Testimonio de Jules Bulliard, capellán de clínicas, que realizó preciosas grabaciones del P. Zúndel y las entregó después a su amigo el P. Bernard de Boissière, para su difusión.

 

El aporte del pensamiento de Mauricio Zúndel a mi espíritu y mi ministerio fue como una primavera teológica y espiritual, como una corriente de aire fresco, una respiración fuera del molde dogmático en que nos habían encerrado un poco durante nuestra formación. Esa primavera teológica inauguró un verdadero cambio de perspectiva, una liberación, en mí que frecuenté a tal maestro, lo escuché, lo leí y lo medité.

 

La concepción y la práctica del ministerio pastoral son evidentemente función directa de la imagen que nos hacemos de Dios y del hombre – pareja indisoluble en el pensamiento de Jesús – que, muy a menudo nuestros discursos y aun nuestras liturgias separan para glorificar mejor a Dios, pensamos.

 

Dios y el hombre fueron justamente los dos temas mayores de la reflexión y del mensaje de M. Zúndel. “Para la mayoría de los hombres, afirmaba, Dios es más interrogación que respuesta”. Entre los cristianos, muchos se quedaron con el concepto del Dios de la Biblia, del Dios de Israel. ¿No sería que fueron más sacramentalizados que evangelizados? Ante la constatación de ese fracaso trágico, M. Zúndel realizó un verdadero combate para liberarnos de las falsas imágenes de Dios que las iglesias cristianas occidentales no han tratado de arrancar de las mentes. Su “pedagogía” no fue siempre inocente además. Trataba a menudo de culpabilizar a los fieles para dominar mejor su conciencia. Antes de la encarnación del Hijo de Dios, en Israel como en todas las civilizaciones paganas, no sabían considerar la grandeza sino como dominación. Por consiguiente, los hombres se dieron un Dios a imagen de la pirámide. Como un faraón, como dueño absoluto, potentado, domina todo, nos aplasta con su majestad y su poder. Reina sobre una multitud innumerable de sujetos, sin más diálogo o relación que la relación de dominante-dominado.

 

Mauricio Zúndel nos mostró incansablemente que con la venida de Jesús, cambiamos de religión porque cambiamos de Dios. Dijo estas palabras audaces: “Jesús evangelizó a Dios”. En efecto, Jesús nos hizo pasar del Dios todopoderoso, rico de todos los bienes y autosuficiente, a quien nada resiste ni nada puede perturbar en su felicidad, al Dios pobre que él revela en su persona: un Dios que no tiene nada ni puede poseer nada ni tomar, un Dios que ya no es rival del hombre, que no es jamás amenaza o prohibición, ni límite, ni aplanadora, sino un Dios compañero y cómplice del hombre, un Dios frágil, vulnerable y desarmado al que podemos herir, un Dios a merced de nosotros, entregado en nuestras manos, que nos está confiado y nos pide que lo protejamos, lo defendamos y lo salvemos del mal en nosotros mismos y en el corazón de los demás, en fin, un Dios cuya grandeza infinita es un amor total y sin fronteras, una generosidad en que cuentan solamente el don y el olvido de sí, que espera eternamente que consintamos en acogerlo y vivir en Él que es la vida de nuestra vida.

 

Novedad radical, una vez más. Jesús nos hace pasar del Dios exterior al universo y a la humanidad, al Dios interior al corazón del hombre, respetuoso de su libertad e inviolabilidad de conciencia para establecer con él un diálogo de amistad. M. Zúndel no cesará de evocar el encuentro de Jesús con la samaritana, en el cual nos hace esa revelación mayor. O también la experiencia mística de San Agustín que descubre quién es él en todas sus dimensiones en el momento en que encuentra en el fondo de sí mismo al Dios que estaba siempre ahí, cuando él estaba afuera.

 

De ahí saco dos conclusiones. El primer acto del culto de todo hombre es tomar conciencia de la Presencia interior dentro de sí mismo, en la cual se enraízan su dignidad y su valor. También me parece evidente que antes de difundir entre la gente cantidades de leyes, obligaciones y prohibiciones para atraerlos al seno de la Iglesia e incitarlos a llevar una conducta moral más elevada, hay urgente necesidad de revelarles el verdadero rostro de Dios que los ama, los espera y jamás los abandonará.

 

Con el P. Zúndel estamos en los antípodas del “Dios objeto” de ciertos discursos teológicos, del “Dios que ponemos sobre la mesa”, para sopesarlo y analizarlo, olvidando que el Dios de Jesucristo es esencialmente un descubrimiento y una experiencia que se vive amorosamente.

 

El segundo aspecto del pensamiento de M. Zúndel es el hombre, santuario de la Divinidad que funda para siempre, en grado eminente, su grandeza, su dignidad, su inviolabilidad y su respeto absoluto. M. Zúndel, que confesó creer en Dios porque creía en el hombre, debió hacer suya la afirmación de Marcelo Jouhandeau, si la conocía: “Dios es grande, yo también”. Nos pedía siempre que fuéramos al hombre con el rostro mismo que Jesús tiene de él: “Jesús, dice, tiene pasión por el hombre. Su religión es la religión del hombre.

 

Las páginas del Evangelio en que Jesús nos revela la verdadera grandeza del hombre son ante todo aquellas en que se identifica con el hombre necesitado y sufriente: el que tiene hambre, soy Yo; el que tiene sed, soy yo; Yo estoy desnudo, prisionero o enfermo (Cf. Mt. 25). Y luego, Jesús arrodillado para lavar los pies de sus discípulos, gesto que nos pide repetir nosotros. Y por fin, la Cruz del calvario, que es, dice Zúndel, la medida de la grandeza del hombre. A los ojos de Dios, toda vida humana, aun arruinada por la edad, las minusvalías o la enfermedad, tiene valor infinito. Porque Dios, en su Hijo crucificado, pesó toda vida humana al peso de su propia vida divina. El P. Zúndel tiene esta afirmación sorprendente y magnífica: “Con admiración y acción de gracias, creo, Dios mío, en la ecuación sangrienta del calvario donde, mediante el don total de tu Hijo, todo hombre se hace igual a Dios”.

 

El hombre es sensible a la mirada de Jesús hacia el hombre, novedad del Evangelio que es la glorificación de su vida. “Jesús tomó la vida, la glorificó, la transfiguró y le dio una dimensión infinita, a fin de que nosotros pudiéramos vivirla con admiración continua y pasión infinita.

 

Así, “Jesús glorificó el trabajo más humilde: es un obrero que pasó la mayor parte de su vida en labores comunes, propias de los hombres más humildes, sin estimarlas indignas de su Persona – a la vez para glorificar a Dios y para salvar a los hombres – metiendo simplemente la mano en la masa, ganando el pan como todo el mundo y dedicando la casi totalidad de su existencia al trabajo manual, al trabajo material que da al mundo el rostro del hombre y que permite al hombre encarnarse de cierto modo en la materia.

 

Del mismo modo, Jesús tomó el amor humano y lo hizo sacramento. El amor humano, tan a menudo instintivo y pasional, el amor frágil y vulnerable, Jesús no lo consideró despreciable y condenable. Al contrario, consagrando el amor humano, quiso revelar al hombre y la mujer todo el esplendor del lazo que están llamados a contraer; quiso divinizar sus intercambios y ternuras. Glorificando el amor humano, hizo de él el signo que representa y realiza el misterio de la alianza de Dios con la humanidad, el misterio del matrimonio de Cristo con su Iglesia.

 

A M. Zúndel le gustaba citar esta reflexión de un monje: “Tengo tanta devoción comiendo mi sopa como celebrando la misa.” Quería decir que en el refectorio de su comunidad como en el altar, se sentía y se encontraba a la mesa del Señor. “Palabras admirables porque nos hacen descubrir el lado sagrado de la vida más humilde, más ordinaria, más cotidiana y banal y el lado sagrado de todos los gestos de la existencia”. En la religión de Jesús no hay posibilidad de mundo profano, porque el hombre es el santuario de Dios, el universo entero es su reino y porque por doquiera podemos estar con el Señor. En la medida en que todo acto humano, todo gesto, todo paso está revestido y habitado por la Presencia y la comunica generosamente a los demás, toda la vida ordinaria y religiosa, todas las actividades humanas son liturgia.

 

El P. Zúndel repetía sin cesar: “A Dios no lo conocemos, pero siempre Lo reconocemos”. Quería decir que siempre reconocemos a Dios en aquellos que lo acogen en su intimidad, que lo viven, dan testimonio de Él y lo reflejan, pues justamente se han hecho trasparentes a Su presencia. A menudo daba como penitencia sacramental o hacía repetir a los niños en sus homilías, esta oración corta pero esencial: “Señor, hazme trasparente a Tu presencia y enséñame a ser la sonrisa de Tu bondad.

 

Con gusto afirmaba, a manera de consecuencia, que el primer paso para con los que buscan, dudando o preguntando, no es darles la Biblia o el Evangelio, sino ponerlos a vivir al lado de alguien, de un grupo o comunidad que encarne verdaderamente el espíritu del Evangelio. Sólo entonces, al leer la Palabra inspirada, verificarán su verdad porque está enraizada concretamente en una vida.

 

A Dios no lo conocemos, pero siempre Lo reconocemos”. Esta verdad capital, que es la clave de todo apostolado, el único medio de evangelización aceptable y aceptado, me parece a menudo olvidada por los tecnócratas de la misión, que se cansan y nos cansan elaborando planes sucesivos de acción y de nuevas planificaciones. M. Zúndel ilustró varias veces esta concepción del apostolado en páginas emocionantes y luminosas.

 

He aquí un caso límite, de una mujer condenada al silencio absoluto en la educación cristiana de su hijo, que parecía no haber trasmitido nada pero que en realidad, desposeída de sí misma y habitada por Dios, dio lo esencial.

 

Siendo niño, tuve el privilegio de encontrarme con una mujer que murió octogenaria. Jamás conoció a sus padres, los cuales murieron poco después de que ella naciera. Criada en un orfanato donde jamás recibió el menor testimonio de afecto, llegó a la edad de trabajar con el corazón con hambre de amor. Creyó encontrarlo en un colega de trabajo con quien se casó. Pero no tardó en darse cuenta de que era un borrachín y sufrió la brutalidad desenfrenada de sus iras. Todos sus sueños de felicidad se desvanecieron bajo los golpes que herían más aún su alma que su cuerpo. Entonces encontró a Dios como presencia oculta en su interior, y en él encontró el valor para vivir. Su marido comprendió que ese refugio interior en cierto modo la protegía de su poder. Decidió vengarse y no pudiendo arrancarle la fe, le prohibió transmitirla al hijo que tuvo en ese triste hogar. Él se reservó su educación, según sus principios, oponiéndose celosamente a la influencia de su madre, e hizo del hijo un ser inestable que, sin disciplina interior, se entregó a todo desorden.

 

Su madre lo conservaba en su oración y no podía llegarle de otro modo, pues no la visitaba sino para pedirle que pagara sus deudas y renovara su guardarropas. A los 35 años había gastado su vida y regresó, con una tuberculosis considerada tan incurable que ningún sanatorio quiso admitirlo. “Fracasó en su vida, me dijo ella, pero yo no quisiera que fracasara en su muerte.”

 

Y su oración se hizo más insistente que nunca, para obtenerle la luz de la gracia que hiciera que su corazón sintiera a Dios. Pero ella no dejó aparecer nada de su deseo de que él hiciera de su muerte un acto de vida. Sentía que toda intrusión en su intimidad solo podría inducir un rechazo quizá definitivo y que era necesario que, como el Señor en el lavatorio de los pies, se arrodillara ante el santuario que su hijo podía llegar a ser todavía.

 

Jamás tuve religión, pero ahora quiero tener la religión de mi mamá”. Así fue como, de golpe, comunicó las reflexiones que había hecho en secreto, en una conversación con un amigo al cual le confió los reveses de su vida. Yo asistí a su primera comunión unas semanas antes de la fiesta de Todos los Santos. El día de esa fiesta murió, como lo había deseado su madre. Entre tanto, le había dicho: “Mamá, si me hubieras hablado de eso, nunca lo habría hecho. Como no me dijiste nada, todo lo descubrí a través de tu vida.”

Nunca comprendí mejor el poder de una presencia humana, transparente a Dios, que en esa conversación de un hijo para el cual el rostro de su madre fue el único evangelio”. (Qué hombre y qué Dios, Fayard, París 1976 – Última edición: Saint-Augustin, Saint-Maurice (Suisse) – Colección Espiritualidad. Edición de abril 2008 – Prefacio du R.P. Carré.)

 

En la misma perspectiva, el P. Zúndel nos invitaba a llevar continuamente con Cristo el peso de la humanidad por salvar. Es decir, a orar, a participar en la Eucaristía, a comulgar no por sí mismo o por su propia comodidad espiritual, sino “por todos los hombres, con todos los hombres y en nombre de todos los hombres”. Para él, era inconcebible separar los actos religiosos como la oración, los sacramentos y la misa de la apertura al mundo, y por ende, del espíritu misionero. “Solo juntos podemos ir a Jesús, decía. Sólo juntos podemos llegar a Él, sólo podemos entrar en contacto con la Persona de Jesús haciéndonos, cada uno de nosotros, presencia universal, asumiendo toda la humanidad y aun toda la creación. No existe liturgia privada, no existe comunión privada. Eso no tiene sentido. El Evangelio es una misión: la eucaristía, la oración, el ayuno, las peregrinaciones, son concretización de esa misión. Entonces, siempre y en todo lugar somos enviados, a todos, a toda criatura, por estar encargados del Señor cuyo corazón es ilimitado y al que solo podemos llegar haciéndonos universales, a la medida de Su Corazón.

 

Si hay que operar un cambio radical de perspectiva, es en nuestras actitudes y reacciones ante el sufrimiento humano. Cuántos cristianos y hasta obispos siguen afirmando – obesos de certezas – que la enfermedad, o al menos algunas de ellas como el sida en la actualidad, es un castigo de Dios. En la introducción de un manual católico de oraciones para los enfermos, se puede leer: “Jamás conocemos mejor la voluntad de Dios para nosotros que cuando estamos enfermos… Debemos aceptar la enfermedad con humildad como voluntad de Dios, íntimamente persuadidos de actuar para lo mejor.” En un libro de oraciones publicado por una Iglesia hermana, encontramos estas frases insoportables: “Tu mano, Señor, pesa sobre mí… Tú permites que yo sufra… Ayúdame a ver en mi estado tus designios de Padre… Padre celestial, nada puede sucederme que no sea por tu permisión o tu voluntad... Tú me castigas pero guardo confianza porque sólo castigas a los que amas…

 

Semejante concepción pone gravemente en juego la imagen evangélica del Dios de Jesús, pues haría pensar que Dios es responsable del mal que nos sucede, y entonces, culpable. En esto, Zúndel se opuso a semejantes afirmaciones. Dijo un día en una conferencia en Londres, en términos muy violentos: “Me enfurezco cuando dicen: “Dios permite el mal”. ¡No! Dios jamás permite el mal. Lo sufre y muere por eso, Él es el primero en ser herido y si hay un mal, es porque Dios es su primera víctima”.

 

En términos incomparables, M. Zúndel no cesa de decirnos la compasión de Dios y su total solidaridad con el que vive, sufre, agoniza y muere. Con una insistencia que solo se justifica por su amor de Dios y del hombre, afirma que: “En su Hijo crucificado, Dios asume toda la angustia humana; que la cruz de Cristo es justamente el grito lanzado ante el mundo para decir a los hombres de todos los tiempos que Dios está ligado a todo hombre, que es flagelado en nuestras torturas, que transpira en nuestros sudores, que gime en nuestras soledades y llora en nuestras lágrimas.”

 

El amor de Dios por nosotros, añade, es semejante al amor de una madre. Es un amor de identificación que toma el color de todos los estados de su hijo desviado”.

 

El P. Zúndel, maestro de espiritualidad, pide a los que acompañan a los enfermos en fin de vida, que les ayuden a hacer de su muerte un acto de vida, es decir, a ejemplo de Jesús, un acto de libertad, de ofrenda y de amor; que les ayuden a entrar vivos en la muerte – la verdadera cuestión no es si hay vida después de la muerte, sino si la hay antes de la muerte.

 

Un punto sobre el que M. Zúndel llama la atención es el respeto absoluto de la conciencia del enfermo o del moribundo, respeto que prohíbe toda intrusión en un alma por fuerza, toda amenaza y todo hostigamiento. La mejor intención de hacer el bien jamás lo justifica. La inviolabilidad de la conciencia exige que nos acerquemos a todo hombre a todo enfermo y a todo moribundo con infinita delicadeza. Aquél a quien acompañamos en su última etapa es único: tiene una historia y una memoria; ha vivido mil experiencias positivas o negativas que lo han marcado profundamente, que han formado su alma, su mente y su concepción de la vida, que han establecido una escala de valores y han determinado sus relaciones con Dios y con la Iglesia. “También eso hay que respetarlo con comprensión e indulgencia, pues es muy probable que a menudo su libertad no haya tenido ocasión de ser plenamente ejercida. A ejemplo de la mayoría de los seres, sufrió quizás su existencia más bien que tomarla a cargo y orientarla”.

 

 

 

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