(Testimonio de Pierre Noury en 1997. Dominicano en Egipto. Testimonio recibido del Cairo, 1997)

 

“Tenía yo un poco menos de 18 años cuando vi al P. Zúndel por primera vez, en marzo de 1940. El padre estaba predicando la cuaresma en la iglesia copta católica del Sdo. Corazón, en Heliópolis.

Entré de paso en la iglesia y escuché al padre durante unos diez minutos. Me molestó el tono que adoptaba a veces cuando hablaba en público, un tono agudo y monocorde acompañado de gestos nerviosos.

Salí entonces de la iglesia, indiferente si no decepcionado. Unos meses después Fue muy distinto.”

 

“El grupo scout en que yo estaba organizaba dos veces por año un retiro en un campamento donde los Padres Jesuitas. En septiembre de 1940 le habían pedido al padre que nos predicara. Muy cómodo en medio de jóvenes, el padre habló en un tono sencillo y familiar y no sé por qué ni cómo, desde las primeras frases me cautivó: no me llegó solo a la inteligencia, sino al corazón. Sentí que no hablaba un especialista sobre cosas aprendidas en un libro, sino un maestro espiritual que nos compartía sus experiencias y nos invitaba a experimentar a Dios, Su Presencia en lo más íntimo del corazón, la vida y el gozo que podía suscitar por poco que le prestáramos atención, y la libertad que se siente cuando uno se siente colmado en su búsqueda de luz y Amor.

Esto lo escribo más de 50 años después. En ese entonces no podía tener plena conciencia de ello. Pero sí sé que el encuentro con el P. Zúndel fue el comienzo de mi camino y de un descubrimiento cada vez más maravilloso de un Dios que no era una idea sino Alguien con quien podía tener relaciones de conocimiento y de amor.”

 

“El Evangelio – el padre lo dirá y lo repetirá de mil maneras – no es una doctrina ni una filosofía sino una vida con Alguien. Ese es el sentido de las últimas palabras que el Padre me dejó, como testamento, cuando lo vi por última vez: “El cristianismo – me dijo – es esencialmente místico.”

 

“Pero vuelvo a la época de mis 20 años. El padre no se contentó con predicarnos dos retiros anuales, de tres días cada uno, entre 1940 y 1946. Nos reunía a los guías y ruteros cada quince días durante el invierno en el cuartel general de scouts de Wadi-el-Nil y nos comentaba la Escritura.

Un invierno era el Evangelio de san Juan o su primera carta, otro invierno, una carta de san Pablo, la de los romanos o la primera a los corintios. Ocasionalmente pasó también en el clan de la 2ª División del Cairo de la cual era miembro yo y nos expuso un artículo u otro que había redactado la víspera. Nos hablaba libremente de lo que le interesaba.”

 

“Personalmente yo no me contentaba con esos encuentros de grupo. El domingo por la mañana yo iba al Carmelo de Matarieh donde él estaba, le ayudaba en la misa, desayunaba con él y charlábamos unos momentos: yo le hacía preguntas y escuchaba sus respuestas, a veces largo tiempo si el tema le interesaba.

Esos encuentros dominicales me permitieron ser testigo de algunos fenómenos “místicos” cuando estaba con él ante de su mesa de trabajo. Pero una vez sucedió que en medio de una conversación el padre se detuvo, se recogió de repente y pronunciando varias veces el nombre de Jesús, fue como elevado un poco por encima de su sillón.

No puedo dar más precisiones ni decir si tocaba el suelo o no, porque yo bajé los ojos y esperé que el padre volviera a su estado ordinario.”

 

“Igualmente, un día lo acompañaba a pie a través de la ciudad del Cairo desde Santa María de la Paz donde había dado una conferencia hasta la estación de Pont-Zimoun donde debía coger el tren para Matarieh. Era una caminada de al menos 20 minutos. El padre pronunció varias veces el nombre de Jesús y se recogió mientras caminaba al lado mío.

Al llegar a la plaza de la estación, me agarró fuertemente por el brazo y me hizo atravesar las calles llenas de carros, sin la menor vacilación, pero con gran susto para mí. En la estación, la ventanilla de los tiquetes estaba cerrada por un vidrio. El padre golpeó varias veces sin logar atraer la atención del empleado. Entonces, seguido por mí se dirigió hacia el tren que estaba a punto de partir. Pasó entre dos controladores que no lo detuvieron y saltó al primer vagón del tren que ya estaba arrancando. Yo quedé en el muelle, muy asombrado.”

 

“Por otra parte, al padre lo conocían como el lobo blanco todos los conductores de buses que atravesaban a Matarieh, los cuales al verlo paraban el vehículo y lo invitaban a subir. Pero a menudo recorría a pie el trayecto de unos 4 km entre Heliópolis y Matarieh, atravesando de noche una zona desierta, ya que a menudo iba donde ciertos amigos de Heliópolis. Así se relajaba un poco después de sus días de intensa actividad y antes de la noche que pasaba redactando sus libros o preparando conferencias y sermones o manteniendo su correspondencia.

Se acostaba muy tarde y se levantaba temprano. Se sabe que no dormía más de cuatro horas y con frecuencia menos. Su vecina del piso de abajo me contaba que lo oía moverse toda la noche. Celebraba la misa a las 5 y 30, y después de un desayuno muy frugal se ponía a trabajar en su mesa hasta medio día. Después de almuerzo iba a menudo a visitar a los pobres o a los enfermos, antes de ir a dar una conferencia, un sermón o una charla en algún lugar de la capital. Iba también, creo que una vez al mes, a hablar o predicar en Alejandría donde tenía muchos amigos.”

 

“Pero más que sus actos o sus palabras, nos atraía hacia él la sensación de libertad que nos dejaba.

Liberaba nuestra inteligencia de los lazos que la limitaban, suscitaba en nosotros el deseo de imitarlo. Teníamos la impresión clara de estar en presencia no solo de un espíritu grande, sino de un santo.

En él la vida iba más lejos que su pensamiento, según la admirable expresión de un de sus más grandes amigos, René Habachi. Ese era el secreto de la influencia que ejercía el padre durante su vida y que sigue ejerciendo a través de sus escritos.”

 

“Habría que añadir que el padre era generoso. Es muy sencillo: todo lo daba. San Francisco de Asís no era solo el inspirador de su teología, fundada en un Dios que se da por entero en la intimidad de su vida trinitaria y que es la fuente de todo ser y de toda vida: fue el modelo de su conducta, del despojamiento de todo lo que podía habar recibido y del don sin medida que hacía de sí mismo a los demás, cualesquiera que fuesen.

¿Qué no se podría decir de la acogida del padre, de sus signos de respeto para todos, desde los más humildes, de la gente del pueblo y los enfermos ante los cuales se arrodillaba a veces, o de sus liberalidades que algunos consideraban locas?

Fue en verdad el san Francisco de nuestro tiempo, pero un san Francisco dotado de una mente y una cultura inmensa en todos los terrenos: artístico, científico, filosófico, y por lo mismo, capaz de comunicar lo esencial de su experiencia espiritual en un lenguaje accesible a sus contemporáneos.”

 

“No podría decir cuanto le debo… Me regocijo de que crezca el brillo de su pensamiento y de su vida… sólo deseo que su santidad sea reconocida oficialmente y que, a todos los que la buscan, siga comunicando, la luz liberadora de Aquél a quien el Padre Zúndel amaba intensamente y del cual daba testimonio tanto con su palabra como con su vida.”

 

 

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