza su interioridad y su generosidad.” La persona es la manera única. ¿Porqué única? Porque será necesariamente singular, ya que cada uno, apoyándose en sus determinismos, en lo más singular e individual que hay en él, apoyándose en sus determinismos, realiza su interioridad, y su generosidad se vuelve espacio abierto ante sí mismo.

Vuelve entonces la imagen del cono evocada esta mañana. En verdad, el hombre es como un cono puesto sobre su punta y cuya base está infinitamente abierta ante él mismo.

- La mayor desgracia de los pobres es que nadie necesita de su amistad. 

Y aquí comienza mi segundo tema, pues, en efecto, solo estamos comenzando algo: la dinámica humana.

Porque el yo origen comienza siendo algo muy frágil. Se encuentra en posición débil ante un yo prefabricado ya muy fuerte, lleno de todos los dinamismos que atraviesan el cosmos y que desembocan en el crisol de la conciencia. Es pues vulnerable y recaerá en el yo prefabricado si no encuentra un punto de anclaje más allá de sí mismo.

Es claro que toda caída suya, como el vuelo de Ícaro que recae en sí mismo, toda caída simplemente daría más razón al yo prefabricado para afirmarse definitiva­mente diciendo: “Ves que estabas de orgulloso, estabas de vanidoso, querías…” 

Y esa es quizás una de las causas más profundas de la crisis religiosa de los años 60, de que tantos esfuerzos hechos durante siglos para dar testimonio del espíritu – viendo que su anclaje se volvía impreciso, ese punto de amarre más allá de sí mismos se hacía completamente impreciso, discutible, improbable – perdían su razón de ser y recaían en sí mismos derrotados por el yo prefabricado que todos reivindicaban a su manera, escoger su destino humano, válido, viable, en que cada uno demuestra su virilidad, su sexualidad, su humanidad, como si ya hubieran alcanzado la humanidad.

Para poder subsistir y crecer, el yo origen debe poder dialogar con otro polo diferente de sí mismo, con un polo que sea más que él mismo. Pero ese “más que sí mismo” no es extranjero a nuestro proceso. No interviene de repente, como un deus ex máquina, sino que es postulado ya por el despertar del hombre como sujeto, como rebelde. Ya es postulado para el hombre que reivindica su dignidad, ya que esos estados no existirían jamás si no hubiera ya en su interior una especie de relación establecida entre el yo origen y ese “más que sí”.

[Índice de grabación: 15’18’’]

Pues en fin, ser sujeto, querer ser sujeto y no objeto, sujeto, un ser activo en la historia y no objeto maltratado por el determinismo histórico – querer ser sujeto es ser sujeto para. Un sujeto que solo estuviera rodeado de objetos y objetivara la totalidad de los demás a su derredor se encerraría en una ciudadela de soledad desesperante. Reinar sobre cosas es un reino que desespera.

Con su suicidio; Montherlant, el escritor, nos muestra que esa soledad no puede durar. Que querer ser estoico pero por respeto humano, por sí mismo, para ser único sujeto, sin dialogar con otro sujeto en lo más profundo de sí mismo, es una demostración por el absurdo de la necesidad, para el yo origen, no de la necesidad sino de la existencia, postulada por él mismo, de un “más que él” en el interior del yo origen. 

Reivindicar su dignidad es lo mismo; significa que uno quiere ser digno ante alguien. No se trata de ser digno ante algo. En verdad, el hombre necesita ser reconocido. Necesita encontrar una mirada que lo aprecie como origen, que lo evalúe. Y a partir de ese momento vuelve a respirar y a retomar su camino en el crecimiento de su yo origen.

Está pues postulado, y si existe, ¿cuál puede ser la naturaleza de ese polo interior del yo origen? Es evidente que en esta primera etapa de su camino, Zúndel está demasiado apegado al hombre como para sacar una definición o una descripción de ese polo interior de otra parte que del hombre mismo, de su antropología.

Para que el hombre se libere de su yo prefabricado, ese polo interior no debería tener yo prefabricado. Sabemos muy bien que rehusaríamos someternos, despojarnos del yo ante otro yo astuto, por temor de convertirnos en su objeto. Para crecer en intimidad, es decir en esa inviolable zona interior que es nuestro más precioso bien, ese polo interior debería tener una intimidad infinitamente más profunda todavía.

Para hacerse intimidad, para hacerse alguien, ese polo debería ser mucho más personal que nosotros. Y en fin, para acallar los determinismos, para orientarlos, para utilizarlos, ese polo interior debe ser totalmente libre, sin determinismos.

En último análisis, para transformarnos en don, tenemos que estar ante un polo que sea don sin retorno, puro impulso, que sea la donación o la oblación en persona. Y a partir de ese momento el yo origen merecería el calificativo de yo oblativo.

Dicho de otro modo, la persona humana solo puede surgir en estado de relación. La persona es por esencia función de relación.

En su maravilloso libro Yo es otro, tan claro y tan genial, está este texto: “Incontestablemente, hay momentos en que el universo pasional y el universo objeto de la ciencia, se abre y respira en inmensa libertad suscitando justamente la admiración al menos por un instante y nuestro don total. ¡Cuántos sabios, sin nombrar a Dios, están felizmente imantados por el cuidado de no hacer trampa, por la voluntad absoluta de ser fieles a todas las exigencias de su investigación! Cuántos dan secreta y silenciosamente su vida a la verdad que es la fuente de su admiración. Todos ustedes han tenido una experiencia de este género, estoy seguro. San Agustín da testimonio de la suya y lo expresa maravillosamente en un verso que ustedes saben de memoria, pero que vale la pena releer a causa de su hermosura: “Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé, y sin embargo tú estabas dentro de mí y yo afuera, y afuera te buscaba corriendo sin hermosura hacia las bellezas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo” [citación repetida]. No se puede expresar mejor, prosigue Zúndel, y en un lenguaje más universal, más sencillo, más fuerte y profundo, no se puede expresar mejor esa experiencia decisiva en que el hombre nace a sí mismo, en que el universo se abre y respira en la libertad, y en que uno pasa de afuera a dentro. Porque esa es justamente la característica esencial de esa experiencia de este hombre genial, hijo de un padre pagano y de una madre cristiana, que erró a través de todos los sistemas, leyó todos los libros y siendo un gran artista y escritor, era incapaz de dominar su sensualidad.

Su característica esencial es pues que, a los 30 años, nace por fin a sí mismo, constatando que hasta entonces estaba afuera, había sufrido su vida, lo habían manejado, el universo lo había conducido, jamás se había llevado a sí mismo, había sido simple juguete de fuerzas inconscientes y ciegas. Y toma conciencia de que estaba afuera porque de repente se encuentra adentro, en el centro de un universo donde ya no sufre sus determinismos, ya no es esclavo del universo pasional, esclavo del mundo objeto, esclavo de su yo cómplice, pues ha sido introducido en un mundo de luz y amor, en contacto con una presencia que al mismo tiempo lo libera y lo colma, la Presencia que él llama “la Hermosura tan antigua y tan nueva”. Y ahora sabe quién es, ahora existe auténticamente, ahora experimenta lo que es verdaderamente el hombre, en el diálogo con Otro, en que hace la experiencia de lo que Rimbaud expresó de manera tan perfecta sin saber quizá todo lo que recubrían sus palabras: “YO ES OTRO”.

Encontró, en efecto, en lo más íntimo de sí mismo, al Otro con mayúscula, al Otro que lo estaba esperando, pacientemente, al Otro que no lo forzaba, al Otro que no le imponía su presencia, al Otro al que descubre por fin al mismo tiempo que se descubre a sí mismo, como relación viva con ese Otro, como ofrenda de amor en que se realiza toda su vida. Y experimenta tanta felicidad que es incapaz de expresar lo suficiente el gozo de su liberación. Dios es la Vida de su vida, Dios le es más íntimo que lo más íntimo de su ser, tan presente que no puede retener su grito de “viva será mi vida en adelante, toda llena de ti”.

Por ahora, aún no podemos nombrar a ese Otro. Pero lo importante es hacer el cambio, con Zúndel, de afuera a dentro. Si se postula un yo origen y si ese yo origen debe sobrevivir y crecer, es porque no puede estar en diálogo con otro polo interior a sí mismo que no tenga yo prefabricado, que sea intimidad sin límites, que sea intimidad infinita, libertad sin determinismo, y que sea don, impulso, don en estado de impulso si quieren, y esté dentro del hombre.

Pero no basta con decir así las cosas, eso es una curva ideal. Falta ver si puede ser vivida. Y Zúndel trata de seguir el paso a paso a través de las experiencias humanas. En particular experiencias cubiertas por la experiencia englobante que es el conocimiento, pues no ve como un ser humano podría hacerse yo origen sin la [falta una o varias palabras] persona tiene como polo interior el amor, evidentemente.

Primero si se trata de arte, habría que distinguir la obra de arte del artista y del amateur o visitante que viene a admirar la obra. Ante todo, por sí misma, bajo todas sus formas, la obra de arte es materia liberada de su caos, ordenada, orientada por el artista hacia un centro interior que no se puede captar de ningún lugar y que habita toda la obra. “Una especie de verdad interior” dice el escultor Rodin. Y ustedes recuerdan su asombro ante el pensador de Rodin cuando su mirada encuentra primero la rodilla que indica y la mirada sigue la curva de la pierna que va hacia el hombro y desciende luego a lo largo del brazo hasta la mano donde descansa finalmente la frente del pensador. Y su mirada da una especie de vuelta alrededor de esa masa de piedra para terminar al fin en el centro interior que da sentido a todos los músculos y a toda la masa de la escultura. Ha llegado Ud. a la verdad del interior. Y en adelante, cualquier parte de la escultura expresa al pensador, dice lo mismo porque está orientada hacia una finalidad, una intención.

A su manera, en Las Musas, Claudel, dice: “al gramático, no busques en mis versos el camino sino el centro”.

Así, en la obra de arte, la materia supera infinitamente la materia.

[Índice de grabación: 30’00’’]

En un libro intitulado Himno a la alegría, M. Zúndel dice: “la obra de arte, con un aleteo, abre al silencio de la contemplación en que la mirada misma se ha hecho santuario”.

Pero para que nazca así una obra de arte, el artista mismo – si vamos a hablar de él ahora – debió conocer un momento en que recogido y totalmente interiorizado y unificado, pudiera generar una unidad igualmente resplandeciente. Es claro que no se trata de subestimar el talento y la técnica que serán más y más necesarias para las futuras obras de arte, para utilizar los nuevos materiales, los nuevos medios y los nuevos instrumentos.

No se trata de negar los ejercicios del pianista y sus prácticas, pero en fin, ¿por qué se da el lujo del esfuerzo sino para liberarse de su propio caos y resisten­cias? Una obra de arte unificada, si él no se libera de su propia subjetividad y de su narcisismo para ponerse en estado de escucha. Oye llegar y recibe un mensaje salido de él pero de mucho más lejos y mucho más profundo de él mismo y se expresa porque precisamente la corriente está pasando. En ese momento, el poeta puede realmente decir: “Yo es otro”.

Pero el artista no se libera de la subjetividad y no busca hacer de su obra algo utilitario, un objeto, sólo en el momento creativo. Todos sabemos que una obra de arte no tiene precio – no se estima por las necesidades de mercadeo, de una sociedad – sino que tiene precio infinito, y el artista lo sabe. Pero no lo sabe sólo en el momento creador, en el momento de la creación, sino que toda su vida se conduce, o trata de conducirse al nivel en que olvida su yo prefabricado, e inclusive su talento, para no ser sino corriente que pasa.

Todos conocemos decepciones ante un artista narcisista que se aprecia él mismo, que está feliz de poner su firma en su obra. En la edad media los artistas no firmaban sus obras. Todos sabemos también que en el pianista que nos está conmoviendo con su polonesa o su sonata, si de repente se da cuenta de sí mismo y siente la sala vibrando al ritmo de sus manos y tiene ganas de hacer vibrar más especialmente tal nota menor porque sabe que ello provocará al auditorio, y se da cuenta de que todos los oídos que lo escuchan y todos los rostros están vueltos hacia él y en suspenso, que en cierto modo es dueño de la situación, sabemos que a partir del momento en que se cierra sobre sí mismo la corriente deja de pasar. Y tenemos un artista maravillosamente talentoso y decimos: es un técnico, un gimnasta del teclado, pero no un artista. En realidad ha caído del cielo a donde lo había llevado su inspiración.

Y los que se escuchan hablar caen en la misma trampa; están finalmente más atentos a la forma que a lo que tratan de comunicar. Según testimonio de Ana Magdalena Bach, Juan Sebastián sollozaba mientras componía la Pasión según San Mateo. Toda su vida tenía que estar al nivel de lo que expresaba para redactar las palabras y al mismo tiempo componer esa música extraordinaria, pues finalmente, el artista realiza en sí mismo su más bella obra de arte. El poeta es un santo si pone la obra en su alma.

Recuerdo un verso que escuché siendo joven, pero no sé de quién es: “El poeta es un santo si pone la obra en su alma”.

Y en el monasterio de Quevy escuché una mañana el salmo 48 (entonces lo anoté inmediatamente): “Al son de la cítara resuelvo los enigmas”, en que los sonidos no eran ya sino expresión de una interioridad infinita y en que la presencia de esa interioridad era la que daba todo el sentido a la cítara.

Y ahora ya no se trata de la obra de arte ni del artista sino del amateur invitado a la fiesta del arte. Es evidente que sus sentimientos no se reducen a una simple satisfacción estética. No lo acarician solamente los colores y sonidos sino que lo absorbe la obra. Si llama su atención como una llamada venida de la obra misma, es porque está en contacto con una persona. Y ese contacto lo libera del yo, precisamente bajo la invitación de otro liberado de su propio yo. Entra en diálogo con la interioridad del artista a través de la interioridad de la obra de arte. Y entonces puede comenzar realmente la contemplación, pues contemplar no es poseer sino darse, ser liberado de sí mismo, ser captado por, entrar en éx-stasis.

Todos hemos conocido momentos absolutamente privilegiados, en un concierto musical por ejemplo, escuchando una bella coral o una grabación, si el jefe de orquesta estuvo magistral y los instrumentos hicieron lo que pudieron. Conoce­mos ese momento final en que la última nota se extingue, pero en que todos nos hundimos en un gran silencio antes de que estalle la ola de aplausos. Ese momento de silencio es el momento privilegiado en que todos los auditores han olvidado su yo, en que todos han encontrado algo que los supera, en que ninguno piensa “me molesta el vecino de izquierda o de derecha”, “hay algo que me molesta, el peso de mis vestidos, o cualquier cosa”, todos los yo se han eclipsado. Ese silencio indica justamente el eclipse de los yo, en beneficio del encuentro con la belleza.

Quiero leerles una página de ¿Qué hombre y qué Dios?, en que Zúndel cuenta su visita a la capilla de los Médicis en San Lorenzo. En la página 143 dice:

“La capilla de los Médicis, que conserva algunas de las obras más bellas de Miguel Ángel, es para mí el relicario de un recuerdo particularmente precioso.

Allí nos habíamos refugiado una mañana, para descansar, un amigo y yo, cansados de museos cuya visita nos había agotado. No queríamos ver nada más, pues los ojos estaban saciados de obras maestras que abundan en esa metrópolis de las bellas artes. Estábamos solos y en silencio, sentados ante las tumbas de Lorenzo y Julián, y satisfechos de encontrar donde reposarnos.

Eso no impedía que mi mirada descansara sobre el conjunto de esculturas que respiraba en ese espacio bastante grande para contenerlo. Y poco a poco me sentí sumergido por la belleza que emanaba de esas caras, interiorizadas por un prodigioso recogimiento, como una presencia que me liberaba muy suavemente de mí mismo. Su influjo era tan tranquilo que excluía toda exaltación. Yo me perdía de vista a mí mismo en la admiración en que estaba suspendido y mi admiración misma estaba separada de mí, apegada a ella, para ella y por ella, como si yo llegara a ser yo en ella.

Yo supongo que todo el mundo ha tenido alguna vez una experiencia análoga y sentido el gozo de ser sí mismo en otro, a la vez trascendente e interior a sí mismo. Es, en resumen, el encuentro de lo sagrado y el descubrimiento de la libertad como liberación”.

En verdad, la obra de arte, el artista y el amateur – en el sentido fuerte de la palabra – todos tres son aquí llamados, más allá de sí mismos, a un tercer término que es precisamente la belleza. La belleza que no es algo que ellos definen, que no se agota con ninguna obra, todas se acercan, más o menos con desespero. Una realidad que supera todas sus encarnaciones y en la cual se encuentra sin embargo la mirada de la obra, del artista y del admirador, y en la cual se encuentran además los admiradores de todos los tiempos, como si ella tuviera una especie de realidad intemporal.

Ningún artista ha dicho jamás: “Hoy encontré la Belleza”, ni – como vamos a verlo en seguida – ningún sabio ha dicho: “Encontré la verdad”. Pero lo que está buscando es un reflejo, una refracción de la Belleza.

Por eso la Belleza es metafísica; metafísica en su naturaleza y metafísica en sus efectos pues nos aporta igualmente un suplemento de ser. Entre tanto, el yo origen ha crecido, se ha abierto más allá de sí mismo. Nos ha permitido llegar hasta nosotros mismos, llegar al infinito que somos.

Se podría decir mucho más sobre la experiencia del arte. Pero es interesante notar que la de la ciencia va a su encuentro.

Es evidente que para Zúndel no hay que despreciar la ciencia. Él sabe que es hoy la obra capital del genio humano y que atrae tantas energías que debe represen­tar un valor para el hombre. Y él conoce la ciencia a través de los biólogos como Rémy Colin y Jean Rostand, y conoce la epistemología de la ciencia a través de Bachelard, esencialmente.

Pero habla a menudo también de Einstein y de Oppenheimer. Y sé que Zúndel pasaba noches leyendo libros científicos porque deseaba comprender su secreto, y hasta pasó cuatro años estudiando matemáticas modernas para poder descifrar los libros de matemáticas.

[Índice de grabación: 45’00’’]

Valía sin duda la pena porque la ciencia no puede contentarse con ser simple registro o puesta en correlación de hechos, o simple apropiación de la naturaleza por el hombre. Todas esas leyes que triunfan y esa tecnología, Zúndel las nombra verdades-ladrillos, verdades que no son sino ladrillos. Pues más allá de las verdades-ladrillos, el sabio busca otra cosa, como piensa Einstein precisamente: “El universo es inteligible”.

No hay sólo verdades-ladrillos sino también una especie de verdad-persona. Hay alguien y no algo que se expresa a través del mundo. Y la ciencia busca esa verdad-persona. Si no, ¿cómo explicar el desinterés de todos los equipos de sabios actuales cuyo número es tan grande como el de todos los sabios desde el comienzo del mundo hasta el siglo 20? ¿Cómo explicar el desinterés que los encierra en sus laboratorios y en sus más audaces experiencias, arriesgando su vida en la soledad y la angustia, si no existe un valor superior que los provoca más allá de ellos mismos? Y el desinterés está garantizado por el hecho de que la ciencia busca una intersubjetividad, es decir un consentimiento de todos los demás sabios. Entonces hay que hablar el lenguaje más impersonal.

Es evidente que Zúndel sabe que la ciencia de hoy es fuertemente criticada por su antropomorfismo, es decir que el sabio proyecta sus ideas e imágenes sobre la naturaleza y que en verdad no capta la verdad sino algo de verdad. Pero la cooperación de las energías humanas y de sus recursos con los recursos de la naturaleza es, en cierto modo, tanto más interesante por demostrar ese cuerpo a cuerpo del hombre y el cosmos. Sin contar con que el antropomorfismo es, en cierto modo, natural; el hombre sabe cómo es, a medida que existe. Y además, todos sabemos que para Tomás el conocimiento se mide por el ser. Excepto que la ambigüedad que pervierte la ciencia es: que se ha pensado que la inteligencia había sido dada perfecta al hombre y que no había que personalizarla, que no había que humanizarla. Al punto de partida, el hombre tiene una inteligencia neutra, un medio de comprender, un medio anónimo, capaz de todo, de lo peor y de lo mejor. Pero la inteligencia no pertenece realmente al yo origen sino en la medida en que entra en el gran dinamismo de la auto-creación de sí mismo, en la medida en que se personaliza, en que se hace libertad en el sabio mismo.

Y hemos olvidado además que si el hombre es en verdad la cumbre de la evolución, es por ser como la dimensión espiritual del mundo. No es el hombre el que se inclina hacia la naturaleza para encontrar soluciones, es la naturaleza la que pide acogida al hombre y encontrar en él un escape y una solución.

Y entonces, resultan dos consecuencias. Por una parte, no podemos contentarnos con encontrar fórmulas que respondan a todo, salvo a las cuestiones del hombre, ni tampoco hay que transformar al hombre en objeto, ya que, precisamente, en el momento mismo en que lo objetivamos lo sacamos de su órbita desconociendo su dimensión interior. Fue sin duda el honor de Oppenheimer, que colaboró en la energía atómica, el haber rehusado su colaboración después de Hiroshima. Cuando vio que su ciencia se volvía contra el hombre, se vio él mismo desfigurado. Primera consecuencia.

Segunda consecuencia: el sabio pervierte su mirada sobre el mundo si él mismo no se hace persona, si él mismo no se está haciendo yo origen. Porque ¿cómo liberar la naturaleza sin liberar al hombre de sí mismo? ¿Cómo liberar la naturaleza de su opacidad si el sabio está obnubilado por sí mismo? Y para liberar el pensamiento es necesario liberar al hombre total, al hombre entero. El sabio, como todos nosotros, quiere que lo consideren como fin, no como medio. ¿Cómo podría aceptar que su ciencia sirva para trasformar los seres humanos en medios? Él quiere ser sujeto. ¿Cómo podría aceptar que la verdad científica se degrade en objeto?

Porque en fin, el cosmos espera encontrar en el hombre su promoción. El cosmos espera ser personalizado a través de la mirada humana.

Y cada vez que el sabio sea menos que persona, sus verdades se convierten en verdades-ladrillos y en verdades peligrosas. Pues realmente, solo hacemos la verdad haciéndonos verdaderos nosotros. Pero lo que estimula a la ciencia y a los sabios de generación en generación, es precisamente que presienten una verdad-persona más allá de todos sus esfuerzos y de todas sus fórmulas. Y eso es lo que los lleva a retocar indefinidamente las verdades, a nunca considerarlas como definitivas. Y las teorías perturban las teorías ya existentes. Se dice que hoy una teoría toma cinco años para morir Pero precisamente porque a través de todas las teorías, hay algo distinto de la inteligencia humana que está buscando.

Jean Rostand no era creyente, pero dijo: “Algo supera toda inteligencia”. Y por su parte, Einstein habla de su profunda convicción “de una razón superior que se manifiesta en el incomprensible universo”. Y añade: “Esa es mi idea de Dios”. Ése es el polo que lo atrae a través de su ciencia y su especialidad y los medios que le ofrece su ciencia.

Así pues, los sabios buscan siempre una verdad más allá de sus fórmulas provisorias. Y esa Verdad, como la Belleza, es metafísica. Es un centro donde se reúnen todos los sabios. Cada uno en su especialidad, en su sector, está como atraído hacia un centro que es la Verdad a través de todas las verdades. Como si estuvieran imantados por una Presencia que se expresa a través del universo y que el geólogo Pierre Termier describió admirablemente hablando del gozo del conocimiento. Hace poco Michel Serres, profesor de filosofía en la Sorbona, y que es incrédulo, declaraba en una entrevista que leí este verano: “Yo no sé muy bien qué es la santidad, pues no soy creyente, pero tenemos una experiencia de lo que son los santos. Yo afirmo que el sabio futuro deberá ser una especie de santo”. Porque deberá precisamente tener en cuenta todas las consecuencias de su ciencia y las consecuencias no pueden hoy ser benéficas – ya que las consecuencias se han hecho cósmicas y universales – no pueden ser benéficas sino si se trata de un sabio personalizado, que tiene una mirada de persona. Él dice “una especie de santo” absolutamente desinteresado de sí mismo y atraído por el bien común, por el bien de la totalidad. ¡Magnífica confesión!

Resumiendo todo eso, en Diálogo con la Verdad, página 66, Mauricio Zúndel dice: “El fervor de los sabios no se puede explicar sin el encuentro con Otro ante el cual surge el don como la más alta realización de sí mismo”.

Mañana hablaremos del tercer vector: las relaciones interpersonales. Y pienso que mañana, al fin de la mañana, saldremos de la antropología y por la noche entraremos, como lo indica el itinerario, en teología con la debilidad de mis medios, puesto que yo no soy teólogo.

 

 

 

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