Por André GIRARD. Extracto del n° 4 de Cahiers du nouveau regard, del primer trimestre de 2004, de la Asociación San Pablo y San Bertín, Abadía de San Pablo, 62219 Wisques. Reproducido con su amable autorización.

André Girard, Doctor en ingeniería y ciencias físicas, antiguo presidente de la Asociación de Amigos de Mauricio Zúndel de Francia.

 

Introducción

1 – Unos aspectos característicos de la espiritualidad de Mauricio Zúndel

2 - Zúndel y la cultura artística

3 - Zúndel y las ciencias

4 - Conclusión

Echanges

 

Introducción

Reunión de la Unidad de Investigación del Proyecto Nueva Mirada. París, 11 de Octubre de 2003

En menos de un año han muerto tres personas cuyo itinerario espiritual fue profundamente influenciado por Mauricio Zúndel. Se trata de:

- Mgr Hervé Renaudin, Obispo de Pontoise;

- René Habachi, Filósofo, amigo personal de Zúndel;

- P. Manuel Latteur, monje de la Abadía de Chevetogne.

Pensaba en ellos al redactar esta alocución. Trataré de evocar su testimonio.

Arte, ciencia y fe en Mauricio Zúndel… Estos tres términos no son de igual importancia en la vida y la obra de Zúndel. Los dos primeros, arte y ciencia, se ordenan, se articulan alrededor de su fe en Jesucristo. La Verdad es Alguien, la Verdad es una Persona, repite él continuamente. La vida y la obra de Zúndel (que son inseparables) están imantadas por su confianza en el Polo trascendente del Dios trinitario. Él es el alfa y la omega.

Para hablar con coherencia de Mauricio Zúndel, es pues necesario partir de su espiritualidad y volver a ella pasando por el arte y la ciencia, es decir por la cultura. Este es el recorrido, muy parcial, que les propongo.

 

1 – Unos aspectos característicos de la espiritualidad de Mauricio Zúndel

 

Para abordar cualquier tema, es a menudo útil y significativo indicarlo con “palabras claves”. Siguiendo esta pista para caracterizar la espiritualidad de Zúndel, cada uno puede establecer su propia lista. Yo corro el riesgo de proponer la mía, que contiene seis palabras: silencio, interioridad, desapropiación, conocimiento interpersonal, libertad interior y experiencia.

 

Comenzaré con el testimonio de Pablo VI.

Después del retiro pascual que su amigo Zúndel acababa de predicar en el Vaticano (en 1972), Pablo VI declaró: “Más que a un ejercicio de dialéctica o de meditación discursiva, fuimos invitados a descubrir un método y a imprimir en el alma una actitud: buscar la profundidad de las cosas, hacer germinar la interioridad de lo que sabemos y vivimos, comenzando por nuestra propia persona.

“Buscar la profundidad de las cosas… hacer germinar la interioridad…” ¡Pablo VI conocía bien a su amigo!

Era 3 años antes de su muerte. El texto de ese retiro fue publicado después de su muerte bajo el título “Quel homme et quel Dieu?”(¿Qué hombre y qué Dios?). Fue pues su último libro y constituye en cierto modo su testamento espiritual.

Su primer libro, El poema de la santa liturgia, fue publicado en 1926 (él tenía 29 años). He aquí las primeras frases: “La vida nos revela a nosotros mismos como una capacidad de infinito. Ese es el secreto de nuestra libertad. Nada hay a nuestra medida y la inmensidad misma de los espacios materiales es solo una imagen de nuestra hambre…

Estas dos frases son pues las primeras de la obra escrita de Zúndel. “Ahí está todo, en ese comienzo, yo diría ahí está todo el impulso”, comenta Hervé Renaudin. Descubrió a Zúndel muy tarde, pues no lo había oído mencionar antes de ser profesor de antropología cristiana en el seminario de Issy-les-Moulineaux. Su comentario prosigue así: “Para mí, como profesor, era demasiado importante hacer comprender eso a los jóvenes que aspiraban al sacerdocio. Se les iba a confiar, en nombre del Señor, el misterio del hombre, el destino divino del hombre. Estaban llamados a servir a ese destino… llamados a alimentar con todos los sacramentos que vienen de Cristo crucificado y resucitado. Estaban llamados a manifestar la grandeza de todo ser humano, la dignidad, la libertad, la hermosura y el misterio extraordinario de todo ser humano.

Capacidad de infinito. Capacidad de infinito en el fondo quiere decir capacidad de acoger el infinito”.

Vamos a ver en seguida que el arte y la ciencia fueron para Zúndel – y según él, deberían serlo para todos – caminos hacia la interioridad, que pueden encaminar hacia la experiencia de Dios.

Primero quisiera evocar brevemente su recorrido propiamente religioso y su actualidad.

Conoció la experiencia de Dios (esta expresión es suya) probablemente de manera decisiva a los 20 años durante el año que pasó en el monasterio benedictino suizo de Einsiedeln. Una inmersión en el silencio. He aquí lo que dice en sus notas autobiográficas:

El abad del monasterio era un santo y en la abadía se observaba el recogimiento más perfecto. La liturgia se celebraba a la perfección… La vida litúrgica era algo vivido y no se hablaba de ella, pero se la vivía con intensidad prodigiosa. 150 monjes vivían en el silencio sin que yo me diera cuenta: fue algo fundamental. El ceremonial, descubierto a través del Evangelio, era la reconciliación del evangelio con lo visible. Estaba encarnado sobre la tierra, en la Palabra, los colores y los sonidos, todo eso alrededor de la mesa del Señor. La vida monástica estaba en todos los planos de la realidad. El silencio era verdaderamente presencia de Alguien.

Esa inmersión en el silencio le permitió superar la “terrible prueba” de sus años de teología en el seminario de Friburgo “La palabra de Dios era tema de examen… No se trataba de entusiasmarse con la Trinidad o la Gracia, sino de pasar exámenes sobre la Trinidad y la Gracia, y es otra cosa que la contemplación.

Joven sacerdote, lo salvaron los pobres. “Eran para mí el sacramento de Dios.” y luego, “la gracia de las gracias”, el descubrimiento de San Francisco de Asís, su maestro espiritual que le hizo conocer la pobreza de Dios. El resto, todo el resto de su vida proviene de ahí, lo mismo que su obra: 20 libros publicados durante su vida y una obra oral inmensa: homilías, retiros del conferencista itinerante que fue él durante los últimos decenios de su vida, mientras ejercía como vicario en Ouchy, cerca de Lausana.

Zúndel era un investigador. Toda su vida buscó a Dios. En la investigación científica se distinguen clásicamente dos categorías de investigadores: los teóricos y los experimentadores. Por analogía, a Zúndel lo ponemos indiscutiblemente en la categoría de los experimentadores.

En sus libros, en sus homilías y conferencias, Zúndel se dirige de manera personal al lector o al auditor. Confía en él y le anima con su propio testimonio. Zúndel es un testigo y da testimonio de una experiencia vivida, de una vida interior muy intensa. Aun su estilo escrito refleja su vida interior: tiene el ritmo de la respiración, de la palabra, aparentado a veces con la poesía. El que sea alérgico a toda poesía es incapaz de leer a Zúndel.

Sus libros, no siempre fáciles de leer (abusa de frases muy largas), no tienen nada en común con los tratados didácticos. Está lejos de todo espíritu sistemático y de todo dogmatismo. La verdad no es una doctrina separada de la vida, un conjunto de conceptos abstractos. Es extranjero a toda ideología. Casi se podría decir que está escuchando a sus lectores. Presiente lo que esperan y respeta la distancia. Es discreto, deferente, confiado y respeta las diferencias.

¿Qué queda hoy? Un testimonio muy fuerte y muy actual.

Ante todo, Zúndel contribuyó poderosamente, con muchos otros es verdad, a liberar el cristianismo de sus representaciones caricaturales, de la pastoral de la inquietud, del Dios vengador que juzga y castiga.

El camino recorrido es inmenso. Mejor que alargarme hablando, miren la carátula del libro de cantos utilizado hace menos de un siglo en la diócesis de Lyon. Ahí tienen la imagen que la Iglesia daba de sí misma (bajo la figura de san Gregorio Magno). Estamos a años luz de distancia del Evangelio y afortunadamente, a años luz de la pastoral de Juan Pablo II.

A propósito, quisiera citar a Olivier Clément que escribió en La Croix del 1 de agosto lo siguiente, en feliz ruptura con el pesimismo frecuente entre los cristianos: “Me gusta hacer compartir esta convicción: el cristianismo es todavía joven, el mundo aún no ha visto ni escuchado nada… Tenemos la suerte de gozar del aporte de un siglo en que el cristianismo se ha profundizado como nunca… El Dios que denuncia y condena dejó el lugar a un Dios que es fuente de plenitud de amor y de paz”.

Creer en el hombre: para Zúndel es más difícil que creer en Dios.

Sobre este tema hay que leer su libro ¿Cree usted en el hombre?: “Es evidente que el Evangelio es la religión del hombre, escribe Zúndel. El resumen del Evangelio es ocuparse del hombre. Servir al hombre es la condición misma de la pertenencia a Cristo; en la perspectiva escatológica, el juicio final es lo que hayan hecho con el que tiene hambre, o sed, o que está desnudo, o prisionero, o enfermo. El criterio es pues, una vez más, el hombre.

 

El misterio de la Encarnación, fundamento del cristianismo, revoluciona la antropología, y el P. Renaudin, profesor de antropología teológica lo sintió plenamente con Zúndel. La condición del hombre y su porvenir cambiaron totalmente desde que Dios, hasta morir, le suplicó al hombre que creyera que no está solo y que es amado.

Zúndel no tiene pues nada de un antropólogo ateo. No cree en la autonomía del hombre solitario.No es la autonomía del hombre lo que lo arroja a los brazos de Dios (ahora cito a René Habachi) ya que solo adquiere la autonomía desapropiándose de sí mismo. El hombre solo no existe. El hombre solo alcanza sus dimensiones dialogando con Dios.

Desapropiación… palabra clave en Zúndel. No se trata de aplastar el yo ni menos aun de idolatrarlo, sino de impedir que se cierre sobre sí mismo de manera narcisista. Es una liberación.

La liberación (dice de nuevo René Habachi) contiene en sí un principio normativo, el de tender a la liberación del otro… Ambos orientados hacia el mismo yo-fuente que desciende hacia ellos. De ahí la paradoja cara a Mauricio Zúndel: “Cuando somos dos, siempre somos tres.

Todos los que tuvieron contacto personal con Zúndel (no fue mi caso) dan testimonio unánime de su prodigiosa capacidad de atención, de presencia, a su interlocutor, fuera quien fuere.

La noción de relación interpersonal es capital en el pensamiento y la vida de M. Zúndel. El modelo supremo es la relación trinitaria. René Habachi se pregunta si M. Zúndel aclaró su visión del mundo a partir de la Trinidad o si al contrario, su experiencia del mundo solo pudo fundarse sobre la Trinidad. “Hay un movimiento de vaivén, de ida y vuelta que constituye el eje de su itinerario”, dice René Habachi.

Zúndel mismo resumió su fe en una especie de Credo interiorizado. “Si pudiera resumir toda mi fe, aquí está verdaderamente: creo en la vida de Otro en mí, creo en el riesgo infinito de Dios, creo en la tragedia eterna del amor crucificado, creo en la fragilidad de Dios, porque si nada existe más fuerte que el amor, tampoco existe nada más frágil.

Místico y al mismo tiempo realista. Contemplativo y, al mismo tiempo, con los ojos abiertos hacia el mundo en que vive. Es lo que siempre me ha atraído personalmente en Zúndel: la legibilidad de una experiencia interior fuerte, a través de una expresión que llega al mundo sensible de manera natural y alegre. Los instantes de felicidad profunda son de acorde armonioso entre el corazón y la razón. Para ello, M. Zúndel presta una ayuda maravillosa porque une la interioridad más auténtica con un gusto refrescante y saludable de lo concreto. De ahí su interés por toda actividad capaz de suscitar la admiración.

Es el caso de la cultura.

 

2 - Zúndel y la cultura artística

 

La cultura es cierto sentido del más allá” (Alusiones, p.16). Zúndel ilustra en seguida esta definición de la cultura con una imagen muy sencilla: “Pusieron flores en la mesa: no es suficiente comer. Quieren calmar un hambre interior que ningún alimento puede calmar, e introducen la gratuidad en la fuerza de la necesidad.

La cultura de que habla no tiene evidentemente nada que ver con mundanidades, ni con la erudición, ni aún menos con la búsqueda de éxitos mediáticos.

En alguna parte, Zúndel cuenta que una campesinita habiendo escuchado una fuga de Bach le había dicho: “Es hermosa como las montañas”. Para Zúndel, esa niña era ciertamente más culta que muchos musicólogos.

Zúndel era una de esas personas muy privilegiadas, en quienes la belleza (es decir, la belleza de la naturaleza, de los rostros, de las obras de arte, de los descubrimientos científicos) podía alcanzar un nivel de verdaderas revelaciones, de Camino de Damasco. Revelaciones que convergen hacia Dios, belleza suprema celebrada en la liturgia.

Ya se trate de arte o de liturgia, a menudo Zúndel utiliza la palabra contempla­ción, palabra que intimida y puede provocar desánimo, pues no todo el mundo es contemplativo. Zúndel es consciente de ello y tranquiliza al lector (Alusiones, p. 63):

“Que la palabra contemplación no se cristalice en una imagen falsa. Es aquí menos un acto particular que un estado de atención constituido por el sentimiento de una nueva dimensión, de una atmósfera en que toda realidad vuelve a su ambiente de origen: algo seguramente tan real como la belleza de una obra de arte, y al mismo nivel indecible e imposible de falsificar.”

Zúndel pone a menudo en relación estrecha la comunión en el seno de la comunidad eclesial y la comunión en la escucha de la música.

(3a conferencia en San Severino, en 1961) «Solos y juntos son los dos polos de una verdadera sociología humana. Se afirman con fuerza única en la sociología sacramental de la Iglesia donde la comunidad tiene sus bases en la consciencia y se funda en la liberación interior, en que cada uno comunica con los demás a través del espacio mismo de la libertad en que se transforma.

Así como en un auditorio elevado por la misma música surge un momento en que la unanimidad es tan densa, tan viva y profunda que todos a la vez son introducidos al corazón de su más secreta intimidad y respiran en esa soledad luminosa e infinitamente abierta a la presencia de los demás, comunicando con ellos por el centro mismo en que todos forman una sola alma en una misma admiración, en una misma liberación.

Solos y juntos”: la fórmula se repite a menudo en Zúndel. El P. Latteur, en su libro “Los minutos estrellados de Mauricio Zúndel”, da un testimonio de su experiencia personal:

El violinista Arthur Grumiaux aceptó tocar una chacona de Bach ante un auditorio de 150 monjes jóvenes. El gran violinista tocó, con los ojos cerrados, en la penumbra de la noche, con las luces veladas. La comunicación en el silencio de todos y cada uno fue tal que cuando el artista terminó todos quedaron sumergidos por largos minutos en un silencio que confinaba con la adoración de la Presencia. Nadie se atrevía a interrumpir ese silencio. Arthur Grumiaux confió a uno de sus amigos que jamás él había conocido un auditorio semejante, tanto silencio y tanta comunicación.

Un paréntesis respecto a Juntos y Solo: tuve la suerte de tener en manos el ejemplar personal de Zúndel, y con anotaciones personales suyas, del libro del P. De Lubac “El pensamiento religioso del P. Teilhard de Chardin”. Se puede leer ahí, en la p. 211: Como el famoso «Pienso, luego existo», es Descartes, «la unión establece diferencias» es Teilhard. En este lugar, Zúndel escribió con tinta roja: juntos y solo. No es mi intención abrir aquí un estudio comparativo entre Zúndel y Teilhard, pero podemos afirmar al menos en esta ocasión que Zúndel está más cerca (o menos lejos) de Teilhard que de Descartes.

Zúndel educador: tiene ideas personales sobre la enseñanza de la historia: “El arte es uno de los aspectos más maravillosos de la historia humana. Y por ahí se debería comenzar la Historia. En vez de hablar de guerras y de conquistadores, que son simplemente infantiles en búsqueda de compensación, habría justamente que iniciar a los niños en la maravillosa historia del hombre que saca del universo el medio de expresar su contemplación… Nada es más maravilloso a pensar que, mientras los conquistadores solo soñaban con destruir, había artistas que solo pensaban en cantar.

El Padre Latteur reunió en su libro “Les minutes étoilées de Maurice Zundel” textos que exhortan a la Belleza. Cito algunos breves pasajes:

E. Latteur, p. 131 “He buscado en toda la naturaleza las armónicas de la gracia, y la transparencia de las cosas se ha convertido en mi oración… El Evangelio es el fermento, el universo es la masa. La fe y el amor que hacen la mezcla, hacen el pan del hombre. Y yo me he alimentado de ese pan.

P. 364. Zúndel no vacila en preferir esa apertura a ciertas fórmulas de oración: “Esas lamentables fórmulas de oraciones inventadas en el s. 18 y 19… que asesinan el alma y nos dan náuseas con su lenguaje”, escribe el autor del “poema de la Santa Liturgia”.

¿Qué es lo que más le gusta? ¿Qué es lo que lo conmueve más inmediata y profundamente? ¿Qué es lo que lo pone inmediatamente en estado de silencio? Pues, eso será para usted el corazón de su religión más personal.

Zúndel propone ejemplos, y el primero que cita es el de una madre que contempla a su bebé dormido.

P. 139: “No encontró San Agustín a Dios como la Belleza siempre antigua y siempre nueva? ¿Cómo quieren que se manifieste al hombre ordinario, si nuestra primera preocupación no es tomar a cargo toda la humanidad, concurrir ak esplendor de la vida?

Pero no es suficiente constatar que la cultura puede conducir a abrirnos a lo espiritual. La cultura (y la enseñanza, el aprendizaje de la cultura) debe tener como objetivo esa apertura. En “Ouverture sur le vrai” (Apertura a la verdad) escribe: “El universo tiene base espiritual que a veces nuestros sondeos a través de su realidad nos permiten a veces alcanzar…La instrucción es una plaga que degrada la ciencia y embrutece la mente si no alcanza esa apertura… Por eso, sin ordenación hacia un polo trascendente, toda cultura es mera fachada al bordo de un abismo en que los instintos animales meditan la ruina del pensamiento y de la mente”.

Y Zúndel (es el lado oscuro de sus palabras) es extremadamente severo con la cultura contemporánea. El drama de Occidente, desde hace dos siglos, es que la experiencia concreta (y el utilitarismo) ha dominado completamente, suplantado la experiencia interior, la apertura a la gratuidad. “La experiencia interior, dice Zúndel, aparece como residuo que perturba nuestra visión de la realidad. Cuando la experiencia interior se ha eclipsado por completo, queda un pensamiento cosificado, es decir que la realidad es percibida bajo su mero aspecto material y exterior, lo mismo que una rata puede confundir el lienzo de un gran pintor con el trapo que lo cubre (ambos le saben lo mismo).

Para resumir en una frase, las ciencias y las artes ya no juegan su papel cuando se convierten en tecno-ciencias y productos culturales. El dinero hace ley y todo se degrada. La cultura corre el riesgo de ser puesta al servicio de la economía.

Zúndel no es el primero ni el último en denunciar esta deriva de la cultura. Ya Péguy, en vísperas de la primera guerra mundial, escribía: “Por primera vez en la historia del mundo, el dinero reina sin límites ni medida, el dinero está solo en frente del espíritu.

Zúndel le hace eco con una pregunta vital: “¿Se reducirá el mundo a no ser sino un inmenso arsenal de medios al servicio de nuestras necesidades?”

¿Aplastará el utilitarismo la gratuidad?

 

3 - Zúndel y las ciencias

 

Muy severo con la cultura contemporánea, Zúndel expresa un juicio muy positivo sobre los desarrollos científicos del siglo 20.

La infancia y la adolescencia de Zúndel se sitúan en el primer decenio del siglo 20. En esa época, la religión dominante en los medios intelectuales europeos, especialmente en el medio francés, era la religión del progreso científico. Se oye todavía a Víctor Hugo proclamando: ¡la felicidad es inevitable! Eran las últimas lumbres de esa religión que se desplomó claramente con la primera guerra mundial.

Pero el cientismo, concepción hegemónica de la ciencia, sobrevivió: la ciencia es el único verdadero saber; es vano e ilusorio buscar fuera de ella respuestas a las necesidades e interrogaciones del hombre. La gente se burla de la noción de misterio, la niega o la desprecia: lo que llaman misterio no puede ser más que ignorancia provisoria.

La Iglesia sufrió mucho de la intimidación racionalista. Los misterios cristianos eran tan misteriosos que más valía no hablar de ellos, o hablar lo menos posible. O también, se creyó que se debía presentarlos bajo la forma de construcciones pseudo racionales, sin rigor ni fervor, tratando de hacerlos compatibles con un razonamiento de tipo científico. Ese irrespeto de los misterios cristianos fue el humus del ateísmo.

Mauricio Zúndel no fue víctima de la intimidación racionalista, gracias a su interés apasionado por la actualidad científica de su época. Al final de los años 20, y más precisamente en 1927, se disparó una revolución científica: ese año, las observaciones decisivas de Hubble iban a llevar a una conclusión sorprendente: el universo tiene historia.

El mismo año se realizó en Bruselas un coloquio científico, conocido bajo el nombre de Congreso Solvay, en que se afrontaron Einstein y la Escuela de Copenhague, personificada por Niels Bohr: fue el nacimiento de la física cuántica, es decir de la física moderna simplemente, por oposición a la física clásica, de Newton y Laplace.

En adelante el observador ya no es exterior al mundo observado. Toda ciencia es humana. “El objetivo de las ciencias, dirá Niels Bohr, no es describir la naturaleza sino saber qué puede decir de ella el hombre”.

Y lo que el hombre puede decir, en último término, en la profundidad de las cosas, es extraño. Queda roto el realismo estrecho de la ciencia clásica. Ningún mecanismo salido de ese realismo permite describir los fenómenos observados. Sencillamente dicho, no se puede responder a la pregunta: ¿Cómo funciona eso? Todas las palabras con que se trate de expresar la realidad (onda, corpúsculo, trayectoria, posición…) son inadecuadas y meras palabras imágenes. Solo sirven para evocar torpemente (¿y cómo evitarlo?) una realidad que está más allá de las imágenes sencillas. Y eso concierne en última instancia todo lo que existe: materia y radiaciones de toda especie. La realidad última del mundo supera nuestra capacidad de imaginación. Hay una súper realidad, un nivel de realidad que está más allá de lo que nosotros podemos desribir y expresar. Ser realista en el día de hoy es reconocer la necesidad de un realismo de segundo grado. Se comprende entonces la frase de Zúndel: “la grandeza de la ciencia consiste en hacernos descubrir cada vez mejor que la realidad supera infinitamente la realidad”. (Ouverture sur le vrai, P.26).

¿Cuál es la actualidad de todo eso?

Primero, desde hace 80 años, el carácter extraño de las bases de la física moderna, lejos de eclipsarse, se ha confirmado, ampliado y profundizado (ver B. d’Espagnat, Tratado de física y filosofía, Ed. Fayard, 2002). Existe una realidad de segundo grado que torna radicalmente la espalda a las reglas del buen sentido.

Pero de esta ausencia de mecanismo explicativo no hay que concluir que no se comprende nada. Se sabe que la coherencia se alcanza con la teoría, con las matemáticas; es una teoría muy abstracta y hermosa, porque establece una coherencia de conjunto de admirable eficacia operacional, sobre una base experimental inatacable aun en los casos más paradójicos.

A propósito de este formulismo matemático, hay que observar que se necesita utilizar el símbolo imaginario j = raíz cuadrada de -1. Los números complejos o imaginarios hacen parte del mundo matemático desde el siglo 17. El hecho nuevo y digno de atención es que pertenecen actualmente también al mundo físico. Dicho de otro modo, los números imaginarios son tan naturales en el marco de la física del siglo 20 como los números reales lo son en el marco de la física clásica: realismo de segundo grado… “La función de probabilidad introduce una especie extraña de realidad, a igual distancia entre la posibilidad y la realidad” (W. Heisenberg).

Esto dice Heisenberg, pionero en la materia, al final de un día de trabajo que coronaba todo su esfuerzo teórico: “Ya no podía dudar del carácter no contradictorio y compacto, desde el punto de vista matemático, de la teoría cuántica así esbozada. Al principio eso me llenó de profunda angustia. Tenía la impresión de que se me permitía mirar, a través de la superficie de los procesos atómicos, un fenómeno más profundo, de una extraña belleza interior… yo estaba tan excitado que era incapaz de ir a dormir. Salí pues de casa cuando comenzaba a apuntar el alba y fui a la punta sur de la región alta donde una roca solitaria en forma de torre había despertado en mí desde hacía mucho tiempo el deseo de escalar. Llegué a la cumbre sin dificultad y esperé la salida del sol” (La partie et le tout, p. 92).

Como Cristóbal Colón, Heisenberg acababa de descubrir un mundo nuevo.

Quisiera subrayar aquí que todas las bases de la física cuántica son ignoradas en nuestra enseñanza secundaria, e inclusive más allá, en las clases preparatorias de las escuelas superiores. Hoy en día es posible que un joven graduado en Politécnica, no haya jamás oído hablar de los descubrimientos de Einstein, Planck, Bohr, Heisenberg, Luis de Broglie o Schrödinger, para solo mencionar los más grandes. Veo ahí personalmente el signo de una voluntad de mantener el espíritu neopositivista por parte del aparato de la enseñanza pública en el corazón del sistema educativo. Por otra parte, si esta omisión no fuera intencional, sería todavía más grave: eso sería dar importancia marginal a estos descubrimientos, que son el fundamento de todo el edificio de la física contemporánea. Y añado que mantener, en el nivel universitario, la expresión “Relaciones de incertidumbre” a propósito de las relaciones de Heisenberg, es igualmente signo de persistencia del espíritu neopositivista.

En su inmensa mayoría, los físicos comprendieron que la tenaza del cientismo había sido rota.

Sería tiempo de dejar claro en la enseñanza que la ruptura de la tenaza del cientismo abre al conocimiento un horizonte ilimitado. Los científicos (en todo caso los físicos) se han hecho modestos: “Los físicos comprendieron la necesidad del respeto, escribe Ilya Prigogine… Como científicos, poertenecen a la cultura a la cual contribuyen a su turno.

Bernardo d’Espagnat le hace eco: “al hombre no le bastan todas sus facultades, racionales, científicas y también poéticas, artísticas y místicas si quiere continuar a enviar sus sondas a las profundidades de la realidad.

No parece que este estado mental haya tocado profundamente los medios de las ciencias de la vida.

Sea como fuere, y volviendo a Zúndel, él no cesó de ver en las ciencias una fuente de admiración que inclina, predispone a la interioridad. Comprendió muy bien y muy temprano la importancia mayor de esa revolución científica en física. En 1941 está en Egipto. Escribe y publica un librito intitulado Alusiones. En la primera página de este libro, podemos leer a propósito de la física: “Técnicas refinadas, en manos de sabios de primer orden, han abierto el camino a los más sorprendentes descubrimientos y han hecho germinar las hipótesis más imprevistas. De hecho, todo el edificio newtoniano fue cuestionado, así como todas las nociones de sentido común cuyo valor había sido aceptado hasta entonces por la ciencia.

El pensamiento de Zúndel no ha envejecido en este plano, ni en los demás; al contrario. Quedó vencido el obstáculo de la racionalidad “de primer grado” y la física cuántica cura el sufrimiento de las paradojas de la metafísica. La realidad profunda y elemental (el fondo de las cosas) es misterioso. El misterio se define como un enigma que parece no poder tener respuesta al nivel humano, es decir “algo que jamás habremos acabado de comprender” (René Habachi). El sarcasmo volteriano sobre la noción de misterio ha sido invalidado por el conocimiento científico: es un arcaísmo. “Sabemos que nunca sabremos” (Zúndel)

El misterio no es ni prohibición ni represa. Es más bien « apertura hacia el mar profundo, hacia más allá de lo que el hombre puede concebir utilizando las imágenes de su mundo cotidiano. El misterio sigue siendo pues una invitación a la investigación, a profundizar. Más que una protección contra el absurdo, es lo contrario del absurdo. Permite escapar del absurdo. Deja la puerta abierta a un sentido oculto, mientras que el absurdo es la negación de sentido oculto.

Entonces los misterios cristianos no deben ser edulcorados, tratados como enfermedades vergonzosas. Zúndel asume plenamente la gran verdad paradójica del cristianismo, proclamada desde el principio: el poder de Dios se revela en la persona de Cristo, asesinado por los hombres y resucitado (proclamación de Pedro el día de Pentecostés, Hechos 2, 22-24).

 

4 - Conclusión

 

Para René Habachi, la originalidad de Zúndel se concentra en esta fórmula:

Dios solo tiene contacto con su ser al darse”.

Para mí, prosigue Habachi, es una de las grandes cumbres de la historia de la filosofía y de la teología… Por primera vez, el ser y el amor están unidos en una misma realidad… El gesto del Ser es idéntico al del Amor. Ser y darse son una misma realidad”.

Ese Dios es capaz de resistir a todos los asaltos del ateísmo. Es a la vez el más inverosímil y el único creíble…

-El más inverosímil porque es lo contrario de todas las caricaturas de Dios inventadas por los hombres. No puede ser una invención, es un descubrimiento.

-El único creíble porque rompe el orgullo del hombre solo. La catequesis primitiva sabía ya expresarlo: “El hombre solo cede bajo el peso de la kenosis extrema de Dios” (Máximo el Confesor). Olivier Clément coloca esta cita al lado de una cita de Zúndel, sacada del “Himno a la alegría”: “Jesús arrodillado para lavar los pies no desdice de la grandeza divina sino que al contrario, la revela.

Si el siglo 21 asiste al advenimiento de un cristianismo sin complejos, liberador y prospectivo y no paseísta, Zúndel habrá contribuido a ello.

 

Y terminaré con la conclusión del testimonio de Mgr Hervé Renaudin: “Pienso que ser fiel a Zúndel – si se puede hablar así – es ser discípulo de Cristo más bien que discípulo de Zúndel.”

André GIRARD

 

 

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