Un diálogo trucado.

 

René Habachi (1914-2003), amigo de Mauricio Zúndel, profesor de filosofía, escritor, antiguo director de la división de filosofía en la UNESCO. Conferencia a los benedictinos de la abadía de San Wandrille en la Alta Normandía, en 1982.

 

Un diálogo trucado, y van a comprender por qué. En realidad se estableció en nuestra cultura un error doble, sobre Dios y sobre el hombre, cuyos destinos están ligados ya que solo el hombre puede hablar de Dios y que solo al hombre puede comunicarse Dios, si existe.

 

Ahora bien, cuando el hombre fue creado no hubo testigos. No había historiadores, no había crónicas, y nadie puede decir nada sobre lo que fue la aparición del hombre, ni de los primeros comportamientos del ser humano. Aun Adán, demasiado interesado en emerger, no podía llevar un diario de su vida. Pero tenemos textos inspirados sobre ese momento, redactados siglos después del acontecimiento, y sea cual fuere su inspiración, mezclados con la mentalidad de la región donde se recibió la inspiración.

 

Eso significa que un profeta puede ser depositario de lo eterno, pero sigue perteneciendo a su época, a sus conceptos y a toda su imaginería. Y ahora sabemos, los exegetas lo saben bien, que los textos inspirados no fueron redactados por una sola persona, sino por varios grupos, que a veces continuaban de generación en generación. Y los especialistas tienen como función de extraer, mediante estudio de los textos, la parte de inspiración de todo el lastre cultural del país de origen de la inspiración, después.

 

Hoy, cuando un hombre como Levi-Strauss quiso hacer un análisis de los mitos, un análisis estructural de todos los mitos, para deducir las principales estructuras que él piensa reconocer a través de todos los mitos en sus cuatro libros de “Mitológicas”, y quisiera hacer entrar lo que en cierto modo podríamos llamar el mito cristiano, en función no de la inspiración sino de las imágenes y concepciones que recibieron la inspiración, lo que le falta siempre a ese análisis estructural, es justamente lo que constituye el carácter tan singular y único de la inspiración que atraviesa el mito cristiano, en la medida en que hubiera mitología en el cristianismo.

 

Pero eso haría incomprensibles o difíciles de descifrar todos los textos del Antiguo Testamento, sin una clave de lectura. Y aunque no fuimos testigos del nacimiento del hombre, fuimos testigos del acontecimiento que fue esa clave. Y a la luz de esa clave podemos entender todo lo que sucedió en el pasado. Salvo quizá que esa clave resulta de un acontecimiento tan sorprendente y tan claramente evidente que la explicación se demoró en venir y sigue demorándose, es decir que todavía se está realizando alrededor del diamante que es ese acontecimiento, tan deslumbrante que los ojos están como enceguecidos.

 

Mientras tanto, hasta que podamos descifrar toda la historia del hombre, las contra-revelaciones se han convertido en contra-verdades. Y las contra-revelaciones se han incrustado tan profundamente en la cultura, fueron tan profundamente interiorizadas en las conciencias que es muy difícil desenraizar­las y pasamos un poco por iconoclastas si queremos cambiar algo de la visión que se ha propagado hasta establecerse.

 

Pero de hecho, si existe un malentendido sobre Dios es porque resulta de una presentación monstruosa, que echó a Dios fuera de la cultura actual y si el ateísmo es tan victorioso en tantos frentes, es precisamente quizá porque es una contra-revelación, un error que se ha establecido a propósito de Dios. Pues, en fin, ¿quién le rehusaría a Nietzsche, el mayor negador de la divinidad, el ateo por excelencia, quién quisiera expropiarlo del honor de haber negado a Dios?

 

Nietzsche tenía razón de negar a Dios, si el Dios en quien piensa es un dios instalado en la serenidad, que quiere fundar su equilibrio sobre la esclavitud del hombre y que ha secretado a lo largo de la Historia una moral de resentimiento, una moral de esclavos, en que la resignación le gana a la insurrección y al descubrimiento de un hombre auténtico.

 

“Felices los adormecidos, dice Nietzsche, felices los adormecidos porque dormirán”. Y ¿quién no se sentirá frustrado de que lo inviten a ese sueño en que el hombre pierde toda su realidad? Y afortunadamente Nietzsche baja de la montaña anunciando la muerte de Dios: “Alegraos, hermanos, somos los asesinos de Dios”. ¿Quién no ve en esta negación de un dios monstruoso una reivindicación legítima del hombre?

 

Y del mismo modo, ¿quién le rehusaría a Marx, cuyo combate por el hombre se apoya necesariamente sobre un ateísmo de fondo, quién le rehusaría el honor de haber negado a Dios para salvar al hombre de la injusticia, de la alienación en que el dios de Marx quiere mantener al hombre, y de la complicidad de Dios con las clases pudientes que quieren perpetuar el privilegio de sus posesiones pretendiendo justamente una autoridad divina?

 

En verdad Marx se inspiró mucho en Feuerbach, filósofo anterior a él, que había explicado a su manera el origen de Dios en el pensamiento humano. A más pobreza, más secreción de un Dios rico; mientras más desvalido, más secreta un Dios Todopoderoso. De modo que Dios no es sino la proyección de las debilidades humanas y como lo hipostasiamos y lo hacemos realidad, se vuelve un vampiro que se alimenta con la sangre de los hombres, dice Feuerbach, Dios es un vampiro que se alimenta de sangre humana y los mantiene débiles a fin de alienarlos mejor.

 

Más cerca de nosotros, sabemos como trató Jean-Paul Sartre de demostrar la imposibilidad de Dios. La noción de Dios, la realidad de Dios es imposible, es una contradicción en los términos. Y Sartre lo hace en nombre de la inviolabilidad humana. En un librito admirablemente bien escrito, llamado Les Mots (Las palabras), narra el momento en que a los doce años, estando en la ducha, imaginó de repente la mirada de Dios puesta sobre él, como si Dios no tuviera más que hacer que transformarse en voyerista. Y entonces siente náuseas, y dice: “es indecente”. Y desde ese momento murió en él la idea de Dios. Un Dios transformado en pura mirada sobre las conciencias humanas, que trata de controlarlas en su intimidad, develando sus secretos, es un Dios insoportable si quiere transformar a los hombres en cosas, en objetos, en vitrina, y reducir toda su interioridad a sus manifestaciones, a su exterior.

 

Yo sé que el Dios de Jesús baja los ojos ante la mujer adúltera y en vez de cosificarla, de objetivarla, de mirarla, se contenta con presentirla con infinito pudor para respetar la interioridad. Pero ese no es el Dios de Sartre. Sartre conoció un Dios que objetiva al hombre, que hace del hombre una cosa. ¿Y entonces, cómo no entender su rebelión?

 

Yo sé que los filósofos nos dirán que detrás de Nietzsche y Marx y Sartre, se perfila la sombra de un gran filósofo llamado Hegel, que es un filósofo cristiano.

 

Y para Hegel toda la Historia está tendida entre dos polos: una consciencia todavía inconsciente que se va a hacer consciente de sí misma a medida que avanza la Historia, para desplegarse en saber absoluto, en conciencia total al final de la Historia, y eso será DIOS. Es pues la génesis de un Dios que se hace, la Historia es la biografía de Dios. Y esa Historia se desarrolla siguiendo una dialéctica de crisis y superación necesaria, necesaria porque se trata de la ley íntima de ese Dios que se hace. Y el hombre debe dejarse atravesar por la corriente del determinismo divino, porque el hombre ya no es sujeto de la Historia, ni siquiera es autor, sino mero figurante.

 

En su “Filosofía del Derecho”, Hegel dice: “Las guerras llegan cuando son necesarias. Después vuelven las cosechas y las habladurías callan ante la seriedad de la Historia”.

 

Así pues, el desarrollo de los hombres, sus dolores, la sangre derramada, las catástrofes son solo habladurías, espuma de olas, y el hombre debe callar para dejar pasar lo serio de la Historia. Dicho de otra manera, la Historia es la historia de un Dios que se hace a través de un hombre que se deshace.

 

Es claro que si Dios es un devorador de hombres, una serpiente que cambia de piel de siglo en siglo a través de crisis y superaciones, si Dios no piensa sino en sí mismo en un narcisismo supremo, y si el hombre ya no es sujeto sino simple figurante que debe inclinarse bajo el peso de la divinidad en marcha, entonces se entiende que haya llegado hasta nosotros a través de todo el siglo 19 el dilema que se dice en dos palabras: “o Dios o el hombre”. Si optamos por Dios, el hombre no tiene ninguna existencia, y si optamos por el hombre, no queda sino darle una patada magistral a Dios.

 

[Índice de grabación: 15’ 18’’]

 

Y esta crítica va más lejos de lo que pensamos, porque atraviesa y alcanza inclusive ciertas formas, ciertas expresiones torpes del pensamiento cristiano.

 

Hay una manera de presentar a Dios, una manera de explicar las pruebas de la existencia de Dios, que Tomás de Aquino no llamaba pruebas sino “vías”, caminos, es decir rampas de lanzamiento para la fe. Y Tomás de Aquino no hacía un ejercicio de la razón en secesión contra la persona, una especie de razón especulativa que no cesa de demostrar, como se demuestra un teorema de matemáticas. Las vías implicaban el progreso de toda la persona con todas sus capacidades, toda su sensibilidad, toda su imaginación. Se trataba de entrar en la vía, es decir de hacer la experiencia de las vías y no de hacer una demostración teórica. Y sin embargo, tantos docentes presentan a Dios como el primer motor, como el todopoderoso, y la mirada del exegeta se detiene a veces en ciertos pasajes de la Biblia, y Dios aparece como el Injusto que despoja a Job, o como el que pide a Abraham sacrificar a su más caro bien y transforma a Abraham en asesino. Porque no nos damos cuenta de que en el acontecimiento narrado Isaac es Dios, Isaac es la víctima que se podría sacrificar y no lo que queda, un padre a quien Dios, su Señor, le pide el sacrificio escandaloso de su hijo. Y de esa mentalidad del Dios celoso, del Dios todopoderoso, del Dios de los ejércitos – del Dios de los ejércitos – cuando, si Dios existe, es el más desarmado de los hombres. Pero aquí se trata del Dios de los ejércitos.

 

Y entonces, ¿cómo no entender que el hombre se rebele contra ese Dios?

 

Pero uno puede preguntarse ¿de dónde viene ese malentendido? ¿Qué fue lo que indujo al hombre a concebir a Dios así, y a interpretar las Escrituras salidas de Dios a la luz de su propia inteligencia? Por ventura, considerando la imagen que se hizo de Dios la filosofía y buena parte del cristianismo, ¿no tendría el hombre cierta visión de sí mismo? Entonces, el malentendido no concierne solamente a Dios sino también la naturaleza humana.

 

El hombre pensó que ya existe, que ya está terminado. Y reivindica en nombre del hombre como si el hombre fuera una realidad ya terminada. Es evidente que un hombre cosa, objeto, no puede concebir ni darse sino un Dios dueño de objetos. Un hombre que quiere desplegar a su derredor el mundo del haber y de las cosas que posee (propiedade), interpretará a Dios como el gran propietario, el gran banquero. ¿Y bastará entonces liberarse de todos los ídolos, habiendo hecho de Dios un ídolo? ¿Bastará liberarse de los fetiches, como dice Marx que utiliza la palabra “fetiche”, será eso suficiente para que el hombre se libere realmente de sí mismo y de todo el lastre de determinismos que no cesan de pesar sobre él y de impedirle comenzar a existir?

 

Las experiencias que vivimos en este siglo 20 no parecen tranquilizantes al respecto. Dejado a sí mismo, el hombre es consumido por sus propias entrañas y, al contrario, se sirve de todos los dones para disminuirse, para reducirse al estado de cosa y de objeto.

 

Dicho de otro modo, el hombre se sirve de toda su superioridad para degradarse. Y en esas condiciones, el malentendido no podrá sino aumentar entre un hombre rebajado a la horizontalidad de las cosas y un Dios transformado en algo anónimo y absoluto. ¿Qué comunicación será posible? ¡El más fuerte le ganará al otro, eso es todo!

 

Y por eso, para Mauricio Zúndel el problema principal es el hombre. El hombre es la entrada real para el descubrimiento de Dios. Hay que clarificar el malentendido sobre el hombre para tentar al mismo tiempo de clarificar el malentendido sobre Dios.

 

El diálogo está trucado. Pues si Dios existe, en cierto modo el hombre mismo debería ser su prueba.

 

¿Cómo concebir a un Dios indiferente a lo trágico de la vida humana? Si existe, habría que poder comunicar con Él en todo momento de la vida, en lo banal como en los momentos más patéticos. Y si existe, la grandeza y la libertad del hombre deberían ser su principal testimonio.

 

Y entonces Zúndel tiene la audacia de preguntar: ¿existe el hombre? Y esa pregunta va mucho más lejos que todas las cuestiones planteadas por los existencialistas y los filósofos del absurdo, porque se trata de una pregunta que va directamente a la raíz del hombre. ¿Existe el hombre? ¿No seríamos más bien quizá, a pesar de todo, la prehistoria del hombre?

 

Para un filósofo – o más bien antropólogo – de quien se ha hablado mucho en los últimos años, aunque menos en estos días, Michel Foucault, el hombre sería solo una ilusión, como dice en "Les mots et les choses" (Las palabras y las cosas), una ilusión bastante reciente y en vía de extinción. Y además Levi-Strauss mismo, de quien hablábamos ahora, anunció “el crepúsculo del hombre”, lo que Jean-Marie Domenach designó como el “réquiem estructuralista”.

 

¿Pero, ha existido jamás el hombre? Un texto inédito de Zúndel, y que no hace parte de sus libros, citado por Marc Donzé en su libro “La pensée théologique de Maurice Zundel” (El pensamiento teológico de M.Z.) en la página 35, “El hombre no existe pues no realiza su dimensión específicamente humana. Es vano buscar sentido. Es un robot, no hay nadie, ausencia formidable.

“La humanidad es un museo de cera. Vemos grupos que gesticulan, ocupan situaciones, juegan papeles, pero no hay nadie (1). Alrededor de los tapices verdes de las negociaciones, hay intereses, reivindicaciones de grupos, pero no hay nadie (1). Detrás de las conversaciones, hay amor propio, esquematismos, vanidad herida, celos, envidias, ambición, pero es siempre el mismo juego impersonal. No hay más que instintos animales, raciales, de partido, una inmensa ausencia. El obrero vende su trabajo, su persona no importa; no hay nadie (1). Por pertenecer a un grupo, a una raza, a un color, un hombre puede ser eliminado; no hay nadie. Toda la vida está mecanizada; no hay nadie. La religión se volvió también determinismo y partido: no hay nadie. El que no es libre, hace todo en esclavitud; todo le servirá para afirmar el azar, el yo es un azar, no lo somos, se nos impone y lo sufrimos: no hay nadie, una gran ausencia.” (Cenáculo de Ginebra, 1948).

 

Pero plantear la cuestión del hombre y constatar su ausencia, preguntarse si el hombre existe, ¿no es ya una prueba de que de que existe algo del hombre, si no el hombre?

 

Pues finalmente esa pregunta resulta de una toma de conciencia de una ausencia de algo. Y el que es consciente de una ausencia es al mismo tiempo consciente de la presencia virtual que se traduce en ausencia. Rilke, en uno de sus poemas, dice: “Presencia de Dios, prueba. – Ausencia de Dios, prueba de la prueba”.

 

Pues bien: ¿constatar, preguntarse: “¿existe el hombre?” no es ya el comienzo del hombre? Y en efecto, sabemos que a través de la evolución llega un momento, como dice Teilhard de Chardin, llega un momento del “paso de la reflexión”. El “paso de la reflexión” es el momento, el primer momento de la consciencia refleja. Porque plantearse una pregunta implica cierta distancia entre la situación y uno mismo, una distancia interior que permite, precisamente, la consciencia refleja, el hecho de que una consciencia pueda volverse sobre sí misma. Y entonces la consciencia ya no está hecha, no es una plenitud realizada sino cierta posibilidad, hay una toma de distancia interior y eso es lo que permite plantearse la cuestión y constatar una ausencia. Es el momento maravilloso y extraordinario de la evolución en que por primera vez un ser vivo, por ser posibilidad, porque hay en él un universo en suspenso, porque hay en él una distancia entre él y él mismo que no está realizado, por primera vez, va a entrar en la evolución como colaborador y no como cosa terminada.

 

[Indicación de la grabación: 29’ 40’’]

 

Ya hay pues algo de hombre en el universo. Si no, ¿qué le permitiría a un hombre como Camus decirnos: “el hombre es la única criatura que rehúsa ser lo que ella es”? ¿En qué se apoya ese rechazo? ¿A nombre de qué rehusar? Y Sartre que nos dice: “el hombre es un animal revolucionario”. Para que el hombre rehúse, para que revolucione, ¿significa eso pues que hay tanto absurdo en el universo, que el mundo y el hombre son tan absurdos... para que el hombre solo tenga que rehusar, para que solo tenga que emprender la revolución, significa eso que hay tal inadecuación entre el mundo y él, entre él y sí mismo, que esté formado absolutamente en el absurdo y que la cuestión del hombre no tenga sentido?

 

Pero sabemos que constatar el absurdo es darse origen a sí mismo en un rincón de no absurdo: si estuviéramos formados en el absurdo, si el absurdo nos fuera constitutivo, si solo hubiera absurdo en nosotros, ¿seríamos capaces de notar, de identificar la existencia del absurdo? Toda verificación de absurdidad, sobre todo si es interior a nosotros, y si todo el universo nos parece absurdo, incluidos a nosotros, toda constatación de absurdidad atestigua al mismo tiempo que estamos enraizados en un suelo, en un lugar, en un punto de armonía que no es absurdo y en nombre de esa armonía posible, de esa virtualidad, en nombre de esa posibilidad de armonía, el absurdo se perfila ante nosotros.

 

Por eso, además, mientras más armonía pueda sentir una persona, más evidente será la absurdidad del mundo a sus ojos. No creo que exista una visión más terrible del mal que la que Dios puede tener. Por eso además los santos pueden llegar a ser grandes criminales. Porque han conocido la armonía y van a utilizar todas las posibilidades, todos los recursos de la armonía para introducir el desorden y el absurdo. Por eso, al contrario, afortunadamente, los grandes criminales pueden llegar a ser grandes santos.

 

En la "Pierre vivante" (piedra viva), página 16, Zúndel dice: “pues sería extraño que un universo absurdo haya producido un ser capaz de ser protesta total contra el absurdo hasta rehusar la existencia que lo condena a ello”. Es decir: ¿cómo ser a la vez absurdo y protesta contra el absurdo?

 

Y eso debería ponernos en camino hacia un análisis de la rebelión que sería mucho más consolador, más tranquilizador en todo caso respecto a la posibilidad del hombre. Pues ¿qué es rebelarse sino decir “no”? Llega un momento en que la situación, o los demás han abusado tanto, nos han arrinconado a tal punto que nos fuerzan a decir NO, pero ¿de dónde proviene ese “no”? ¿De dónde sale? Justamente, de esa distancia entre nosotros y nosotros mismos, que constituye nuestra dignidad y nuestra realidad interior. Nuestra rebelión sale en nombre de ese más que nosotros. Entonces, ese NO es al mismo tiempo cierto SÍ. Yo no diría que es un a ciertas proposiciones de cambio de la situación – como pensaría Camus en "L'homme révolté" (El rebelde) – yo diría que ese es un a la naturaleza humana misma, a la posibilidad del hombre. Digo no porque al mismo tiempo hay algo en mí que dice .

 

Toda rebeldía da testimonio de una realidad intangible en nombre de la cual se expresa la rebelión. En ¿Qué hombre y qué Dios? Mauricio Zúndel habla de la novela de un escritor suizo llamado Keller, y la novela se llama Enrique el verde. El pequeño Enrique es hijo de una pareja separada. Vivió con su madre, que lo rodeó de ternura. Claro, ella le dio todo el afecto que habría podido darle también a otro. Lo educó con máximo cuidado, y cada día al regreso de la escuela come con ella y hace la oración antes de comer. Pero un día Enrique olvida la oración y su mamá le dice: “Se te olvidó algo, Enrique”. Enrique está distraído y parece que no oye. “¡Enrique, la oración!” – “¡No tengo ganas de rezar, mamá!” - “Enrique, ¡vas a rezar!” – “¡No, mamá!” – “Enrique, si no rezas, ¡vas a tu cuarto sin comer!” Y Enrique, con toda su dignidad, se retira a su cuarto y se acuesta. Llena de remordimientos, la mamá va a su cuarto y le dice: “Quizás hoy estabas nervioso o distraído. Mañana lo olvidaremos. Aquí te traigo una fruta, no duermas sin haber comido algo.” – “No, no comeré nada”. Y desde ese día Enrique no volvió a orar.

 

Y eso es lo magnífico. Era quizás el momento privilegiado en que Enrique comenzaba a acceder a su vida de hombre, a ser él mismo por sí mismo, a no ser ya mero reflejo de su madre. De dónde viene esa rebelión sino de que despierta en él ese espacio interior a partir del cual todo puede comenzar. A partir de ahí es de donde puede emerger el hombre.

 

Y qué torpe es esa pedagogía que quiere inscribir la falta sobre la frente de los niños: “¡Mentiste! lo veo escrito en tu frente: ¿no muestra los estados de tu conciencia esa mancha rojiza que tienes ahí?” La voluntad de hacer aparecer en el cuerpo la interioridad humana, la voluntad de descifrar, de leer, de violar en fin la interioridad. Cuando quizás la primera mentira de un niño es su introducción a la vida humana. Lo digo paradójicamente, pero la primera mentira, porque implica precisamente un universo que rehúsa darse y que da el cambio, que da lo contrario de lo que él es. Eso quiere decir que comienza a ser dueño de una interioridad; guarda algo para sí y no lo entrega sino cuando quiere. Puede dar lo contrario. Entonces es que está entrando en posesión de un espacio interior, de una intimidad, y rehúsa entregarse por entero, exponerse al exterior de sí mismo.

 

Además, bajo esta luz se comprende mejor en qué consiste la sinceridad, ese es el segundo aspecto que corrige el primero. La verdadera sinceridad no es la simple espontaneidad, como sabemos. No se trata de expresar libremente sus tendencias. La verdadera sinceridad es una conquista, pero justamente, una conquista de sí mismo. Ser sincero es ser capaz de ocultar, de poner una pantalla y sin embargo, revelar y dar. Por eso una sinceridad auténtica es siempre un esfuerzo.

 

Pero sinceridad y mentira nos dicen lo mismo, desde el punto de vista filosófico. Que existe cierto interior que aparece con el hombre y que es el momento privilegiado. Por eso no hay que tratar de hacer salir de esa intimidad. Al contario, la pedagogía debería hacer que el niño sea el propio testigo de su interioridad, y que se tome a cargo a sí mismo desde ese momento, que asuma su responsabilidad, es decir, que emerja por fin a partir de sí mismo.

 

Pero la rebelión nos dice que el hombre es una posibilidad amenazada por el exterior, por la situación, por los demás, pero también, y eso se ve mucho menos, está amenazada por él mismo.

 

Pues sucede con tanta frecuencia que el hombre se trate a sí mismo como exterior, como objeto, que trate de manipularse, de presentarse ventajosamente, es decir, de mostrarse, de inflarse, de pavonearse. Es cómplice de lo que rehúsa de parte de los demás, cuando se trata de él mismo.

 

El hombre es pues una posibilidad infinitamente frágil que podría apagarse en cualquier momento de la vida porque está amenazado a la vez por el exterior y por él mismo.

 

Y no solo la rebelión nos lleva a esta conclusión sino también la admiración, un ser capaz de admirar, es decir de hacerse todo mirada hacia lo maravilloso, es decir, de abrir en sí mismo un espacio a aquello que admira. Porque admirar es siempre más o menos estar al nivel de lo admirado.

 

No admiran los que no son capaces de imaginar lo inaudito, lo inesperado, lo imprevisible, que el milagro podría realizarse; no se dan cuenta y prefieren cerrarse sobre sí, están encerrados en sí mismos por educación, por naturaleza, y ya no saben admirar o maravillarse.

 

Hayu que ver el análisis de la admiración en Gabriel Marcel. Es extraordinario. Porqué vacilar en admirar, dice Marcel, sino muy a menudo por temor de perder el yo. Porque ante lo maravilloso, ¿qué va a ser de mí? En cierto modo me hace sombra. Mejor eliminarlo, y que yo exista.

 

Pero admirar es abrir un espacio dentro de sí mismo; es justamente descubrir en sí mismo una interioridad, que puesta toda en música se convierta en una especie de caja de resonancia para la interioridad que descubrimos a través de las cosas.

 

La admiración afirma siempre nuestra nobleza, nuestras noblezas dime qué admiras y te diré quién eres.

 

No es por nada que Pascal nos dice esta maravilla: “Por el espacio, el universo me comprende, me engloba como un punto. Por el pensamiento, yo comprendo el universo”. [Repetición de la cita] Soy yo el que engloba el universo.

 

Y entonces el hombre se hace como candidato a un infinito capaz de tomar todo en él.

 

He aquí el primer párrafo del primer libro que escribió Zúndel, El poema de la Santa Liturgia: (Lo tomo del libro de Gilbert Vincent, publicado en la editorial Cerf: "Liberté d'un chrétien, Maurice Zundel"): “La vida nos revela a nosotros mismos como capacidad de infinito. Ése es el secreto de nuestra libertad. Nada hay a nuestro tamaño. Y la inmensidad misma de los espacios materiales es solo una imagen de nuestra hambre. Toda barrera nos provoca rebelión y todo límite exaspera nuestros deseos.”

 

[Índice de la grabación: 45’ 33’’]

 

Entonces podemos preguntarnos ahora en qué consiste el malentendido sobre el hombre. ¿Qué ponemos en ese “yo” que viene en todas nuestras conversaciones, en toda discusión, en todo conflicto, en nombre del cual reivindicamos, e inclusive en nombre del cual nos rebelamos y nos indignamos? Y a Zúndel le gusta mucho tomar la imagen del cono invertido. Para él, el hombre es como un cono invertido: reposa en el cosmos sobre su punta, y la base del cono se abre al infinito.

 

Justamente, ¿qué ponemos en ese “yo”, que nos invade a todo momento? Cuando en realidad el yo es ante todo tributario del cosmos. Todo un océano de pulsiones y determinismos nos atraviesa, y viene de otra parte que nosotros. En verdad somos sólo uno de los resultados posibles del cosmos. El yo está hecho del terruño, de la región, del momento de la historia y de la geografía en que aparecemos. Y nosotros no estamos por nada en el calor de la sangre ni en la frialdad de nuestros comportamientos. El yo está hecho de todo el inconsciente, es decir de toda esa especie de memoria latente que fue modificada por los primeros años de nuestra existencia y que se manifiesta al favor de una distracción o de una emoción. Está pues constituido de nuestra cultura, de nuestra educación que no siempre hemos escogido y que nos ha modelado en nuestros comportamientos, nuestros juicios de valor e inclusive en los procesos de pensamiento, si prestamos fe a los estructuralistas y a la lingüística.

 

En el fondo, si los estructuralistas prestan hoy servicio a una filosofía del hombre, es que esta filosofía muestra todo lo que no es el hombre, pero le da una toba, un terruño, una materia de adentro que el hombre pueda controlar. Todas esas estructuras que suben a través del hombre, procedentes de la historia, de la sociedad, de la lengua, de la cultura, todas esas estructuras no son sino un armazón en espera de ser habitado. Pero justamente los estructuralistas nos dicen, que no hay habitante. Que el hombre es solo un portavoz, de una voz que sube del fondo de los siglos, y que “eso piensa a través de él”, “eso habla a través de él”. Y no habla él; no hay sujeto.

 

Pero precisamente, no hay sujeto porque en primer lugar, el hombre se reduce a no ser sino un objeto, una cosa.

 

Entonces, ese yo del que tanto nos enorgullecemos y que enarbolamos en nuestras rebeliones e indignaciones, es en realidad un yo sufrido, un yo que resulta de otra cosa que nosotros, del que no debemos enorgullecernos, pero tampoco a sentirnos humillados. No hay que humillarse por no ser inteligente ni enorgullecerse de ser hermoso. No estamos por nada en eso. Todo eso es recibido. Es lo que Zúndel parece decirnos con la palabra “yo prefabricado”.

 

Pero por eso uno puede a veces preguntarse: “¿Pero Tú, quién eres?” “Tú quieres, tú deseas, te desesperas, gritas y gimes, pero tú ¿quién eres?

 

Y esa es la pregunta que se hacen ciertos existencialistas. Un Sartre, en su pieza intitulada "Les mouches" (las moscas) pone en boca de Oreste: “Pero ¿quién soy yo, a quien rechaza mi patria, a quien rechaza mi hermana; quién soy?” Y un héroe de Gabriel Marcel, un hombre de Dios que es pastor y ve derrumbarse toda su obra porque había sido construida sobre un malentendido, se plantea finalmente la cuestión: “¿Pero quién soy yo?” Desde luego que si somos solo el resultado de todas esas influencias venidas del fondo de los siglos y de todo lo que hay en nosotros sin ser nosotros, sin haber sido obra nuestra, uno puede preguntarse: “Pero finalmente, ¿quién soy yo?” pues porque ¡todavía no somos nada! Si nací en una familia acomodada o no, hipotecado en mi sistema nervioso o no, inclinado al estudio o a la contemplación, o a la acción, o… ¡eso no depende de mí en absoluto! Lo que yo haga de todo eso comenzará a hacerme ser, comenzará a darme consistencia. De ahí la pareja dialéctica muy importante a la base misma del pensamiento zundeliano, del yo prefabricado y el yo origen.

 

El hombre sueña con ser origen, es decir hacerse fuente, creador, alguien absolutamente libre. Porque el hombre solo comienza de verdad al crearse. A partir de esa posibilidad aparecida con el “paso de la reflexión”, a partir del sentimiento de dignidad que se opone y que rehúsa toda violación del exterior y que debería igualmente rehusar la violación del interior hecha por uno mismo, a partir de ahí comienza la creación del hombre. Su existencia debería estar anclada en su propia libertad. Evidentemente, el pensamiento de Zúndel tiene un acento existencial muy neto. A veces creeríamos escuchar a Kierkegaard o a Sartre, o inclusive a Heidegger. Y no. No, porque lo paradójico aquí es que la creación de sí mismo no se afirma como oposición o reivindicación, no se manifiesta como decretos gratuitos, sino que en el fondo se manifiesta por el don. La creación de sí mismo equivale al don de sí mismo.

 

Jamás es más libre de sí mismo el que sabe obedecer. Porque da de sí la obediencia. Jamás es más libre de sus bienes y haberes el que puede darlos a los demás. Así manifiesta en cierto modo doblemente su título de propiedad, puesto que es capaz justamente de deshacerse de ellos.

 

Dar de sí mismo es en cierto modo ser dos veces dueño de sí mismo. En todo caso, es alimentar en sí mismo la fuente misma del don. Y comenzar así a hacerse yo origen.

 

Con un juego de palabras, podríamos preguntarnos: ¿No consistió el pecado original en que el hombre rehusó hacerse origen, en querer no ser sino yo prefabricado? Como “yo, yo, yo”.

 

 

(1) Nota del traductor: “Il n’y a personne”, en francés, la palabra “personne significa persona y nadie. También podríamos decir “no hay persona”.

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