René Habachi

 

Introducción

El Dios del Amor infinito solicita continuamente la correspondencia de nuestro amor, con el mayor respeto de nuestra libertad, y en total desapropiación. Así, Jesucristo nos lleva al lavatorio de los pies y a su muerte en la cruz. La plenitud de nuestra vida y de nuestra felicidad será a la medida de nuestra respuesta. Tomemos conciencia, cada uno, de la grandeza inmensa e insospechada de nuestra vocación, tanto que Zúndel pudo decir: “En la cruz, el hombre iguala a Dios”. Según nuestra respuesta, asumiendo una responsabilidad a la vez dramática y maravillosa, contribuiremos como dice Graham Greene, a “salvar a Dios de nosotros”. Libertad y responsabilidad: dos rasgos salientes del mensaje de Zúndel.

 

I –    El problema de la libertad

II –   Importancia de la cultura

III –  Libertad y Trinidad

IV – Una moral de liberación

V –  Modernidad de Mauricio Zúndel

 

I – Le problema de la libertad

No queremos poner en duda la posibilidad de la libertad sino aclarar un equívoco de esta palabra, para descubrir lo que es la verdadera libertad: “Sólo me apasiona un problema, el verdadero problema de nuestra vida. Es el problema de la libertad. Es lo que deseamos realizar en nuestra vida social, es el objeto de nuestros sueños en nuestra vida profunda: queremos ser libres”. (Mauricio Zúndel, Conferencia a sacerdotes, 1964).

 

Hacer lo que uno quiere”, así lo entiende la mayoría de los defensores de la libertad que no se dan cuenta de que al mismo tiempo la están negando. Porque someterse a sus deseos y caprichos es obedecer a un determinismo: uno no se hace, a uno lo hacen. Es lo que Mauricio Zúndel llama el “yo prefabricado”. Ilusión de una libertad que no ha comenzado todavía.

 

Una revolución no es necesariamente prueba de libertad, aunque nazca como reacción de derechos negados, aunque busque la libertad. Me pisan los pies y reacciono: simple reflejo en que no hay lugar para la libertad. Por eso además las revoluciones desencadenan revoluciones contrarias e instalan nuevas tiranías.

 

Hay pues que buscar en otra parte la prueba de la libertad. En eso insiste Zúndel. Es necesario despegarse de sí mismo, del yo prefabricado, para crearse y hacerse origen de sí mismo. No se trata de hacer lo que no se quiere, lo cual sería una forma de imperialismo, sino de darse a otro, distinto y, si posible, superior a uno.

 

Y lástima para los que enarbolan el yo prefabricado como supremo valor a defender, revestido de honor y dignidad: no encontrarán la libertad. Más aún, se endurecen y se encierran en su “yo, yo, yo”, sin darse cuenta de que no lo tienen sino que están determinados por él.

 

La fórmula “crearse a partir de sí mismo” procede sin duda de la filosofía existencialista en que se inscribe Mauricio Zúndel bajo ciertos aspectos, por ser de su época. Pero para él no se trata de crear sus propios valores sino de crearse a sí mismo en relación con valores existentes. Y para liberarse de sí mismo es necesario encontrar valores que merezcan despegar de sí mismo. Por eso Zúndel insiste tanto sobre el papel de la cultura.

 

II – Importancia de la cultura

Hay que entender la “cultura” en el sentido más amplio: no es solo erudición y conocimiento del universo, sino comprensión del fin de las cosas orientadas hacia el hombre. Hay cultura campesina y cultura citadina y a veces la primera es más auténtica que la segunda. A su manera, las dos buscan la verdad, la belleza y la relación con los demás.

 

¿Cómo sorprenderse entonces de que Zúndel privilegie la ciencia desinteresada del verdadero investigador, o la obra de arte en que se eclipsa el artista para dejar pasar la inspiración venida de otra parte, o las relaciones interpersonales que culminan en la amistad y el amor en que cada uno desea el bien del otro y dirige hacia él la mirada de Dios?

 

De estos tres valores, el que más recubre es el amor, pues implica la atracción intelectual de la verdad y la invitación afectiva de la belleza, y dinamiza así al hombre total. El yo se olvida en su relación con el otro. Así despega de su “yo prefabricado” para hacerse “yo origen”. Se crea a partir de sí mismo. Ha descubierto por fin la verdadera libertad que es liberación.

 

La libertad aparece así como don de sí mismo, pobreza de sí y ofrenda. Por eso Zúndel cita a menudo el grito de la mujer pobre: “La mayor desgracia de los pobres es que nadie necesita su amistad”. No pueden conocer la alegría de dar algo porque los reducen a pedir, a ser asistidos económicos. No les permiten crearse a partir de sí mismos.

 

III – Libertad y Trinidad

En la perspectiva en que la libertad es liberación de sí, Dios aparece como el paradigma del amor y de la libertad absoluta, es decir la gratuidad.

 

No es pues de extrañar que el hombre realmente libre (o liberado de su yo prefabricado) esté dispuesto a acoger la revelación de san Juan: “Dios es amor” y que esa revelación sea la del desbordamiento del Amor trinitario en que cada una de las Personas se da a las Demás de modo que es el altruismo total el que establece relaciones entre Ellas, y Ellas se definen por sus relaciones de paternidad, de filiación y de spiración.

 

El itinerario de Zúndel tiene como piedra angular de pensamiento el Misterio de la Trinidad. La creación es un acto de libertad en que Dios llama al hombre a una filiación divina. El mal existe en el mundo solo por preferencia del yo y rechazo de la relación libre con el Dios trinitario.

 

La antropología zundeliana lleva espontáneamente a la teología, al considerar a Dios como fuente de la libertad deseada por el hombre. Si Cristo se arrodilla ante el hombre en el lavatorio de los pies, es para revelarle su propia grandeza.

 

Ya no hay rivalidad [entre Dios y el hombre] si Dios mismo está de rodillas. Ya no hay rivalidad si Dios es la eterna dimisión del eterno Amor. Ya no hay rivalidad si Dios quiere hacernos semejantes a Él, si vamos a existir en forma de Dios o a la manera de Dios, es decir en una desapropiación radical.

Y claro está, se puede decir lo mismo del deseo de dominación que produjo los grandes conquistadores…[…]

Pero una vez más la Trinidad nos sana precisamente porque Dios no quiere dominar. No quiere súbditos, sino suscitar libertades. Y dominar es precisamente ir contra la dignidad humana, ignorar el Infinito en los demás y en sí mismo, pues quien descubre el Infinito en sí mismo ya no tiene sino un pensamiento, el de consagrarse a Él, dejarlo transparentar y suscitar en los demás el descubrimiento de ese Infinito que es el único Bien universal que debemos comunicarnos mutuamente” (Mauricio Zúndel, Cenáculo de Ginebra, 1974).

IV – Una moral de liberación

Bajo este aspecto se puede hablar de una moral zundeliana como moral no de obligación sino de liberación. Si sólo fuera de obligación, el cristiano arriesgaría siempre caer en el farisaísmo: la auto-satisfacción del que aplica a la letra la Ley y queda en paz con su conciencia. Mientras que una moral de liberación pone en relación al cristiano con una persona en un amor cada vez más exigente y le deja la conciencia con el cuidado de obrar mejor. Zúndel dice: “El Bien no es algo que hacer sino Alguien a quien amar”.

 

Esta moral fundada en el amor está lejos del laxismo. Les da sentido a todos los gestos de la vida los cuales se convierten en liturgia de cada instante. Tiene importancia ontológica, ya que el ser de la consciencia se enriquece con el esfuerzo de la superación.

 

Si la vida personal adquiere un precio infinito, M. Zúndel no es menos sensible a la vida social y a la justicia distributiva, hasta simpatizar con las reivindicaciones marxistas (las reivindicaciones, no la ideología) que proponen dar a cada uno las posibilidades económicas de liberarse de sí mismo cuando hay vidas clavadas a las entrañas a quienes se les excluye toda superación. Están como excluidas del desarrollo humano.

 

El hombre está llamado a completar libremente la creación que es ofrenda gratuita de la Trinidad. Su libertad está investida de la suprema dignidad de ser co-creadora con Dios. “Al sí de Dios debe responder el sí del hombre”. La historia es una “historia de dos”. Eso es maravilloso y trágico a la vez.

V – Modernidad de Mauricio Zúndel

El eje del pensamiento zundeliano es pues la libertad comprendida como liberación de sí mismo, y en el significado de esa liberad se opone al significado que le dan las generaciones de nuestro tiempo. Los progresos de la técnica y de la industria nos permiten actualmente hacer lo que uno quiera. Nos llevan a encerrarnos en nosotros, en el individualismo y el nacionalismo, buscando un confort que se convierte en índice del progreso de una civilización pero que aísla a las personas y las pega a su yo prefabricado. El llamado progreso quita al hombre las posibilidades de crearse, porque el hombre no es un dato fijo para siempre sino un devenir cuyo motor de realización es la libertad.

 

Así Mauricio Zúndel es verdaderamente moderno. Quita la libertad a los que la expropian reduciéndola a una caricatura. Ahí reside la decisión fundamental que determina la orientación de toda una vida. La verdadera libertad es liberación de sí mismo.

 

René Habachi

 

 

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